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Vae Victis

Por Marcos Cañas Pelayo

[Análisis de último capítulo de la sexta temporada de The Walking Dead, Last Day on Earth (2016)]

Advertencia: Esta reseña contiene spoilers que no deberían ser conocidos por cualquier espectador/a que no haya visto las seis primeras temporadas del show

Prólogo

Imaginemos que corre el año 55 a.C. Cabalgamos junto con una audaz banda de aventureros provenientes de la Galia de las cabelleras largas, de distintas pequeñas tribus, aliados con éxito con algunos mercenarios germanos. No son un grupo cualquiera. Han visto hambrunas, la invasión helvecia, el terror que generaban los guerreros suevos de Ariovisto y una gran sucesión de pequeñas batallas por la supervivencia. Son hombres y mujeres que tienen heridas, sí, aunque las lucen con orgullo de bien ganadas. Saben que cuando los dados están en el aire, su destreza y fuerza les hacen prevalecer, Tutatis y los demás dioses los tienen como favoritos.

Piensa que un día les llega una oferta repleta de alabanzas. Se va a echar encima el invierno y falta trigo. No es bueno pensar con el estómago vacío. Un golpe rápido. Una patrulla de exploradores bien acuartelados en un pequeño campamento de madera. Suena levemente el nombre de un ambicioso procónsul de acentuada calvicie. No debería costarles. Tienen las armas y el sigilo para ello. Una noche y tendrán carne para las hogueras.

Vuelven más allá del Rin con sus tribus aliadas, felices de lo realizado. Eran ellos o los otros. Mejor que mueran los otros. La única duda es si quedaron más en el camino…pero ¿qué loco podría atreverse contra quienes cuentan por decenas a los guerreros fieros a los que han mandado al otro mundo, el solamente conocido por los druidas?

La fórmula carmesí

Convendremos que siguen teniendo un impacto visual importante para cualquier cinta o serie de terror que se precie. Los zombis siempre han presentado esa ventaja, no resulta extraño que la adaptación televisiva del famoso cómic The Walking Dead (2010) generase un fuerte impacto en el gran público que no estaba tan acostumbrado al género. Sin embargo, no se trataba de un film con una duración determinada; si nos paramos a pensarlo, ¿hasta cuándo puede estirarse un chicle con unos antagonistas limitados a balbucear e intentar devorar cerebros ajenos, carentes de ulteriores motivaciones? Sin duda, Hannibal Lecter o Vlad Tepes se sentirían muy contrariados de cualquier comparativa con ellos.

Nada tiene de extraño que, bien asesorados y supervisados por Kirkman en persona, los responsables del show televisivo para AMC siguieran el modelo de las viñetas: explotar la faceta humana del asunto, más allá de pegar hachazos o tiros a mansalva contra masas de muertos vivientes, ¿cómo se ve afectada la convivencia de un grupo humano en circunstancias tan extremas?

Es decir, superado el impacto de la hecatombe zombi de la primera temporada, las cámaras se centrarían en las dificultades de Rick Grimes (Andrew Lincoln), un oficial de policía en el condado de Georgia que despierta del coma en el peor momento posible, para liderar a los supervivientes de un improvisado campamento a lugar seguro. Frank Darabont marcó el episodio piloto de la adaptación, donde se daba tanta importancia a los ataques carnívoros como a los roces que, a la fuerza, irían surgiendo sobre cómo reconducir la organización social de un mundo sacudido hasta sus cimientos.

Pronto, hubo dos criterios visibles. Parte de la audiencia se quejaba de la visceralidad de las escenas, mientras que las personas fieles al cómic acusaban a los responsables de contención y haber suavizado el asunto. Como fuere, algunos cambios de los evangelios de Kirkman se han mostrado afortunados con el paso del tiempo. Jon Berthal dio una complejidad atormentada y humana a Shane (antiguo colega y confidente de Rick) que elevaba con mucho las prestaciones del personaje original en las viñetas, enriqueciendo mucho el triángulo que formaban ambos amigos con Lori Grimes (Sarah Wayne).

Usando con acierto los mandamientos imprescindibles del folletín (continuarás en el momento más tenso, propiciar romances y desengaños sentimentales entre los integrantes de los exiliados, etc.) las dos primeras temporadas mantuvieron un ritmo atractivo y que podía atraer a un amplio espectro de público. De cualquier modo, la sucesión de batallas sangrientas y problemas de convivencia a lo Gran Hermano tenían una fecha de caducidad en el ultra-competitivo mundo de las series en la actualidad, donde constantemente se experimenta e innova.

Pero los responsables del proyecto no habían dicho la última palabra. Y ni Rick ni su cuadrilla volverían a ser los mismos.

La marca de Caín

Granjas, antiguas cárceles, aisladas comunidades que se convertían en La máscara de la muerte roja de Edgar Allan Poe, todo valía para crear nuevos escenarios donde los protagonistas intentaban huir y hallar un poco de paz en un mundo plagado de zombis. Igual que en la estupenda Juego de Tronos, una de las gracias del asunto era que incluso personajes fijos o muy queridos por el público estaban en riesgo de sufrir una inesperada mordedura o incluso un tiro de sus propios compañeros, reflejo de la hermosa convivencia en unos Estados Unidos cada vez más próximos a la estética Mad Max.

Pero eso fue tornándose, paradójicamente, en una debilidad paulatina y que llevó a un cierto agotamiento de la fórmula. Había hallazgos como el antagonismo que Rick encuentra en El Gobernador (David Morrissey), un astuto y poco escrupuloso individuo que aprovecha el Apocalipsis para erigirse en un líder político supuestamente beatífico de una pequeña comunidad. El arco de este dirigente y su complejidad (a pesar de sus actos tenía un pasado y motivaciones en principio legítimas) reveló uno de los posibles caballos de batalla de The Walking Dead para seguir congregando la atención: de acuerdo, los zombis eran muy desagradables y lanzaban mordiscos, pero ¿acaso no habría que temer más a los vivos si se cumplía aquello de que el lobo era un lobo para el hombre?

Michonne (Danai Gurira), Daryl (Norman Reedus), Carol (Melissa McBride), Carl Grimmes (Chandler Riggs) o el propio Rick, entre otros destacados cabecillas de los supervivientes, iban dejando claro que sí, efectivamente había algunos más intocables que otros. En realidad, era un proceso bastante lógico. Si en un episodio Glenn (Steven Yeun) quedaba rodeado en un antiguo aparcamiento donde no podría caber ni un alfiler entre tanto muerto viviente, nadie dudaba de que se las ingeniaría para escapar. Y tenía hasta su lógica, tras tantos años, cada uno de esos hombres y mujeres se habían convertido en pequeños ejércitos autónomos con unos recursos y fortalezas a pruebas de bomba.

Naturalmente, todo ello con un peaje. El momento más perturbador viene en la tercera temporada, cuando Rick, el termómetro moral de los protagonistas, se niega a acoger a un autoestopista que se encuentran cuando hacen una misión de reconocimiento con un coche. No solamente se niegan a ayudarle varias veces, sino que volverán sobre sus pasos para ver si son aprovechables los alimentos que deja esa persona, la cual acaba devorada por los zombis. Solamente avanzan los más fuertes y afortunados, muy lejos de cualquier idealismo heroico y como inquietante reflejo de las injusticias que hoy día se producen.

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Así, con la seguridad del Conan escrito por Robert E. Howard, los protagonistas de The Walking Dead van llegando a cada nuevo destino como portadores de la marca de Caín. Podrán caer pueblos a su alrededor en llamas o en ataques de saqueadores, pero ellos siempre se las ingeniarán para prevalecer.

Y es aquí donde empieza a cocerse un cóctel que será fructífero, desde la saga de Terminus, una antigua terminal de trenes que se erige en supuesto santuario para todos aquellos que han sufrido el dolor de estos años sin esperanza, entre las temporadas cuatro y cinco. Incluso cuando encuentren una bienintencionada y abastecida nueva ciudad, llamada oportunamente Alejandría, Rick y cía tardarán muy poco en copar los puestos más importantes de la lucha y cargos administrativos. Maggie (Lauren Cohan) sería la muestra perfecta de ello, mostrándose de inmediato como mejor negociadora que la dirigente de la comunidad y más capacitada para afrontar eventuales emergencias.

Hybris

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Llevaban mucho tiempo sin recurrir a él, pero Morgan Jones (Lennie James) volvía con todos los honores a The Waking Dead. El primer hombre que ayudó al Rick recién salido del hospital en pleno holocausto caníbal tardó en reconocer a quien fuera un ejemplar policía. En el pasado, Rick hizo recuperar a Morgan la fe en sus semejantes; no era casualidad que, cuando llegase a Alejandría, un aterrado viejo amigo viera a Rick ejecutar a sangre fría a un asesino de la comunidad con quien tenía cuentas pendientes, siendo juez, jurado y verdugo de la sentencia.

Resultó conveniente que solamente Morgan se negase a aceptar la propuesta de una comunidad vecina para liquidar en su nombre a la banda de un tal Negan, llamados, sarcásticamente, los Salvadores. Existían otras soluciones sobre la mesa, desde Alejandría, el grupo podría intentar un acercamiento, buscando proteger a los oprimidos sin una confrontación directa sin provocación previa. A pesar de necesitar los alimentos, Rick y Maggie desechan con rapidez un contrato alternativo donde podrían conseguir lo que necesitan trabajando en los huertos.

Como observamos mediante flashbacks, Morgan viene muy influenciado por las ideas del Aikido que aprendió de un altruista mentor (interpretado por John Carroll Lynch, actor con una gran facilidad para dar fuerza y ternura de forma unísona a sus personajes). Aunque la operación sea un éxito (el puesto de avanzadilla de Negan es aniquilado), pronto sus responsables lamentarán la línea que han cruzado inconscientemente.

Con todo, las siguientes jornadas serán inmejorables. Llegan los víveres del pueblo de la colina y de los hombres del fallecido Negan (aunque no saben si el desconocido líder estaba con ellos) dejan un gran botín de armas. Si bien esa noche de cuchillos largos se intenta suavizar (las cámaras inciden en fotos de las víctimas que los Salvadores han dejado en sus conquistas), se nota el tormento de personajes como Glenn por asesinar seres humanos por primera vez en esta catástrofe sin que fuese en legítima defensa. Aunque hay algún intento de revancha, los primeros exploradores son eliminados por Abraham (Michael Cudlitz) y cía con visible superioridad.

Una sensación de seguridad y auto-confianza que el equipo de guionistas alimentan en cada integrante del futuro drama. Incluso Eugene Porter (Josh McDermitt), muy inteligente pero poco hábil con las armas, empieza a reprender a sus amigos por intentar ayudarle cuando él ya se ve más que capaz de lidiar con los zombis y lo que le echen. Jon Berthal incluso bromeaba con su amigo Andrew Lincoln, puesto que las últimas temporadas estaban reflejando que Rick y Shane no eran, ni por asomo, tan distintos como pudo parecer en un principio.

Felices y en la cúspide, The Walking Dead iba a apostar en ese momento por dar un giro sin precedentes, en uno de los episodios más polémicos, famosos y comentados del show tras casi una década.

El hombre que ríe

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Las legiones de fieles del cómic The Walking Dead guardaban un cómplice y divertido silencio. Tras toda una temporada oyendo solamente hablar de él, la audiencia que solamente conocía el universo de Kirkman por televisión no tenían muy claro qué suponía el personaje de Negan.

Sencillamente, Last Day on Earth iba a ser mucho más que una presentación en sociedad del nuevo villano, se trataba del broche más sangriento a la sexta temporada. Apenas iba a ser algo más de una decena de minutos, pero Jeffrey Dean Morgan iba a meterse a mucha gente en el bolsillo, demostrando que la larga espera merecía la pena.

Gregory Nicotero dirige uno de los capítulos más terroríficos que se recuerdan en The Walking Dead; irónicamente, los zombis apenas aparecen en la función, salvo de manera tangencial para la danza que los más fieles servidores de Negan orquestan alrededor del pueblo. Los ataques de anteriores entregas parecen inocentes fuegos de artificio ante el cerco que va montándose en las carreteras alrededor de Alejandría. Forzados a salir por una emergencia, Rick y un puñado de personas de su confianza afrontarán el que bien podría ser el último día de sus vidas.

Eso se nota a la perfección cuando Rick y Daryl intercambien impresiones con uno de los tenientes de los Salvadores, Simon. Steven Ogg le da vida a uno de los principales lugartenientes de Negan, una presencia ominosa que ya refleja que esto no va a ser tan fácil como otras veces. Siguiendo el símil de nuestro prólogo, es como si la valiente cuadrilla de aventureros galos se hubiera cruzado con Tito Labieno y su destacamento de caballería de élite. No sabes si te da más miedo él o el hecho de que haya alguien por encima de ese tipo de ojos inyectados en sangre ante quien responde.

Lo que irá sucediendo a continuación marcaría una de las más polémicas más interesantes que se han dado en el show. Para algunos fans, se trataba de una traición tremenda a una de las viñetas más recordadas. Otros tantos, se dejaron llevar sin cinturón a un instante que, televisivamente hablando, no podía funcionar mejor.

Morgan da una teatralidad muy carismática a su personaje, a sabiendas de que, igual que le acontece a cierto payaso en Gotham, hay un método en su cruel locura. Tras años viendo a Rick superar cualquier clase de dificultad, Last day on Earth le humaniza a él como padre, amigo y líder de una comunidad a la que ha puesto en peligro de forma involuntaria. Nombres casi prohibidos tras los sucesos de la segunda y tercera temporada, la experiencia de esa noche le hará recordar a Shane, Lorie y la hija que tuvieron. Lejos de desmitificar al héroe, lo que el guión adaptado de Matt Negrete y Scott M. Gimple consigue es una fuerte empatía con él, esa que, quizá, se había debilitado en los últimos años.

El juego macabro de elección de Negan tampoco es tan gratuito como pudiera ser posible. Admitiendo el carácter apócrifo con respecto al cómic, los revisionados invitan a pensar que hay muy poco de improvisado. En su sádica crueldad, el villano busca reconocer en los ojos y rostros las afinidades establecidas por estos supervivientes natos. No es nada fácil romper ese vínculo, por ello le resulta tan grato ese día, un despilfarro de agentes, gasolina y recursos, pero que al niño caprichoso que esconde le encanta, al fin ha encontrado un nuevo juego que merece la pena.

Ese tercer acto del capítulo arroja la sensación de pesadilla de cuento en un bosque, escuchando aullidos de lobos y con la sensación de que nadie estará a salvo. Esa sensación de emboscada que Martin Scorsese narró de una manera insuperable en Casino, vulnerando todas las reglas del narrador en primera persona. Si Last day on Earth fuera el final (no lo es, tranquilidad) de esa odisea que arrancó Rick en un hospital, no dejaría de tener un regusto a amarga realidad. Siempre hay un pez más gordo. De cualquier situación de crisis o dificultad surgen los aprovechados, la fuerza en su estado más primitivo, incluso un bate de béisbol enfundado en alambre.

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