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Placeres culpables

Por Marcos Cañas Pelayo

Hay culpabilidad en el placer y placeres culpables. Algo de eso parece existir detrás de los motivos de la publicación reciente del libro Adictos a El crack, obra coral donde diferentes autores reflexionan acerca de la saga de películas del mismo título que firmó José Luis Garci.

Apenas existieron dos años de diferencia entre la primera entrega y la segunda (1981 y 1983, respectivamente). Sin embargo, ese bienio sirvió para confirmar que Alfredo Landa era mucho más que el landismo, definición de una época bastante inclasificable, con suecas y españoles mirando el verde más allá de los Pirineos. Pero no, Garci encontró en su amigo Alfredo a su protagonista ideal; a cambio, el intérprete se fusionó con un detective madrileño para siempre: Germán Areta, el Piojo.

En realidad, director y protagonista se embarcaban en aguas desconocidas. Resultaba que el joven cineasta ya no se conformaba con haberle cogido la tecla a la sociedad española de aquello que se dio en llamar la Transición, repleta de asignaturas pendientes que aún nos duran, sino que quería enfrentarse al género noire que tanto le gustaba (y le gusta en la actualidad, hasta el punto de dedicarle toda una monografía).

Aventura peligrosa para convencer a productoras peninsulares, más si se determinaba que solamente Landa podía hacerlo. Don Alfredo podía haberse ganado una sólida reputación como denominador común del españolito medio, era muy querido por el público y garantizaba taquilla, pero meterlo en una obra de humo y tintes detectivescos podía compararse a introducir una paella y sangría como plato estrella de un restaurante adscrito a la nouvelle cuisine. Pero la terquedad de Garci fue básica para lograrlo.

Y, desde entonces, Germán Areta no pudo ser imaginado con otro rostro y bigote, expresión cansada de vuelta de todo y una ternura mal disimulada en un pequeño tic en la mirada. Desde la primera escena en el bar de carretera, la dupla Garci-Landa quiso dejar claro que aquello era distinto, que no estaba la cosa para bromas y aquel “piojo” había sido un policía, y de los buenos, hasta que abandonó el cuerpo por discrepancias con sus superiores.

Ambas películas tienen esa cosa tan difícil de conseguir que se llama atmósfera. Por un lado, el mundo Arteta está rodeada de amigos idóneos para un solitario. Allí luce mucho Manuel Lorenzo como “Rocky”, su barbero particular, un enamorado del boxeo y New York, aunque probablemente nunca haya salido de su barrio castizo en la vida real. Lorenzo era amigo personal de Landa y eso se transmite en cada escena. Cuentan que el gran rey Filipo de Macedonio contestaba “En silencio” cuando un barbero lenguraz le preguntó cómo le gustaba que le cortasen el pelo. Nada de eso ocurre con las interminables y ornamentadas anécdotas de combates, frutos del imaginativo Rocky.

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Rocky es el ejemplo de lo que uno esperaría encontrar en el costumbrismo nostálgico, en ese universo de antiguas películas en blanco y negro y leyendas del boxeo que tanto apasionan a Garci. Pero hay otros contactos de Areta que recuerdan a su pasado, especialmente el Moro, una especie Watson con antecedentes que trabaja en la agencia que ha formado el ex policía. A pesar de su talento y olfato, cuando comienza la primera parte de El crack, parece que poca cosa hay que pescar, más allá de algún amorío de oficina y atracadores de carteras de poca monta.

No obstante, en sendas entregas, como los buenos aficionados de Marlowe ya saben, siempre cruzará la puerta de la oficina un cliente de aspecto inofensivo cuyo problema se complica. La clásica historia de la pulga (o el piojo) que pisa la cola de un tigre y enfada a algunas de las altas esferas. Y es entonces cuando luce el orgullo de veterano, esas ansías de demostrar que se sigue siendo muy bueno en ese oficio de mierda, como él mismo lo llama.

Curiosamente, el guión de Horacio Valcárcel y el propio Garci no parecen comulgar con el ideal principesco de que la belleza y las buenas maneras vayan adscritas a las parcelas de la bondad. Así, Manuel Tejada se enfunda en las sofisticadas estilizaciones de Alberto “El Guapo”, un antiguo compañero de departamento de Areta, quien incluso llegó a admirarlo, hasta que comprender que la atávica honradez de Germán era malgastar talento y perder dinero. Para El crack 2, cambiándose la historia de la desaparición de una hija por una trama empresarial, Arturo Fernández y su percha de galán se prestan para oponerse a lo que ejemplifica el ex policía, un tipo que tiene el encanto de quien consigue inquietar un poco al poderoso, yendo a pecho descubierto.

Conviene detenerse en esos puntos. Quienes estén habituados a la filmografía de Garci sabrán de sus virtudes y defectos. Entre los segundos, sobresale un ritmo lento, muy pausado, con alargadas escenas de transición, las propias de un enamorado de la ciudad donde vive (sí, en la primera parte sale asimismo New York, pero el cineasta la siente como su propia patria). En el haber, siempre saca muy buen rendimiento de sus actores, especialmente en los diálogos.

Cualquier cruce entre Landa con Tejada/Fernández son verdaderas joyas, con sentencias que hubieran hecho esbozar una humorada de satisfacción a todo un Bogart o Robinson, gabardina en mano. En la orden de su camaradería con aliados, sobresalen de igual forma sus chanzas y piques con uno de sus antiguos jefes, el memorable comisario interpretado por partida doble por José Bódalo, monstruoso actor, uno de los mejores primeros espadas que han paseado por los teatros de lengua castellana.

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Bódalo miraba mucho, sabía colocarse perfectamente en una cafetería y hablaba poco; pero, cuando lo hacía, había que escucharle. Su “abuelo” es un comisario sabio, un protector, aunque ya no esté a sus órdenes, de su admirado y díscolo Germán. Las escenas entre estos dos personajes son escasas y valiosas como raras perlas en el metraje, estás deseando encontrarlas. Con gran tino, el guión nunca explica qué ocurrió exactamente para que Areta abandonase el cuerpo, salvo una curiosa cita a Kipling.

Como no todo va a ser parabienes, hay un fallo en esos rostros carismáticos y detectables por la persona aficionada al cine español. Una cara reconocible y que fue descubierta por el insigne Paco Rabal en los tablados de La taberna fantástica. Si se congela el vídeo unos instantes, se puede reconocer en la primera parte a Rafael Álvarez el Brujo; sin embargo, apenas es un cameo, qué buen rendimiento hubiera podido dar si se le hubiera encontrado un papel a su altura.

Garci no cambia y apenas hay fisuras entre un film y otro. La radio, esa compañera de solitarias madrugadas, es una de las constantes. También los tipos callados de western de frontera que toman su bistec y su copa de vino sin ganas de ser molestados. Pero los temples duros tienen también su coranzocito, y el placer culpable de Arteta es una simpática y atractiva enfermera que conoció en un proceso de rehabilitación: Carmen. María Casanova es quien da luz a ese objetivo romántico de un tipo que aparenta no serlo, pero, en el fondo, es un sentimental.

Sin saber muy bien cómo explicarla, la pareja Landa-Casanova siempre tuvo química en pantalla. Algo de eso sabía Garci, quien los escogió sin titubeos para Las verdes praderas, otro diagnóstico del ciudadano medio en unos momentos de cambio, de sierra y comida con la suegra el domingo; el descubrimiento de que el descanso puede cansar muchísimo. Aquí, la Carmen de Casanova, madre separada, jugará un papel decisivo en la evolución del policía, incluyéndose mensajes que se dejan en su piso compartido, en una pizarra, si bien Germán termina borrando los suyos antes de que se vean, temiendo que sus declaraciones de amor sean un presagio de mala suerte.

Unas facetas que el honesto detective debe mantener en una caja fuerte bien oculta en un falso mueble bar donde hacerse un dry Martini. Pero saca a relucir esa sensibilidad, en contadas pero memorables ocasiones. Así, cuando un antipático y nuevo comisario (espléndido José Manuel Cervino) haga preguntas groseras sobre una pareja homosexual que ha acaba en tragedia su romance, Areta responde con seca dignidad lo que recordaba de ellos: “Tenían clase”. Los tiempos empezaban a cambiar, lentamente, seguía habiendo muchos Frutos, pero empezaba a haber más Aretas.

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De igual forma, dos hallazgos muy subestimados de la saga son sus guiños, casi anticipando el carácter metaficcional que tan en boga está últimamente. Así, es divertido ver a Carmen elogiando la última película que ha visto de José Sacristán, uno de los mejores amigos y compañeros de generación de Landa.

Y Garci aprovecha para darse homenajes como dedicarle una mirada a “su” puente de Brooklyn o a esa Madrid de calles navideñas, época que al director, como a cualquier persona cuerda por otra parte, parece sumergir en una melancólica tristeza de pérdida cuando los demás son felices.

Deja agridulce sabor la tercera e inconclusa entrega prometida. Se hablaba de un Areta envejecido, pero que todavía conserva lo más importante en un buen Sherlock: mirar, mirar… y mirar. Algo de una chica desaparecida en Portugal. Seguiría siendo el de siempre, aunque más amargo. Garci llegó a visualizar una políticamente incorrecta entrada, alternando el aspecto de abuelo de Germán con la violencia en la que se ha visto obligado a usar para recordarle a algunas torres altas que son bastante gilipollas. Ya no podrá ser.

Con todo, nos siguen quedando esos dos cracks, esas películas casi consecutivas que siguen generando esa sana adicción, un placer culpable al que nos entregamos tan a gusto cuando le damos al botón del play.

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