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Un Mesías de los noventa. Especial Paul Thomas Anderson

Por Alejandro García Castellano

La década de los noventa fue testigo fehaciente de la renovación del cine americano, liderada por jóvenes artistas que encontraron en el celuloide su herramienta más reivindicativa y célebre donde poder contar las historias que irrumpían en su creatividad. En los años noventa tuvo lugar la redención de la Academia de Cine ante el talento de un artista, hasta entonces despreciado por los miembros “eruditos” de la institución cinematográfica más emblemática a nivel mundial. Tras más de veinticinco años entregado a su pasión, y habiendo engendrado casi por sí sólo una nueva industria cinematográfica donde el arte se convirtió en el reclamo para ganar dinero -mucho dinero-, pudimos escuchar en el Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles por primera vez el nombre de Steven Spielberg tras el “oscar goes to”, que tantos años había estado persiguiendo y nunca había dado caza. Clint Eastwood fue el encargado de oficiar este bautismo simbólico, que vendría acompañado del máximo reconocimiento por parte de la Academia a la obra culmen del cineasta judío de Cincinnati sobre el Holocausto Nazi. La Lista de Schindler (id. Schindler’s List, 1993, Steven Spielberg) fue una historia vivida y escrita, que aguardó en silencio a la espera de que el Rey Midas, que tantos recuerdos imborrables perpetró en la década de los ochenta a golpe de obras maestras, estuviera preparado para confeccionarla. Al fin, la madrugada del 22 de marzo de 1994, Spielberg, el hombre que capitaneó al “Nuevo Hollywood” hacia los derroteros del triunfo y la victoria, pudo recostarse sobre su cama contemplando el galardón que le convertía ante los ojos de la historia en una leyenda viva, y que como todas las buenas leyendas, jamás se perderá en el olvido. Más de diez años tuvieron que transcurrir para que la misma Academia que tantas reticencias manifestó para condecorar al director de Tiburón (id. Jaws, 1975, Steven Spielberg), se decidiera a premiar al hombre, que según palabras del propio Spielberg, es el mejor de su generación. Martin Scorsese recibía en 2007 el galardón a Mejor Director por su magnífico trabajo en Infiltrados (id. The Departed, 2006, Martin Scorsese). La conciencia de los miembros de una academia que habían “olvidado” premiar a películas como Taxi Driver (id. Taxi Driver, 1976, Martin Scorsese), Toro Salvaje (id. Raging Bull, 1980, Martin Scorsese) o El rey de la Comedia (id. The King of Comedy, 1982, Martin Scorsese), no pudo resistirse a la conjunción de Scorsese, Leonardo Dicaprio, Matt Damon y Jack Nicholson, que orquestaron una obra grandiosa merecedora de todos los elogios. Por fin Scorsese recibía el perdón de los miembros de la Academia, y se confirmaba como uno de los hombres responsables del mejor cine con el que los últimos cuarenta años nos habían obsequiado. En la década de los noventa su Uno de los nuestros (id. Goodfellas, 1990, Martin Scorsese), que fue derrotado en la ceremonia de los Oscar incomprensiblemente por Kevin Costner y su anodina Bailando entre lobos (id. Dances with Wolves, 1990, Kevin Costner), daba comienzo a su renacer como artista tras una década pasada problemática y plagada de fracasos y drogas, que lapidaron la carrera apoteósica de esta estrella. Su trabajo en Casino (id. Casino, 1995, Martin Scorsese) continuó su ascenso, que iría a culminar con el “Calvo dorado” entre las pequeñas manos del cineasta ítaloamericano. Scorsese, que de niño pensó en ingresar en el seminario, y su entrañable compañero de viaje, Spielberg, por fin recibieron un poco de gratitud por parte de una Academia llena de rencor y prejuicios.

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A lo largo de los últimos años previos a la venida del nuevo siglo hubo dos directores que acabaron por conquistar tanto a los espectadores como a la crítica, y recibieron, además, el beneplácito de los vejestorios de la Academia que, agazapados en sus grandes tronos aterciopelados, vieron con buenos ojos premiar al más que sobresaliente largometraje Fargo (id. Fargo, 1996, Joel y Ethan Coen). Un premio a Mejor Guión Original y a Mejor Actriz bastó al geriátrico de la Academia, que consideró que una vez premiada la película independiente de los Coen en estas categorías, ya podía entregar los mejores premios a películas más “de Hollywood”. El tándem de los hermanos Coen, originarios de Minnesota, estalló en una explosión de creatividad y clarividencia durante estos años, dando como fruto la creación de portentos artísticos entre los que cabría destacar Fargo, El gran Lebowski (id. The Big Lebowski, 1998, Joel y Ethan Coen) y Muerte entre las flores (id. Miller’s Crossing, 1990, Joel Coen). Los hermanos Coen se consagraron en los años noventa como dos de los mejores directores del cine moderno, que de una manera personal y perspicaz eran capaces de desenmascarar las mentiras que encierra la vida y el sueño americano. A su éxito en Estados Unidos, en ocasiones bastante moderado, se le sumó la querencia desaforada que desde Francia les profesaban a estos dos cineastas. Su película Barton Fink (id. Barton Fink, 1991, Joel Coen), que en las salas estadounidense apenas recaudo más de seis millones de dólares, arrasó en el Festival de Cannes recibiendo los tres premios más destacados: Palma de Oro, Premio a la mejor interpretación masculina y Premio a la mejor dirección; tras lo cuál, nunca más se volvió a entregar a una misma película más de un galardón. Mencionar el cine de la década de los noventa y omitir a Ethan y Joel, sería un exorbitante desacierto muestra de un absoluto desprecio hacia el séptimo arte. Y aquí, desprecio, poco.

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Como hijo pródigo de la realización de vídeos musicales, llegó al celuloide un artista, que tras más de dos décadas dedicadas a la consecución de obras maestras, se ha convertido, a día de hoy, en un de los referentes a nivel mundial. David Fincher tuvo su primera vez en 1992, trasladando a la pantalla el tercer guión de la saga Alien que obtuvo, a pesar de su abultado presupuesto, una recepción pésima tanto de crítica como de público. Si bien su comienzo no estuvo a la altura de su talento, un ineficiente guión y una temática más que desgastada también pudieron tener parte de culpa, su segundo largometraje -Seven (id. Seven, 1995, David Fincher)- lo propinó una fama que el director estadounidense ha sabido custodiar durante todo este tiempo, gracias a su inherente capacidad de crear auténticos tesoros cinematográficos. Su colaboración con un bisoño Edward Norton le valió para consolidarse, en los albores del nuevo siglo, como una de las promesas que tomaría las riendas del buen cine. Su admirada, aunque no muy extensa filmografía, no ha recibido aún ningún galardón por parte de la Academia de Cine -¿qué raro, no?-, pero sí que ha sabido enamorar al público, que ha concedido al director toda su confianza. Ser autor de una obra regia como es El Club de la lucha (id. Fight Club, 1999, David Fincher), o firmar con letra clara y indeleble la magnífica película sobre el introvertido creador de Facebook -La red social (id. The Social Network, 2010, David Fincher)-, son argumentos más que irrebatibles para justificar la relevancia de este cineasta tanto en la década de los noventa como en el cine contemporáneo.

Durante los años noventa tuvo lugar también la presentación de un cineasta que se ha convertido, a los ojos del público, en el hombre más sobresaliente de su generación. Su cine gamberro y rudo acaparó las miradas de los más curiosos, que impactados por el realismo de sus imágenes, no pudieron resistirse a un estilo que desde su aparición en 1992 no ha dejado de añadir adeptos a su causa. En el primer lustro de la década surgió del anonimato un joven, de gran mandíbula e insólito semblante, que trastocó la industria y la historia del cine mediante su segunda y transgresora incursión tras las cámaras, después de un prometedor preludio dos años antes con Reservoir Dogs (id. Reservoir Dogs, 1992, Quentin Tarantino). Pulp Fiction (id. Pulp Fiction, 1994, Quentin Tarantino) y Quentin Tarantino rompieron con firmeza y valentía los estereotipos que dominaban hasta entonces el cine, gracias a la buena música, el montaje dinámico e insólito y los desconcertantes diálogos que caracterizaron al film. El realismo y la excesiva violencia, tachada en no pocas ocasiones de innecesaria o desmesurada, que predominaban en sus dos primeras películas, hicieron de él y de su forma de rodar un mismo ser al que se le ha bautizado con el adjetivo tarantiniano. Un Oscar a Mejor Guión Original en 1994 fue lo único que recibió Tarantino en los noventa de una Academia que jamás le ha tenido en consideración. Aunque el desapego de los miembros de la institución ha sido compensado por la admiración que los espectadores han sabido declarar al director de Knoxville, que se ha convertido en la figura más influyente de la década de los noventa. Si Tarantino jamás hubiese abandonado ese reducto donde vendía películas antes de obrarlas, yo jamás me hubiese enamorado del cine del modo en el que lo he hecho.

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Cabría mucho más que añadir sobre los últimos diez años del siglo XX que aquí no se menciona, pues la tarea de abarcar todo el cine que surgió entre 1990 y 1999 es irrealizable, o me llevaría un tiempo del que no dispongo. Tarantino, la victoria de Spielberg tras más de veinte años batallando por alzarse con el reconocimiento de la Academia, el regreso de un Scorsese tras casi diez años subido en el tiovivo del fracaso, Minnesota y el director bicéfalo -Joel y Ethan Coen- recibiendo los aplausos de sus compañeros de profesión, o Fincher y Brad Pitt asistiendo a la creación de una película de culto que enaltecería sus nombres, son sólo algunos momentos emblemáticos con los que el cine nos obsequió en la antesala del siglo XXI. Si bien no están todos los que son, sí que son todos los que están. Aunque habría que añadir, no obstante, muchos más nombres que merecerían participar en mi particular homenaje al cine de la década de los noventa: Bill murray y su academia Rushmore liderados por un recién estrenado Wes Anderson, un futuro Jedi consumido por las drogas y los excesos, que Danny Boyle se encargó de mostrarnos en Trainspoitting (id. Trainspotting, 1996, Danny Boyle); La princesa Mononoke (id. Mononoke-hime, 1997, Hayao Miyazaki) y la cocción a fuego lento de una leyenda como Hayao Miyazaki, la odisea de James Cameron en el mar, que permitió a Leonardo DiCaprio entrar a formar parte del selecto club de las estrellas del cine; un entregado Johnny Depp que sembró la primera semilla de lo que sería una fructífera relación profesional y también personal entre el actor y Tim Burton, con Eduardo Manostijeras (id. Edward Scissorhands, 1990, Tim Burton); Edward Norton y su tolerancia contra el racismo en American History X (id. American History X, 1998, Tony Kaye), la ternura con la que Roberto Benigni nos describe el episodio más atroz de la historia del ser humano en La vida es bella (id. La vita è bella, 1997, Roberto Benigni), una caja de bombones, raquetas de ping-pong y la humanidad que desprende su protagonista, hicieron posible que Forrest Gump (id. Forrest Gump, 1994, Robert Zemeckis) se alzase con las estatuillas más importantes en la gala de los Oscar, permitiendo a Tom Hanks, además, conseguir por segundo año consecutivo el premio a Mejor Actor; dos pastillas que trastocaron para siempre el género de la ciencia ficción en Matrix (id. The Matrix, 1999, Andy y Lana Wachowski), la obsesión de un hombre por el cuerpo de la mejor amiga de su hija como muestra del talento pujante que Sam Mendes escondía; “sayonara, baby” como nueva amenaza de muerte; el genial libreto de Charlie Kaufman dirigido por un soberbio Spike Jonze, que nos sumergió de la mano de John Cusack en la mente de John Malkovich con la genial Cómo ser John Malkovich (id. Being John Malkovich, 1999, Spike Jonze)…

De nuevo, no están todos los que son, pero al menos, esta vez, hay menos de los que son y no están.

La década de los noventa fue la cuna de una generación de directores que, dejando a un lado los preceptos de un cine comercial y sin riesgos, consiguieron con su rebeldía ser precursores de un cine muy personal y diferente a lo comúnmente entendido como cine hasta entonces. Presupuestos pobres acompañados de guiones soberbios e interpretaciones memorables fueron construyendo, con excesiva celeridad, un nuevo panorama cinematográfico donde el público dejó de ser el dueño del largometraje y pasó a estar subordinado a los preceptos del director. El espectador se tuvo que adaptar a lo que la pantalla mostraba y no al revés. El cine seguía siendo un negocio, pero era un negocio diferente. El arte, o la interpretación del mismo por parte de estos cineastas, se impuso a las exigencias de las Majors, que impertérritas sobre sus pedestales observaban con cautela esta evolución de un cine, que hasta entonces les había pertenecido. A todo ello contribuyó la arribada de productoras pequeñas e independientes, que buscando luchar contra los colosos de Hollywood, decidieron apostar por directores noveles y diferentes con los que poder, gracias a su talento y su predisposición a la locura, presentar al mundo un cine distinto a la oferta de una cartelera colmada de tremendos “exitazos”. Mientras el Hollywood obcecado regalaba millones y millones, consiguiendo de esas orgías de dinero filmes como Independence Day (id. Independence Day, 1996, Roland Emmerich); las pequeñas productoras, con presupuestos de apenas un millón de dólares, lograban que un joven desconocido surgido de una baladí tienda de películas concibiera, con la única ayuda de unos trajes ensangrentados y un maletín con diamantes, la obra maestra que es Reservoir Dogs. Harvey Weinstein y su hermano Bob son dos ejemplos de esa oleada de productores que, con poco dinero y muchas ganas, desembarcaron en el mundo del celuloide con la única intención de hacerse con el trono que hasta entonces había estado ocupado por los hombres con corbatas negras y caras serias de los grandes estudios.

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Los años noventa cosecharon éxitos innumerables que la historia se encargará de mitificar. Y yo, como hijo de esta década, siento predilección por las películas y sus directores que nacieron con la desintegración de la URSS, con Will Smith y su principado de Bel-Air, con Bill Clinton en la Casa Blanca y con el Tratado de Maastricht.

Pero ni el rugido de un Tarantino alienado por su naturaleza Pulp e inspirado por la hipnótica presencia de la melena rubia de Uma Thurman, ni el pertubador runrún de la trituradora de Fargo, pudieron acallar la nueva voz californiana, que con la fuerza de unas olas en una mañana huracanada, arribó a la cartelera. Su corta edad y su aún más corta experiencia al frente de las cámaras fueron paliadas por la inmensidad de un talento arrollador caracterizado por la innegable influencia de Scorsese y Kubrick, y acompañado por la personalidad y la inherente maestría de un joven que se ha convertido en un firme candidato a heredar la relevancia cinematográfica del mejor Orson Welles. Paul Thomas Anderson se convirtió en el Mesías de una generación atestada de fervientes profetas, que necesitaban la venida de este artista tanto como el sediento precisa irrigar sus labios resecos con agua fría. Un Mesías que con el apoyo económico de sus padres y la generosidad de sus amistades, pudo estrenar su primera correría cinematográfica en el circo de los festivales estadounidenses. Su participación en el Festival de Sundance en el año 1993, tras muchas infructíferas andanzas, le permitió dar a conocer su cortometraje Coffee and Cigarrettes, el cual llamó la atención del productor Michael Caton-Jones que se ofreció a convertirse en el mecenas de este artista en ciernes. Desde entonces las puertas de Hollywood han permanecido siempre abiertas para este director que, aun habiendo seducido a toda la crítica y conquistado el corazón de los amantes de su arte, no ha cosechado todavía un gran éxito que consiga afamar su nombre. Paul Thomas Anderson es el Sol que alumbra al cine cuando la codicia y la insensatez, en forma de una larga oscuridad, se ciernen sobre su ciencia y belleza.

Paul Thomas Anderson nació el 26 de Junio de 1970 bajo el sol de las costas californianas. Fruto del matrimonio entre el presentador y denostado disc-jockey Ernie Anderson y Edwina Anderson, Paul Thomas fue el séptimo hijo de un total de nueve hermanos que crecieron con los fracasos y los éxitos de su padre. Ernie Anderson, original de Massachussets, obtuvo a principios de los años sesenta reconocimiento y notoriedad gracias a su papel en un show nocturno que emitía la televisión de Cleveland. Su papel como Ghoulardi en el susodicho show le permitió agenciarse la suficiente popularidad y el merecido respeto que le valieron para lograr afianzarse con un puesto laboral, mejor compensado y más valorado, en American Broadcasting Company. Sus aventuras y desventuras televisivas le convirtieron no sólo en un personaje célebre y pintoresco sino también en un padre, que como su trasnochador personaje, era entrañable y querido. La admiración que Paul Thomas Anderson profesaba a su padre fue la razón subyacente del nombre con el que el director californiano decidió bautizar a su productora: Ghoulardi Film Company.

Durante su niñez en San Fernando Valley, el futuro director acudió a más de cuatro escuelas diferentes sin apenas destacar en ninguna de ellas, como él mismo reconoció años después. Su falta de apetito por los tediosos libros que inundaban su cajonera de un vano saber, fue compensado por una pasión desmedida por el cine. A la edad de ocho años el imberbe Paul Thomas Anderson rueda su primera película, utilizando para ello la cámara betamax que su padre le había regalado poco tiempo atrás. El retoño de Ernie Anderson siempre tuvo claro que se quería dedicar al cine. En su cabeza apenas tenía cabida un futuro donde su tiempo no estuviera subyugado a las exigencias del celuloide. No pasó ni un lustro cuando un adolescente Paul Thomas consigue, al fin, filmar su primer largometraje en 8 mm; un film que se convertiría en el preámbulo de su mediometraje, en forma de falso documental, que rueda pasado el tiempo, a la edad de diecisiete años: The Dirk Diggler Story (id. The Dirk Diggler Story, 1988, Paul Thomas Anderson). The Dirk Diggler Story es la historia que narra el esplendor y el ocaso de un joven actor porno, inspirado en el conocido talento de la pornografía John Holmes, que abrumado por el ignominioso mundo que le rodea, no puede evitar verse engullido por una lobreguez en forma de drogadicción y vandalismo. Esta historia que concibe en el año 1987 se convertiría, diez años después, en la primera obra maestra del cineasta. Boogie Nights (id. Boogie Nights, 1997, Paul Thomas Anderson) es una película ambientada en el mundo del porno de finales de la década de los setenta y principios de los ochenta y protagonizada por un espléndido Mark Walhberg, que con paciencia y detenimiento, nos desvela la historia de un joven que, aun sin tener la edad suficiente para poder beber alcohol, se convierte en el hombre más insigne de la industria pornográfica. La naturaleza transgresora que muestra ya la grabación de apenas treinta minutos sería trasladada a Boogie Nights, donde una legión de brillantes interpretaciones, medios económicos y un Paul Thomas Anderson más maduro, lograron acrecentar el carácter contestatario de la idea original.

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Cumplidos los dieciocho años, decidido a encontrar en el séptimo arte el sustento para su vida, ingresa en la Universidad de Nueva York. Pero su asistencia a clase se limita a las primeras semanas del curso, pues la universidad, tal y como le sucedió en el colegio, se le presentaba como un lugar hastiado donde se estudiaba mucho y se aprendía poco. Así pues, confiando en su talento y en la fortuna, Paul Thomas renuncia a las clases y abandona su formación universitaria, perteneciendo por ello a la ristra de directores como Spielberg, Tarantino o Woody Allen, que valiéndose sólo de su talento no necesitaron un título que ratificase sus aptitudes para abrirse camino en la meca del Cine.

Su padre, creyendo aún en la entereza de su hijo, le entrega diez mil dólares como inversión para su educación; dinero que aprovechó Anderson, a pesar de las directrices de su progenitor, para producir su primer cortometraje profesional, contando, también para ello, con la ayuda de su pareja y de sus amigos. Coffee and Cigarrettes fue el resultado de esta cooperativa que hizo posible que el séptimo hijo del matrimonio Anderson pudiese comenzar a contribuir a la historia del cine gracias a su desbordante genio. Tras Coffee and Cigarrettes llegaría, junto a Michael Caton-Jones, Sydney. Tras Sidney llegaría Boogie Nights. Y con Boogie Nights Hollywood se rindió ante la pericia de este veinteañero -Boogie Nights la escribe y dirige con apenas veinticinco años-, que parecía predestinado a dirigir con vigor y tenacidad al cine estadounidense.

 Consumada la proeza sobre Dirk Diggler, Paul Thomas Anderson se lanza a fabricar su tercer largometraje, compuesto por varias historias que el sino decide entrelazar caprichosamente. Magnolia es el nombre de la película con la que el cineasta se consagra ante la crítica, embobada ya de por sí por el largometraje antecesor, y con la que cosecha su primer éxito entre el público; con cuyo reconocimiento comulga la Academia de Cine en 1999 al nominar a la película a Mejor Guión Original; Mejor Actor Secundario, que bien lo mereció un Tom Cruise como nunca se ha vuelto a ver; y a Mejor Canción. Magnolia consiguió alzarse, a su vez, con el Oso de Oro en el Festival de Berlín, lo que confirmó la relevancia que este cineasta, aun sin haber cumplido los treinta años, había adquirido. Paul Thomas Anderson abandonó a Julianne Moore y Tom Cruise para embarcarse en una travesía con Adam Sandler y Emily Watson como capitanes de un flamante navío llamado Embriagado de amor (id. Punch-Drunk Love, 2002, Paul Thomas Anderson). La película tuvo su debut en el año 2002 y si bien no obtuvo la recepción esperada, su estreno no fue un fracaso. El director obtuvo en Cannes el Premio a Mejor Director y Adam Sandler una merecida nominación en los Globos de Oro a Mejor Actor de Comedia/Musical. Pero el largometraje no fue el éxito que se esperaba y su paso por los premios y la cartelera fue muy modesto. La película tuvo muy pocos espectadores y por ende, muy poca repercusión, convirtiendo el cuarto film de Anderson en un diamante en bruto que la suerte decidió ocultar de las miradas más desinteresadas. Es una pena que una película de tanta belleza y sensibilidad haya tenido que sufrir las inclemencias del olvido. Lograr extraer de un adefesio como Adam Sandler algo que puede ser catalogado de película es ya merecedor de todos los galardones con los que se pueda galardonar a un film, aunque Anderson no consiguió la gloria de la que gozó tiempo atrás.

Tuvieron que transcurrir cinco años para que Paul Thomas Anderson resurgiera del descalabro en recaudación que fue Embriagado de amor. En 2007 presenta al mundo, acompañado por Daniel Day-Lewis, una de las mejores películas del siglo XXI: Pozos de Ambición (id. There Will Be Blood, 2007, Paul Thomas Anderson). En ella se nos narra la historia del empresario Daniel Plainview -interpretado por el mejor Daniel Day-Lewis- y sus desafortunados altercados con el reverendo de la congregación religiosa del lugar, interpretado por un indescriptible Paul Dano que, sin estar a la altura del omnisciente Day-Lewis, nos obsequia con una interpretación que alcanza por momentos la perfección. La película es perfecta. Daniel Day-Lewis nos concede la que, para mí, es la mejor interpretación de la historia. Y Paul Thomas Anderson consigue con la película lo que no consiguió con ninguna otra: el éxito aplastante, aunque con matices, entre el público; y nominaciones a los Oscar en las categorías más importantes. Tras Pozos de Ambición el director californiano estrenó el año pasado su último -a la espera de que estrene en 2014 Inherent Vice-, y más alicaído largometraje: The Master (id. The Master, 2012, Paul Thomas Anderson). Sin alcanzar en ningún momento las cotas sobrepasadas por sus ya anteriormente citadas películas, The Master nos presenta un guión soberbio y unas actuaciones magníficas injustamente infravaloradas por la Academia que, a pesar del empeño, jamás convencieron a un público indiferente con el film. La película no estuvo en cartelera más de un mes en España -al menos en los cines más concurridos de Madrid-, y ni siquiera se llevó la victoria en ninguna de sus nominaciones a los Oscar del pasado mes de Febrero. La película, aunque por momentos puede llegar a ser aburrida, no mereció ser tratada de la forma en la que fue y esa apatía que la gente manifestó hacia el film parece insinuar que el futuro del sexto largometraje de Anderson no será otro que padecer, al igual que Embriagado de amor, los sinsabores del olvido. La suerte, que le volvió a sonreír en 2007, esta vez le dio la espalda. Esperemos que el año próximo Paul Thomas Anderson con Inherent Vice vuelva a sonrojar a la fortuna, y que nosotros podamos regocijarnos con su triunfo.

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Paul Thomas Anderson es, para mí, el pilar sobre el que se asentó el cine de los noventa y sobre el que el cine de los años venideros se irá a asentar. A pesar de la osadía de la afirmación, las gestas que ha consumado esta cineasta verifican lo que, en principio, es sólo una mamarrachada de un aficionado al cine que se dedica a escribir. No hay ningún director que comparta el desparpajo y la destreza de este artista. Paul Thomas Anderson es “El Genio”, el Mesías que el cine merecía y con el que fue recompensado. Ni Tarantino, ni Scorsese ni un David Fincher acompañado por Edward Norton y Brad Pitt, pudieron estar a la altura de este gigante del cine.

Con este especial y los próximos, pretendo desenmarañar la figura y la filmografía de este director que se ha convertido, por sus propios méritos, en un tesoro cinematográfico. Si en verdad todo el mundo tiene un don, tal y como defiende Dirk Diggler en Boogie Nights, queda claro que Paul Thomas Anderson encontró el suyo hace mucho tiempo.

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Comentarios

  1. Beatriz

    Gracias Alejandro por tu artículo tan bien escrito y bien documentado. Pero sobretodo, gracias por hacer este pequeño homenaje a un director tan magnífico como es Paul Thomas Anderson, comparto contigo la misma admiración hacia su persona. Espero poder leer más -como prometes- sobre este “Mesías” del cine.

    • Alejandro Garcia-Castellano

      Mil Gracias Beatriz¡¡¡ Paul Thomas Anderson merece ésto y mucho más, y me encanta encontrarme con gente que comparte, como yo, la misma admiración hacia este artista que con cada película rompe con los moldes preestablecidos. Espero también tener lo más pronto posible más cosas escritas sobre él y sus películas. Un abrazo¡¡¡

  2. Iñigo

    La primera regla de un mesías es: no te creas demasiado que eres un mesías. Y Thomas Andreson no se lo cree. El hombre ha hecho el cine que le ha gustado hacer y sobre lo que quiso hacer, y eso es un privilegio. Si encima gusta a mucha gente, eso sí que es tener suerte. Buen artículo, tío. Aún así tengo pendiente “Magnolia” y “El maestro”. Pero “Pozos de ambición” me dejó sorprendido: todo ese naturalismo, esa oscuridad y ese juego de intereses que tanto degenera a los seres humanos lo mostró de forma increible.

    • Alejandro Garcia-Castellano

      Estimado Iñigo, me alegra ver que te ha gustado el artículo, y que, además, compartes también mi visión sobre el genio californiano. Desde luego que el tío ha tenido suerte a lo largo de su carrera, pero quién la sigue la consigue (o al menos eso dicen), y él la ha estado buscando siempre. POZOS DE AMBICIÓN es absolutamente espectacular y es, cómo dices tú, un espejo donde se reflejan los intereses, las ambiciones y el egoísmo que convierte al ser humano en casi un animal (la escena final es de las más espectaculares del cine). MAGNOLIA es brillante, me gusta incluso más que POZOS DE AMBICIÓN, pero de es mejor esperar a q las veas para poder hablar sobre ellas. Te van a sorprender. Un abrazo¡¡¡

  3. Jorge Valle

    No he visto todavía ‘Magnolia’ ni ‘Boogie Nights’; ‘Embriagado de amor’ me pareció una tontería, no le encontré la gracia a esta supuesta comedia en ninguna parte (seguramente porque no la entendí, culpa mía); ‘Pozos de ambición’ me resultó soberbia, al igual que su protagonista; y ‘The Master’, aunque me aburrió en ciertos momentos y no llegué a entender del todo lo que Anderson me estaba contado, me fascinó, me tuvo enganchado a la pantalla durante todo su metraje. Dicho esto, y aunque no haya conectado del todo con sus películas, creo el cine de Paul Thomas Anderson se estudiará probablemente en todas las academias de cine… Y yo sigo esperando de cada película suya algo especial, ya sea para bien o para mal.

    Por cierto, excelente resumen del cine de la década de los 90. ¡Enhorabuena por el artículo!

    • Alejandro Garcia-Castellano

      Muchas gracias Jorge por tu comentario¡¡¡ MAGNOLIA Y BOOGIE NIGHTS si no las has visto aún, y te encantó POZOS DE AMBICIÓN, ten casi por seguro que te irán a gustar, porque es el cine más personal, creo yo, de Paul Thomas Anderson, con todo lo que ello implica. Al igual que tú, no encontré el humor en la cinta EMBRIAGADO DE AMOR, pero considero que es innecesario, pues se basta del romanticismo y la locura de su guión y sus escenas. La particular visión que Anderson guarda del amor y del desamor, eso es la película. THE MASTER es aburrida en algunos momentos, pero sus actuaciones son brillantes, y la idea quizá que encierra es muy buena; no obstante, creo que Anderson no supo expresarla como debía. No tengo la menor duda de que Paul Thomas Anderson será un figura de estudio en las próximas décadas (merecérselo, creo que se lo merece). Te doy las gracias por tu comentario de nuevo. Un abrazo¡¡

    • Irene Pardo

      Jorge, no pierdas ni en segundo en ver ‘Boogie Nights’, fue la película con la que le conocí y me fascinó. Se notaba el talento en cada detalle y de la mejor manera, de esa en la que no tienes que pararte a pensar en ello. Fue su segunda película, la primera fue “Sydney” que no tuvo impacto y a mí me dejo fría. ‘Embriagado de amor’ me dejó un sensación extraña, más tirando a negativo. “Magnolia” y “Pozos de ambición” están para mí entre el mejor cine con mayúsculas, no así “The Master” que salvo algunos detalles sueltos no me gustó nada, ni a su propio productor Harvey Weinstein curiosamente.

  4. Ana

    Coincido con Jorge: excelente instantánea del cine de una década que sirvió de campo de cultivo a la obra de PT Anderson. Magnífico artículo, Alejandro. Espero que la crítica cinematográfica siga contando con tu mirada y tu pluma. No dejes de regalarnos ese vasto conocimiento y ese lúcido análisis con que nos has mantenido absortos, como en una sala de cine, paquete de palomitas en mano. Un abrazo. Ana.

    • Alejandro Garcia-Castellano

      Muchas gracias Ana, tanto por tus elogios, como por tu comentario, estoy de veras, muy agradecido. Espero poder continuar escribiendo, y así conseguir que “continuéis absortos con lo que leéis” jejejeej Un abrazo¡¡

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