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Paseo de tarde

Por Asdrúbal Guerra

Normalmente, no suelo pasear por un cementerio. Las escasas veces de mi vida en que lo he hecho, se han debido a que he encontrado que era un sitio oportuno para asustar a mis parejas y besarlas por primera vez. Aunque con el susto podría haber sido la última. No sé. El caso es que, para bien o para mal, me gustan.

El último que transité, fue el cementerio de Montmartre, en París. Por una sencilla y bohemia razón: había oído que mi amigo François Truffaut se había mudado allí.

Aún recuerdo las nubes techando el cielo de un tono gris, como el que inunda nuestras cabezas cuando estamos en frente del ordenador; los caminos que señalizaban los emplazamientos de las celebridades, ahora cenizas de estrellas; y los árboles, así como les feuilles mortes que de ellos caían, recuerdo de las pisadas sobre la tierra.

Un hombre fumando a lo lejos.

Otro caminando a la nada.

Se respiraba tranquilidad, lo cual es agradable. Y pese a que no es un cementerio tan grande como el Père-Lachaise, donde está mi queridísima Edith, Yves Montand y muchos otros, sigo prefiriendo el de Montmartre. Porque sí.

El realizar mi erasmus durante ese año, no me impidió buscar un sitio de paz entre la fauna estudiantil, un escondite donde encontrar mis aficiones cinéfilas. Así que allí estaba, en no sé qué punto del recinto, buscando a mi director preferido.

Pero no lo encontraba.

francoistruffaut2

¿Dónde estarías, Truffaut? Tú con tus niños, tus mares, tus vestidos sobrios y tu amor por el cine, las piernas, o por lo que es lo mismo, la vida. El ser. Habías sido crítico de Les Cahiers du Cinéma, te habían prohibido la entrada al Festival de Cannes por tus ofensas al cine anterior y ¿al año siguiente? Te llevaste la palma.

Estarás orgulloso. Tú y tu Nouvelle Vague, que influenció tanto el cine posterior que hasta Tarantino llamo a su estudio A Band Apart en honor a la película homónima de tu compañero Godard, al que iniciaste. Luego todo eso lo recoge Bertolucci en su película Dreamers, gran homenaje al cine que, claro…

Me callo. No he venido para hablar, sino para buscar esa tumba.

¡Ahí está! ¡Al fin! Eureka! Te encontré. La verdad, la imaginaba más llena de flores y detalles, pero no. La fachada es tan sobria como la de él. Es negra:

FRANCOIS TRUFFAUT (1932-1984)

Merci beaucoup (escrito en carmín)

Dos rosas cruzadas

Yo también le dejo mi nota, escrita sobre un trozo de cuaderno que llevo en la mochila, y la pongo bajo las flores mojadas, pegada la tumba.

Pego la mano en la losa para ver qué dice, pero no lo escucho.

¿Qué? Nada.

El silencio aquí es tan largo que podría dibujar una avenida. Y ya no veo ni al fumador de antes ni al otro nihilista deambulante. He hecho lo que tenía que hacer.

Luego me voy. Demasiadas sensaciones juntas. Recuerdo Les 400 Cents Coups, con la que ganó el premio, L’Argent de Poche, Les Mistons, otra dedicada a la infancia, toda la serie Doinel, La Peau Douce, La Nuit Américaine, y alguna escena suelta.

Antes de salir veo la tumba de Nijinski. Yo no lo conocía. Ya cuando volví a mi casa al acabar el año, busqué su biografía. Interesante locura.

Pero basta por hoy de intimidades.

Comentarios

  1. Sara Márquez

    Sentido y evocador homenaje a un cineasta eterno.

  2. Juan Ignacio

    Yo sí paseo por el cementerio, porque sé que llegará el día en que no me dejen salir.

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