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Un tipo serio

Por Marcos Cañas Pelayo

Hay películas que parecen condenadas a quedar relegadas a meras notas a pie de página en la filmografía de determinados autores. Así, Un tipo serio (2009) de los célebres hermanos Coen parece lucir poco al lado de las Fargo, El Gran Lebowski, Muerte entre las flores, etc.

Y es que se trata de un film de corte discreto, un perfil bajo y cotidiano, no es un remake poderoso como Valor de ley. Tampoco tiene un casting tan de gran producción como la hiper-ponderada No es país para viejos. Sin embargo, las aventuras de Larry Gopnik son mucho más de lo que aparentan en el amplio abanico de personajes memorables creados por la pareja de Minnesota.

Interpretado con maestría por Michael Stuhlbarg, Larry es un profesor de física que vive en una comunidad del medio-oeste americano, tratando de compatibilizar sus raíces judías con los Estados Unidos de finales de la década de los 60 del pasado siglo. Sin saberlo, este docente va a empezar a sufrir las pruebas de paciencia del santo Job, sin que haya cometido ninguna ofensa para ser puesto tan a prueba. Pero no adelantemos acontecimientos. Pensemos en cuál es el código en el que los directores de este film han creado la falsa sensación de que no pasa nada.

Un tipo serio comienza con un cuento que consigue mezclar el irreverente humor de Woody Allen con la cultura talmúdica, la atmósfera de un pequeño relato de Poe y la falta de conclusión o moraleja clara del maestro Chejov. No se debe revelar mucho en ningún comentario sobre esta andanza de unos antepasados de los Gopnik, de hecho, podría omitirse y no lo necesitaríamos para seguir el film. No obstante, sí que nos resulta básico para entenderlo realmente, si es que eso es posible.

Los rabinos hablan y dejan la sabiduría o la locura para el que quiera recogerla. El paisaje del cuento es una pequeña morada azotada por la nieve, aunque acogedora para los extraños. El del anónimo pueblo donde vive el descendiente es mucho más agradable, una acogedora zona extra-radio para una clase media pudiente. De cualquier modo, apenas una breve concatenación de nubes puede inundar todo de gris y hacernos sentir que nuestras certezas se evaporarían con un parpadeo.

Y es que la zona de cómfort de Larry es su familia, donde ejerce o, mejor dicho, quiere hacer las funciones de patriarca. Pero eso irá cambiando paulatinamente, conforme su hijo adolescente vaya haciendo pequeñas rebeldías, nada del otro mundo, aunque lo alejan de la tradición yiddish. Con todo, el peor asunto es el de su esposa, quien parece haber hecho un súbito viraje de su aparentemente cómoda convivencia para iniciar un romance con Sy Ableman, un hombre desprovisto del más mínimo encanto, si bien la mujer de Larry lo ha elegido por considerarlo una persona muy seria y respetable.

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A lo largo de todo el metraje, uno tiene la sensación de que los Coen disfrutan de una broma privada. Sabes que el chiste cruel está ahí, pero es difícil descifrarlo.

Se contaba en el Hollywood más clásico que John Ford instaba a sus guionistas a escribir biografías completas de los personajes de sus filmes. Buena parte de aquellos datos nunca aparecerían citados en la película, sin embargo, juzgaba el maestro que era muy oportuno que fueran conocidos por su equipo. Eso daba verosimilitud y escanciaba pistas a los espectadores, quienes sentían que habían invadido un momento de la intimidad de aquellos protagonistas.

En este sentido, percibimos que nuestro viaje al fondo de Larry es total. No solamente porque su intérprete hace una maravillosa actuación y muestra todas las aristas del atribulado profesor, sino porque no hay parcela de su intimidad que no compartamos. Sus sueños con la señora Samsky (espléndida Amy Landecker), acompañarle a un chequeo médico rutinario, su frustrado matrimonio que se está yendo, su relación con su hijo e hija…

Carlos Boyero definía todo este experimento como “el universo puro y duro de los hermanos Coen”. Aquí son ellos, realmente, menos buscando el glamour de No es país para viejos o imitando estilos de comedia romántica en Crueldad intolerable, más dados a hablar de lo que a ellos les interesa, hurgando en recuerdos de su propia infancia, re-visitando vivencias de su familia. En su sagaz crítica sobre el asunto, Boyero no dudaba en afirmar que hay cierto aroma a Kafka. Algo de eso hay en estos seres oprimidos en un día cualquiera de sus existencias.

También a, volvemos a incidir en él, al estilo de Woody Allen, concretamente en Delitos y faltas. Los hermanos, pecados ocultos, perdón y búsqueda de redención, la sensación de que se retoma aquello de Caín y Abel, ondeando sobre el justo la espada de Damocles de la mortalidad. Los Coen saben bastante de muchas cosas, se permiten exhibir un gran conocimiento de la tradición judaica para hilvanar con ella un fino humor negro, repleto de detalles que, quizás, nos hayamos perdido.

No muy populares para el gran público, sobresale en el casting un elenco de excelentes profesionales. Fred Melamed da un tono meloso y melifluo a su Sy Ableman, un tipo pausado que, sin embargo, parece que puede destruir tu vida sin piedad mientras te abraza con un discurso políticamente correcto. Sari Lennick encarna a Judith Gopnik, dándole un toque personal y salvando la papeleta de enfocar a uno de los roles más ambivalentes del relato. Los seguidores incondicionales de Big Bang gustarán de reconocer aquí a Simon Helberg como el rabino Scott.

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Atendiendo a los escenarios, bajo un disfraz costumbrista sencillo, se ocultan muchos detalles intencionados. Las pizarras de la universidad de Larry parecen volverse contra el docente que escribe en tiza sobre ellas. Es terrorífico el momento en que el profesor es consciente de que nadie en el aula se ha enterado de lo que habla. De hecho, él mismo empieza a dudar.

Un cartesianismo repleto de incertidumbres, crisis de paradigmas y muy pocas certezas. ¿Y qué hay de la fe en esa ecuación? ¿Puede seguir pensado en ese Dios en su sinagoga con la que le está cayendo encima, como si fuera una especie de pararrayos humano?

La ética tiene mucho que decir aquí. En ocasiones, parece que tomar un camino es complicado, pero el otro no es excesivamente mejor. ¿Aprobar a un alumno nulo por evitar problemas con sus padres? Pequeños quebrantamientos y aspectos que harán tambalearse los principios de un tipo cualquiera en su día a día.

Un intelectualismo que quizás nos explique un poco su mala distribución, teniendo un circuito bastante limitado y una producción escasa para tratarse de dos directores de renombre. Pero no era un proyecto con visos comerciales. Más de alguna opinión argumentaba que los Coen exigían para entender su película haberse criado en esa comunidad del medio oeste americano en dicha década. De cualquier modo, la crítica la acogió con una actitud sumamente positiva, apreciando cuestiones de filosofía, teología y referencias muy ricas en este micro-cosmos.

Por supuesto, no siempre llueve a gusto de todos, también hubo dedos acusadores por una fábula que presenta personajes en extremo falibles, inclusive poco agradables de escuchar, con comportamientos censurables y mezquinos. Lo inquietante es: ¿nos disgustan porque son estúpidos y malvados? O, y es aquí donde empieza el remordimiento, ¿nos producen ese efecto porque pareciera que nos hubieran puesto un espejo en el que se proyecta lo más oscuro de nuestra rutina?

El extraño eclecticismo de los Coen es conjugar dos elementos aparentemente tan dispares como el sentido del humor y la depresión. Pero es muy lógico que ambas estén próximas, la frontera que las delimita es exigua. Es aquí donde se mueven con comodidad y con una confianza que asusta, superior incluso a cuando intentan hacer una opereta romántica con los divorcios (Crueldad intolerable) o una burla de las tramas de espionaje (Quemar después de leer). Un tipo serio es un Bar Mitzva de madurez, una comprensión de lo que acontece en esta bola de barro ni tiene sentido ni nunca lo ha pretendido.

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Su final, no podía ser menos, tampoco les dejará indiferentes. No diremos nada de él, deseando que hagan el camino por su propio pie, si gustan de mirar dentro de las cabecitas de estos dos hermanos a quien su madre protegía de la nieve mientras veían la televisión y maquinaban cómo podrían algún día hacer ellos su propio espectáculo.

Hoy lo han conseguido. Y solamente podemos dar gracias por ello. Por fortuna, los Coen son dos directores muy serios… con un delicioso humor negro.

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