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Navidades en Bilbao: El pico

Por Asdrúbal Guerra

Recuerdo pocas cosas de aquella película. Por aquel entonces yo acababa de llegar a Bilbao para ver a mi madre, que andaba viviendo con mi padrastro, y pasar con ellos las Navidades. Como había llegado antes de tiempo, puesto que había faltado a numerosas clases de instituto y daba el curso por perdido, estaba aburrido. Entonces, mi padrastro, Jerónimo, con esa complicidad innata que hay entre los hombres y conocedor de mis fugas, antes de alertar a mi madre del que intuía era mi vago comportamiento estudiantil, prefirió recomendarme ir al casting de una película que se estaba rodando en la ciudad: El Pico.

Para ser honestos, yo no tenía ni la más remota idea de qué trataba. Pese a que me las daba de rebelde sin causa, no era más que otro nihilista de mi generación, apesadumbrado en mi caso por diversas crisis familiares -un Antoine Doinel a la española-, y no les llegaba ni a la suela del zapato a los juerguistas que se retrataban en aquella película. Y digo juerguistas por no decir drogadictos y otros descalificativos más de moda.

Total, que acabé aceptando la propuesta de mi padrastro y me pasé por la playa para ver cómo iba lo del casting de actores. El rodaje de la película había empezado hacía ya unas semanas y la escena para la que requerían actores jóvenes se rodaría aquel mismo día. Llegué, vi gente reunida, alguna que otra cámara en la arena y el cielo encapotado. Buscando y buscando al final encontré un hombre alto y con el pelo de lado que se llamaba Eloy, que resultó ser el director de la película. Nunca lo hubiese imaginado.

Me guió con el dedo hasta el ayudante de dirección y éste último me dijo “sin problema”, que me pusiese con otros chavales que andaban merodeando por allí, que ya me indicarían qué teníamos que hacer todos. Pues de puta madre. Me encendí un cigarrillo a ver si pasaba antes el tiempo y me quedé esperando.

El día, como decía, estaba nublado, o eso creo recordar. Han pasado desde entonces treinta años. También creo recordar que se oía alguna que otra ola, pero lo que predominaba en el ambiente era el jodido ruido de los chavales con los que iba a rodar la escenita -me empezaba a plantear si largarme-, más alguna que otra instrucción de los que montaban la película entre ellos. En general todo estaba calmado y se adivinaba en las caras del director, el tal Eloy de la Iglesia y otros, que la noche anterior había sido dura. No sé si en cuanto a falta de sueño, en cuanto a sexo, drogas y rock and roll, o a todo junto.

Al poco de estar yo apoyado en la pared. Bueno, “al poco”, a la media hora o así, porque ya me empezaban a doler las piernas, como también me dolían un sábado que fui con la que entonces era mi novia al Corte Inglés de Madrid… A la media hora de estar yo apoyado contra la pared, con mi chupa de cuero y todas esas bobadas -quién iba a decir que ahora llevo corbata- pasó a mi lado Enrique San Francisco. A él sí que lo reconocí. Había hecho un año antes Colegas, pero también Estoy en crisis y Navajeros. Y creo que fue en esta última donde coincidió por primera vez con Eloy de la Iglesia y otros actores que también salen en El Pico, como el José Luis Manzano, que tenía mi edad, y toda esa basca.

Vamos, que me sonaba su cara, inconfundible, y no sé si me pidió fuego o un cigarro, pero se puso a fumar al lado mío. Me asombró que no me echase la típica reprimenda del “¿qué haces fumando con diecisiete años?”, pero más tarde lo entendí. Y, en fin, no hablamos mucho. Más bien nimiedades. El mayor tema de conversación fue una actriz que también pasó delante de nosotros y estaba increíble. Hacía de prostituta argentina y yo me quedé enamorado. Estaba algo harto de las niñas bien de Madrid, o de las punkis locas, o de toda aquella o aquel (para ellas) que se pusiese encima etiquetas. Aunque entre ellos estuviese yo con mis pintas. Y la tal  prostituta argentina, que se llamaba… Lali Espinet, joder, cómo me ponía. Tenía espaldas anchas, como de nadadora, pero una carita de chica perdida de ciudad muy atractiva.

Pasada la semi-discusión con Enrique sobre el culo de Lali, nos empezaron a llamar para rodar la escena de la playa, en la que corríamos con los protagonistas y hacíamos el ganso todos de blanco y parecíamos una juventud por fin sana que nunca fuimos. No fueron más que unos breves veinte minutos en los que repetimos la escena un par de veces, sin demasiado esmero ni perfección. Al fin y al cabo, la película era realista. Luego nos dijeron que al día siguiente también se necesitaba gente joven, pero ahí decidí irme.

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El sueño que había improvisado mi padrastro de convertirme en actor de cine había fracasado esa misma mañana. Pero por lo menos se intentó. Al año siguiente me puse las pilas con el estudio y acabé mi bachiller, luego estudié Filología Francesa en Madrid y ahora, de vez en cuando, escribo artículos de cine en mi tiempo libre, que es poco.

En el caso de este artículo, me jode recordar tan pocas cosas. De lo que me enteré luego fue lo que todos sabemos, que oscila entre la realidad y la ficción. En aquella época, en la que las modas y el destape estaban en su auge en España, los locos años ochenta, la droga entraba y se consumía especialmente en discotecas como las del País Vasco, donde ETA voló alguna que otra, contribuyendo a su manera a frenar el consumo. Los actores y la dirección de El Pico también estaban en este juego y, tal y como pronosticaba el film, José Luis Manzano y Lali (entre otros) acabaron muertos por el consumo y el sida, respectivamente, además de verse involucrados en asuntos de tráfico y delincuencia.

También se dice que la misma Lali, la chica de anchas espaldas que hacía de camello en la película, lo era igualmente en las bacanales que de noche se montaban ellos mismos. No supe nunca qué pensar de aquella barcelonesa de linda mirada y falso acento argentino que me encantaba ver andar sobre la arena.

Cuando acabé la carrera volví por última vez al País Vasco. Ya mi madre lo había dejado con Jerónimo -me caía bien- y me llamó para que la ayudase a mudarse de nuevo a Madrid. Allí, como el protagonista de Cinema Paradiso, y pese a que sólo habían pasado cuatro años, vi por última vez mi viejo cuarto, que casi nunca usé, con unos posters de revista en los que salía Lali y que compré al poco de acabar el rodaje, cuando me enteré que había hecho alguna película erótica que nunca vi, puesto que no me llegaba el bolsillo. Tiré todo esto a la basura -en vez de guardarlas, como Totó en aquella película italiana- y decidí olvidar que alguna vez tuvimos adolescencia. También tiré mi chupa, que estaba llena de humedad en el armario, y con ella algún que otro cigarrillo aún a la mitad, y el panorama de sueños rotos que era toda aquella película. Odiaba su puto realismo.

Comentarios

  1. Katia Lobo

    Una perspectiva de El pico muy especial. Es muy grato leer tu artículo Asdrúbal, al hacerlo no puedo evitar pensar en otros rodajes a los que me habría encantado acudir de una manera tan privilegiada.

  2. Asdrúbal

    Hola. Muchas gracias. Este artículo realmente es una ficción, aunque a mí también me hubiese gustado estar presente. Sería testigo de una época convulsa que sólo supe retratar por encima con este escrito.

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