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La película favorita de Ford

Por Marcos Cañas Pelayo

Aunque nos resulte paradójico, hubo una época en la que el cine de John Ford solamente era valorado como el buen ejercicio de un honesto artesano. Aún más, también hubo otras fases donde determinados sectores criticaban su mensaje como algo atávico, vetusto, ultra-conservador y, en los más desquiciados casos, hasta con tintes fascistoides.

Indudablemente, el director de dos testamentos del western como El hombre que mayó a Liberty Valance o Fort Apache merece su bien ganada posición hoy de clásico.

Admirador de Homero, aquel tipo de expresión ruda y parche en el ojo, el cual tenía como tarjeta de presentación: “Me llamo John Ford y hago películas del Oeste”, era mucho más que un cow-boy con barras y estrellas junto a tarta de manzana. Todo un genio como Orson Welles admitía haber devorado cada movimiento de cámara de La diligencia antes de hacer sus pinitos él mismo como director. Incluso colegas más jóvenes como Steven Spielberg siguen fascinándose por los secretos códigos que parecen esconder los paisajes y el rodaje de Centauros del desierto.

Sin embargo, el propio Ford pareció sentir una pequeña debilidad personal por una obra mucho menos conocida para el gran público, El sol siempre brilla en Kentucky. Un trabajo menor si se quiere dentro de su prestigiosa filmografía, pero que estuvo en festivales como Cannes, siendo estrenada en 1953. La película se centra en la afable figura de un popular y anciano juez (encarnado con maestría por Charles Winninger), quien se encontrará un rudo rival en un fiscal yanqui que viene a disputarle la relección.

Quienes recuerdan joyas como ¡Qué verde era mi valle! o El hombre tranquilo sabrán que Ford tenía un continuado sentimiento de nostalgia en este género. Aquí, el maestro convierte a un pequeño pueblecito sudista en una sociedad casi idílica, especialmente el círculo alrededor del juez. Verdaderamente, aquí sí comprende uno cierta dosis de las críticas que, en ocasiones, se han vertido sobre Ford. Me parece, aunque pueda estar errado, que algo ha envejecido en este luminoso cuento, a diferencia de las otras cintas mencionadas, que tanto parecía gustar a su propio creador.

Y, cuidado que, al igual que otros maestros como Berlanga o Capra, la ingenuidad de Ford es muy matizable cuando recrea estas comunidades. Hay mucha compasión en su forma de adentrarse en temas tan espinosos como las heridas que había dejado la guerra de la Secesión, buscando utilizar la camaradería y el respeto mutuo entre rivales (nuevamente, Homero) para escapar del horror de lo sucedido.

Basándose en la historia de Irvin S. Cobb, Lauren Stallings hace el libreto que permite al director adentrarse en algunos de los temas que más le gustan, volviendo a acompañar los acordes de Víctor Young con toques marciales, bailes de salón y ese gusto por lo castrense que siempre pareció acompañar al cineasta. Se puede arquear la ceja ante algunas de estas cuestiones, pero no deja de ser el mismo artista que presenta sin rubor las miserias de una turba al querer provocar un linchamiento. Y es que el universo fordiano, guste más o menos, es cualquier cosa menos simple, resulta complejo y digno de estudio.

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Este beatus ille que pretende evocar en la comunidad meridional no le impide poner en guardia sobre las triquiñuelas de los políticos en vísperas de elecciones (tema mucho más actual de lo que pudiera parecer en estos tiempos que corren), además de mostrar las paradojas que toda sociedad tiene. Que, tal vez, poseía él mismo. Por un lado, su filmografía no deja de ser un rendido homenaje al séptimo de caballería, pero, como está en la mente de los buenos aficionados del Oeste, es el mejor biógrafo no autorizado del “heroico” general Custer, mientras revestía de dignidad y orgullo a esos indios que él mismo había derrotado, cámara en mano, en otros momentos. El estandarte había sido arrebatado y volaba a tierras apaches.

Su devoción por el mito no le importa saber qué hay detrás de la leyenda del hombre que mató al temible Valance. Igual que Homero, su aguda mirada se desliza entre el cruel bronce de aqueos y troyanos, teniendo siempre un instante para detenerse en el vencido. Siguiendo los pasos del bardo ciego, atiende a las plañideras, gusta de sentarse en la primera fila de los funerales de esas mujeres de corazón noble y miradas con desaprobación por las estiradas facciones de la sociedad de bien.

Tal vez, el cine sean pasos necesarios. Aquí, bajo el disfraz del paternalismo, Ford y su equipo utilizan al ladino (pero honesto) juez para reflejar que la justicia debe ser igual para todos. Pero, afortunadamente, también hoy contamos con un Tarantino que decide que es el momento de enfundar la armónica y que el héroe no rescate al afroamericano, sino que sea el segundo su propio salvador, que Django no le eche en la cara que se han acabado los sueños de algodón y las marcas como reses de ganado; no es una petición, se trata de un derecho que habían tenido desde el nacimiento, pero que los Calvin Candie, más o menos crueles, más o menos disfrazados, les ocultaron.

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No obstante, dicho lo anterior, considerar a Ford como racista es una osadía que sobrepasa muchos límites de la atrevida ignorancia. Con algunos de los prismas de su tiempo afortunadamente superados, este remake de un film de Ford ya rodado en 1934, muestra una tremenda admiración por el talento de las minorías, así como una profunda y generosa humanidad, presente en muchas de sus obras. Y, no lo olvidemos, quizás el propio Pompey pudo hacer algo más que pasar el rifle aquella noche a John Wayne, siendo un predecesor ilustre del propio Django. Pero no nos desviemos del tema.

Distinto es referirse que, como sucede con cualquier magisterio, ya sea cinematográfico o de cualquier otro tipo, haya presupuestos superados. Ford compartía la visión de veneración por la madre en particular y la mujer en general de Las uvas de la ira (la cual adaptó al celuloide con su usual olfato fino); materia diferente es respirar con alivio de que el concepto de cómo debe funcionar un matrimonio haya superado los paradigmas de la sociedad de la idílica El hombre tranquilo.

 A nivel de rodaje, siempre fue un tremendo motivo de orgullo para los implicados que, con un presupuesto bajo mínimos, hubiera salido algo tan bien hecho, con cuatro arreglos, el poblado de Kentucky y su luciente Sol brillan con la misma fuerza. Hamacas para sestear con limonada y contando viejas batallitas, eso sí, aderezadas con una mirada de perdón y calma.

La que poseía ese extraño elemento llamado John Ford que, afortunadamente, se nos decidió por hacer películas del Oeste.

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Comentarios

  1. Enrique Fdz. Lópiz

    Amigo, yo, admirador ferviente de Ford, te felicito por tus comentarios, por este artículo que me ha encantado: Gracias y ¡felictaciones de nuevo!. Enrique Fdez. Lópiz

  2. Al contrario, Enrique, el agradecido soy yo de que te hayas tomado la molestia en leerlo y valorarlo tan amablemente. 1 saludo de fordiano a fordiano.

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