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Los complejos

Por Marcos Cañas Pelayo

Los complejos son una extraña capacidad que tenemos los seres humanos de intentar hacer felices a quienes nunca querrían esforzarse por nuestro contento. Una preocupación adicional que damos a otros para poder juzgarnos, dar barra libre a las fobias y vértigos que nos asolan.

Con el exquisito regusto que nos ha dejado Relatos salvajes, el nuevo milagro del cine argentino para este 2014 que se nos va, parece que ha vuelto a ponerse de moda el formato de película articulada en varias historias, pequeños cuentos que tienen un hilo invisible y común. Sin embargo, no es ninguna novedad, se trata de un formato que no esconde secretos en la etapa dorada del cine italiano.

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Un ejemplo de ello es Los complejos (1965), un film firmado a tres bandas por los realizadores transalpinos Dino Risi, Franco Rossi y Luigi Filippo D´Amico. Un triunvirato de historias que abordan algunos de los talones de Aquiles de esta loca especie: la timidez, los celos y la fealdad.

El primero de estos pecados dirigidos contra el propio infractor es encarnado por Nino Manfredi, uno de los grandes intérpretes de la Italia del momento, muy reconocible por el público español debido a su papel en la célebre El verdugo (1963), co-producción entre los dos países, consagración de la tragicomedia grotesca del eterno tándem Luis García Berlanga y Rafael Azcona.

Una Giornata decisiva es la historia que narra las dificultades de Quirino Raganelli para soltarse, un personaje muy completo y del que Manfredi saca todo el jugo, con un regusto amargo de la derrota cotidiana que sería digno de alguno de los mejores momentos del maestro Chéjov. Unas palabras que no deben ser malinterpretadas, la excursión laboral que se produce en este pequeño corto está repleta de momentos muy cómicos, pero deja un poso agridulce que es innegable, hay una sensación en ese evento narrado en un blanco y negro que, lejos de estorbar, parece reforzar el estilo de esta película.

Y es una ambivalencia que parece ir de la mano de esta clase de proyectos. La filmografía azzurra se imbuyó de ese neorrealismo que estuvo en constante ebullición. Contar la verdad de lo que hay, deformarlo para que sea divertido, pero recordarte al final que está viendo al final es un reflejo exagerado de un espejo real. Ciertos pequeñísimos pecados (1976) y Vicios de verano (1978), a pesar de beber de la misma fórmula, ya son algo distingo, más frívolas, igual de divertidas, pero alejados de esa atmósfera agridulce de querer y no poder.

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Por su lado, Il Complesso della Schiava nubiana es centro de este triunvirato de cortos. Una obra mucho más irónica y con un punto picante al estilo de lo que se puede apreciar Boccaccio 70 (1962), usando el fantasma de los celos y la atávica moralidad, a través del arisco personaje que caracteriza Ugo Tognazzi.

El profesor Gildo Beozi vive en una atalaya de moralidad digna de don Pantuflo Zapatilla, hasta que se da cuenta de que su mujer hizo un pequeño papel como extra en una película de las que se denominaban “de arena y tetas”, como una de las exuberantes y desnudas damas de compañía de la reina protagonista.

El pequeño hecho anecdótico genera una espiral de acontecimientos que va a llevar a Beozi (arrastrando con él a su sufrida mujer, Claudie Lange) a tomar una serie de decisiones que propiciarán momentos hilarantes y cuestionarán el código moral del redicho cargo público.

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La moraleja de Beozi tiene un aire que recuerda mucho al aroma que desprendía Le tentazioni del dottor Antonio, entremés del maestro Fellini, donde otro rígido individuo se ve escandalizado por la atractiva signora de un cartel publicitario, lo cual no deja de ocultar ciertos complejos y viejos anhelos de infancia.

Un corto que además tiene la fortuna de indagar en la soledad del censor, cumpliendo aquella vieja máxima que hacía preguntarse a los maestros latinos (y, posteriormente, a Alan Moore): ¿quién vigila a los vigilantes?

Y es aquí donde se produjo el punto de ruptura que, quizá, marcó la pauta artística en el celuloide de dos países que tomaron la misma influencia, aunque con caminos divergentes. Italia fue liberándose del yugo que llevaba en otros sitios a gente como Berlanga a ver mutilados muchos momentos de Los jueves milagro (1957), mientras que la Bota italiana podía consentir que iconos como Sophia Loren asumiesen el rol de una prostituta (la monumental Matrimonio a la italiana, 1964), algo que hubiera sido impensable para la buena reputación de algunas de las actrices españolas más famosas del momento.

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Guglielmo il Dentone, el último de los entremeses presentados, es, tal vez, la más divertida de la terna presentada por estos hábiles directores. Alberto Sordi, uno de los actores italianos más célebres de todos los tiempos, caracteriza a Guglielmo, candidato a un puesto vacante a presentador del telediario. Inteligente, culto, sofisticado y con una dicción perfecta, sería el candidato ideal, si bien a los responsables de la cadena les resulta aborrecible una carencia meramente física que posee: unos dientes extremadamente grandes.

Confiado en que la dura oposición y la calidad de los otros candidatos lo desbancarán, el dentón irá pasando cada vez con más soltura y más distancia los duros exámenes a los que es sometido. Incluso llega a recurrirse al cura de esa televisión para convencer al muchacho de que abandone sus propósitos, chocando, eso sí, ante la incombustible moral de la excepción a la regla de este metraje: una persona que, con todos los argumentos lógicos y superficiales para sentirse acomplejado, no parece sentirse nada amedrentado por su condición.

Gaia Germani, la atractiva novia de uno de los rivales de Guglielmo para la codiciada posición, es la pareja de baile de Sordi (si bien los papeles femeninos son muy importantes en las tres historias, se echa un poco en falta que alguno de “los complejos” no fuera asignado asimismo a alguna de las mejores actrices italianas del momento).

Tras la cortina de la divertida fábula de Esopo, la odisea del candidato permite mostrar el atasco de influencias, injerencias civiles y eclesiásticas, favoritismos y nepotismos que se suelen esconder en cualquier oferta de algo supuestamente público. Momentos como el examen oral y la flema cuasi británica de Sordi a la hora de afrontar sus retos son algunos de los momentos más inspirados de este broche de oro, la pausa más cariñosa tras la disección de las dudas que asolan a buena parte de los personajes que desfilan por esta historia coral.

Tres pequeños defectos interpretados por un gran reparto, una película injustamente relegada al olvido. Un exponente de aquel cine italiano que fue, indiscutiblemente, muy real y, ante todo, desacomplejado.

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