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Una triología para ayer, hoy y mañana

Por Marcos Cañas Pelayo

Cuando el jardín de los Capuletos se trasladó a Viena

No se trataba de ninguna noticia extraordinaria. Que en 1995 se estrenase una película romántica era como decir que al día siguiente habría periódicos en los quioscos. Sin embargo, Antes del amanecer estaba destinada a perdurar donde muchas otras compañeras de cartelera y género se perderían en las estanterías apartadas del paso del tiempo. ¿Cuál fue el truco que permitió a Richard Linklater encontrar la fórmula mágica? ¿Por qué una pareja de jóvenes que se topaba por azar en un tren europeo estaba destinada a formar una mágica trilogía que, todavía hoy, hace esbozar una sonrisa cómplice a sus fieles?

Probablemente, la principal causa fuera que, más allá del cliché chico conoce a chica, había una extraña verdad en el asunto. Antes de firmar el guión a medias con Kim Krizan, Linklater había tenido que pernoctar en Filadelfia antes de volver a su ciudad, New York. Forzado a hacer tiempo, se topó en una juguetería con una joven llamada Amy. Igual que a los personajes de Julie Delpy (Céline) y Ethan Hawke (Jesse), simples conversaciones casuales llevaron a los dos desconocidos a establecer una conexión que hizo prolongar el placer de la mutua compañía durante toda la noche.

Premisa idéntica es la que fuerza en el film a un sensible turista norteamericano a proponer a una estudiante francesa que almuercen juntos, alejándose así de su vagón, donde un matrimonio está disfrutando haciendo saber al resto de los viajeros lo que les gusta discutir a voz en grito. Face it, Tourist… You just Hit the Jackpot. La complicidad llega al punto de que ambos bajan en Viena, conscientes de que al día siguiente cada uno tomará destinos separados y hay muy remotas posibilidades volver a cruzar caminos.

Y, aunque parezca lo contrario, no son escasos dichos factores para que florezca un romance. Más allá del pequeño inconveniente del veneno, no fue mala cosa que ni Romeo ni Julieta se vieran forzados a tener que discutir qué fin de semana tocaba ir a cenar a casa de los padres de uno de ellos. Tampoco hubo tensiones acerca de si era mejor establecerse en Verona o probar fortuna fuera. Ningún asomo de vida terrenal podría enturbiar aquella noche en el jardín de los Capuletos. Jesse y Céline tendría, desde entonces, a Viena.

Cien minutos podían dar para mucho bien empleados. El film de Linklater dejaba varias incógnitas en el camino que huían de los tópicos. A la ingeniosa imaginación del público quedaba decidir si la joven pareja decidía tener sexo esa noche, así como una despedida al amanecer siguiente con la promesa de un reencuentro en el mismo punto seis meses después. ¿Lo harían? Viéndolos tomar caminos separados, cada asistente del romance debería dar su veredicto propio. Cuanto menos, eso pareció por espacio de nueve años…

No room in this city for big hearts

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Cuando te haces mayor no cambias, solamente pierdes impulso. La frase del gran Carlito Brigante se amolda como anillo al dedo para reflexionar sobre la secuela Antes del atardecer (2004). Resultó que aquella noche de Viena se convirtió en un hermoso recuerdo. Una generación de fans se reencontró con que Jesse y Céline se habían hecho más maduros. En el caso de él, incluso más formalito a la hora de vestir, como correspondía a un escritor de gira promocional a lo largo de Europa de un bestseller romántico (¿quién dijo que siempre debían ser sobre tumbas templarias ocultas?). Céline también había evolucionado, su compromiso por determinadas causas la llevó a tomar una parte activa, estando afincada en ese momento en la Ciudad de las Luces.

Aprovechando la firma de Jesse en una acogedora librería parisina, Céline decide acudir de visita. Es bueno ver a los viejos amigos, más si sospechas que tú puedes ser la fuente de inspiración detrás de un relato pasional sobre una joven pareja de desconocidos que desarrolla una conexión especial. No obstante, Antes del atardecer no es una continuación al uso. Ha transcurrido casi una década y, donde la juventud es osada, los años dan la razón a Augusto para aproximarse despacio, festina lente. Desde su primera mirada en pantalla, se puede intuir la alegría que produce volver a verse y el miedo a que la magia haya desaparecido.

La primera estocada para Eros es que uno de ellos acudió a la cita en la capital austríaca y el otro no. Además, las causas de la ausencia eran lógicas e inesperadas, esos reveses de la ley de Murphy. Como los dos turistas reflexionan, había sido una incoherencia por su parte no haberse intercambiado una dirección o un número de contacto. En vez de una impetuosa noche, el dueto decide tomar un civilizado café de reencuentro, el paréntesis preciso para que el escritor coja el coche que le llevará al aeropuerto y su anfitriona retome sus proyectos que incluyen países como la India.

Para aquellos instantes, la conexión de Delpy y Hawke era tan fuerte que incluso participaron en la confección del argumento y diálogos. Hay cosas que no pueden medirse y una de ellas es la química en el cine; lo que resulta indudable es que estos dos intérpretes funcionan a las mil maravillas juntos. La complicidad en sus ingeniosos comentarios parece afilar el potencial del otro, hasta el punto de transmitir que, por alguna incomprensible razón, hay ahí una chispa que en tantos otros casos resulta difícil creer.

Antes de caer en lo empalagoso, la película se plantea dudas incluso a sí misma. ¿No será, como reflexiona la propia Céline, que únicamente están hechos para congeniar de una manera especial por el breve lapso de un día en bellas capitales europeas antes de volver al mundo real? Como ocurre con los personajes de la mayoría de la filmografía del gran Woody Allen, no dejamos de estar ante circunstancia acomodaticias, una clase media con un punto de sofisticación y cultura pop. A pesar de las sonrisas compartidas y el evidente feeling, para las alturas de la historia, Jesse ya está casado y con hijo, mientras que Céline tiene una especie de relación estable aunque con largos períodos de soledad.

Sin embargo, con toda la racionalidad exhibida hasta ese momento y tras un vals donde todos querríamos que se dijera nuestro nombre, Céline deja una de esas frases que pasan a la historia con minúsculas pero que se graban en oro si algún día te toca esa lotería personal: “Nene, vas a perder ese avión”. La respuesta de Jesse será un ejemplo de economía de lenguaje: “Lo sé”.

Extraños en un tren

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Quedaba el último capítulo, el cierre de una trilogía que había alcanzado un aura muy especial entre sus seguidores. Casi podría decirse que el opening en un aeropuerto griego de Antes del anochecer (2013) podría ser el final de muchas otras historias de amor en la gran pantalla. Jesse se despide de su hijo que ha pasado las vacaciones con él y en el coche lo espera Céline con dos preciosas niñas rubias en el asiento de atrás. ¿Ya está? ¿Y comieron perdices sobre las ruinas de Atenas? La vida real no suele ser tan fácil.

De las tres entregas, sin duda, este epílogo es el más excesivo. Hay un viejo dicho sobre los diálogos en el cine, entrar tarde y salir rápido. Ingeniosos, frescos y con un punto de carga emocional, las respuestas y preguntas que proponen Delpy, Linklater y Hawke pueden llegar a empachar por momentos. Da la sensación de que haber quitado algunas de las abundantes réplicas no habría restado un ápice de interés a los dilemas a los que se enfrenta una pareja que ya se ha enfrentado a toda una convivencia durante nueve años.

Como siempre, la química de Céline y Jesse es tan evidente que resulta irresistible seguir atentos la evolución de un romance que ya no puede entender de promesas adolescentes o la tranquilidad de que queda más del ecuador de una vida por delante. Hay sacrificios, defectos y virtudes archi-conocidos del otro, cuentas pendientes, posibles infidelidades, facturas por pagar, sitios a los que mudarse, familia que soportar, etc. Se presentan incluso con un punto más gruñón, como todos los cónyuges que se precian, no resistirán incluso la tentación de centrarse en dos o tres detalles nimios de una cena con amigos para criticar mientras conducen de vuelta a casa.

Pese a ello, quizás sea la más utópica de la trilogía, la que realiza una apuesta más fuerte. Billy Wilder, bajo todo su hábil cinismo, no dejaba de esconder a un director profundamente romántico que debía camuflarse para no salir herido. Solamente alguien así podría haber filmado esa joya que se llama El apartamento (1960). De la misma forma, con una carga de desilusión a cuestas por los avatares del día a día, incluso en el peor momento, el dueto protagonista no deja de esconder una capacidad para ilusionarse con sus vocaciones, proyectos laborales, etc.

En ella, cada uno de los actores evoluciona de manera fluida con su personaje. Delpy regala una Céline con la misma fuerza de siempre pero con la incómoda sensación de tener que estar sosteniendo diferentes platillos al mismo tiempo para que no se caigan, temiendo perderse a sí misma en el proceso. Hawke brinda a un Jesse más seguro de sí mismo como hombre de letras, con un punto más pedante inclusive, pero con la misma capacidad de maravillarse de las cosas, aunque también con mucho dejado atrás y un primer matrimonio infeliz a cuestas.

Se trata del viaje más intenso de toda la serie, no es casual que sea en la Hélade. Agotará a algunos pero deleitara a otros. Allí Linklater se atrevió a mostrar donde guardaba los trucos de su chistera, dedicándolo a Amy, haciéndola partícipe del secreto, aunque desgraciadamente ella ya no estaba para saber cómo había influenciado aquellas tres películas. Pero eso es otra historia y habrá que buscar otro amanecer para contarla.

Antes del anochecer puede que sea, dependemos de si alguna sorpresa dentro de otros nueve años, la última oportunidad que tendremos de disfrutar de dos extraños en un tren que estuvieron dispuestos a ver lo bueno que había en el otro. Tal vez sea por estar aproximándome a pasos agigantados a la edad que tenía Linklater cuando se decidió a perder maravillosamente el tiempo en una juguetería de Filadelfia. Resulta complicado, pero no por ello menos plausible. Pero eso es la vida real, siempre con más sinsabores, pero lo que no puede quitarnos es esta trilogía de ayer, hoy y mañana. Una sonata para invierno, otoño y verano.

Comentarios

  1. Sancho P.

    Recomiendo los tres films no solo por su romanticismo sino también por los buenísimos diálogos entre los protagonistas sobre diferentes temas.

  2. Enrique Fernández Lópiz

    Tu crítica está muy bien. Lástima que no comparta tu valoración sobre esta trilogía. No te mando lo que escribí porque incluso me pasé, ja ja!! No toleré bien estas películas. Pero felicitaciones a ti por tus líneas.

  3. Marcos

    Muchas gracias, Enrique, una de las grandes ventajas del cine es que nos permite tener un amplio abanico de opiniones, todas válidas, sobre el mismo film. Un cordial saludo-Marcos

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