Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Luto de millones

Por Sergi Monfort

El otro día la diñaron Robin Williams, Lauren Bacall y un casi-intérprete de Juego de Tronos por quien generalmente la gente ha hecho como si se consternara.

Las pasadas jornadas se han producido violaciones continuas del botoncito del Retweet, una avalancha catastrófica de frases de El club de los poetas muertos, las ceremoniales fotos de la chica Bogart y a J.J. Murphy le ponemos un pie de página y sigamos con el scroll. Sin faltar al respeto a los demás fallecidos, vamos a afrontar la realidad: lo que más fuerte ha pegado es el suicidio de Williams; por coetaniedad, por el factor impacto, por popularidad y porque la gran mayoría de mis amigos de Facebook no han visto El sueño eterno (ni yo tampoco).

Los humanos tienen cositas muy curiosas. Tengo por seguro que a muchos de mis colegas el fallecimiento del actor les habrá sentado igual que si se les muriera su propio abuelo. La fría lógica nos lleva a pensar que encariñarse por una persona que sólo sabes que es de carne y hueso porque una cámara te lo ha mostrado y que sólo sabes que es un tipo divertido y jovial a través de sus personajes (o su mono-personaje) y porque lo has leído en entrevistas, porque lo has visto en programas, porque la gente así lo dice, no porque tú le hayas estrechado la mano, no porque te haya contado un chiste en privado… equivale a irracional.

lutodemillones2

Sí que es posible que alguna vez te hayas tomado una foto con él. Incluso puede que hayáis intercambiado unas palabras. Pero lo más seguro es que seas uno de millones de mortales que le veían cada Navidad en Jumanji, o que se tragaron Hook, o que se piensan que Patch Adams es una buena película… De todas formas, lo has visto en una caja de luces y nada más. Sientes que lo conoces, que te ha acompañado toda tu vida y que has formado un vínculo especial con él, pero es mentira. Las niñas de quince años comparten imágenes insultantemente cutres en sus redes sociales que te dicen que no llores por quien no merece tus lágrimas. A menos que seas un familiar, un conocido o un compañero cercano de profesión, ¿por qué lamentarías la muerte de alguien a quien tú, como individuo, le importas un comino o cuya desaparición del mundo de los vivos no te afecta personalmente en nada (a menos, yo qué sé, que te debiera pasta)?

Recibí la defunción de Alan Parrish (por cuyo nombre ficticio todavía lo recuerdo desde mis años de preescolar) a primera hora de la mañana con un deje de sorpresa e incredulidad. No es que dijera que era de esperar, pero la realidad es que era lógico (visto su historial de drogas, depresión y alcohol). Me parece innecesario señalar lo obvio: que este hombre ha merecido tal ceremonia generalizada de tristeza porque ha hecho feliz a mucha gente (yo le tenía cariñete en tanto en cuanto me entretenía) durante un período prolongado de tiempo. Algo parecido ocurrirá cuando ya no exista un Morgan Freeman. Sin embargo, la única cosa que lamentaré del hecho de que ya no esté es que nos ha quitado la posibilidad de que alguna vez, algún año de estos, volviera a hacer una buena película (en vista de que en la última década tan sólo se ha dedicado generalmente a salir en paridas y pagar facturas).

¿Cínico hijo de puta? ¿Es que no eres capaz de ver que quien nos ha dejado es un gran ser humano? Puede. Pero, como ya he dicho, no tener un vínculo personal con alguien y entristecerse porque van a ponerle a dos metros bajo tierra no me parece lógico. Aunque os cueste leer esta próxima frase sin fruncir el ceño después de toda la artillería anterior, no pretendo banalizar su muerte. Pero tampoco exagerarla. Estrictamente hablando, sobreexplotando la noticia, ya estamos trivializando otras muertes. Muertes de celebridades, incluso. Pero, en un mundo en el que mueren cada día más de 150.000 personas (casi 2 al segundo), ¿nos toca decidir qué ser humano es más importante que otro? Claro, una persona conocida, admirada y célebre no es lo mismo que un desconocido que muere en las selvas de África. Eso también es pura lógica: al hombre de la caja de luces estás más cerca de “conocerlo” que al segundo y, sobre todo, te ha aportado algo. Pero no me parece razón suficiente como para echar de menos al primero como persona humana: amigo, amiga, tú lo que lamentas es que no puede hacerte reír más y se ha quedado sin nada que aportarte como payaso, como show-man, como actor. Y el tema de la “depresión del payaso de la clase” ya ha estado tratado en otros artículos, así que no me voy a extender.

El suicidio de una persona famosa es igual de triste que el suicidio de cualquier persona en cualquier parte del mundo. Pero no finjamos, porque las lágrimas ya las derraman quienes les conocían a cada uno de ellos, y nosotros igual con nuestros muertos. Piénsalo, desde el sentido común, ¿cómo vas a echar de menos a Robin Williams?

Desde aquí y para no dejar de lado los buenos modales, un mensaje de amor a todos los conocidos, amigos y familiares del fallecido (a quienes yo les importo tres huevos y esto no lo leerán jamás).

Lo que ahora seguirá será una serie de homenajes al hombre y figura, por televisión, por Internet… incluso sus películas se venderán más y, al final del proceso, este luto será un luto de millones… aunque tal vez no precisamente de millones de personas.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Comentarios

  1. Enrique Fdez. Lópiz

    Felicitaciones por tus comentarios que comparto plenamente. Como muy bien dices: “El suicidio de una persona famosa es igual de triste que el suicidio de cualquier persona.” Yo también he recordado a Williams, y lo he visto colgado de una nube y sonriente. Un abrazo amigo. Enrique Fdez. Lópiz (compañero tuyo aquí)

Escribe un comentario