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Tentaciones de un cineasta

Por Marcos Cañas Pelayo

La escena ha sido mil veces contada, representada o grabada. La figura de un hombre de reconocible barba porta una cruz de madera. Atraviesa las calles de una ciudad, mientras es sometido a las burlas y el menosprecio de quienes eran sus vecinos.

No obstante, algo sucede que se sale lo pre-establecido, de aquello que siempre suponemos cuando nos hallamos en esta historia archi-citada, observamos que el hombre, un modesto carpintero, únicamente lleva la cruz tallada, pero no es él quien va a ser sometido a la terrible pena de la crucifixión.

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Se trata de un encargo de los legionarios romanos, algo que granjea las antipatías de un amigo del artesano, de nombre Judas, quien no puede comprender cómo Jesús de Nazaret puede prestarse a esa clase de tareas. Un momento, dirá más de uno de los espectadores de la versión, entonces, ¿en manos de quién nos encontramos?

Concretamente, invitamos a los lectores/as a situarse en uno de los filmes más polémicos de la fecunda trayectoria de Martin Scorsese, La última tentación de Cristo (1988)…

Un film Nietzscheano

El director italo-americano se ha granjeado una merecida reputación en el competitivo mundo del celuloide. Piezas maestras (especialmente, dentro del género negro o películas centradas en el universo de la mafia), las cuales se alternan con interesantes proyectos o algún descalabro, pero rara es la ocasión en que Martin y su equipo aburren. Casi siempre, guste o no complazca del todo, su taller saca ideas que captan la atención del público y la crítica.

En esta ocasión, Scorsese decidió adaptar una obra original, la novela de Nikos Kazantzakis, uno de los intelectuales griegos más sobresalientes de la primera mitad del siglo XX. De cualquier modo, a pesar de lo dicho, la cinta resultante sería un nuevo ejemplo de exhibicionismo disfrazado de un cineasta; y es que, como otros grandes maestros (Woody Allen o John Ford, por citar solamente a dos de ellos), Scorsese busca hablar de los temas e ideas que le obsesionan a él. Gracias a su talento, logra que esa curiosidad se traslade a quienes acuden puntuales a su cita con sus estrenos en la gran pantalla.

Si había utilizado sus vivencias en los barrios de su niñez para retratar al crimen organizado como nadie lo había hecho previamente, sus recuerdos como monaguillo y los días donde consideró seriamente ser un hombre de Iglesia le llevaron a tomar una postura muy implicada en una nueva biografía de la figura de Jesuscristo. Sin duda, un personaje que, junto con otros como Buda o Mahoma, puede generar tanta expectación como polémica entre creyentes y no creyentes por la nueva visión que se aporta.

Las dudas de la infancia y los problemas de la juventud del italo-americano se amontonaban en los recuerdos del cineasta, fracasado seminarista, quien buscaba aproximarse a una dimensión poco requerida en las películas de Sandalias y arena (como él mismo las bautizaba con cariño): la faceta humana que podía presentar un ente mesiánico. El intimista estilo de Kazantzakis se prestaba a ello de forma inmejorable, un perfecto ejemplo de literatura que no abunda sobre estos icónicos símbolos religiosos.

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El trabajo del pensador heleno busca explorar una vía alternativa que no está creada para provocar ninguna ofensa en la persona creyente, pero tampoco en la que no lo es. De igual forma, Frank Herbert empleaba una metáfora sugestiva en un entorno de ciencia ficción para la Arabia pre-Hégira del siglo VII d.C., usando unos símiles que enriquecían sobremanera la visión de un tema que se juzgaba manido o archi-conocido. La ficción se tornaba en el fecundo campo de cultivo para reflexiones nietzscheanas.

No parece gratuito citar a uno de los filósofos alemanas más malinterpretados (especialmente, debido a la manipulación de sus textos por su hermana, adicta al partido nazi) como una más que posible influencia del acentuado lirismo que acompaña muchos de los pasajes en el desierto marroquí del rodaje (el león destructor, el niño creador, la senda guerrera del hacha, el mundo dionisíaco, etc.).

Indudablemente, nos hallamos ante una película atípica. Willem Dafoe realiza un enfoque propio y logra marcar muy bien el arco que está destinado a experimentar “su” Jesucristo en 164 minutos de intenso metraje, el cual se vio salpicado de no pocas polémicas con los sectores más conservadores sociedad. Probablemente, hoy en día generaría mucho menos enconos, aunque su estreno fue un auténtico objeto de debate y censura.

Dafoe se compenetra con mucha habilidad con una poderosa interpretación de Harvey Keitel, uno de los actores de la guardia pretoriana de los primeros años de Scorsese. Keitel compone un Judas como nunca antes se había visto, tornado en el auténtico báculo de su maestro. Hace unos años, una versión gnóstica del evangelio de Judas desató cierto revuelto por dar una visión muy parecida a la que aportaba La última tentación de Cristo: Iscariote debe desempeñar la ingrata tarea de traidor porque es en quien más confía.

Keitel pareció cogerle comodidad a la época y acabaría siendo también Poncio Pilatos en la infravalorada L´inchiesta (1986), mostrando al defenestrado gobernador de Judea como una persona pragmática, con sus virtudes y miserias, casi queriendo continuar con el juego planteado de mostrar a personajes archi-conocidos bajo luces distintas. Un intento de ajustar la balanza de la tensa ocupación de las águilas imperiales en Judea, solamente superada por la magnífica y divertida disputa del frente judaico-popular, el frente popular de Judea y Pijus Magnificus (La vida de Brian, 1979). Pero eso es ya otra historia…

La pareja de intérpretes deja excelentes momentos en pantalla, cumpliendo el propósito del juego que quiere plantear el experimento: dar pequeños toques a los inamovibles axiomas en los que a veces se encierran y sienten cómodos los agnósticos, personas de fe y no-creyentes. Instantes que son de lo mejor de esta particular obra bíblica, con la posible excepción de la relación de Jesús y María Magdalena.

Encarnada por Barbara Hershey, queda expuesto este hilo como una extraña, pero hermosa historia de amor entre dos personas que no pueden comprenderse por los papeles que uno y otro deben desempeñar en el retablo de lo que está esperado de ellos. Un vínculo que comparten desde niños (casualidad o no, una idea que también manejaría el novelista Eduardo Mendoza en su cuento El asombro viaje de Pomponio Flato).

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En definitiva, un rosario de tentaciones muy humanas y que permiten una marcada empatía con los personajes que las sufren; asimismo, hay muchos recursos recurrentes en cualquier otro filme de este mismo director: la traición, la caída y el auge, el auge y la caída, la ambición, la redención…Incluso, un duende malicioso podría infundirnos a afirmar que las partes que más se ciñen al relato evangélico son las que menos focalización producirán en el público.

De hecho, aunque estén bien rodados (hay una clara impronta de Pasolini), los pasajes ajustados al texto neo-testamentario casi parecen ralentizar la parte más curiosa, provocadora y atractiva del film: ese What if…? que plantea y que lleva algunos diálogos sumamente poderosos, debiendo aquí atribuirse buena parte del mérito a Paul Schrader, quien adaptó la novela al formato de un guión cinematográfico.

No deja de tener su justicia poética que una de las mejores conversaciones que haya tenido su autor sobre sus intenciones en La última tentación de Cristo haya sido con Richard Schickel, autor de un excelente libro de entrevista sobre Scorsese y ateo declarado.

Citábamos antes Dune y viene a la memoria el mítico momento donde el personaje principal, Muad´Dib experimenta una de sus más grandes dudas cuando sus fuerzas acaban de obtener una gran victoria. El problema no es el triunfo que han obtenido, sino que su excepcional inteligencia le hace adivinar cómo se trasmitirá a las generaciones venideras.

¿Qué valoración le merecería a un Mesías la labor de sus continuadores cuando, milenios después de su mensaje, este haya evolucionado, redefinido, continuado, malinterpretado y acondicionado de una forma que, quizás, él mismo nunca hubiera sospechado?

Estoy contento de haberte conocido, porque ahora te puedo olvidar. Mi Mesías es mucho más importante y poderoso que tú” llegarán a ser las palabras de uno de los predicadores venideros. Un laberíntico recorrido por la fe, las pasiones y la espiritualidad, tal vez, la película más extraña de Scorsese, pero una de las más recordadas e incapaz de dejar indiferente a nadie.

A pesar de las décadas transcurridas, esta primera incursión en meandros religiosos de Martin Scorsese y su equipo siguen tentando a legiones de espectadores…

Trick you? To love and care for a woman, to have a family? This is a trick? Why are you trying to save the world? Aren’t your own sins enough for you? What arrogance to think you can save the world. The world doesn’t have to be saved: save yourself. Find love

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