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Bellum omnium contra omnes

Por Jorge Valle

No hay consuelo ni arriba ni abajo. Solo nosotros, pequeños, solitarios, esforzándonos, peleándonos unos con otros. Rezo para mí mismo. Rezo por mí mismo. – Frank Underwood (Kevin Spacey).

El filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) creía que había un estado natural previo al establecimiento de una organización social en el que el individuo solo mira por su propia supervivencia, lo que hace de su vida una existencia solitaria, pobre, brutal y breve. Un estado en el que no hay reglas –únicamente la ley animal del más fuerte- y que el autor de Leviatán (1651) definió como una “guerra de todos contra todos”. El único objetivo es estar por encima de los demás, pues la otra alternativa nos dejaría atados y subordinados al fuerte. En la arena política que sirve como escenario a la brillante serie de Netflix House of cards, los gladiadores van vestidos de traje y corbata y no empuñan tridentes ni puñales, pero se mueven por el mismo afán de resistencia en un ambiente hostil, en el que los amigos pueden ser aún más peligrosos que los enemigos. El congresista Frank Underwood (Kevin Spacey) lo sabe bien y, mediante la manipulación y la adulación, va tejiendo una telaraña de alianzas y enemistades que recubre paredes, puertas y ventanas de la Casa Blanca y en la que es imposible no quedar atrapado. Frank, cuya meta es ocupar el centro de la foto presidencial, no guarda ningún reparo en hacer daño a la gente para conseguir lo que quiere. Utiliza a los amigos, concediéndoles favores para endeudarles, desquicia a sus enemigos, valiéndose de la mentira y el embuste. No hay límites en esta guerra de todos contra todos. El fin justifica los medios, aunque estos sean tan crueles en ocasiones que cabe preguntarse si detrás de esa voz manipuladora existe un corazón capaz de amar y ser amado. En el que quizás sea el capítulo más emotivo de la temporada (1×08), que retrata parte de su pasado y que supone un oasis sentimental entre tanto juego político, Frank se reencuentra con su mejor amigo de la universidad y, casi entre lágrimas, admite que su amistad significó mucho para él, como quien recuerda tristemente el pasado y descubre que ya nada lo ata a él. No obstante, la esperanza de encontrar algún atisbo de bondad en Francis desaparece dos capítulos más tarde (1×10), donde el congresista cruza una línea en la que no hay vuelta atrás.

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“Es un hombre que sabe conseguir lo que quiere”, asegura su mujer Claire Underwood (Robin Wright), con quien forma un binomio más profesional que personal. Ambos, a pesar de sus aventuras extramatrimoniales, conforman un equipo indestructible, decidido a controlar todo lo que pase a su alrededor, aunque este esté constantemente sujeto al cambio. Reveladora es la escena en la que, antes de acostarse, fuman un cigarro entre los dos mientras planean su futuro y maquinan su vida y la de los demás.  Su relación es ambigua por momentos, misteriosa, pero no hay duda de que se quieren y que están dispuestos a llegar hasta donde sea para triunfar juntos. Esta ambición desmesurada no solo afecta a los políticos, sino que también salpica a la joven periodista Zoe Barnes (Kate Mara), con quien Frank establece un pacto –primero estrictamente profesional, luego también sexual- que beneficie a ambos, utilizándola para sacar a la luz los trapos sucios de sus contrincantes. El triángulo que establecen estos tres personajes es fascinante, por la complejidad de unos sentimientos que nunca son transparentes. Sus intenciones, a veces ocultas, a veces manifiestas –brillantes las aclaraciones de Frank a la cámara, que nos permiten entender mejor su fría y calculadora mente- están encaminadas a satisfacer sus propios deseos, pues solo piensan en ellos mismos. De ahí lo irónico que resultan los valores que Frank asegura en un discurso que aprendió en sus años de estudiante en Harvard –sacrificio, servicio, respeto, deber, honor- pero que jamás pone en práctica. Mas bien sigue el consejo que le dio su padre: el éxito es una mezcla de preparación y suerte. No hay duda de que el matrimonio Underwood domina el primer ingrediente y hasta el momento han estado bastante afortunados pero, ¿hasta cuándo les durará la buena suerte?

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Siguiendo las magníficas directrices que estableció David Fincher en el episodio piloto, por el ganó un Emmy a la mejor dirección el año pasado, los diferentes realizadores encargados de ponerse tras las cámaras en los restantes episodios apuestan por un estilo cuidado y elegante, que confiere a la serie una atmósfera y una estética bañada en colores fríos muy acorde con los corazones de los personajes. Magníficas son también las interpretaciones, en especial las del trío protagonista. Los encuentros entre Mara y Spacey, que es capaz de modular su voz y moderar sus gestos según con quién esté hablando, desprenden química y suponen siempre uno de los mayores puntos de interés de la serie. Aunque sin duda, el personaje más fascinante es al que da vida una excelente Robin Wright, que imprime un carácter enigmático a Claire gracias a esas expresiones llenas de segunda intencionalidad. Pocos defectos pueden achacarse a esta serie que retrata sin concesiones la corrupción, extorsión, manipulación e impiedad de la política estadounidense, aunque podría hacerse extensiva a cualquier otro país. Esperemos que su creador y sus guionistas puedan seguir manteniendo el altísimo nivel de esta primera temporada.

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