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Los 400 golpes VS. Al final de la escapada

Por Íñigo Bolao

Estamos en el año 1959. El mundo del cine experimentó una revolución que supuso un antes y un después tan importante como la introducción del cine sonoro a finales de la década de 1920. En respuesta al cine de Hollywood, y en defensa de una manera diferente de hacer películas, un grupo de jóvenes críticos de la revista francesa Cahiers du Cinéma, fundada por André Bazin, decidió trasladar sus inquietudes cinematográficas a la práctica. De ahí surgió la Nouvelle Vague, la gran ola cinematográfica que revolucionaría el cine francés, y que influiría a otros países, emergiendo así otras olas en Occidente y en Oriente entre las décadas de 1960 y 1970.

En dicho año fueron estrenados dos films icónicos,  dos óperas primas que fueron un gran –y necesario- soplo de aire fresco para el cine y la cultura en general: por un lado, Los 400 golpes, de François Truffaut (1932); y, por otro lado, Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard (1930).

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La propia infancia del primer cineasta es la base del argumento de Los 400 golpes. En esta cinta de carácter casi autobiográfico (lo subrayo porque a veces no se puede reproducir con total exactitud la vida de una persona) un joven de 13 años llamado Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud), el alter ego de Truffaut, protagoniza por las calles de París todo tipo de travesuras, huídas y aventuras, habiendo crecido en un hogar cuya madre no le quiere y con un hombre que no es su padre, en una escuela donde el profesor le castiga constantemente y en un entorno donde es un joven incomprendido y marginado por la sociedad de su momento. Todo ello mostrado con humanidad sin llegar al melodrama, con sus momentos de drama y de comedia, en un crudo blanco y negro. Por su trabajo, el director recibió el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes de 1959, y Léaud se convirtió en uno de los actores revelación más jóvenes de la historia del cine.

Si la primera película de la saga de Doinel trataba sobre la falta de amor y de la incomprensión desde las instituciones, siendo la principal y la más básica la familia, el film de Godard no es ni más ni menos que una parodia y una deconstrucción del cine negro que tanto admiraban “les cahiers”. Al final de la escapada tiene como protagonista a Michel Poiccard (Jean-Paul Belmondo), un ladrón de poca monta con aires a lo Humphrey Bogart que, tras haber asesinado a un policía después de haber robado un coche en Marsella, busca refugio en París huyendo de los agentes del orden. Allí reside su novia, una estudiante americana llamada Patricia Franchini (la bella Jean Seberg), quien no sabe nada de lo que hizo su novio (¿o sí?).

Con sus defectos en el guión y un montaje un tanto alocado, algo tuvo, y sigue teniendo, que ejerce una poderosa influencia sobre muchos cineastas, entre ellos Martin Scorsese, Quentin Tarantino y Steven Soderbergh. Godard se llevó el Oso de Plata del Festival de Berlín al Mejor Director en 1960, y su cinta fue un regalo envenenado, pero necesario; con ella, ya nada volvería a ser igual en el mundo del cine. El director seguiría destruyendo las convenciones cinematográficas para crear un nuevo lenguaje, Belmondo se convirtió en una gran figura del cine europeo y Seberg, cuya vida fue trágica hasta su prematura muerte, llegó a ser un icono cultural a seguir.

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De modo que, tal y como se ha hecho con un anterior artículo en el que se comparaban Salvar al soldado Ryan y La delgada línea roja, aquí los lectores y los demás colaboradores de OjoCrítico.com pueden comentar para saber cuál es su opinión sobre ambas películas, criticarlas y decidir cuál de las dos es la mejor: si la valiente apuesta de Truffaut, o la bendita broma de Godard. Una vez más, el debate está abierto.

Comentarios

  1. José Antonio Herrero

    Me quedo con las dos. Cada una tiene sus peculiaridades pero la personalidad de cada una de ellas trasciende, colocándolas como peldaños imprescindibles en la construcción de la inacabable catedral del cine. Ambas comparten grandes diferencias inmersas en una misma atmósfera de resignado existencialismo.

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