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Twin Peaks, la mano abierta de David Lynch

Por Telmo Graña

El siglo XX, desde sus comienzos y particularmente desde Duschamp, acogió una división entre el arte de élite (el que se expone en los museos y salas de exposición) y el público, sea porque una parte de él permanece ajeno a este mundo o por la actitud con la que asiste a estos templos del arte, bien con una curiosa reserva o bien con un frío ánimo analítico, en no pocos casos.

En fuerte contraste, a mediados de siglo la televisión se adueñó del papel de vehículo de imágenes servidas al gran público de manera casi inmediata, hasta nuestros días. El mundo audiovisual se ha dividido desde entonces en tres grupos bien diferenciados, con sus propias características (televisión, cine y video-arte). Mientras el primero aportó sobre todo entretenimiento sin pretensiones, con una calidad media baja, el segundo ambiciones ciclópeas con una calidad generalmente alta pero con el problema antes descrito, el tercero se mantuvo como el más heterogéneo en calidad, albergando desde el último bodrio hasta la mayor obra maestra, y acogió en su seno a los verdaderos vanguardistas del medio, en definitiva, a los mejores.

En este contexto, el caso de Twin Peaks es excepcional, por tender un doble puente que va desde los extremos del video-arte y la televisión pasando por la esencia del cine puro, el de la sala oscura. En estos tiempos los hitos artísticos suelen tener una repercusión relativa y Twin Peaks  no fue una excepción: fueron pocos los que siguieron su ejemplo, al menos los que lo siguieron “como Dios manda”, si juzgamos las muchas declaraciones de creadores de series que elogiaron sin reparos su «influencia». Para hacer funcionar a este maravilloso triángulo hacía falta un genio: David Lynch.

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Así fue cómo el director más dotado de su generación se unió a un viejo lobo de mar (o de TV), Mark Frost, para hacer un culebrón de arte y ensayo, pero no uno cualquiera: uno que funcionara de la manera majestuosa e intuitiva, del modo en que lo hacen las grandes obras del cine. El resultado fue un rotundo éxito artístico y comercial, o al menos lo fue hasta que unos productores tomaron las riendas que Lynch había aflojado para atender a su Wild at Heart… pero esa es otra historia.

No me extenderé mucho más. Sólo lo haré para subrayar que los capítulos dirigidos por David Lynch (0,2,8,9,14 y 29) son, con certeza, lo mejor que se ha visto jamás en televisión. Su potencia es tal que consiguen mantener el interés de una serie terriblemente irregular en su desarrollo. La idea madre que Lynch maneja consigue convertir en verdadero misterio (esa cosa tan difícil de hacer y que otros confunden con expectación) improvisaciones descaradas como el alistamiento del actor Frank Silva en un personaje fundamental, o el aprovechamiento de un capítulo alternativo rodado sólo para Europa que casi nadie vio. Logra arreglar en un solo episodio final de duración estándar una decena de anteriores fallidos en los que Lynch no había tenido nada que ver. Consigue dar miedo a los niños y a los adultos, hacer soñar a los adolescentes imaginativos, dar comida a los frikis y tinta a los intelectuales, dar envidia a los golosos e inspiración a los viajeros, todo lo que puede hacer un cuento naturalista de terror que es un folletín culebrero de sobremesa y una exposición minimalista en el cuarto de atrás de tu habitación por las noches, todo eso.

Brindo con Kyle (Maclachlan) con mi taza de café por, si no la serie más perfecta, sí al menos la que más lejos ha llegado. Tan lejos como la mano de un visionario que, desde su colina despejada, decidió tenderla a quien quisiera cogerla.

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Comentarios

  1. Irene Pardo

    Coincido totalmente con esta visión sobre una de las mayores obras televisivas de la historia. Hoy quizás sería muy complicado que saliera adelante algo así. De hecho, Mulholland drive, se convirtió en película porque fue rechazada como piloto de serie de televisión.

  2. Telmo G.

    Tienes razón, Mulholland Drive fue tristemente rechazada y eso que ya había un precedente de cierto éxito. Afortunadamente, el genio de Lynch apareció de nuevo para conseguir cerrar la obra como una maravillosa película de 150 minutos, que hoy es recordada como una de las mejores de lo que va de siglo.

  3. Urbinaga

    Habia que seguirla semana a semana, no como ahora con este lio de series,horarios, cadenas, internet, versiones, pirateos,spoilers, etc.

    Si mulholand drive hubiera sido serie lo petaria total, como pelicula ya es un icono, david lynch no tiene precio. He oio que quiere volver con algo, si deja de meditar igual tenemos suerte.

  4. Telmo G.

    Por lo que le he leído últimamente está un poco desencantado con la situación de la industria. Ojalá venga con algo pero la realidad es que Lynch a día de hoy está más cerca del retiro que de la vida activa.

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