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House of Cards (3ª temporada). Confirmando la mejoría

Por Toni Ruiz

Por si hay alguna duda causada por mis -a veces malinterpretadas- palabras sobre esta serie, que quede claro: yo me bebo House of Cards. Esto no significa que la vea compulsivamente como me ocurre con otras series, sino que es un producto entretenidísimo, que se digiere con facilidad y que sabe cómo mantener nuestra atención con cada minuto de su trama. No es poco mérito. Simplemente la he acusado a veces de ser algo tramposa y de que su dinamismo suele maquillar carencias que son más difíciles de advertir cuando todo sucede a un ritmo tan vertiginoso.

Esta tercera temporada -centrada en cómo Frank Underwood trata de gestionar y consolidar el cargo de Presidente de los Estados Unidos que ha conseguido tras dos temporadas de estratagemas constantes- no es una excepción a esta impresión general de la serie, aunque, como sucedía con la entrega previa, los defectos siguen puliéndose y las virtudes reforzándose, en clara línea ascendente.

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Continúan ahí los trucos para hacer creer que la serie es más compleja de lo que en realidad es (cuando a veces lo que tenemos no es complejidad sino enrevesamiento), pero estos trucos son cada vez menos numerosos y más sutiles. Sospecho que también me he acostumbrado e incluso cogido cariño a esas trampas. Asimismo, el ritmo es menos atropellado, hay menos intención de acelerar porque sí para inducir una espuria sensación de profundidad y más de esos tiempos muertos -como las escenas nocturnas entre Frank y Claire- que desde siempre han sido uno de los grandes aciertos de House of Cards. Con esto no estoy diciendo que de repente haya devenido en serie pausada e introspectiva (¡ni falta que hace!), sino que a veces sabe reducir una marcha para coger resuello y dejar poso. Curiosamente, el resultado es una sensación de agilidad mayor que cuando todo sucedía a la velocidad de la luz.

Como consecuencia, las resonancias éticas o emocionales llegan con más fuerza que nunca, aunque estos ecos aún queden asordinados por algún fullerillo golpe de efecto aquí y allá. En definitiva, House of Cards ha alcanzado su una madurez que le sienta muy bien.

Los actores, por su parte, se siguen mereciendo todos los premios del mundo (y ya llevan unos cuantos), con unos Kevin Spacey y Robin Wright que se salen y cuyos personajes comienzan a experimentar dilemas más veraces que no parecen simples gestos de cara a la galería y que amenazan con acabar con su matrimonio. En el tramo final de la temporada –sin duda el más interesante- el conflicto provocado por el encarcelamiento de un activista americano en Rusia supone el detonante de una crisis de pareja que ya se veía venir y el cuestionamiento por parte de Claire de los principios que rigen su vida. El retrato que Robin Wright hace de una mujer que se replantea todo en lo que había creído hasta ahora es demoledor y la coloca al mismo nivel de protagonismo que Kevin Spacey, que en términos de peso específico siempre había estado un peldaño por encima.

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Junto a ellos, es de recibo mencionar a unos secundarios que cada vez gozan de mayor prominencia y entre los que sobresalen Molly Parker, Elizabeth Marvel, Michael Kelly y Rachel Brosnahan. La escena final entre estos dos últimos (en la piel de Doug Stamper y Rachel Posner) es de veras impactante y un ejemplo de cómo la serie ha crecido.

Todo hace pensar por tanto que la evolución de las correrías de Frank y Claire, en una cuarta temporada que se acaba de estrenar, confirmará la trayectoria ascendente de una serie que ha sabido limar defectos sin renunciar a su personalidad. Una personalidad y estilo propios que, pese a los peros que se le puedan poner, constituye una de las claves de su éxito en medio de una parrilla televisiva que cuenta con tantas series parecidas entre sí. Ojalá no nos equivoquemos.

Calificación: 8.

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Comentarios

  1. Sancho P.

    Muy buena reflexión sobre la serie. Frank Underwood es el P. amo.

  2. Toni Ruiz

    Muchas gracias por leerme, Sancho P. Estoy de acuerdo, el personaje de Frank Underwwod es colosal.
    Un saludo.

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