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Y tú, ¿de dónde eres?

Mª José Toledo

Si te dijera el nombre de Manó Kertész Kaminer, muy posiblemente no tendrías muy claro, por no decir ni idea, de quién se trata. Para que lo adivines, te daré como pista que es el director de uno de los títulos más antológicos del cine, clásico de entre los clásicos. Te dejo que lo pienses.

Sírvanos esta cuestión para abrir uno de los temas más desconocidos en la historia cinematográfica: las raíces foráneas de la filmografía norteamericana, máxima expresión del Séptimo Arte por peso internacional y prestigio unánime. En sus inicios, Hollywood no hubiera sido el mismo sin los emigrados de Europa, extranjeros de origen judío una parte, otros que escapaban de la pobreza, algunos más de la guerra y no pocos de las consecuencias tiránicas de determinadas ideologías que implantaron su bandera en el viejo continente. El fenómeno, con otras circunstancias, se aprecia aún en 2013, así que atentos.

Empecemos por el principio, por lo más alto. Pensemos en una de las productoras más relevantes de la meca del cine, artífice de clásicos como Ben-Hur o, ya en nuestros días, la saga James Bond. No es otra que la Metro-Goldwyn-Mayer, el omnipresente león que vio la luz en 1924 con la fusión de varias compañías. Esta empresa tuvo como miembro fundador y director ejecutivo durante años a un tal Eliezer Meir procedente de Minsk, actual Bielorrusia, que tras emigrar con sus padres a los Estados Unidos pasó a ser conocido como el mítico Louis B. Mayer, cerebro del Star system de toda una época. Pero hay más. Nacido de padres alemanes en la Hungría que formaba parte del Imperio Austrohúngaro, es William Fox, en realidad Wilhelm Fuchs, creador del antecedente de la 20th Century Fox: la Film Fox Corporation, que entró en quiebra tras el crack del 29 y dejó a Fox, no sólo en la ruina, sino también en la cárcel. Dramático.

Acabamos de nombrar a Ben-Hur, inmortalizada por Charlton Heston, con una carrera de cuadrigas entre caballos negros y caballos blancos que aún nos impresiona, y la primera película que obtuvo once premios de la Academia. Todos sabemos que su director es William Wyler pero, ¿sabías que este señor, bautizado como Willi Weiller, nació en la ciudad alsaciana de Mulhouse, antigua Alemania y actual Francia? Pues que no te sorprenda. En la polaca Sucha, que en 1906 pertenecía también al Imperio Austrohúngaro, abría los ojos uno de los mayores referentes del cine estadounidense: Billy (antes Samuel) Wilder, autor de comedias icónicas como Con faldas y a lo loco o, en un registro opuesto, Perdición que reinventó una forma de hacer noir. Sin salir de este noble Imperio, en la mismísima Budapest vino al mudo el mismísimo Michael Curtiz, el hombre que se esconde tras Manó Kertész Kaminer y que marcó un hito con Casablanca. ¿Lo habías adivinado?

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La bella Grecia fue cuna del polémico, y no por ello menos admirado, Elia Kazan, nombre que quedó tras reciclar el de Elias Kazanjoglou. Él nos legó a Marlon Brando subido al tranvía más deseado del celuloide y a un James Dean que actuaba Al este del Edén; también se relacionó con “la caza de brujas”, pero para quien esto escribe es lo de menos. En Italia, Sicilia para más señas, nació y vivió Frank Capra, eternamente recordado por Qué bello es vivir, película casi de culto en todas las Navidades.

Del Reino Unido hay figuras importantísimas, y puede que el mayor exponente sea Alfred Hitchcock, un británico de pro que, sin embargo, representa el thriller norteamericano por antonomasia gracias a películas como Psicosis. David Lean se dedicó a grandes superproducciones, entre ellas esa Doctor Zhivago que es el referente cinematográfico de la Revolución Rusa. Más recientemente, nos encontramos con los hermanos Ridley y Tony Scott, éste último fallecido, para desgracia del mundo del cine, en agosto de 2012; entre ambos cosechan éxitos como Alien, Gladiator, Top Gun o El fuego de la venganza. Difícil de superar. Quien ha revolucionado el universo de los superhéroes a través de un Batman nuevo y más realista, dicen, es otro inglés: Christopher Nolan, considerado ya todo un maestro. Es más, el cineasta que en 1997 igualó con Titanic los once Oscar logrados por Ben-Hur, tampoco es estadounidense, sino de Canadá, James Cameron, sí.

Para viajar a la Tierra Media no tendríamos que cruzar el charco sino irnos directos a las Antípodas y buscar la isla de Nueva Zelanda, de donde es originario Peter Jackson. No  hace falta ni que diga lo mucho que, para bien o para mal, ha modificado el concepto de cine de aventuras con su trilogía El señor de los anillos. En diciembre, por cierto, estrena la segunda parte de El Hobbit. No fantasía, pero sí ciencia ficción es lo que ha fomentado Roland Emmerich, director alemán que muchos critican debido a su tendencia palomitera pero a quien la taquilla suele beneficiar. No puedo olvidarme tampoco de uno de los directores más extraños y, por qué no decirlo, malditos, Roman Polanski, nacido en Francia de padres polacos, perdió esposa e hijo tras rodar La semilla del diablo, en uno de los hechos más escalofriantes del cine reciente. Yo siempre he creído que nunca llegó a recuperarse del todo.

Me dejo muchos, no lo dudéis, porque es imposible abarcar tantas personalidades, tierras y naciones en unos cuantos párrafos. Lo único que me queda por añadir es: sean todos bienvenidos.

Comentarios

  1. Iñigo Sáez

    Me ha encantado lo que cuentas y cómo o cuentas. Enhorabuena!

  2. Mª José

    Muchas gracias, Iñigo. Ha sido un placer escribirlo. ¡Saludos!

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