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Some Like It Hot

Por Marcos Cañas Pelayo

Sin duda, Con faldas y a lo loco es un ejemplo de mala traducción y perfecta intuición. Nada tenía que ver el título en castellano de una de las películas más célebres de Billy Wilder (1959) con el significado original, sin embargo, es una expresión que incita a pensar en una comedia alocada, divertida, provocadora y veraniega.

Y es que la época estival es muy importante para comprender una asociación que fue bastante efímera: la de Marilyn Monroe (estrella femenina de la función, compartiendo cártel con dos actores de la talla de Jack Lemmon y Tony Curtis) y el propio Wilder. Breve, pero que dejó una impronta muy fuerte en la cultura pop del pasado siglo. Por ejemplo, basta recordar un film 4 años antes del anterior, La tentación vive arriba (1955).

Apenas dos cintas, más que suficientes para generar una auténtica leyenda. La desgracia de Marilyn en esta pareja es el ácido y punzante sentido del humor del cineasta, capaz de emplear su ingenio contra prácticamente cualquier ser humano, siempre con una gracia única para saber dónde meter, con punzante tono, el dedo en la llaga. De ahí nos ha llegado la imagen de la sex-symbol como un modelo de impuntualidad, errores en las grabaciones, inseguridades, etc. Algo de eso había en la realidad, aunque hay otra faceta de esa colaboración que se subestima, la cual explica la magia de dos de los títulos que más se recuerdan cuando se habla del gran legado para el séptimo arte del maestro Wilder, a quien nuestro Fernando Trueba no dudó en divinizar en un memorable discurso durante la celebración de los Oscars.

Marilyn era un absoluto genio como actriz cómica, con un sentido extraordinario para los diálogos, tenía ese don. Nunca he vuelto a encontrar una intérprete así. Resulta que yo nunca antes había reparado en esa frase del mítico director. ¿Acaso no era más profunda su concepción que la que desprendían las anécdotas de tomas y ensayos? ¿Tan fina es la línea que separa la percepción de una artista?

Pero volvamos a ese título que antes hemos presentado. Some Like It Hot es una petición a los dos músicos que, huyendo de la mafia, se han enrolado en una orquesta femenina, disfrazados de mujeres. Allí, su directora les explica que se trata de darle más ritmo a la cosa, de soltarse a la melena con las notas; vaya si lo harán los personajes de Lemmon y Curtis. Sin embargo, la frontera del Rubicón la atraviesa una rubia escultural que parecía alterar con su taconeo los tubos de escape de vehículos y trenes. Previamente a la llegada de Marilyn, Con faldas y a lo loco tiene un clima invernal, con sabor a ponche de Navidad. De repente, la chica parece atraernos a Florida, a la playa y al Sol. Summer is coming.

Su aparición en The Seven Year Itch / La tentación vive arriba es dos cuartos de lo mismo. La vida vacacional de un apacible Rodríguez, el bueno de Richard Sherman, quien sigue en su agencia de publicidad durante el mes de agosto, mientras su mujer e hijo van a la playa, se verá sumida en un terremoto de tentaciones cuando conozca por accidente a una impresionante vecina, la cual parece todo lo que un hombre podría desear.

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Pero, de alguna forma intuimos que ese primer experimento ya le dio quebraderos de cabeza al bueno de Wilder. Aparte de la impuntualidad (sabido es que el genial director se llevaba abundantes libros para hacer llevadera la espera en el rodaje), nunca se sintió cómodo con esta desternillante comedia, justamente considerada hoy un clásico del género para casi todos… menos para su propio hacedor.

Basado en la pieza teatral original de George Axelrod, si bien el guión tiene muchos toques Wilder, es menos cínico de lo que le gusta al creador de monumentos tales como la script sin fisuras de esa joya que es El apartamento (firmada a medias con uno de sus mejores socios, Diamond). Asimismo, no logró a uno de sus hombres de confianza, Walter Matthau, para que fuera la réplica a la exuberante señora Monroe. Suele ocurrir que cuando un tipo de la personalidad de Wilder no consigue lo que quería de primeras, no le convenza ninguna solución alternativa, por buena que sea. Es la cruz que ha soportado el bueno de Tom Ewell.

Nadie puede dudar de que Matthau hubiera bordado su papel, le habría dado un toque cínico y listillo a su publicista, habría usado la ingenuidad de su vecinita para darle un toque picante a sus diálogos. Ewell, en un rol muy destacado, juega al ingenuo que no lo es tanto, es un fiel seguidor del modelo de Oscar Wilde cuando se nos presenta una tentación… sin embargo, es un honrado esposo y padre de familia que debe sublimar ese instinto, hasta empaquetando el pequeño remo de Rick para mandarlo por correo postal a su retoño.

Eso le da un encanto a su relación que Marilyn sabe explotar muy bien. La ruptura que supone está femme fatale es que no lo es en lo absoluto. O, como bien decía Bart Simpson, que durante todos estos años hemos sido pesimamente informados acerca de cómo eran las brujas. Lejos de ser una maquiavélica caza-fortunas o, siguiendo la estela de La mujer del cuadro, la antigua amante despechada de un criminal violento y chantajista, es una señorita con un ramillete de virtudes impresionantes.

Esa ingenuidad mezclada en un cóctel explosivo de sensualidad, es algo que siempre supo percibir, más allá de sus bromas, el propio Wilder. Marilyn era una mezcla de pena, amor, soledad y confusión. Resulta difícil encontrar una definición más perfecta de una figura que traspasó las fronteras de la popularidad para poder ser el póster que simbolizase a una generación o una de las motivaciones artísticas de gente tan heterodoxa como Andy Warhol.

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Siguiendo un viejo dicho de druidas, cuanto más poderosa es la magia, mayor es el precio. La atmósfera que aquel torbellino creaba (algo de eso hay en el reciente film Mi semana con Marilyn) conllevaba no pocas jaquecas a compañeros de reparto, equipo de rodaje y, cómo no, al principal responsable.

Wilder afirmó que lo había meditado con médicos y psico-analistas, no tenía ninguna intención de repetir su experiencia con la estrella. El hombre que no dudaba en afirma que tenía una adorable tía en Viena que hubiera llegado todos los días a plató a las 7 en punto de la mañana y con el texto bien aprendido, tampoco dudaba en afirmar que ninguna persona hubiera sido tan tonta de pagar un dólar por verla en gran pantalla, por Marilyn sí. Pero, llegada una edad, no existía taquillazo que justificase aquel extraño potro de tortura mutua en la que se sumergían. Antes que clases de interpretación o recitado, el maestro afirmaba que lo que debía haberse hecho con esa adorable chica era haberla llevado a un colegio suizo donde la puntualidad era religión.

Tampoco estaba mal aquello de sufrir los celos de Joe DiMaggio, mientras se utilizaba la corriente del aire del metro de New York con las connotaciones más sexuales que se recuerdan. De igual forma, su ingenua música de Con faldas y a lo loco es la única amenaza de la vertiginosa humorada que amenaza con eclipsar el mítico diálogo final. Siempre me ha rondado la pregunta de qué hubiera pasado si estas dos clásicas comedias hubieran sido llevadas a cabo con otras actrices, igualmente buenas, con grandes dosis de belleza… pero sin ese toque Marilyn que hace que cuando esté en pantalla todo lo demás parezca de relativa importancia.

No debe olvidarse nunca en ese sentido que Wilder, más allá de su experiencia personal, era un muy agudo observador de la naturaleza humana. Sin que tampoco se le haya prestado demasiada atención, dejó caer en alguna ocasión que en los cuatro años que transcurrieron en sus dos películas, algo había cambiado en aquella mujer tan deseada. El desparpajo de la actriz a la que no le importaba repetir tomas y su gracia natural se mantenía, pero algo se había pagado en el peaje, una cierta pérdida de inocencia. Sospechaba el director que su incursión en Camelot había llevado a su cabeza a tener otras preocupaciones.

Definitivamente, sería muy injusto culpar al maestro Wilder de alimentar el estereotipo. La estrella de Marilyn lo desgastaba todo a su paso, incluyendo a sí misma. Lo vivió también uno de los grandes genios del teatro estadounidense, Arthur Miller. Aquella mujer tan bella que le hacía anotaciones en sus obras y escribía poesía, que era capaz de insinuarle a Wilder nuevos usos eróticos del refrigerador para su personaje del ático, no dejaba de ser una cría atormentada, obligada a crecer antes de tiempo.

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Afirmaba Wilder que tenía una carnalidad tan grande aquella actriz que sentía el deseo de estirar el brazo a la pantalla, convencido de que podría tocarse. Decía Orson Welles (quien siempre pudo presumir de haber sido uno de los primeros caballeros en llevarla del brazo en Hollywood, cuando era una desconocida que podía amenazar con su presencia el imperio de Bette Davis en la inmejorable Eva al desnudo) que, a veces, nos e trataba de ser mejor o peor actuando. Se trataba de si la cámara quería o no a lo que veía en pantalla.

Y sobre eso no cabían dudas en aquella sociedad efímera, un tándem que pudo haber regalado muchos más momentos. Sin embargo, nadie puede dudar que la chica rubia nunca lució mejor y fue más graciosa que cuando pasó por la filmografía de B. Wilder, quien, siempre amigo de las metáforas, lo resumía así: Va a haber un momento en que habrá tantas biografías de Marilyn como libros sobre la II Guerra Mundial. Está bien, porque se parecen: fueron un infierno, pero merecieron la pena.

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