Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Un mundo infeliz

Por Mª Jose Toledo

El Diccionario de la Real Academia Española define «utopía» como «plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación». Su antónimo, que no cuenta aún con una bien merecida entrada en este diccionario, equivaldría a lo mismo pero siendo pesimistas: los amantes de la ciencia ficción estaréis familiarizados con lo que se ha venido a llamar «distopía». El cine, ayudado en ocasiones por la literatura, nos ha dado ejemplos de muy diversos temas, convirtiéndose algunas de estas obras en representativas de todo un subgénero que, a veces, tiene más de un paralelismo con la realidad. Veamos una pequeña muestra.

Yo he sido la primera sorprendida al descubrir que en los albores del cine encontramos ya la descripción de un mundo futuro muy alejado de la felicidad. La Metrópolis de Fritz Lang salta de 1927, fecha de estreno, hasta el año 2000, época donde se ambienta una sociedad fuertemente dividida entre ricos y pobres, entre la superficie y lo subterráneo. La revolución marxista había triunfado en Rusia diez años antes y faltaban dos para el crack del 29, así que no se hace difícil imaginar por qué el señor Lang se decantó por la política y de dónde pudo sacar la inspiración.

En esta misma línea, el británico George Orwell escribiría dos décadas después su obra maestra 1984, uno de los libros distópicos de referencia que fue llevado al cine justo en ese mismo año por Michael Radford, con unos inmensos Richard Burton y John Hurt como protagonistas. Orwell concibió una de las reflexiones más solemnes y certeras del devenir del ser humano, a quien vaticinó una esclavitud mental y moral a todos los niveles. Erróneamente se cree que su Gran Hermano se trata de un alter ego fascista, pero esto supondría una mala interpretación del análisis de Orwell, quien vivió en primera persona la Guerra Civil Española como combatiente del POUM y fue un convencido anti comunista y anti totalitarista. Tanto en el libro como en la película, la organización de los continentes ha sido modificada y la élite del partido único manda sobre la vida, la muerte, el pensamiento, el amor y la verdad. Una de las más aterradoras y una de mis favoritas.

Sin embargo, no todas las distopías giran en torno a la política o la filosofía. Por ejemplo, si te digo palabras como carretera, desierto, motores y guerra nuclear, es muy probable que te venga a la mente la imagen de un tal Max con los ojos azules de Mel Gibson. El australiano George Miller inició la saga Mad Max en 1979 (y se anuncia una cuarta parte para 2015), donde una hecatombe atómica ha desolado la Tierra. Como consecuencia, escasean los recursos naturales y la guerra ha destruido gran parte de los núcleos urbanos, trasladando la vida a una naturaleza aislada por carreteras en las que proliferan los criminales. Es cierto que antes de Miller el cine tuvo muy en cuenta este panorama extremo, pero no hace falta que sigas buscando: Mad Max es el arquetipo cinematográfico del mundo post apocalíptico, con sus trajes de cuero remendados, su regreso a lo tribal y el desierto como paisaje predominante. Insuperable.

A la sempiterna amenaza nuclear, James Cameron unió el de las máquinas y creó así el clásico Terminator. En justicia hay que precisar que esta película se ubica en el muy presente 1984, lo que no es óbice para que esboce y plantee un futuro 2029 lleno de oscuridad en el que las tecnologías se han revelado y han destruido la civilización conocida. Para rizar el rizo, Cameron incluyó en una historia de por sí fantástica los viajes en el tiempo y los androides de perfecta apariencia humana. El resultado es una primera entrega que con su visión tecnológica ha marcado por completo la ciencia ficción. La mayoría prefiere la segunda parte, pero yo me quedo sin pensarlo con la original y el sargento Reese.

mundofeliz2

Bien mirado, la influencia de Terminator puede rastrearse hasta 1999, año en el que vio la luz el inicio de una trilogía que, guste más o guste menos, ha dejado una huella indeleble en el cine de las últimas décadas, tanto en estilo como en concepto. Camuflada de película existencial, Matrix es antes que nada, y principalmente, una distopía cyberpunk que explota las posibilidades del universo virtual y el poder de las máquinas inteligentes. Poco más se pude decir para no estropear la trama, aunque dudo mucho que aún no la hayas visto. El abrigo largo de Keanu Reeves y las leyes de las física destruidas en pos de la acción son marca de la casa.

De hecho, el progreso científico del Hombre siempre se ha mirado con un recelo que tiene su manifestación en una de las ideas distópicas por excelencia: las pandemias de consecuencias inesperadas. El libro Soy leyenda de Richard Matheson ha sido adaptado en al menos tres ocasiones, con un sólo protagonista, un hombre, como único superviviente de una epidemia bacteriológica, eso sí, muy particular. Recientemente, encontramos en el cine británico una cinta de un impacto incuestionable a la hora de construir una plaga zombi tras la susodicha experimentación científica. 28 días después, de Danny Boyle, ofrece una autodestrucción palpable y furiosa a través de un ser humano reducido a lo irracional.

Si hay un futuro que aterra a la humanidad es una invasión alienígena, ¿a que sí? Bueno, a lo mejor no a todos, pero sí a bastantes artistas, que miran al universo como fuente de terrores inimaginables. Quizá lo que más tengamos en mente sean película tipo Independence Day, que de esas hay unas cuantas, pero también se dan casos medianamente serios como las cuatro adaptaciones de La invasión de los ladrones de cuerpos, novela de Jack Finney. Con todo, entre estas historias hubo una escrita en 1898 por H. G. Wells que se ha convertido en paradigma del miedo al espacio exterior: La guerra de los mundos. Orson Welles la dramatizó en lo que fue un hito radiofónico y Steven Spielberg la convirtió en película en 2005. Aunque sus detractores abundan, puede considerarse un interesante acercamiento, de gran realismo, a un hipotético caos extraterrestre.

Si muchas de estas desgracias se las ha buscado el ser humano, algunas otras le vienen impuestas. Aquí entra en juego el gran escenario, de una vigencia preocupante, de las catástrofes naturales. Meteoritos, terremotos, deshielo que cubre los continentes o mero cataclismo planetario son causas que mandan al garete a la humanidad. Con la profecía maya acerca del (no) fatídico 2012, Roland Emmerich siguió su acostumbrada estela catastrofista y nos dio su visión del mundo desmoronado por toda clase de fenómenos naturales mientras los gobernantes se esfuerzan en salvar los restos que pueden ser salvados. Ahí queda su 2012, título que ya nos indica de qué va a ir la historia.

Cuánto optimismo, ¿verdad? Que no te amarguen la vida. Feliz futuro mundo.

Comentarios

  1. cinepata

    Buen artículo, excepto 2012 el resto de películas de las que hablas se encuentran entre mis favoritas del género sobretodo Terminator y Mad Max.

  2. Mª José

    Gracias, Cinepata. Bueno, quería que hubiese una representación de todos los géneros, y las catástrofes naturales son imprescindibles. ¡Hay tantas! ¡Saludos!

  3. Laura

    Ahh para catástrofes naturales me gusta El día de mañana.

  4. Mª José

    “El día de mañana”, también de Roland Emmerich, tampoco me convence del todo, pero sin duda es buen ejemplo de esa temática. Gracias, Laura, por comentar.

Escribe un comentario