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La seducción en el corazón de las tinieblas

Por Marcos Cañas Pelayo

Siempre fue extraña, rara, perturbadora y de exótico atractivo. Sin embargo, nadie pensaba que estallaría aquella bomba, aunque algo se había podido intuir durante los años. El último tango en París (1972) es una de las llamadas películas de culto, esas que aúnan detractores y admiradores incondicionales con una facilidad pasmosa.

Celebridades del nivel de Jessica Chastain o Chris Evans estallaban hace poco en las redes sociales hablando en contra de Bernardo Bertolucci y Marlon Brando. El célebre director del film y la gran estrella que lo protagonizó. Entre medias, el nombre de la tristemente desaparecida Maria Schneider surgía con fuerza.

La insólita historia de un maduro viudo norteamericano y una joven aspirante a actriz en la capital francesa se caracterizó por un fortísimo carácter sexual, inusual para la época. Con todo, resulta indudable la calidad de muchas de sus escenas, la oscuridad cautivadora de sus personajes. Motivos más que sobrados para darle un puesto destacado en la filmografía erótica. Pero, como el propio Bertolucci afirmaba en The Dreamers (2003), No Sin Remains a Secret.

Dos cintas de un mismo director, ubicadas en la misma ciudad y que tienen como uno de sus principales motores el placer más oculto. Tan parecidas en la superficie como diferentes en la realidad. Intentemos adentrarnos en ellas.

Solamente los franceses pondrían un cine en un palacio

Le fascinó desde el primer momento. Cuando un joven y curioso turista norteamericano, Matthew, se topó con la Cinémathèque Francaise en algún momento del año de 1968, su mundo cambió. Una cinefilia que pronto le haría conectar con una pareja de hermanos gemelos, chico y chica, los cuales compartían su gusto cinéfilo (adjetivo hoy en día totalmente adulterado, pero en ese triunvirato una gran verdad). Es el punto de arranque de The Dreamers, una película donde su director ha admitido que hay mucho de él en Matthew (interpretado por Michael Pitt).

¡Un cine en un palacio! Únicamente en París podía darse ese hecho. El mismo escenario donde Bertolucci, ya reconocido como uno de los grandes cineastas de su tiempo, concedió una sincera entrevista en 2013. No le conté lo que iba a pasar, pocas veces un enunciado tan simple esconde mayor gravedad. El máximo responsable de El último tango en París admitía que su actriz co-protagonista no había sido informada de un detalle crucial en una tensa escena donde su amante la forzaba a tener sexo en el suelo de una manera animalizada. El personaje de Brando cogía mantequilla para emplearla como lubricante. Hacer películas es también eso, conseguir cosas. Tenemos que ser completamente fríos. No quería que Maria interpretara rabia y humillación, quería que María sintiera rabia y humillación. Después, ella me odió para toda su vida.

De una incompleta versión de ese testimonio vendría la gravísima acusación de que se hubiera consentido una violación durante el rodaje. Según palabras del cineasta italiano, lo hurtado a su actriz en la secuencia habría sido el elemento de la mantequilla, buscando obtener una reacción más natural de asco y disgusto. El sensacionalismo que suele llevar aparejada la información sin contrastar hizo correr un titular que, lógicamente, generó una repulsa lógica y tenaz dentro y fuera de la industria.

Vittorio Storato, director de la cuidada fotografía de El último tango en París, tardó poco en salir a desmentir a aquellas acusaciones, incidiendo en las dificultades que, a veces, tiene la gente en distinguir la realidad de la ficción. Algo que también transmite Fabio Cianchetti, responsable de idéntica función en The Dreamers, donde tres jóvenes talentosos e inseguros juegan a que las películas que han visto sean más reales que lo que está ocurriendo apenas unas calles más abajo del apartamento de sus padres.

Como fuere, esa versión exoneraría a Bertolucci y Brando de la violación, pero no del recuerdo de una joven actriz…

Cautivos del mal

Hubo un momento en que Eva Green y Maria Schneider tuvieron mucho en común. Las dos eran jóvenes actrices, ambas eran hermosas y lograron ser escogidas por un gran director para ambiciosas películas.

Pese a ello, las carreras de una y otra no pudieron ser más distintas. Eva Green encontró en Isabelle a una musa que todavía hoy tiene ribetes emblemáticos gracias a The Dreamers. Lucrecia Borgia fumando encadenada a las verjas del palacio convertido en templo del cine. Le aguardaban Morgana (otro ejemplo de amor fraternal), Sibylla, Vanessa Ivis, Ava Lord…

Su vida paralela no tuvo esa fortuna. En sus propias declaraciones, Schneider nunca acusó, al menos abiertamente, el abuso con el que ahora se señala a Bertolucci y Brando. De cualquier modo, sí reflejó de forma clara la sensación de profanación sufrida ante la desagradable sorpresa, un momento que debió der ser de una tensión terrible. Lo sorprendente es que ni su compañero en escena ni el máximo responsable acudieran después a dar una disculpa, siquiera una explicación de aquella aberrante manera de conseguir sus objetivos.

Amante del buen cine, sin duda Bertolucci habría visto ya por aquel entonces la excelente Cautivos del mal (1952). En ella, Kirk Douglas interpreta Jonathan Shields, un astuto y entusiasta productor. Su buen olfato para la industria le lleva a justificar todo por lograr una excelente película, incluso prescindiendo de la faceta humana.

Todavía hoy el personaje de Shields genera controversia, ¿hasta qué punto puede justificar un objetivo artístico un comportamiento amoral? De lo que no caben dudas es que Bertolucci y Brando cruzaron un Rubicón terrible donde pusieron en riesgo algo mucho más importante que lograr una mejor actuación: el futuro de una persona de diecinueve años con todo por delante. Todavía hoy, sorprende el tenso duelo interpretativo entre un Brando en estado de gracia (su inolvidable soliloquio al enviudar)  y una Schneider firmando una actuación muy por encima de su experiencia hasta ese momento, creando a otra criatura herida que es capaz de mantener un pulso equilibrado en un duelo de voluntades donde la frontera entre el placer y la tortura es difusa.

Juegos Salvajes

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Paradójicamente, The Dreamers parece haber evitado esa leyenda negra siendo mucho más chocante. Conforme el fin de semana en París avanza, lo que empiezan siendo divertidos juegos entre el huésped y los dos hermanos se van tornando en una tentación que quebranta todas las normas. Comparados con este trío (a los dos ya mencionados sumar Louis Garrel como Theo, la otra pieza de los gemelos), el tórrido e irreal romance mantenido entre los dos desconocidos de El último tango en París casi podría ser catalogado de una novela ejemplar.

El mérito en esta segunda incursión de Bertolucci es navegar muy bien en esas aguas turbias y elevar lo más terrenal a la categoría de arte. En mucho le ayuda un reparto joven pero de impecables maneras. Pitt consigue el ejercicio de eclecticismo de mantener la candidez ingenua con el insaciable deseo de peligro que le provoca la situación. Un magnífico actor que regaló en Nights in Ballygran (quinto episodio de la primera temporada de la antológica Boardwalk Empire) un romance de puro noire con Emily Meade.

Matthew se eleva como un personaje que va mucho más allá del papel pasivo de turista despistado que se cuela en los jardines del placer de Bomarzo; de hecho, su lucidez supera en varios compases a sus más soñadores compañeros. Él ve el horror de las cargas de esos policías contra simples estudiantes, pero también desconfía, a diferencia de Theo e Isabelle, de esa uniformada revolución cultural donde Mao tiene un libro único para todos.

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Y es que en ese rincón de la Ciudad de las Luces se cuentan muchas cosas, no todas ellas de alcoba. Habla también de padres que lo dan todo y, al final, lamentan que únicamente pueden seguir extendiendo un cheque ante unas criaturas que aman pero no comprenden. También, expresa de una forma tierna y compasiva que la inteligencia es la llave de muchas cosas, también de la debilidad y la inseguridad. De idéntica forma, El último tango en París va dando las pistas precisas para un final amargo, a fin de cuentas, el único posible cuando siquiera la pasión también está destinada a extinguirse.

El epílogo de la musa

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Hay quien dijo una vez que cuando el sexo unía lo hacía de mentira, mientras que cuando separaba, era para siempre. Tanto Matthew como Jeanne (el verdadero nombre de la amante francesa del personaje de Brando) son susceptibles de revelarse y de tener ideas propias, considerando que “el juego” ha terminado.

Ambas experiencias fílmicas siguen siendo más que gratificantes, el equipo de Bertolucci logra crear una sensación de inquietantes atmósferas en sendos caminos.

Conforme pasan los años, es paradójico que la segunda ellas, la incestuosa y más bizarra, sea las que más matices sigue sacando, demostrando que el sexo bien jugado en pantalla permite contar muchas cosas.

Sin embargo, su hermana mayor, aquel último tango de dos almas atormentadas, siempre tendrá ese espectro. Si aquella maldita mantequilla se hubiera quedado en el apartamento sin abrir, quizás hubiéramos tenido una reacción menos espontánea, pero algo más importante que una maldita película por hermosa que esta sea. La carrera de Schneider habría sido diferente, el legado de Brando en uno de sus mejores papeles también.

El viejo Bertolucci permanece en la Cinémathèque, la proyección hace tiempo que terminó. Incluso la sensual figura de Isabelle se evapora en el recuerdo, también la inocente expresión de Matthew o la determinación de Theo. Incluso Brando y su colosal presencia ya se fueron. Solamente quedan él y Jeanne/Maria. El cineasta italiano querría hacerle una pregunta a la musa y poder abrazarla, pero sospecho que teme la respuesta.

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