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Mr. Pickles: El can de Satán y el espectador más débil

Por Sergi Monfort

Como en este mundo hay gente para todo, también hay un puñado de individuos que están lo que se dice jodidos de la cabeza. En el escalafón más bajo puedes estar tú, ser humano lúcido y con pleno juicio que caminas por las calles sin levantar sospechas y eres dueño y señor de tus pensamientos y tus instintos. Un poco peor estará aquel tipo que debería estar en un sanitario pero no lo está. Seguidamente, los que efectivamente están en el loquero. Por encima de éstos, ya llegamos a los locos peligrosos, estos que realmente te podrían desnucar con la misma facilidad con la que se sacan los mocos, estos que no han de mantener contacto con el exterior bajo ningún concepto. Y por encima de estos, en el trono de la demencia se sientan los deliciosos y brillantes casos perdidos de la ciencia que crean series para Adult Swim.

De estos embajadores del sadismo y la locura, uno de ellos parece haberse eregido como una nueva Satánica Majestad: Mr. Pickles, el perro, buen chico, tu mejor amigo, el más fiel compañero de un niño con prótesis en las piernas (y déficit de luces) y un amigable Border Collie que vive con su joven dueño y su familia en la apacible ciudad de Old Town, llena de buenas gentes, tranquilidad y prostitutas enfermas. Es un can hábil, inteligente y sagaz. Además, es un líder satánico que suele cortar a cachitos a la gente que le cae mal, vestir sus caras y sus pieles, modificar corporalmente a sus súbditos y exhibirlos junto a los cadáveres y pentáculos en la guarida que esconde bajo tierra, al fondo de la casita del perro. También le gustan los pepinillos y recibe uno cada vez que es un buen chico, que es muy a menudo.

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Solamente con el piloto, un espectador mínimamente experimentado (y no demasiado friki) ya puede obtener la mayor dosis de bastadas y salvajadas por fotograma que se puede haber echado a la cara en meses. Cada capítulo (de los diez que existen de momento, más el piloto) es un interminable desfile de atrocidades que escaparían a la comprensión de la mayoría de los mortales (y que todavía nos pillan desprevenidos a aquellos que vimos la genial Metalocalypse, de corte similar pero que queda como un peso pluma en cuanto a sus niveles de brutalidad… incluso Happy Tree Friends parece Pocoyó en comparación). No voy a detenerme en obviedades: por supuesto que existen clásicos subterráneos que ridiculizarían a Mr. Pickles (y me encantaría que se me informase de ello).

Por si la primera y breve temporada (que se tarda en ver lo que una película de tarde tonta), no ha tocado los suficientes tabúes (tortura, sexo, gore, sadomasoquismo, zoofilia, necrofilia, pedofilia, cerveza con esteorides, niños con implantes de pechos, escatología, prostitución, drogas, alcohol, satanismo, obesidad, deformaciones genéticas, modificaciones corporales, enfermedades, mexicanos comparados con alienígenas…), veremos qué títeres quedan por decapitar en las siguientes.

¿Qué se esconde tras tanta violencia gratuita? ¿Una parodia social (el sheriff inepto, los red-necks, el niño crédulo, la familia disfuncional…)? ¿Es quizá es un concurso de “a ver quién la tiene más grande” entre los creadores de series de animación para adultos? ¿Es una tontería como una casa? Probablemente nada de esto, pues no tiene ningún sentido preguntarse por la hondura psicológica y la crítica social que te pueda aportar un producto underground, un caramelo para los ojos del fan de la sangre. Lo que sí es seguro es que para crear esta abominable chorrez hace falta una desbordante y bestial imaginación y abrazar los pensamientos que las personas sanas rehuyen.

Es posible que la única razón de existir de esta buena mierda sea el de buscar con ahínco un tono más oscuro para el “negro” del humor negro.

Menuda barbaridad, señoras y señores. Un hachazo en las bolas.

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