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La soledad del poder

Por Jorge Valle

Todo gatito crece para convertirse en gato. Al principio parecen muy inofensivos, pequeños, silenciosos, lamiendo su tazón de leche con avidez… pero una vez que sus garras son largas, atacan sin piedad, a veces de la mano que les da de comer. Los que tratamos de estar en lo más alto de la cadena trófica no debemos mostrar compasión. Solo hay una norma: cazar o permitir que te cacen”. – Frank Underwood (Kevin Spacey).

La segunda temporada de House of Cards comienza con la misma escena con la que terminó la primera: Claire y Frank corren en mitad de la noche uno al lado del otro hacia la cámara, intentando desconectar del agobiante y exhaustivo mundo de la política por unos minutos, aunque toda su vida se resuma en esa carrera imparable hacia el poder que se han propuesto ganar. Una carrera en la que muchos se van quedando atrás; unos caen aplastados y otros luchando, pero si algo queda claro en esta reanudación de una de las series más aclamadas del momento es que nadie es vulnerable, ni siquiera los Underwood. El precio a pagar por mantenerse en lo alto es tan elevado en ocasiones que el matrimonio se ve obligado a olvidar y rechazar cualquier tipo de sentimiento que pueda debilitar su posición política, o que pueda ser utilizado por sus enemigos en su contra. Así, ambos cortan sus amistades verdaderas y sus relaciones extramatrimoniales de manera tajante –ella con el afamado fotógrafo Adam (Ben Daniels), él con el cocinero Freddy (Reg E. Cathey) y la periodista Zoe Barnes (Kate Mara)-. Es precisamente este último personaje el que protagoniza, en el primer episodio (2×01), el giro argumental más impactante y sorprendente de toda la serie. Desaparecida su insaciable y ambiciosa Zoe, House of Cards tenía que reinventarse ante la pérdida de una de sus mejores bazas para seguir manteniendo el altísimo nivel de la primera temporada. Y lo consigue a base de nuevos personajes memorables –todos ellos complejos, con sus propios problemas y motivaciones- cuyas historias cobran relevancia de manera autónoma, de manera que el interés de la serie nunca decae. Ahí tenemos a la prostituta Rachel (Rachel Brosnahan), obligada a permanecer incomunicada con el mundo exterior solo por la tutela obsesiva que Doug (Michael Kelly) ejerce sobre ella; a Lucas (Sebastian Arcelus), el compañero sentimental de Zoe que emprende una inocente y desesperada campaña de venganza para desentrañar la verdad; o a Meechum (Nathan Darrow), el guardaespaldas de los Underwood que siente una especial atracción por el ambicioso matrimonio. Pero sin duda, la trama principal de esta segunda temporada es la persecución implacable a la que el débil e ingenuo presidente Garrett (Michael Gill) se ve sometido por parte de Frank, quien simula ser su fiel y confidente amigo mientras teje toda una maraña de enredos y alianzas para destruirle.

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La segunda temporada de House of Cards mantiene las virtudes de la primera –los inteligentes y profundos diálogos, la formidable estética agobiante de la Casa Blanca, la complejidad de la trama y la narración- a la vez que incorpora nuevos alicientes y persiste en el ahondamiento en esa pasión sin límites que es la ambición, que Shakespeare retrató de manera magistral en Macbeth y con la que la serie guarda grandes paralelismos –el personaje de Claire, manipulador y retorcido como Lady Macbeth-. Robin Wright sigue ofreciendo en todas y cada una de sus apariciones un auténtico recital interpretativo, que tiene su culmen en el capítulo final (2×13), en el que se derrumba consciente de la fachada de mentiras que ha tenido que construir ella misma para protegerse y de todo el daño que ha tenido que hacer a sus personas más cercanas solo para alcanzar la cima. Unas lágrimas que revelan que en la cúspide del poder no hay espacio para nada, solo para ti mismo. Es la soledad del poder, la misma que experimenta Frank mientras apoya sus manos sobre la mesa oval del despacho presidencial mientras dirige su desafiante e inquebrantable mirada hacia un público que se ha rendido, una temporada más, a la fascinante recreación del mundo de la política que supone House of Cards.

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