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Bates Motel. Escalofriante y simpático desmadre

Por Toni Ruiz

En vísperas del estreno de la cuarta temporada de Bates Motel, me decido a escribir acerca de una serie con la que disfruto como un enano a pesar de sus obvias debilidades. Y es que posee Bates Motel un extraño encanto que hace que sus imperfecciones sean de sobra contrarrestadas por sus virtudes.

De entrada, la propia premisa argumental es bastante absurda. Sus responsables han definido esta historia como una “precuela contemporánea” de Psicosis, una etiqueta ciertamente peculiar. Para entendernos, se nos muestra a Norman Bates y a su madre (Norma) mudándose a un pueblo de California y emprendiendo la aventura de abrir un hotel de carretera… Solo que la acción transcurre en nuestra época, pese a presentar los antecedentes de una historia que originariamente se desarrolla en 1960. ¿Cómo se come esto? Pues con muchas tragaderas y predisposición a dejarse engatusar y a pasarlo bien.

El resultado de esta extraña mezcla es una ambientación anacrónicamente kitsch en la que los protagonistas usan internet pero visten como en los años 50, o tienen un smartphone pero conducen coches antiguos. No hay ni una sola referencia a la actualidad sociopolítica o cultural, de ahí que la serie se mueva en una especie de seductora atemporalidad en la que construye su propio mundo. Todo muy en la línea de la última temporada de American Horror Story (Hotel), serie con la que Bates Motel tiene numerosos puntos de encuentro pero también notables discrepancias.

El motel y la casa son réplicas de los que aparecen el clásico de Hitchock (quien a su vez para la vivienda se inspiró en un cuadro de Hopper) y, al formar estos ya parte del imaginario colectivo, contribuyen a crear una atmósfera inquietante desde el inicio. Lo llamativo en este caso es que este aire escalofriante va de la mano de un tono considerablemente cómico, sin que ninguno de los dos efectos sea anulado por el otro sino más bien mutuamente potenciados. Es precisamente aquí, en su capacidad para arrancar la sonrisa o la carcajada al tiempo que lo que ocurre en pantalla nos da muy pero que muy mal rollo, donde reside el mayor mérito de Bates Motel.

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Mucha culpa de todo esto la tienen Vera Farmiga y Freddie Highmore, que están inmensos. A ambos pertenece por entero una función en la que el resto de integrantes del reparto sirven de meras comparsas catalizadoras o explicativas de acontecimientos. A veces, también de adorno, como el sheriff y sus imposibles pestañas (¿son de verdad suyas?).

La actriz de Up in the Air o Expediente Warren encarna a la progenitora sobreprotectora y muy mal de la azotea cuyo rasgo más característico es una alarmante propensión al histrionismo que incita a gritarle aquello de “Paca, bájate del escenario” que Fermín Trujillo le espeta tantas veces a Estela Reynolds en La que se avecina. Solo que, reconozcámoslo, es sobre el escenario que ella misma monta donde Norma brilla con su modo teatral de afrontar sus no pocas desventuras. El contraste entre su tendencia a tomarse a la tremenda situaciones que hasta un niño de diez años gestionaría con más madurez y su afán por quitar hierro a circunstancias objetivamente preocupantes es para un servidor lo más hilarante de la serie. Una auténtica “loca del coño”.

Norma es además, para bien y para mal, profundamente humana, y sin duda bienintencionada, por lo que es inevitable empatizar con ella y comprender hasta cierto punto sus desconcertantes reacciones. Como remate, la buena señora cae una y otra vez en una contenida (¿e intencionada?) provocación sexual que le aporta aún más complejidad y profundidad. La espléndida composición que Vera Farmiga realiza con este personaje de veras merece ser vista.

Y, ¿qué decir de Freddie Highmore? El joven actor está igualmente colosal como hijo de Norma y esquizofrénico en ciernes. Su obsesión por su madre es tal que si Edipo viera la serie se llevaría las manos a la cabeza y diría “Este chico está muy mal”. En él el contraste es entre su genuina candidez (esa sonrisa tímida e inocente desarma a cualquiera) y unas idas de olla que a veces acaban con algún cadáver de por medio.  El modo en que su creciente locura -porque el chaval va de mal en peor- se combina con su ingenuidad es realmente siniestro, y Highmore posee por añadidura esa cualidad que tanto buscaba Hitchcock en sus personajes de resultar aterrado y aterrador al mismo tiempo. El maestro del suspense se habría relamido con este pedazo de interpretación.

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Y si por separado tanto Norma como Norman son personajes fascinantes, las escenas que comparten son con frecuencia lo mejor de cada episodio. Con una interdependencia enfermiza no exenta de una fuerte carga de erotismo soterrado, la relación entre ambos madre e hijo es tan acojonantemente tóxica –de aquellos polvos vienen estos lodos- que no es de extrañar que Norman se encamine hacia un futuro (pasado) poco alentador en el que, como todo espectador familiarizado con la obra de Hitchcock sabe de antemano, acabará regentando el motel familiar a las afueras del pueblo de un modo singular.

Es de recibo también admitir que el pueblecito de marras no ayudaría demasiado a la estabilidad mental de nadie, las cosas como son. A su lado, me río yo de la tasa de criminalidad de Ciudad Juárez, ya que la localidad a la que los protagonistas huyen para empezar de cero en un lugar apacible (¡ingenuos!) es una jaula de grillos y un nido de víboras. Haciendo spoilers, solo en la primera temporada Norma es agredida sexualmente por un energúmeno al que ella se carga, hay asesinatos relacionados con una mafia de drogas que controla la zona, se destapa una red de tráfico de mujeres y Norma se lía con un policía corrupto que intenta matarla pero acaba muerto (obsérvese que meterse con Norma y Norman no es muy recomendable) en un tiroteo que es ocultado por el sheriff. Ahí es nada. Ni Melrose Place en sus mejores tiempos. A lo largo de las dos temporadas posteriores, más asesinatos, engaños, chantajes, chicas que se cargan a los asesinos de sus padres y luego se hacen pasar por muertas, violaciones incestuosas que salen a la luz y una cáfila de tramas rocambolescas que se suceden sin que a los guionistas les tiemble el pulso por la cantidad de dislates que el relato va incorporando.

La consecuencia de tamaña desfachatez es un interminable desfile de personajes que hacen mutis por el foro antes de que hayamos retenido sus nombres y que básicamente se encargan de volver todavía más desquiciado al bueno de Norman. A tenor de lo visto, demasiado bien acabó el muchacho.

Solamente tres personajes aguantan con una mínima dignidad este delirante carrusel: la chica con fibrosis quística (típica marginadilla de buen corazón pero que después se pone un pelín pesada con integrarse en la familia de los Bates. Y algo casquivana, de paso), el hermano de Norman (rebelde insolente que se vuelve cada vez más insufriblemente sensible y bobalicón) y el sheriff Alex Romero, al que encarna Néstor Carbonell, aquel actor de Perdidos que como decimos presume de exóticas pestañas (en serio, ¿esa sombra de ojos es micropigmentación o qué?). Él es el único de los secundarios que, aunque empieza teniendo un mero valor ornamental, adquiere poco a poco cierta entidad propia en medio de este volátil y alambicado argumento.

La sutileza argumental no es desde luego el fuerte de la serie. Y a la mesura ni está ni se la espera. Un trazo grueso y un ritmo atropellado que hacen que el asunto a menudo raye en lo procaz -porque hay que tener muy poca vergüenza para (des)estructurar la historia de forma tan demencial- y que ponen a Bates Motel en la misma senda que American Horror Story. No obstante, mientras que la segunda recorre ese camino buscando continuos golpes de efecto y con un foco narrativo disperso, en la primera las constantes y descabelladas vicisitudes de los protagonistas son secundarias a un foco de atención claro: la apasionante exploración paralela de las personalidades de Norma y Norman. Unas personalidades y una relación que van evolucionando hacia territorios cada vez más oscuros y ambiguos que enriquecen la serie y la elevan a una categoría superior de lo que en principio cabría esperar.

En la edad de oro de la ficción televisiva, Bates Motel ha obtenido varias nominaciones a premios prestigiosos, pero es probable que no acabe destacando entre tantas series coetáneas de excelsa calidad. Ni falta que le hace, oiga. Porque lo cierto es que, con sus indisimulados excesos, este delicioso y grotesco pastiche de tiempos, géneros y registros inopinadamente funciona. Divierte y turba. A veces sobrecogedora, otras cómica, Bates Motel es siempre entretenida. Tras la conclusión de la tercera temporada (gloriosos minutos finales que hielan la sangre), aguardo impaciente la continuación de los infortunios de esta extraña pareja que, a buen seguro, seguirá haciéndonos pasar muy buenos y muy malos ratos.

Calificación: 7/10 (y acercándose al 8).

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Comentarios

  1. Fernando V.

    Jajaja. Me ha encantado tu crítica. Realmente Norma es una “loca del coño” en toda regla.
    Gran análisis de la serie, con la seriedad y el sentido del humor que la serie requiere.
    ¿Hay más series que sigas, Toni Ruiz? Desde hoy soy fan de tu escritura.

  2. Toni Ruiz

    Hola, Fernando V. Muchas gracias por tus comentarios.

    Me alegra que hayas disfrutado de mi crítica. Y respondiendo a tu pregunta lo cierto es que soy un consumidor compulsivo de series, conque sigo muchísimas, muy variopintas además. Me pierden la fantasía, la ciencia-ficción y el rollo zombi (‘Juego de Tronos’, ‘Orphan Black’, ‘The Expanse’, ‘The Man in the High Castle’, ‘Los 100′, ‘The Walking Dead’, ‘Les Revenants’), pero me encantan otras como ‘The Affair’, ‘Homeland’, ‘The Leftovers’… jaja, no pararía nunca. Qué bien que hayamos tantos serieadictos ;)

    Sigue disfrutando de ‘Bates Motel’, es de las que va ganando con cada temporada. La cuarta promete. Un abrazo.

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