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Los bosques carmesíes

Por Marcos Cañas Pelayo

Los cuentos son la forja de muchas de nuestras fantasías y temores. Por un lado, es un género que se suele asociar a la edad infantil, los primeros mitos que hacen volar nuestra imaginación. Resulta lógico, el cuento suele ser breve y, generalmente, no ocurre más de un hecho de relevancia.

Sin embargo, eso sería apenas raspar la superficie, la primera de las puertas de un laberinto donde han velado armas algunas de las mejores plumas de siempre.

Centurias atrás, los hermanos Grimm decidieron emplear buena parte de su tiempo y esfuerzos literarios para recoger muchas de aquellas leyendas que se contaban bajo el fuego de la hoguera, las cuales divertían y aterrorizaban a partes iguales a gentes de diferentes edades. La pareja de escritores se dio cuenta de que, tras el ropaje, aquellas narraciones escondían terribles y fascinantes secretos sobre la naturaleza humana, burlándose de aquellos que las consideraban ficciones para asustadizos.

Dentro del séptimo arte, existen pocos cuentos comparables a Rashomon (1950) y El manantial de la doncella (1960). Apenas 10 años de diferencia las separan. La primera es una de las piezas más breves del legendario Akira Kurosawa, quien realizó el  argumento en colaboración con Shinobu Hashimoto. La segunda, dirigida por Ingmar Bergman, bebía de un excelente argumento de Ulla Isaksson, quien captó la atención del célebre cineasta sueco por la publicación de sus cuentos.

Estas dos joyas, si bien suelen gozar de una buena aceptación de público y crítica, pasan un poco más desapercibidas ante el corpus de las obras de sus dos principales responsables. Kurosawa tiene otros filmes donde explora más la esencia del Japón feudal, tamizándola con habilidad con el estilo del mismísimo William Shakespeare. Al lado de eso, Rashomon es un artículo divulgativo que no necesita ninguna nota a pie de página, no exige ninguna formación oriental para sumergirse de inmediato en el crimen y la violación cometidos en un bosque de una comarca nipona durante el siglo XII.

Por su camino paralelo, El manantial de la doncella tiene lugar en la Suecia del siglo XIV, en plenas festividades para llevar velas al altar de la Virgen, aunque son días donde no pocos aldeanos todavía conservar su verdadera fe en la figura de Odín y las demás deidades nórdicas. Pasados remotos y algo más en común, puesto que en el argumento de Iaksson, Karin, la hija del rey Töre, elegida para hacer la ofrenda, deberá atravesar un frondoso bosque para llegar la iglesia.

No es una mera casualidad. Los elevados árboles que le parecen aterradores a Blancanieves la noche antes de encontrar refugio en el hogar de los enanitos cumple la misma función. La naturaleza en su estado primitivo antes de la mano del hombre, siempre ha cimentado muchas de estas fábulas. El camino de Karin no discrepa en lo absoluto del iniciado por Caperucita Roja al obedecer su obligación familiar. En Rashomon acontece lo propio.

El misterioso crimen acontecido en la película de Kurosawa involucra a un samurái, fallecido durante el mismo, una mujer ultrajada y un famoso asaltante de caminos que ha alcanzado notoriedad en la región.

Fiarse de quien no se debe, ya sea ofreciendo una torta de pan o un canasto de apetitosas manzanas, suelen ser las excusas de las voces que narran estos relatos para marcar el acento en que las apariencias engañan.

Por ello siempre es una muy buena excusa para revindicar dos ideas que no son simples, únicamente, que tocan temas universales y que no exigen haber nacido en época del shogunato o con la imposición del catolicismo para comprenderlas en su verdadera dimensión.

Tanto Bergman como Kurosawa ruedan en blanco y negro con una sensación constante de peligro soterrado, un dolor que agarrota a todos sus personajes. Hay excepciones, como el bandolero interpretado con maestría por el carismático Toshirô Mifune (Tajômaru), pero incluso él, con toda su supuesta audacia y burla de las normas, no deja de ser mostrada en algunas de las versiones del relato como una leyenda con pies de barro, bastante menos imponente y de vida menos terrenal que los rumores que llegan. El bueno de Tajômaru, saqueos al margen, no deja de ser la simple víctima de un soplo de brisa que le hace ver a su mujer ideal en el momento más inadecuado.

El deseo irreprimible que también invade a un grupo de campesinos cuando vean desfilar ante ellos a Karin (Birgitta Valberg), a quien uno de los compañeros no duda en saludar como una aparición angelical: Este amanecer he visto a la reina de la primavera, montada en su corcel. Pero ella aún no ha vuelto. El triunvirato de lugareños se prendan de sus cabellos rubios y sus ricos ropajes como Tajômaro se embriaga del aroma que desprende la esposa del samurái (caracterizada por Machiko Kyô, quien muestras las muchas caras de Jano de una mujer que encarna todos los estereotipos de las damas del cuento: la doncella en apuros, la cortesana tentadora, el ángel del hogar, la malvada y despechada madrastra).

Las leyes y la moral que crean los seres humanos quieren darnos la seguridad de que esos instintos en su versión más salvaje serán contenido. Sin embargo, en la espesura del bosque, Kurosawa y Bergman coinciden en dar rienda suelta a sus personajes, los cuales pueden dar luz verde a su más elemental egoísmo, ensangrentando a su paso la inocencia y la maleza del bosque.

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Los protagonistas de Rashomon saben usar sus máscaras con habilidad a la hora de enfrentarse a sus jueces (nosotros, los espectadores, en un hábil recurso del cineasta japonés, pues nunca vemos a quienes escuchan el relato); es ahí donde flaquea Karin, una niña adorable pero que comete errores menos inocentes de lo que se supondría a alguien de su condición y privilegio. Ella no detecta cómo su bonanza contrasta con la de su sierva Ingeri, la cual, además, está embarazada sin haber contraído matrimonio, lo cual le trae el oprobio de una sociedad que presume de moralizante y no tiene piedad.

La joven muchacha de la ofrenda se exhibe ante lobos con piel de cordero sin recordar que está muy lejos del castillo de su padre. Su orgullo de clase no discrepa del que podríamos encontrar en el samurái que se confía ante el bandolero, en la perspectiva de que nada malo puede ocurrirle. Un error que la moraleja del cuento les hace pagar caro. Pero hay más que un peaje en el dueto que hoy nos ocupa.

Woody Allen, admirador incondicional de Bergman, no ha dejado de compartir el interés de su maestro por el delito y la falta. Incluso hoy encontramos en cartelera Irrational Man (2015) la propia versión de Woody de Crimen y castigo. ¿Creen Kurosawa y Bergman que un acto contra la bondad puede quedar sin castigo? De ser cierta la afirmación, sus cuentos serían cuentos crueles, como suelen serlo en el fondo, sin dejar un resquicio para la esperanza.

Es el juego que el drama sueco promete con sus giros inesperados, cuando pone a la víctima (el rey Töre, Max von Sydow) en el papel inesperado del juez que puede actuar como verdugo. Con todo, la metáfora del cuento alcanza la máxima expresión con el rostro de la madre al ver la ofrenda carmesí de los campesinos, el gesto de dolor que lleva levantar el velo, pasar las páginas para ver que los cuentos no siempre tienen final feliz con pájaros trinando.

¿Es posible mantener la fe en Dios? ¿Acaso en Odín y las otras deidades asgardianas? O, más simple aún, ¿pueden los desventurados infelices del templo de Rashomon refugiarse de una torrencial lluvia sin que afloren la codicia y la mentira? De manera deliciosa, el templo alberga la leyenda que un demonio se infiltró en él y salió aterrado al conocer a los hombres que lo frecuentaban.

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¿Cuál es el significado de estos dos bosques enrojecidos? ¿El afán de la destrucción por la destrucción? ¿Igual que Ingeri no albergamos en un recóndito y oscuro rincón el deseo de ver a lo que es más bello que nosotros caer? O acaso, como dirían los aldeanos nipones tras ver la oscuridad del caso, ¿no sería más juicioso escoger la versión que más nos guste y olvidarnos pronto de ello?

Dos cuentos crueles pero de los que brota un manantial de esperanza sin haber caído en la mentira piadosa. Un par de condenadas obras maestras.

Comentarios

  1. Íñigo

    Aún no he tenido la oportunidad de ver “El manantial de la doncella”, pero sí que he visto “Rashomon”, y es una película de Kurosawa que me encanta. Aunque de ambos yo prefiero “La vergüenza” (creo que es una película en la que se ve claramente cómo una guerra puede sacar lo peor de nosotros, pero a la manera casi dramatúrgica de Bergman) y “Trono de sangre” (“Macbeth” me sigue pareciendo la mejor obra de lo que llevo leído de Shakespeare, más que “Hamlet” o “El rey Lear”, y la adaptación de Kurosawa es tan buena como el original”). Buen artículo Marcos. Un saludo.

    -”Jajajajaja, ¿Tajomaru se cayó de un caballo? La gente loca tiene ideas muy locas”.

  2. Muchas gracias por tu mensaje, Íñigo. Puedo dar fe contigo de que “Trono sangriento” es una de las mejores adaptaciones que se han hecho nunca de dos de los hitos de Shakespeare: la vejez de Lear y la ambición de Macbeth. No he podido ver todavía “La vergüenza”, aunque te prometo que es una de las primeras pelis pendientes de mi lista, mucho más tras leer tu comentario.

    Sospecho que “El manantial de la doncella” te va a encantar.

    1 abrazo,

    Marcos

    PD: Grande la cita a Tajomaru.

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