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Trilogía Paraíso: Amor, fe y esperanza

Por Manuel G. Mata

El aclamado director austriaco Ulrich Seidl cuenta en esta trilogía la historia de tres mujeres de la misma familia que buscan, cada una a su manera, el paraíso. La primera de ellas buscará el amor, la segunda fortalecer su fe y la del pueblo austriaco -la tercera- la esperanza, ligada al culto al cuerpo y a la belleza.

Narrativamente hablando y desde mi punto de vista, la primera película de las tres es la que tiene más fuerza. En ella, la protagonista, viaja a la costa de Kenia para ejercer como “Sugar mama”, que es el nombre con el que se conoce a las mujeres maduras europeas que viajan a resorts de lujo africanos para saciar su apetito sexual con jóvenes negros. La cinta tal vez es la más difícil de digerir por el público, no sólo por su contenido explícito, sino por su contenido en general. Si cambiamos a la mujer por el hombre y Kenia por Tailandia  nos encontraríamos con una trama más bien repulsiva y con un protagonista que, desde el minuto uno, no simpatizaría con el público femenino (y seguramente con la mayoría del masculino), pero no ha sido así y el realizador austriaco consigue de manera notoria quitarle hierro a la prostitución y dotar a la protagonista de una necesitad más ligada al deseo de sentirse amada que al deseo sexual. La búsqueda de la protagonista está muy clara desde el principio, de toda la trilogía, tal vez, es el personaje que mejor evoluciona y el que mejor funciona, pues es muy claro el camino que lleva, lo que quiere y cómo lo quiere, es imposible no simpatizar con ella porque la cámara consigue hacernos entrar en su universo, lleno de soledad y de buena voluntad. Por otra parte, el elenco secundario que rodea a la protagonista está muy bien construido. Teresa (interpretada de manera magistral por Margarete Tiesel, que optó al Premio a Mejor Actriz en los Premios del Cine Europeo de la edición de 2012) tiene en Kenia a su mejor amiga, una “mama sugar” experimentada, que le ayudará a encontrar el camino para buscarse a un buen negrazo. Este personaje será clave para entender la evolución de nuestra protagonista, al igual que lo será el bueno de Munga, un joven mancebo con “grandes dotes” que seducirá a Teresa hasta límites insospechados. En la trama Teresa no sólo se encontrará con todo tipo de inconvenientes, sino que perderá la fe en su búsqueda y se dará cuenta que, al final, los hombres, vengan de donde vengan, son todos iguales, y el dinero no puede cambiarlos.

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La segunda parte, Fe, tiene menos fuerza que su predecesora, tal vez porque el realizador habla de la fe, o más bien muestra una interpretación de la fe, muy exagerada y desconocida por la gran mayoría. Si en la primera parte era inevitable sentir cierto apego hacia la protagonista y su particular búsqueda del amor (que no deja de ser un relato de soledad), en ésta es muy complicado entrar en el universo de la protagonista, Anna María, hermana de Teresa (interpretada por la actriz María Hofstatter) ya que vive la fe de una manera muy peculiar, que no atrae (incluso genera repulsa); no obstante, cuando entra en escena su marido, un inmigrante minusválido, es cuando simpatizamos con su martirio y con su lucha, y cuando la cámara mejor describe la fuerza de la fe en la protagonista.  La película cuenta con un par de escenas totalmente fuera de lugar como la del parque (por mucha recreación del pecado que sea está totalmente fuera de lugar) o la de la visita a la inmigrante alcohólica (exagerada en exceso); no obstante, cuenta con otras bastante ingeniosas, negras y con diálogos interesantes.

La última parte ha sido a mi juicio la peor de las tres. En Esperanza, la hija de Teresa, Melanie (Melanie Lenz) viaja a un campamento dietético para perder peso. En él conocerá a gente de su edad con la que entablará una gran amistad y al doctor (Joseph Lorenz) del que se sentirá atraída. En esta cinta el realizador deja de lado el objetivo de la protagonista, que es perder peso y retrata la esperanza de otra manera, algo más ruda, pues en todo momento el espectador nota el juego que se trae entre manos el doctor con Melanie, ya que la atracción es mutua a pesar de la diferencia de edad (ella tiene 13 años), lo que te mantiene con el nudo en el estómago, pues nunca sabes hasta dónde puede llegar el médico con la buena e inocente Melanie. El realizador, en esta entrega, retrata de manera notable las inquietudes de los adolescentes implicados en el campamento así como las de la protagonista, que está rodeada de chicos con el mismo objetivo que ella, pero con distintas experiencias vitales, lo que le hará plantearse sus metas y su manera de mirar ciertos aspectos de la vida, sobre todo, ligados al sexo.

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Tras ver la tres, me quedo con la primera parte, ya que creo que se describe de una manera más cercana las motivaciones de la protagonista, no obstante, en la trilogía casi todo funciona como un reloj: el equipo artístico trabaja muy bien (especial mención al reparto de la primera cinta, sobre todo al personaje de Munga, interpretado por un desconocido Peter Kazungu,  y a Nabil, antagonista de la segunda parte e interpretado por Nabil Saleh), el guion está lleno de amargura pero también de humor negro, la fotografía está muy cuidada (la composición de las imágenes está muy lograda, así como la puesta en escena) y la historia tiene gancho a pesar de tener algunos altibajos. Se abusa mucho del plano fijo, aunque la cinta tiene ritmo  éste casi siempre se mantiene. Tal vez la primera parte sea más cercana para el público, al menos la que más entretenga o la que más atraiga, pero lo cierto es que merece la pena ver la trilogía entera, o al menos la primera parte.

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