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Un tipo que hizo un género de si mismo

Por José Manuel Morales

¿Quién es ese hombre que se esconde tras esas lentes redondas? Neurótico como todos los que no somos machos alfas y tememos algo a la vida, lleno de pesares y de inseguridades como aquellos que siguen lo antes expuesto.

Woody Allen no es sólo una persona que hace cine y que escribe lo que dirige, es en sí mismo un género propio. Ayer estaba yo en casa, como es de costumbre en un tipo que sale poco y gusta poco de los demás, y pude ver el film de Allen Sueños de un seductor. Una comedieta más del bueno de Allen que fue filmada por Herbert Ross. Su historia me conmovió en exceso al ver como era tan desastre con las mujeres y me pregunté: “¿Pero cuantas cosas tenemos en común los hombres de a pie?” No esos que parecen que se comen el mundo con un enorme y desproporcionado ego sino los hombres de a pie como este sujeto entrañable que tira las copas a los camareros por encender un cigarro a la dama de turno.

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En el film todo es exagerado, desde luego, en la historia incluso lleva de consejero al fantasma de Humphrey Bogart. Si bien no es de las mejores de Allen, porque la mejor a mi juicio es la inconmensurable Annie Hall (donde también participa su musa de entonces Diane Keaton), tiene un punto agradable y entretenido que a su final adolece de demasiada bondad). Una travesía a los largo del género de la comedia para determinar que bien se pasa y que pillo se es tratando uno de seducir a la mujer de tu mejor amigo. Es todo, como puede verse, una doctrina sobre la buena persona.

No obstante es muy bueno saber que la comedia ya era buena en los setenta y que Allen fue bueno desde siempre. Pasando por estúpidas films que causan sopor nada más verlos (Bananas o Toma el dinero y corre), lo cierto es que siempre dio el do de pecho. Ya de mayor cuando se puso a jugar con actrices de medio pelo como la Johansson o con nuestra Pe, perdió un interés de “descubridor de estrellas” que me hizo sentir mal. Luego con la aparición de Owen Wilson en Medianoche en París me llevó al clímax cinematográfico. Ese film fue muy bueno y tuvo un premio Óscar por su guión original. Pero ya siento que el director neoyorquino ya no es lo que fue.

Volviendo a la película Sueños de un seductor, parecía que cada palabra dicha por él era pura ocurrencia y no sabes cómo se siente uno oyendo tal cosa cuando viene de un pueblo en el que hablar con cierta regla gramatical es algo complicado de encontrar. Recuerdo cuantas frases maravillosas salían de la boca de Allen cuando trataba de llevar a buen puerto su relación con Diane Keaton en Annie Hall: “Las relaciones son como los tiburones si no van hacia adelante se mueren”, “¿Esto que es un jabón de brea? ¿Quieres meterte en los panteras negras o que?” Un sinfín de frases que resuenan en mi cabeza desde hace años y que puede que alguna que otra haya quedado en un mal uso o abuso de la misma.

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Cuando terminé de ver Sueños de un seductor, me quedé con ganas de que el protagonista se quedara con la chica (ya he dicho que también era Diane Keaton), pero el genio neoyorkino quiso ser buena persona y no permitió tal abuso y bueno… Salió lo que salió.

Sea como fuere, quiero con este artículo demostrar mi amor e interés por este genio raro, excéntrico y de fácil vida (otros le ganan como el autor de “Vida, ascendencia, crianza y aventuras de Don Diego de Torres y Villarroel”, que fue el propio Villarroel, que parece era querido por todo el mundo por decreto), que dio mucho bueno en su época inicial y que ya no destaca tanto. Los estragos de la edad, supongo,  aunque se dejen ver detalles de su calidad de cuando en cuando. I LOVE YOU, WOODY.

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