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La mujer

Por Mª José Toledo

Llegó a decir de sí misma que no se consideraba una buena actriz, afirmación que sólo puede deberse a una gran humildad o a una bajísima autoestima. Otros dijeron de ella que era «el animal más bello del mundo», así que si observamos su carismática imagen en las fotografías o su imponente figura moviéndose en la escena, y estudiamos el brillo verde de su mirada seductora y la preciosa armonía de sus cejas; si intentamos capturar toda la geometría de su rostro, que muchos tildarán de duro y agresivo; si nos detenemos en el deleite de su boca, la fragilidad sus hombros y la curva de sus piernas; si la observamos, digo, comprenderemos que es cierto: que el animal más hermoso era mamífero, concretamente un humano y, por supuesto, mujer. Seguro que ya sabéis de quién hablo. De Ava Gardner, claro.

Esto no pretende ser una biografía detallada, así que bastará con que diga que Ava Lavinia Gardner nació bajo el impetuoso signo de capricornio un veinticuatro de diciembre de hace ya noventa y un años. Nunca mostró intenciones de ser artista sino que cursó estudios para ser secretaria, ni más ni menos. Yo siempre me he imaginado la hipotética secuencia donde un señor con sombrero, gabardina y corbata ancha entrase a esa oficina de tal número en tal calle de Carolina del Norte y viera a escasos metros de él, en ese recorrido visual que se hace en los sitios donde esperas ser atendido, a una jovencita Ava sentada a su mesa tecleando en la máquina de escribir. Quizás estuviera junto a una ventana y los rayos del sol aclarasen el color de sus ojos y encendieran sus mejillas. Quizá levantase la cabeza para saludar al recién llegado y le dedicara una sonrisa tímida, angelical e ingenua, pero magnética. Ese hombre no volvería a ser el mismo. El destino, sin embargo, se entrometió para que el cuñado de Ava le hiciese unas fotos que colgaría más tarde en el escaparate de su local. En esas que Barney Duhan, cazatalentos de la Metro-Goldwyn-Mayer, pasó, la vio y se detuvo para saber quién era aquella chica de apenas dieciocho años. De ahí al estrellato.

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Ava Gardner se casó tres veces, y lo que más sorprende no es el número de esposos sino que ninguno de ellos, los tres artistas, pueda presumir de un atractivo similar al suyo, si bien Frank Sinatra siempre ha tenido aura de conquistador. Tal vez, harta de mirarse al espejo, los más hermosos no le interesaban o puede que ostentasen el título de meros amantes a lo largo de su vida. En una ocasión, Deborah Kerr calificó de «devora hombres» a su ex compañera de reparto, pero creo con sinceridad que la auténtica historia amorosa de Ava ha quedado para ella y los rumores, malintencionados o no. Lo que sí sabemos con certeza, y esto es lo que más debería interesarnos, es que obtuvo una nominación al Óscar por su papel en Mogambo, tres a los premios BAFTA y una más al Globo de Oro por La noche de la iguana, donde nos brinda una estupenda interpretación dirigida por John Huston que además le sirvió para hacerse con la Concha de Plata a la mejor actriz en el Festival de Cine de San Sebastián.

Su biografía recoge que Ava Lavinia Gardner falleció con sesenta y siete años en Londres, su último y definitivo hogar después de residir quince años en aquella España de los cincuenta donde tan cómoda, viva y flamenca se sentía. Sin embargo, esa muerte física y terrena no tiene a estas alturas la más mínima importancia. ¿Acaso la luz de algunas estrellas no pervive aún durante décadas?

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Comentarios

  1. Cinepata

    Ufff, Ava Gardner son palabras mayores. Felicidades por tu artículo.

  2. Mª José

    Gracias, Cinepata. Una gran diva, sin lugar a dudas. ¡Saludos!

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