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Los refugios de la magia

(Una mirada rápida a los cierres de salas de cine en España)

Por Víktor Lyon Defeis

El cine es magia. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Como cualquier otro arte que es capaz de despertar en el ser humano emociones con sólo contemplarlo o con sólo escucharlo, el cine nos embauca de la misma manera. Su poder como transmisor de emociones está desde sus inicios fuera de toda duda. Y es indudable que ese poder sigue vigente hasta hoy. Pero, al igual que no es lo mismo contemplar Las Meninas de Velázquez a través de una foto en internet en vez de plantar tu cuerpo delante de esa obra en el Prado, igual que no es lo mismo escuchar un concierto enlatado en un Cd (por muchos cascos ultramodernos que nos pongamos) que hacerlo delante de un escenario, tampoco se es capaz, por mucho que nos empeñemos, en sentir el cine desde casa a como se siente, a como se respira, en una sala. No señores, no es lo mismo.

El otro día caminaba por Bravo Murillo, aquí en Madrid, a la altura del número 200, cuando me topé de lleno con el cine Lido. Había vivido en ese barrio de Tetuán el tiempo suficiente como para hacer de ese cine algo mío. La cercanía de mi antiguo domicilio con la sala, me permitió ver tantas películas allí, disfrutar tanto… que llegué a considerarlo algo así como un refugio. Como un sitio que te aislaba del mundo, que te hacía olvidar tus problemas o preocupaciones si las tenías, evadirte de ellos durante hora y media o dos horas. Era un sitio para divertirse, para sentarse y disfrutar. Dentro no había tiempo, no existía. Por olvidar hasta lo hacías incluso de la luz de la calle, y cuando terminaba la película salías ciego perdido al exterior (sí, yo siempre he sido inquilino de primeras sesiones.) Era pagar para meterte en un mundo totalmente diferente. Era viajar, en definitiva, a otro lugar. Era un refugio sí, pero lleno de magia.

Pero lo que me encontré el otro día no era ese bastión de sueños que yo recordaba, lo que me encontré era una ruina, un templo derrumbado. Un cine cerrado, tapiado y desconozco si con una orden de demolición de fondo. Se hace duro ver que donde antes había una puerta de entrada a todo ese mundo ahora hay una gran verja echada que seguro no volverá a levantarse nunca. Y que donde antes había una taquilla en la que sacaba con ganas esas entradas cual pasaporte a lo desconocido, ahora había un cristal, sin más historia que ser eso, un cristal lleno de carteles de conciertos  y pegatinas reivindicativas. No, no podía ser verdad… ¿Pero qué está pasando?

¿Cuántas salas han caído ya aquí en Madrid? ¿Cuántas en España? Cerrar un negocio siempre es una mala noticia, siempre lo es, pero una sala de cine, una sala es mucho más que eso, es doloroso y triste, porque no solo afecta a esas pobres personas que como tantas y tantas otras han perdido su trabajo, incluso la ilusión de continuar con su pequeño sueño (si se trata de un cine familiar más), sino que deja huérfanos también a todas aquellas personas que han disfrutado de sus puertas hacía dentro durante tanto tiempo y que han sido partícipes de su encanto, huéspedes de ese refugio.

No quiero entrar a valorar las responsabilidades directas sobre estos hechos. Ya se ha escrito demasiado sobre ello. Sí, todo eso de los impuestos y las medidas y que no son medidas ni impuestos sino más bien manos que ahogan el cuello del arte (esto no sólo está pasando con el cine, sino que se lo pregunten al teatro y a la música). Ahora sólo falta que se abran los ojos de una vez por todas. Poner fin a esta sangría porque está claro que algo estamos haciendo mal. Porque cada sala que cierra, y ya van unas cuantas, es una cuchillada más al arte en general y al cine y a los cinéfilos en particular. Es una dentellada a esa pasión que tanto une y a ese arte, el séptimo, que tanto transmite. Porque caminar por Gran Vía y ver una mastodóntica tienda de ropa donde antes había un emblemático cine, duele. Porque ver que esa sala a la que tanto hemos ido ya no volverá a poner en marcha su proyector, duele. Y porque ver que ya han cerrado mil salas en España y se han producido 3500 despidos después de la subida del IVA, duele. Y duele mucho.

Siendo positivo para terminar diré que si algo sé, es que el cine es eterno y que por muy mal que vaya todo nunca va a desaparecer. Puede que esta maldita crisis y sus responsables se lleven por delante muchas salas de cine pero sé que siempre quedarán en pie más lugares en los que resguardarse de la realidad, lugares en los que disfrutar soñando, en los que viajar a otros mundos y otras vidas, en los que identificarse y fusionarse con multitud de personajes. Lugares en los que vivir el cine de verdad, seguro que mucho mejor que en casa. Lugares en los que reír y llorar a partes iguales rodeados de gente que respira la misma película que tú. Lugares que huelen a palomitas. En los que compartir experiencias con alguien a tu lado o disfrutarlas en solitario.

Sí, aunque las nubes vengan negras, siempre estarán ahí esos refugios de magia para nosotros…

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Comentarios

  1. Telmo Graña

    Gran artículo. No es ningún secreto que el Cine se nos va. Las salas de proyección (insuperables) van desapareciendo para acabar viendo cómo la gente ve El Padrino por primera vez en un Smartphone. La calidad de los estrenos, por los suelos, y estrategias para revivir el poder de las salas no son sino la estocada final (ese horrendo 3D). Una pena.

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