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BREAKING BAD 5×09, Heisenberg Returns

Por José Luis Ferreirós

Hank Schrader le comenta a Walter White que está cansado de perseguir monstruos. Tiempo después, en una comida familiar, descubre que su infame y hostil enemigo se encuentra muy cerca. Así termina el episodio número 8 de la quinta temporada: con el agente de la DEA cagando en el baño de Walt y leyendo un fragmento que desvela la esencia malvada de su esotérico cuñado, del lado oscuro y más cruel heisenbergiano.

El pasado 11 de Agosto (fecha histórica en el que Haik -guerrero y fundador de Armenia- vence al dios Bel) se estrenó en la televisión yanqui el inicio del final de esta serie magna y ejemplar. Había tal expectación que algún loco (dis)locó los dedos de tanto escribir Breaking Bad en twitter. Fuera bromas, posiblemente estuviésemos ante la apertura más esperada de 2013. Si el maniático Hank se despedía precedentemente con los pantalones bajados, yo esperaba su regreso con mierda en los calzones, porque me acobardaba el hecho de desconocer el final de tal eximia producción. Ahora, al menos, lo iré degustando durante las próximas semanas.

Retomando la cuestión, el disfrute del episodio (nº 9) fue total. Un plano de sublimidad se abre al espectador. Visualizamos así a diversos anónimos muchachos brincando con sus monopatines en la piscina de Walt. Un sol resplandeciente seduce cada salto, como escenario perfecto, en una casa abandonada y colmando de rúbricas juveniles (graffitis) el pasado de un ‘feliz hogar’. Ante tal libertinaje, ante tal espontaneidad,  aparece nuestro hombre. Mediante un travelling lateral aterriza en la urbanización. Sale del coche y nos enseña un rostro desaliñado y corrosivo. Podemos deducir que su transformación abordó el clímax, que su dignidad acaricia el pavimento y que el poder acabó con la poca inocencia que atesoraba. Al poco observamos como camina por el interior de su casa (Una casa desértica aunque teñida de polvo y coloreada del vocablo Heisenberg en la pared. Una casa cadáver). Pero aún en ese inhóspito ambiente y a modo de sorpresa, Walt rebusca en sus intimidades y encuentra lo que busca. Se aferra a su ‘amante’ ricina  y al instante, la tabla periódica (títulos de crédito) brota en la pantalla, y una vez más la historia empieza a fluir.

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Tras ese inicio espectacular de digno aliciente agitador y primordial para sentar el culo delante del televisor,  Vince Gilligan  rompe al espectador con pura maestría y genialidad. Sí, ¡el monstruo ha llegado! ¡Ya está aquí!

De este modo y por más, el teaser promocional de la serie empieza a cobrar sentido. Decía: «Yo soy Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras, ohhh poderosos, y despertad! No queda nada a su lado. Alrededor de las ruinas de ese colosal naufragio, infinitas y desnudas se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas».

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El rey de reyes tiene un plan, nos lo muestra en los pre-créditos, pero hay un flashforward, retrocedemos, apartamos la ricina a un lado y Vince te invita a descubrir el camino hacia ella. Ahora, en este momento, en el presente, Hank abre la puerta del cagadero (continuando lo que nos había dejado el capítulo octavo). Impresionado por lo que acaba de leer camina por la casa (aún en perfectas condiciones) y se asegura de custodiar el valioso libro. No puede creerlo. No puede ser él. ¿Su recatado y humilde cuñado? Imposible. Él no puede ser el distinguido cabronazo-malhechor creador de esa impecable metanfetamina. Walt no pudo asesinar a Gus Fring, menos aún a sus numerosos secuaces. ¿No? Pero a Hank sólo le viene a la mente el día en que en tono jocoso su amigo White (más allá de los vínculos familiares) le dijo irónicamente que lo había pillado, en aquel momento de suposiciones sobre quién podría ser W.W. No obstante, de pronto, hoy tendrá que averiguarlo.

No destriparé más partes importantes. Sólo decir que han sido 48 minutos intensos, de auténtica intriga y con un final muy atrayente. Al igual que el capítulo 1 de esta quinta temporada el inicio es un avance venidero de lo que será el fin de la serie. Ese Walt desaliñado con identidad transmutada, armas en el maletero y con su preciada ricina, alerta de un violento colofón narrativo de dura asimilación.

Por consiguiente, ¡A disfrutar se ha dicho! Las posibilidades de acierto son infinitas. No espero un final al estilo Los Soprano  o A dos metros bajo tierra,  sólo espero deleitar de algo a la altura de la serie. De momento, convence. Y mucho.

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