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Una pareja a la italiana

Por Marcos Cañas Pelayo

Fred Astaire y Ginger Rogers. Richard Burton y Elizabeth Taylor. En no pocas ocasiones, la historia del cine se ha escrito a través del aurea de una pareja capaz de hacerse reconocible e inconfundible para los espectadores de todo el globo.

Sin duda, Italia ha dejado varias marcas registradas en los años dorados de la filmografía transalpina, pero pocos nombres van asociados con tanta rapidez mutua como dos de ellos: Sofia Loren y Marcello Mastroianni.

La torre de fuego y el caballero de gafas cómplices. Una asociación fructífera, alargada en tiempo y que resultó la perfecta esencia de un género, una forma concreta de hacer cine y el aprobado con nota de las asignaturas pendientes de un país.

Por supuesto, solamente el azar y la casualidad permitieron que sus destinos se entrelazasen… Eso, y la ayuda de un viejo sabueso de olfato fino.

El  oro pelirrojo de Nápoles, el niño perdido y el general de cabellos plateados

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Vittorio De Sica sabía de muchas cosas. El teatro, el celuloide y la detección del talento ajeno se encontraban en el ramillete de virtudes  de un caballero que ya lucía una augusta plata en sus cabellos. Su presencia daba clase a una simpática comedia de título prometedor: La ladrona, su padre y el taxista (1954), dirigida por Alessandro Blasetti. Una historia de pícaros, de ladrones más encantadores que honrados, aunque de buen corazón y que liaban a un honrado taxista en sus marrullerías.

De Sica ejercía del padre de una atractiva muchacha que había heredado la habilidad de buscar en bolsillos ajenos de su progenitor. Por supuesto, su retoña en la ficción no era otra que Sofia Villani Scicolone, mucho más conocida para el mundo como Sofía Loren. De infancia dura en los rincones de Pozzuoli, aquello fue el germen de una joven pelirroja que se convertiría en uno de los tesoros escondidos más valiosos de Nápoles.

Los bombardeos de la II Guerra Mundial estuvieron presentes en el sur de Italia, mientras Sofía, alentada por su madre, comenzaba a desarrollar un fuerte interés por el mundo del espectáculo. Sus primeros pinitos en concursos de belleza y apariciones como extra la fueron acercando a unos focos que estarían destinados a prenderse de ella. En 1954 se convirtió en una adúltera y sexy pizzera (1954), su primera oportunidad de estar bajo la dirección de De Sica. Los dados estaba en el aire y, apenas unos meses después, llegó la pieza que faltaba al puzle.

Marcello Mastroianni no era ningún desconocido cuando se ponía bajo el volante de un modesto taxi en las calles romanas, justo a tiempo de caer en las redes de la astuta ratera. Igual que Sofia, había vivido como niño errante de los Apeninos la tragedia de la contienda que asoló su país (en su caso, incluyendo una estancia en un campamento alemán y afortunada huida a Venecia), iniciando también una carrera como extra.

Consolidándose poco a poco en la resurgida cinematografía patria, quizás ni siquiera el joven actor de hechuras de galán intuía lo que la dama Fortuna le deparaba. Sería el símbolo de una de las piezas más recordadas del maestro Fellini (8 ½, 1963) y uno de los intérpretes más carismáticos y talentosos en una época donde muchos de sus compatriotas atesoraban ambas cualidades en grado sumo (Alberto Sordi, Nino Manfredi, Vittorio Gassman, etc.). Poco después, el triunvirato haría una revisión de El sombrero de tres picos (1955).

En definitiva, se había sellado un destino. Desde el primer día, De Sica se convirtió en mi escuela, mi maestro, mi mentor, mi todo”, reconocía la artista napolitana, quien se encomendó a la batuta del hombre idóneo para hacerla un mito capaz de estar colocado sin pestañear al lado de nombres como Marilyn Monroe o Grace Kelly.

Tal vez en la maravillosa El general de la Rovere (1959), a las órdenes de su amigo Roberto Rossellini, De Sica pensase que aquella pareja que tan bien parecía caer a la cámara podía ser el pasaporte perfecto para iniciar el viaje a algunos de los años más turbulentos de la tierra azzurra…

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Matrimonio a la italiana (1963)

Fue en el momento justo y en el lugar indicado. De Sica cogía nuevamente el rol de maestro de ceremonias. Por aquel entonces, Sofía había consolidado su relación con un hombre decisivo en su vida: Carlo Ponti, uno de los productores más importantes del neorrealismo. Por su lado, Mastroianni había dulcificado su vida en la Fontana de Trevi y se consagraba como un galán de suma versatilidad, capaz de ser un don Juan creíble y carismático o un adorable perdedor en comedias corales (la magnífica Rufufú, 1958).

De hecho, don Vittorio se había inspirado en una película previa de Marcello para titular su film: Divorcio a la italiana (1961). Aunque Sofia ya había ganado el prestigioso Oscar por la desgarradora Dos mujeres (1960), nuevamente a las órdenes de De Sica, quizás sea esta la pieza que la consagró definitivamente. No solamente a título individual, su pareja de baile y ella alcanzaron una popularidad internacional que habría de acompañarles por siempre.

Se había tratado de una apuesta a doble o nada y los resultados fueron inmejorables. La tormentosa y pasional relación de una prostituta, Filomena Marturano y Domenico Soriano, un burgués que logra sobrevivir a los años de la posguerra con soltura, se convirtió en una revisión de todo lo que podía dar de sí una unión carismática: visceral, emotiva, tierna, sexy y metáfora de la evolución de un país tras la caída del fascismo y la reconstrucción de las miseria y las ruinas que había dejado, un enlace conyugal sin pasar por la vicaría a las primeras de cambio, ejemplo perfecto de comedia dramática.

Si algo funciona, lo mejor es no tocarlo. La senda que había marcado De Sica fue seguida por sus continuadores y ningún casting estaba tan enloquecido como para obviar que aquellos dos “amigos” habían venido para quedar. Entrecomillamos y es que la prensa del corazón siempre encontró solaz en levantar sospechas al respecto…

Leri, oggi e domani

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Ursula Andress, Claudia CardinaleCatherine Deneuve, Flora Carabella… La lista de romances, matrimonios y especulaciones de Mastroianni fue fecunda durante toda su trayectoria. Él mismo parecía burlarse un poco de esa fama de conquistador en Casanova 70, donde encarnaba a un seductor que ya era incapaz de lograr sus objetivos si no se metía en graves riesgos durante el cortejo.

No obstante, muchos tabloides echaban en falta un nombre destacado en la ilustre lista: Sofía Loren. La actriz italiana logró un importante grado de privacidad y secretismo en su vida personal, aunque fueron inevitables las noticias sobre su relación con Cary Grant o la propia polémica que generó en su entorno más cercano su matrimonio con Ponti, un hombre notablemente mayor que ella (pongámonos en la moralidad de la época cuando iniciaron la relación para comprender la situación).

A pesar de que su vida familiar con Ponti sobrevivió a viento y marea en la aventura de Hollywood, “La Loren” tuvo que sortear varias situaciones delicadas. Casi siempre logró hacerlo con guante blanco. Su rodaje con el genial, pero emocionalmente inestable, Peter Sellers, fue saldado con una declaración de guante blanco: Nunca fuimos amantes. He hecho películas con Marcello Mastroianni, Clark Gable, William Holden, Alan Ladd –muchos hombres fascinantes-, pero no pueden ser todas relaciones sentimentales. Son cotilleos. Peter Sellers tenía una gran personalidad y yo le adoraba, pero no fuimos amantes”. De Sica hubiera estado satisfecho de su alumna y su forma de elevarse sobre lo más amarillento del mundillo.

Naturalmente, aquellos rumores iban cambiando según quién fuera “el hombre” del momento en la gran pantalla, pero el signore Mastroianni parecía perpetuarse en el tiempo. Quizás, los paparazzi estaban influenciados por la divertida Ayer, hoy y mañana (1964), una serie de historias cortas donde Sofía podía ser una corajuda madre napolitana, una cortesana romana o una aburrida y adinerada señora de la Lombardía. Siempre cambiante el papel, pero igualmente ligada emocionalmente a personalidades masculinas encarnados por Marcello. Nunca parecían dejar de funcionar o ser creíbles. ¿Por qué no podía ser así en la vida real, de idéntica manera a aquellos girasoles rusos de los 70?

 Sofía siempre se refirió a su mejor socio como el más imprescindible de sus amigos. Más allá de las décadas, siguieron ligando sus trayectorias profesionales, pero pareció existir un pacto de intenciones que no enturbiase aquella extraña e innegable armonía que les caracterizaba cuando se gritaba: ¡Acción!”.

Una esencia que permaneció inalterable cuando un habilísimo Ettore Scola reverdeció viejos laureles de la explosiva pareja en Una jornada particular (1977). Y es que, si tuviéramos una máquina del tiempo, ¿qué importancia podría tener el encuentro de dos tipos tan desagradables como Hitler y el “dulce” Mussolini, comparado con la atractiva pareja de desconocidos vecinos que fueron Antonietta y Gabriele?

Cuando era preciso, allí acudían con precisión de la caballería. Ya fuera para realizar un curioso homenaje a Glenn Ford y Rita Hayworth (La pupa del gangster, 1975) o, en plena década de los 90, la sofisticada (pero fría) Prêt-à-Porter (1994), los dos amigos estaban dispuestos a seguir al pie del cañón, hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana…

Así permanecieron inalterables y haciendo que se cerrase un hermoso círculo cuando se combinaron para dar un merecido premio a toda una carrera a Fellini. Solamente el fallecimiento de Marcello en 1996 puso el cierre a una de las combinaciones más fructíferas de bambino y bambina que nunca vio el invento de los hermanos Lumière.

Sofía, siempre a la altura, sabía exactamente la forma de despedir a tan buen compañero de aventuras: Con Marcello se ha ido una parte importante de mí y de mi juventud”. Llevándose aquello, el eterno conquistador se despedía con uno de sus mejores botines.

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