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El infierno de Heisenberg

Por Jorge Valle

Guess I got what I deserve…” (“Supongo que me lo tengo merecido…”). Así comienza Baby Blue, la canción del grupo Badfinger que suena en la última escena de Breaking Bad (2008-2013). No es casualidad –porque nada parece coincidencia en un puzzle donde nada sobra y todas las piezas encajan a la perfección- que el creador de la exitosa serie Vince Gilligan escogiera una canción que habla de la culpa y que se dirige a un “bebé azul” para poner fin a una historia que ha trascendido la propia realidad televisiva para convertirse en un auténtico fenómeno social. En efecto, Baby Blue remite al protagonista Walter White (Bryan Cranston), a quien carcome terriblemente el pecado, y a su afición preferida: cocinar metanfetamina azul. Una genialidad que se une a las infinitas muestras de talento e ingenio por parte de su creador y sus guionistas que recorren todos y cada uno de los 62 capítulos que componen la serie. Y es que, incluso en los poquísimos momentos en los que Breaking Bad se estanca y parece no avanzar ni en la trama ni en el desarrollo de los personajes, hay algún atisbo de excepcionalidad altamente disfrutable –el capítulo de La Mosca (3×10)- que sitúa a esta serie por encima de la media, como una de las cimas más altas que ha alcanzado no solo el mundo de la televisión, sino también la cultura audiovisual.

Breaking Bad constituye un magistral retrato de un progresivo y lento descenso a los infiernos por parte de su protagonista, un profesor de química bueno, leal y honrado que decide meterse en el mundo de la droga tras descubrir que tiene cáncer de pulmón. Su objetivo es amasar una cantidad suficiente de dinero para que, una vez que la enfermedad le haya vencido, su familia no tenga ningún problema económico. Para ello se asocia con un antiguo alumno, Jesse Pinkman (Aaron Paul), un drogadicto que le abre las puertas al sangriento y vengativo mundo del narcotráfico. Así, la primera y segunda temporada se mueven entre el humor negro que desprenden unos personajes colocados siempre en situaciones en las que no saben cómo desenvolverse –un profesor introvertido e íntegro negociando con unos narcotraficantes, un alumno especialmente torpe mezclando diferentes elementos químicos- y un progresivo adentramiento en la falta de ética y moral y la abundancia de excusas y mentiras. Este escudarse en un “todo vale” va convirtiéndose en la máxima de los protagonistas durante la tercera y la cuarta temporada, quizá las menos brillantes pero necesarias para el desarrollo de la trama. El final de esta última supone un clímax agotador, cuya tensión salpica también una quinta temporada magistral que cierra la serie de la mejor manera posible.

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Es tan fácil caer en la tentación, errar, tomar el camino pedregoso y equivocado, que nos encantan las historias de hombres buenos que deciden escoger la senda del mal, pues nos sentimos identificados con ellos. Nos exculpan. Nos hacen sentir más humanos, más vivos, más imperfectos. Por eso el mundo del cine y la televisión está repleto de personajes que rehúyen el camino correcto, que se entregan a esa parte oscura del alma que todos intentamos esconder. Ahí tenemos a Michael Corleone, cuya bondad y honradez se van tornando en ambición e impiedad a medida que las circunstancias que le rodean le obligan a mutar sus valores para poder sobrevivir. El protagonista de El Padrino comparte numerosas similitudes con Walter White: ambos se mueven por el infinito amor que sienten por sus familias, y que les lleva a perder la razón y todo rastro de benevolencia con el fin de protegerlas. Pero el poder es la peor droga de todas, y finalmente terminan actuando por su propia codicia y ambición, por el deseo tan humano de verse por encima de los demás. O incluso por lo aburrido que supone seguir siempre la senda correcta. Desviarse puede convertirse en una tentación irresistible.

Estos personajes tan atormentados y divididos entre el bien y el mal precisan, no obstante, de un intérprete que sepa reflejar la complejidad y la profundidad de su amplio espectro de sentimientos contradictorios. Por eso Bryan Cranston es el alma de Breaking Bad, porque con tan solo su tono de voz y sus penetrantes e inquietantes miradas ha creado un personaje único e inolvidable. Su talento a la hora de confeccionar la culpa, el remordimiento, el miedo y la esperanza es indiscutible. Lo mismo se puede decir de la otra gran interpretación de la serie: Anna Gunn como Skyler, la esposa de Walter que también se ve arrojada a ese precipicio de dudas y delitos constantes. Gran parte del peso dramático de la historia recae sobre ella, una madre resistente y sufridora, primero por la misteriosa conducta de su marido enfermo y después por ser partícipe también de ese horror de asesinatos y venganzas en el que, una vez sumergido, ya no hay vuelta atrás. Skyler lo sabe y por eso llora y llora en silencio, a la espera de que toda esa espiral autodestructiva llegue a su fin mientras no puede evitar hundirse cada vez más en el fango en el que ella misma se ha adentrado.

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El otro gran protagonista de la serie es Jesse, cuya complejísima relación paterno-filial con Walter constituye el eje de la trama a lo largo de las cinco temporadas. Ambos se temen y se respetan, se perjudican y se ayudan, se odian y se quieren. Una fascinante amistad caracterizada por una manipulación enfermiza, pero también por altas dosis de ternura y cariño. El suyo es un viaje hacia el abismo en el que se van quedando cada vez más solos, sin posibilidad de redención y con múltiples y pesadas culpas a sus espaldas. Pero si algo hace de Breaking Bad una de las mejores series de la historia de la televisión es el constante planteamiento de cuestiones éticas al espectador a través de la conducta de sus personajes. No solo de Walter, sino también de la amplia gama de secundarios que brillan por sí mismos. Todos son tridimensionales, perfectamente dibujados y retratados mediante sus acciones y sus diálogos. La difícil tarea de juzgarles se nos hace casi obligada, pues terminamos queriéndoles, tanto por sus defectos como por sus virtudes, aunque se muevan constantemente entre la delgada línea que separa el bien del mal.

El final, quizás previsible pero necesario, cumple con el altísimo nivel de calidad de toda la serie. Quedan para el recuerdo unos personajes inolvidables y ciertos momentos de enorme tensión resueltos con maestría por los guionistas: el ataque de los hermanos Salamanca a Hank en el aparcamiento, el accidente de los aviones, la explosión en la residencia de ancianos, el atraco al tren o la última conversación entre Walter y Skyler. Una lista interminable de escenas magistrales que a golpe de sorpresas, asesinatos y situaciones límite, nos enganchan e invitan a ser partícipes de las emociones y dilemas de estos individuos que se ven arrastrados por sentimientos tan humanos que no nos es difícil identificarnos con ellos. De ahí la tristeza y melancolía que nos invade cuando asistimos al término de la serie, por tener que despedirnos de personas con las que hemos compartido un tramo de nuestras vidas y con las que hemos crecido y planteado cuestiones que constituyen verdaderas lecciones de vida: el dinero y el poder no nos hacen mejores, y la felicidad reside en saber apreciar los pequeños detalles de nuestra vida cotidiana, aquellos que este profesor de química ha olvidado en pos de una ambición desmesurada. Walter, Skyler, Jesse, Hank, Saul, Marie, Walter Jr., Mike… gracias por todo. ¡Hasta siempre!

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Comentarios

  1. Enrique Fdz. Lópiz

    Breaking Bad, lástima que no la conozco, pero tu crítica es magnífica: Felicitaciones!!

  2. bastian v

    “el ataque de los hermanos Salamanca a Hunk”
    No se llama Hunk, es Hank

    • ojocritico

      ¡Corregido! Gracias por comunicarlo.

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