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Mi noche con la Maura y mis años con María

Por Javier Morales

Hará 16 años -Dios mío, cómo pasan los años-, yo era un paleto de pueblo manchego ávido de experiencias, de desfase, de locura y libertad, todo lo que mi lugar de nacimiento me había negado durante 18 añazos. Salí con muchas ganas del poblado y me fuí a estudiar la carrera… A Segovia. La gran ciudad. El sólo hecho de perderme en una calle, de ver caras nuevas, de llevar unos pantalones de cuadros, el pelo largo y un piercing y que nadie me mirara me hacía sentir casi en Nueva York. La sensación, claro está, me duró a lo sumo tres meses. La universidad privada me hacía la carrera de lo más fácil, así que un viernes de enero me pillé el tren sin decir ni mú a mis padres y me planté en Madrid a pasar el fin de semana. Volví a Segovia para los exámenes de Mayo y casi de refilón. Conocí a mi primera pareja como a las tres horas de estar en la capital. Trabajaba en RTVE, como regidor y productor de programas culturales de la 2, y el gafapasta que llevaba dentro de mí afloró casi de golpe.

Bueno, a lo que iba… Mi devoción por la Maura me venía de pequeño. Mi madre y yo veíamos Mujeres al borde… y nos repartíamos los papeles para decir las frases en alto y para mí representaba todo lo grande que se podía ser como actriz. Ahora es la única actriz española en recibir el Premio Donostia en la presente 61 edición del Festival de San Sebastián y probablemente nuestra actriz consolidada más respetada. En aquel entonces era una mujerona atractivísima, con un aura de super estrella innegable que se repartía entre París y Madrid.

F, que la conocía y sabía mi pasión casi fetichista, me coló en una fiesta a la que Carmen asistía. Llegamos -yo sudando como un pollo de los nervios y Fermín arrepintiéndose seguro- al local y entramos bajando unas escaleras. Al fondo, sentada en un sofá blanco y vestida de un rojo intenso, con los ojos más vivos que he visto nunca estaba ELLA. Atendía a los típicos pesados que como yo se le acercaban con el rollo «no sabes cuánto te admiro.» Me miró de reojo. La miré ojiplático y nos acercamos hasta donde estaba. Su cuerpo apenas se apoyaba en el filo del sofá, con las piernas-preciosas-cruzadas como sólo las grandes estrellas y las hijas del rancio abolengo saben hacer. En la fiesta, exclusivísima, había dos o tres caras conocidas más en las que de verdad yo ni siquiera reparé. Sólo tenía ojos para mi admirada, mi venerada, mi estrellón. F me la presentó y en lugar de darme los dos besos de rigor por los que habría matado me tendió la mano, enérgica y rápida y esbozó una sonrisa que yo ya conocía de sobra. La sonrisa de quien no tiene el más mínimo interés en la persona que le presentan. Duró un instante pero me sirvió para estar eufórico el resto de la noche. Balbuceé como un idiota «es que te admiro mucho» y como quien oye llover siguió hablando con F y una de sus amigas.

Así contado, desde la lejanía, podría parecer una situación deprimente, pero el mero hecho de tenerla a un metro durante una hora o así fue uno de los momentos más felices de mi corta vida hasta entonces.

Nos despedimos, se puso de pie, y comprobé que era mucho más pequeña, más frágil de lo que imaginaba, me dio los dos besos negados al principio y con esa dulce voz que me tenía y sigue teniendo cautivado me susurró: «bueno, un placer…»

Idiota de mí me puse a temblar.
Esas palabras eran para mí.
Sólo mías.

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Ni qué decir tiene que he seguido su carrera película a película y que en alguna, como en Volver, algunas de sus frases me parecían que eran también mías.

Luego tuve el honor, no, el HONOR, de conocer a María Asquerino, una de las mujeres que ha marcado mi vida para siempre y a la que hace poco despedimos con pena amarga.

Y la experiencia fue radicalmente distinta.

La fortaleza, la dureza y el carácter que imprimía a cada uno de sus personajes, en el trato directo se transformaban en una dulzura, una ternura y un afecto inabarcable. Había rodado Fotos, una de mis películas preferidas, de mi amado Elio Quiroga, una de mis debilidades absolutas y yo había ganado muchas tablas después de años cosmopolitas y madurez repentina. Ya no era aquel niño tembloroso que pasó una, sólo una, noche con la Maura, y la abordé a la salida de un teatro con un discurso en esencia idéntico pero con un carácter nuevo.

Me esperaba un autógrafo, un “gracias y hasta luego” y poco más.

Pero la grande de María, otra de las mejores actrices que ha dado este país y a la que los reconocimientos no le han llovido precisamente no era de esas. Me invitó a un café de madrugada y quedamos al día siguiente para hablar de uno de mis tantos proyectos que quedaron en el baúl de los intentos.Y desde entonces mantuvimos una relación, más telefónica que en persona, durante años.

Hoy veo esas imágenes de Carmen Maura con el merecidísimo reconocimiento, la ovación y el aplauso de hora y media y no puedo evitar emocionarme. Porque es una grandísima actriz. Una intérprete versátil, arriesgada, honrada y perfecta.

Pero no puedo evitar sentir un algo amargo por mi Asquerino, mi María, aquella que se sintió halagada porque pensase en ella para mi corto e hizo todo lo posible y lo imposible porque se llevara a cabo, al pensar que se nos ha ido una de las ENORMES casi en silencio, sin molestar a nadie, con ese carácter insoportable del que hacía gala y era pura fachada y a la que tan poco se ha reconocido siquiera póstumamente.

Sirva lo presente para celebrar la justicia del premio que recoge una orgullosa, feliz, pletórica y hermosa Carmen Maura y recordar, aunque sea un poquito a mi amiga, a la actriz, a la cultísima e inquieta mujer no comprometida nunca con nada ni con nadie pero que se entregaba por completo con una generosidad desbordante.

Seguro que allá donde esté está interpretando un personaje de raza, con esa voz portentosa, esos ojos hipnóticos y esa belleza enloquecedora que tenía la Asquerino.

Un abrazo. De los fuertes.

Comentarios

  1. Eva

    Te leo y siento la sinceridad y admiración de tus palabras. Aventurarse a conocer a conocer a los ídolos es dificil y valiente. Ellos ya se encuentran en la cima y de ahí no pueden por menos que desilusionarnos. Pero cuando probamos en nuestras carnes que, a pesar de los desajustes entre lo imaginado y lo real, pueden seguir haciéndonos felices; es entonces cuando encontramos la admiración más pura. Este artículo me ha traído a la memoria el final de “City Lights”.
    http://www.youtube.com/watch?v=oaMdZl0Y8LM

  2. JAVIER

    Ni te imaginas la ILUSIÓN que me ha hecho encontrar tu comentario por aquí, AMIGA mía!!!!
    Cómo van las cosas por el Tercer Mundo?
    Te quiero.
    Con locura

  3. JEZUS PALACIO

    Emocionante declaracion de amor la tuya.
    Me pusiste los pelillos de la nuca como escarpias…
    Qué bueno eres,chaval
    GRACIAS

  4. Pasada de artículo! Si este fuese un concurso de relato corto, te daría el primerísmo primer premio!!!

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