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La leyenda de Mad Max

Por Íñigo Bolao Merlo

Dentro de unos años…”, pone al principio de la película, sin saber en qué época concreta estamos. No, no es una galaxia muy, muy lejana, por donde flotan Halcones Milenarios; tampoco estamos dentro de la Nostromo, con su tripulación comportándose como camioneros o simples trabajadores hasta que el Alien aparece para devorarlos. Nada de eso. Es el corazón del páramo australiano, donde las carreteras están vacías, o parecen estarlo, y en las señales de tráfico alguien (o algunos) han hecho pintadas obscenas.

Todo está aparentemente tranquilo… hasta que de repente, conduciendo un Interceptor V8 (un coche mítico de los años setenta), se encuentra un pandillero peligroso, el Jinete Nocturno, con su novia en el asiento del copiloto, burlando a las policías de tráfico en una persecución con destrozos por doquier, yendo a toda velocidad mientras recita, a grito pelado, las estrofas de una canción poco conocida de AC/DC titulada Rocker.

Pero entonces apareció… ÉL.

De un modo sorprendente y poco convencional comienza la historia de uno de los héroes de acción más singulares, pero arquetípicos, de la Historia del Cine. Se trata de Max Rockatansky (Mel Gibson primero, y luego Tom Hardy), más conocido por todos como Mad Max. De la mano del cineasta George Miller (1945), surgió una de las sagas de ciencia ficción y acción más icónicas de finales de la década de 1970 y de la de 1980… para ahora resurgir en la década de los 2010, con un éxito de crítica y de público que nadie se esperaba, al igual que sucedió con la primera película de la saga.

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Pero, ¿qué se esconde detrás del personaje del “loco” Max? ¿Qué se oculta en el corazón de cada personaje que le rodea, de cada una de estas historias? ¿Por qué es tan importante en el panorama del cine australiano? ¿Hasta qué punto influyó en el cine post-apocalíptico y de acción? Todas estas preguntas serán resueltas en este artículo de OjoCrítico.com, una vez más y al igual que hemos hecho con otros dos artículos sobre Harry “el Sucio” o el conde Drácula sobre personajes cinematográficos icónicos. Arrancamos motores y nos ponemos en marcha.

PRIMERA MARCHA: LA ÉPOCA DEL WALKABOUT.

Antes de empezar habría que hablar un poco del creador del personaje, el cineasta George Miller. Nacido con el nombre de George Miliotis en la ciudad de Brisbane, en la región de Queensland (Australia), el 3 de marzo de 1945, es el hijo de una familia de inmigrantes griegos. Miller estudió Medicina en la Universidad de Nueva Gales del Sur junto a su hermano gemelo John. Pero a George le gustaba hacer cine y, tras haber realizado algunos cortos experimentales, fue a un taller de cine en la Universidad de Melbourne. Allí conoció a uno de sus socios, Byron Kennedy (1949-1983), con quien creó una productora, Kennedy Miller, encargada de la producción de sus films.

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Como cineasta, Miller ha tocado un poco de todos los géneros. Aparte de la saga de Mad Max, ha realizado, tanto como director, como en la posición de guionista y/o productor, películas de animación y/o para todos los públicos, como Babe, el cerdito valiente (1995) o Happy Feet (2006); comedias de la talla de Las brujas de Eastwick (1987); películas de terror como Calma total (1989) de Phillip Noyce (1950), e incluso dramas como El aceite de la vida (1992). Además, actualmente ocupa el puesto de patrón del Instituto de Cine Australiano, actualmente presidido por el actor Geoffrey Rush (1951). Se podría decir que, junto con cineastas como Peter Weir (1944), el ya mencionado Noyce o Gillian Armstrong (1950), creó una industria del cine para Australia.

Precisamente, ¿cuál era la situación del cine australiano por la década de 1970? Antes de aquel momento, no se hacía un cine con mayúsculas en aquella gran isla que en su día fue colonia británica. Si un australiano quería dedicarse al oficio tenía que viajar a Gran Bretaña, a la antigua “metrópoli”. Y quien encendió la chispa para el desarrollo del cine nacional no fue un australiano, sino un cineasta británico llamado Nicholas Roeg (1928). Roeg se hizo muy célebre en su país natal por haber dirigido la película Performance (1970), sobre un mafioso londinense (James Fox) que huye de sus jefes hasta ser acogido por una estrella de rock (Mick Jagger).

Para el año 1971 dirigió la que es considerada la “película fundacional” de la Nueva Ola Australiana, Walkabout (1971), que trata sobre una chica adolescente y su hermano pequeño que se pierden en medio del desierto tras el suicidio de su padre. Un joven cazador aborigen les encuentra y su vida cambia por completo, adoptando un modo de vida “salvaje” pero no “bárbaro”, como si hubiesen vuelto a nacer y fuesen los “buenos salvajes” de los que hablaba Jean Jacques Rousseau (1712-1778).

Echando mano de las descripciones que Mark Cousins (1965) hizo en la serie documental La historia del cine: una odisea (2011-2012), todos los cineastas australianos de la década de los setenta abordaron un tema que hizo despegar su cine nacional. Se trata del choque entre civilización y barbarie. Australia aún contaba con población aborigen y su modo de vida se pudo preservar más o menos, y el legado de los colonizadores ingleses seguía allí, en pleno siglo XX. Tanto Peter Weir en cintas como Picnic en Hanging Rock (1975), Gillian Armstrong en My brilliant career (1979) o el propio Miller con la saga de Mad Max abordaban, de modos ligeramente diferentes, ese choque. En las películas de la época se lanza al espectador una pregunta: “¿Eres de los que prefieren nadar en una piscina o de los que prefieren nadar en un mar con tempestad?” “¿Prefieres lo cocinado o lo crudo?”.

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Y en torno a esa cuestión aparecen estos personajes que viven su propio walkabout, el rito de iniciación aborigen consistente en que un joven ha de permanecer solo en medio del gran desierto australiano, “deambulando” física, mental y espiritualmente, para alcanzar la madurez, renunciando a lo ya conocido o a lo ya establecido. Por lo tanto, el personaje de Mad Max no se puede comprender sin ese elemento típicamente australiano, a lo cual hay que sumar el componente heroico que en tantos relatos épicos (desde La Ilíada y La Odisea de Homero) hemos leído y visto tantas veces. Max es el eterno vagabundo, atormentado por unos recuerdos que le enloquecieron y le obligaron a romper el contacto con la civilización, que cada día lucha por sobrevivir recogiendo gasolina donde puede…aunque siempre entra en una situación que le confronta con la realidad: la de ayudar al débil para protegerlo del que abusa.

SEGUNDA MARCHA: UN POLICÍA CON SED DE VENGANZA.

¿Dónde empezó la locura de Max? Para ello tenemos que echarle un vistazo a la película Mad Max: salvajes de autopista (1979), la primera entrega de la saga. No deja de llamar la atención cómo surgió la idea de la película. Según cuenta el propio George Miller, todo empezó a partir de la experiencia acumulada en sus años de médico de emergencias en Sidney, donde había visto casos de pacientes que murieron de heridas a cada cual más horripilantes, aparte de haber experimentado la pérdida de tres amigos que murieron en accidentes de tráfico durante su adolescencia. A ello hay que añadirle los efectos de la Crisis del Petróleo de 1973, la cual inspiró al co-guionista del film, James McCausland; cuenta que los motoristas australianos llegaron a protagonizar motines como consecuencia de la escasez de combustible en las gasolineras.

Con todo ese bagaje, Miller, McCausland y Byron Kennedy decidieron rodar el largometraje, con un presupuesto reducido de hasta 400.000 dólares. Y el casting tuvo también su parte interesante. Para el papel de Max Rockatansky se escogió a un por entonces joven y desconocido actor llamado Mel Gibson (1956) quien, el día antes de presentarse, había recibido varios golpes y moratones en la cara por una pelea en un bar. Ese aspecto demacrado, pensaron los responsables de la película, era el de Max, y el papel se lo llevó Gibson.

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Vayamos ahora a la trama. La Australia de un futuro no tan lejano se ha convertido en una tierra sin ley, como en el Salvaje Oeste. Bandas de moteros salvajes y enloquecidos asaltan las carreteras y los pueblos, y solo un grupo de agentes de tráfico, la Patrulla de Fuerza Central, plantan cara a estos delincuentes. La civilización sigue en pie, pero está decayendo: la ley y el orden no pueden mantenerse adecuadamente, las familias se rompen fácilmente, la vida no persevera frente al reinado de la muerte… Es el mundo que le ha tocado vivir a Max, el mejor agente que la P.F.C. tiene, y que está felizmente casado con Jessie (Joanna Samuel), además de ser el padre de un bebé llamado Sprog.

Pero todo cambia para Max, y para quienes le rodean, a raíz de un suceso inesperado. Con la muerte del Jinete Nocturno, una banda de moteros encabezada por el “Cortauñas” (Hugh Keays-Byrne), tras rendirle un homenaje, decide matar a aquellos que acabaron con la vida del Jinete, destrozando el pueblo donde reposan sus restos y atacando a una pareja de jóvenes en medio de la carretera. Uno de los miembros de la banda, Johnny el Niño (Tim Burns), es arrestado por Max y por su mejor amigo, Jim “el Ganso” (Steve Bisley), pero ante un tribunal defiende su inocencia y es dejado libre.

A partir de entonces se desencadena la tragedia. Jim “el Ganso” es atacado por la banda del “Cortauñas” y queda completamente herido. Max, atemorizado por el destino de su compañero, decide dejar su trabajo y pasar un tiempo con su mujer y su hijo de vacaciones. Pero la banda del “Cortauñas” les localiza, y tanto Jessie como Sprog mueren a manos de esos salvajes. Y es entonces cuando Max Rockatansky, sediento de venganza, se convierte en Mad Max, dispuesto a acabar de una vez por todas con la vida de quienes mataron a sus mejores amigos y seres queridos.

Exitazo. Con esta palabra se podría resumir la acogida que Mad Max: salvajes de autopista, tuvo, primero en Australia, y luego en Estados Unidos y el resto del mundo, en los cines. Nadie se esperaba, por aquel momento, que una película tan cargada de acción, violencia y locura como aquella recaudase tanto en taquilla, y de hecho se llevó tres premios de la Academia de Cine y Televisión Australiana en los aspectos técnicos: Mejor Montaje (la trama es de por sí frenética, y el montaje es adecuado para la película, por lo que es un premio bien merecido), Mejor Sonido y Mejor Banda Sonora Original para Brian May (1934-1997), dramática y llena de notas que revelan que algo no funciona bien en un mundo que ha empezado a enloquecer. Helo aquí una muestra.

Y lo de la primera entrega de la saga no se quedó en ser solo uno de los éxitos cinematográficos del año. Por recaudación, Mad Max: salvajes de autopista logró unos cien millones de dólares en todo el mundo, batiendo el récord Guinness de ser la película más rentable hasta el estreno de El proyecto de la bruja de Blair (1999). Otra curiosidad: Mel Gibson tuvo que redoblar su voz para la versión internacional de la película porque en Estados Unidos no se entendía su acento australiano (puedo asegurar que el inglés australiano es el que menos se entiende de todo el mundo anglosajón).

Pero, ¿de qué trata realmente esta cinta que enseguida se convirtió en película de culto? Como se ha dicho más arriba, del declive de un mundo, de una civilización, de un orden de las cosas, que está reflejado en Max y en quienes les rodean. Habría tres clases de personajes: unos que han logrado sobreponerse a la locura y mantenerse cuerdos –como Jim “el Ganso”-; otros que han caído por la locura del demonio de la ira –el propio “Cortauñas” o Johnny el Niño, que acaba siendo “abducido” por el carisma del anterior-; y otros que luchan entre ambos extremos, como Max, que intenta reprimir sus deseos de venganza, pero al final acaba cayendo.

Es una cinta con un final aparentemente optimista, porque creemos que, aun habiendo acabado con la banda del “Cortauñas”, Max ha restablecido el orden. Pero no es así: el orden interior en el que vivía, y que estaba basado en el amor a su mujer y su hijo, se ha roto. La venganza no ha resuelto nada, es más: ha acabado convirtiendo a Max en aquello contra lo que luchaba. Y lo único que nuestro protagonista puede hacer es nada más y nada menos que vagabundear por el páramo, sin rumbo fijo, con su escopeta recortada y su Interceptor V8.

Pero aun sigue habiendo una pregunta en el aire: ¿qué ha pasado en Australia? ¿Cómo se ha llegado a esa situación de falta de ley y de orden? ¿Por qué hay tanta violencia?

TERCERA MARCHA: SITIADOS POR CUERVOS HUMANOS.

De una manera sombría y más frenética comienza la segunda entrega de la saga, Mad Max 2: el guerrero de la carretera (1981), una cinta que supera con creces a la primera en acción, montaje y presupuesto. Es la viva muestra de que hay veces que las segundas partes son mejores que las primeras, y tal vez sea la cinta más popular de la saga en su momento, la que realmente influyó en el cine post-apocalíptico, además de ser la carta de presentación que le permitió a George Miller trabajar en Hollywood.

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Veamos: han pasado unos cuantos años desde que Max acabara con la banda del “Cortauñas”. Nuestro protagonista ha envejecido; la expresión de su rostro, lleno de cicatrices, es más ruda; por su mirada vemos que ha perdido algo de humanidad tras la muerte de su familia. Se ha convertido en un hombre de pocas palabras, casi como el “Hombre sin Nombre” interpretado por Clint Eastwood. Sus ropas están desgastadas por el tiempo y por el polvo del páramo australiano. Sigue usando su escopeta recortada, pero más como elemento disuasorio que otra cosa. Conduce el viejo, pero fiable, Interceptor V8, y su única compañía es un perro de las praderas. Ya no es un policía: ahora es un vagabundo que sobrevive con el poco combustible que queda y que lucha contra otros por los pocos despojos que quedan del mundo, destrozado por la Tercera Guerra Mundial y del que Australia ha sido una mera víctima. Todo, en fin, parece haberse vuelto loco.

La película empieza con una persecución un tanto aparatosa. Max ha conseguido hacer huir a una banda de guerreros encabezada por el peligroso Wez (Vernon Wells) al llegar hasta un camión abandonado. Junto con su perro, Max sigue su camino y se topa con un personaje bastante excéntrico: el capitán del Gyro (Bruce Spence), un tipo tan loco como los del páramo pero no peligroso y que pilota un tipo de autogiro ligero y maniobrable. Max está dispuesto a impedir que se haga con su coche y, junto a su mascota, consigue reducirle. Para salvar su vida, el capitán le dice a Max que a unas millas está una refinería donde puede conseguir todo el combustible que desea y que puede guiarle hasta allí.

Nuestro protagonista accede y, al llegar hasta la refinería, Max y el capitán observan que está siendo asediada por unos guerreros del páramo, encabezados por el cruel y sádico Humungus (Kjell Nilsson), a quien sirve Wez. Con su ingenio, Max elude a los guerreros del villano y se encuentra dentro de la refinería con un grupo de supervivientes encabezados por Papagallo (Michael Preston). El deseo de los hombres y mujeres de la refinería, incluyendo a un pequeño salvaje armado con un bumerán de acero (Emil Minty), no es permanecer en la refinería, constantemente sitiados por Humungus, sino salir de allí para llegar hasta las costas, vivir en un lugar donde la vida es más fácil y pacífica.

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Pero los habitantes de la refinería ven que en las ofertas del sádico caudillo hay gato encerrado e, independientemente de lo que decidan, morirán. Pero Max interviene y se ofrece a coger un camión que encontró hace unos días, llevarlo hasta la refinería y cargarlo con combustible para que este grupo pueda huir… aunque habrá que luchar contra Humungus y sus secuaces, e incluso enfrentarse a un Wez sediento de venganza por la muerte de su “pareja”.

Y es en ese instante cuando Max, que se ha convertido en una especie de mercenario vagabundo, conoce el dilema del héroe reticente: duda entre cumplir la tarea y largarse, o quedarse hasta el final con quienes le han ayudado, teniendo que enfrentarse a los fantasmas de su pasado sin que los espectadores los veamos, pero sí intuimos. Max se enfrenta a su desafío más importante desde que tuvo que decidir entre vengarse o no de la banda del “Cortauñas”, y todo por una razón: buscar la redención con ese acto.

Como se ha dicho anteriormente, Mad Max 2: el guerrero de la carretera supera con creces en muchos aspectos a Mad Max: salvajes de autopista. Cabe destacar un buen montaje, tan frenético como la anterior entrega, y el guión de George Miller, co-escrito con Terry Hayes y Brian Hannant, aparte de resolver algunas de las dudas que teníamos respecto a los hechos de la primera cinta, cuenta con unos elementos de la trama que están bien encajados entre sí. Es fácil, además, sentirse identificado con varios de los personajes de la película: todos han tenido que pasar por un pasado violento que les ha cambiado, para bien y para mal; incluso es fácil identificarse con Wez, el servidor más fiel de Humungus, que sufre una pérdida importante por la que también nos dejaríamos llevar por la venganza…aunque no deja de ser alguien malvado.

En otros aspectos, cabe destacar la dirección artística: todo es decadente, polvoriento, propio de un mundo que ha caído en la barbarie; nada es bello ni agradable. Mención especial merece el vestuario, a cargo de Norma Moriceau, con unos personajes que visten como tuaregs, jugadores de hockey o de rugby y otros con una estética post-punk. Junto con otra genial banda sonora a cargo de Brian May, con más toques dramáticos y brutales que expresan que el mundo del mañana, lejos de estar cuerdo, está aún más loco.

En fin, todo este trabajo, con el que George Miller y su equipo pudieron mostrar una mayor profesionalidad, fue recompensado con varios premios y nominaciones. La Academia de Cine Australiano concedió a la segunda entrega de Mad Max cinco premios: Mejor Director para Miller, Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Montaje, Mejor Diseño de Producción y Mejor Sonido. Y contó también con un éxito de taquilla mucho mayor que la primera película de la saga. Se podría hablar también de las influencias de la película, pero, a modo de no aburrir al lector, hay que continuar, porque seguimos en la carretera, siguiendo a Max, que no conoce descanso…incluso habiendo derrotado al ejército de Humungus.

CUARTA MARCHA: MÁS ALLÁ DE LA CÚPULA DEL TRUENO.

Con la potente voz de Tina Turner (1939) comienza la menos valorada de las películas de la saga del guerrero de la carretera, Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno (1985). Dado el éxito que tuvieron las dos entregas de la saga, George Miller consiguió rodar esta tercera entrega, con un guión co-escrito con Terry Hayes, co-dirigida con el actor y director George Ogilvie (1931) y sin su amigo, el productor Byron Kennedy, que falleció en 1983 en un accidente de helicóptero y a quien está dedicada la película.

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Han pasado unos años desde que Max derrotara a Humungus y a sus secuaces. A nuestro héroe le ha crecido el pelo –el peinado de Mel Gibson recuerda al que llevará como William Wallace en Braveheart (1995)- y se le están empezando a ver las canas. No conduce un Interceptor V8, sino un vehículo-carromato tirado por camellos. Sigue vagando en medio de un páramo desértico, ya sin carreteras, y tiene el aspecto de un beduino, como si fuese una mezcla entre el ya mencionado “Hombre sin Nombre” y Lawrence de Arabia; aunque sigue conservando sus armas y habilidades guerreras.

Pero todo cambia con otro suceso tan inesperado como el de las anteriores entregas, pero no de la manera tan frenética con la que estábamos acostumbrados. Un aeroplano pilotado por un piloto llamado Jedediah (Bruce Spence, que hizo del Capitán del Gyro, pero que hace esta vez de un personaje distinto) junto con su hijo roba el carromato de Max. Despojado de su vehículo, éste se dirige hacia la Negociudad, una ciudad construida por aquellos que, en un intento por sobrevivir a la barbarie, hacen negocio con lo que sea: gasolina, agua, comida, el propio cuerpo… Parece que la civilización está resurgiendo, pero sobre unas bases materialistas, como si de una nueva Babilonia se tratase.

Para recuperar el carromato, Max ofrece sus habilidades para cumplir con un encargo que le ha encomendado la líder de la Negociudad, Tía Ama (Tina Turner): debe acabar con la vida del Maestro Golpeador, un equipo formado por el Maestro (Angelo Rossitto) y el Golpeador (Paul Larsson), y que controla el suministro energético de la ciudad, procedente del metano obtenido de los excrementos de cerdo. Pero para que Tía Ama logre su objetivo de controlar la energía, y así el Maestro no sospeche, Max tendrá que enfrentarse al Golpeador, separado de su Maestro, en la Cúpula del Trueno, una especie de anfiteatro con cúpula donde se libran combates cuerpo a cuerpo a muerte, donde “dos hombres entran, uno sale”.

Aunque Max vence al Golpeador, este no acaba con su vida y, tras incumplir el trato que tuvo con Tía Ama, es desterrado de la Negociudad, teniendo que vagar por el desierto, sin agua. Sin embargo, una tribu de niños, los “Esperando”, los últimos supervivientes de un Boeing 747 estrellado en el desierto durante la Tercera Guerra Mundial, y encabezada por Savannah Nix (Helen Buday), rescata a nuestro héroe, a quien confunden con un capitán de avión llamado “Capitán Walker” y que les prometió que le esperasen para llevarles a lo que ellos llaman “el mundo del Mañana-Mañana”, que es mostrado a Max en este relato.

Como pasó con Mad Max 2: el guerrero de la carretera, Max se encuentra en una situación en la que debe dejar a un lado sus intereses personales y ayudar a esa tribu a buscar ese mundo del “Mañana-Mañana”, aún sabiendo que no existe o que tal vez haya desaparecido. Una vez más, el mercenario se convierte en héroe, y éste se compromete a ayudar a los niños de la tribu, aunque haya que viajar a la Negociudad para recuperar combustible y cuanto sea necesario para lograr ese objetivo.

¿Qué se podría decir sobre Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno? Nos encontramos ante una película más “hollywoodiense” en el sentido de que es menos violenta que sus predecesoras. Parece que está dirigida a un público un poco más infantil, más conservador, habiendo perdido un poco del espíritu, o si se prefiere, de la esencia de las anteriores películas de Mad Max, repletas de brutalidad, muerte y frenesí. Presenta un poco de la moralina que había en el cine de los años ochenta: lo material –representado en la Negociudad- no es lo real, y el pequeño Edén en el que viven los “Esperando” es el sueño en el que todos quisiéramos vivir, pero que tenemos que abandonar para enfrentarnos a la realidad. De ahí que la Cúpula del Trueno sea un lugar metafórico: vivimos dentro de ella, pero hay que reunir mucha voluntad para salir de ahí.

A pesar de que el guión presenta ese pequeño problema y tiene esos defectos señalados arriba, técnicamente está muy lograda, y en algunos aspectos supera a las anteriores entregas. Tiene una buena fotografía, a cargo de Dean Semler (1943), que ya colaboró con Miller en Mad Max 2: el guerrero de la carretera, un montaje no tan excelente como en los dos films anteriores, y Norma Moriceau repite en la dirección de vestuario, repitiéndose un poco la mezcla entre estilo post-punk, desértico y post-apocalíptico en el film. Incluso merece destacar también la banda sonora compuesta por el maestro Maurice Jarre (1924-2009), en los que se mezclan sonidos australianos con música metálica, junto a los dos temas musicales de Tina Turner, One of the living, y la célebre We don’t need another hero (Thunderdome).

La aventura de nuestro héroe concluye con un final tal vez demasiado edulcorado. Los “Esperando” huyen con el piloto Jedediah y su hijo en busca del mundo del “Mañana-Mañana” y Tía Ama perdona la vida a Max que, una vez más, vaga en solitario por el páramo. Se pensaba que aquí terminaría la historia de Mad Max y que George Miller no volvería a recuperar al célebre héroe post-apocalíptico.

Sin embargo, un día de mayo de 2015…

QUINTA MARCHA: UNA MADRE PARA LA CIVILIZACIÓN, UN HÉROE PARA LA HISTORIA.

Un día de mayo de 2015, y tras haber sido presentada fuera de concurso en el festival de Cannes, se estrenó una cuarta entrega que ha tenido un éxito tan inesperado como Mad Max: salvajes de autopista. Se trata de Mad Max: furia en la carretera, una de las sorpresas cinematográficas de lo que llevamos de año y que ha recuperado el espíritu de la saga que se había perdido con Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno.

Según las entrevistas que ha concedido, George Miller decidió preparar la cuarta entrega a partir del año 1998, y se iba a rodar en el año 2001 pero, a raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, se abandonó el proyecto. Intentó el director retomar su rodaje en dos ocasiones: en 2003, aunque fue de nuevo pospuesto por ser considerado “políticamente sensible”, dado el estallido de la Guerra de Irak (2003-2011); y en 2008, ya no con Mel Gibson de protagonista, sino con otro célebre actor australiano, Heath Ledger (1979-2008), que murió de sobredosis ese año tras interpretar al Joker en El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), la segunda entrega de la trilogía de Batman realizada por el director británico.

Finalmente, Miller pudo llevar adelante el proyecto, escribiendo un guión en colaboración con el dibujante Brendan McCarthy y el actor y guionista Nico Lathouris. Tuvo que rodarse, no en el desértico páramo de Broken Hill, en Nueva Gales del Sur, debido a que hubo gota fría en 2011, sino en Namibia en el 2012. Hasta ese momento, el guión estaba preparado y, gracias a ese tiempo de espera, Miller se puso en marcha una vez más, con una película tanto, o aún más brutal, que las dos primeras cintas de la saga.

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De nuevo ha pasado el tiempo. Mad Max ya no es Mel Gibson, sino Tom Hardy (1977), con una mirada ruda y una melena tan larga como la que el personaje llevaba en la tercera película. Su vehículo vuelve a ser el clásico Interceptor V8 y el páramo desértico sigue siendo el mismo lugar donde sobrevivir es casi un milagro. La novedad respecto a anteriores cintas de Mad Max es que, por primera vez, nos metemos en la mente del protagonista, y vemos que, en el interior de su psique, aún le sigue atormentando la muerte de su mujer y de su hijo por la banda del “Cortauñas”. Incluso unos niños le dicen a Max, en determinadas ocasiones, que actúe para ayudar al débil.

Pero Max, tipo escueto donde los haya, no nos da tiempo para contarnos toda su historia. Un grupo de guerreros plateados, los War Boys, que conducen coches potentes y adornados con motivos guerreros, captura a nuestro protagonista, que es conducido a un extraño lugar. Se trata de la Ciudadela de Joe, situada en una colina donde se consume todavía agua potable, pero a la que no todos pueden acceder, o solo en unas cantidades míseras. Hay desigualdad social, un mal reparto de los recursos y gente aún afectada por la radioactividad; es la civilización, no surgida del negocio como la Negociudad, sino del miedo y de la guerra.

Gobierna la ciudadela, con puño de hierro, el más excéntrico y malvado de los villanos de la saga de Mad Max: Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne, quien ya hizo del “Cortauñas” en la primera entrega), un enloquecido emperador que busca el poder absoluto sobre el páramo y a un heredero varón libre de los efectos de la radiación, engordando y encerrando a mujeres capturadas para garantizar la pervivencia de su estirpe.

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Mientras Max, capturado por esos guerreros, se convierte en donante de sangre universal para preservar la vida de éstos, una de las concubinas, y líderes del ejército, de Immortan Joe, la Emperatriz Furiosa (Charlize Theron), sale, teóricamente, en dirección hacia la Ciudad del Gas a por combustible. Pero Furiosa no lo hace. Ni tampoco se dirige hacia la Granja de Municiones. Ella tiene como objetivo huir de Joe junto a un pequeño grupo de concubinas, una de ellas embarazada del sádico líder, en busca de un vergel llamado el “Paraje Verde”, donde Furiosa creció hasta ser capturada por él, cuando perdió uno de sus brazos.

Cuando Joe se da cuenta del engaño, ordena a sus guerreros y a sus aliados que capturen a Furiosa, acaben con ella, y busquen también al futuro heredero que está en el vientre de una de ellas. Los War Boys se preparan, y entre ellos se encuentra un joven guerrero llamado Nux (Nicholas Hoult), que desea ser el guerrero predilecto de Immortan Joe, o incluso morir para ascender a una especie de Valhalla reservado a los guerreros de la carretera. Conduciendo su vehículo, y estando atado Max como su donante, comienza una frenética persecución a ritmo de tambores y guitarras eléctricas llameantes en la que, en un determinado momento, Max acaba librándose de Nux y se convierte en prisionero de Furiosa. Pero Max entonces se decide a ayudar a esas mujeres para encontrar ese “paraíso”. Como siempre, el héroe desatiende sus propias necesidades y ayuda a quienes están en peligro.

Y una vez más, George Miller se superó en guión, acción, brutalidad, montaje y efectos especiales. Estamos ante un espectáculo ruidoso y demasiado rápido, con un montaje a cargo de la esposa del cineasta, Margaret Sixel; tuvo nada más y nada menos que 480 horas de rodaje para editar, y muchas tomas tienen una velocidad superior a la habitual. John Seale, el director de fotografía, confesó en una entrevista al respecto del montaje: “Entre un 50 y un 60 por ciento de la película no va a 24 fotogramas por segundo, que es lo habitual. Irá por debajo porque George, si no pudiese comprender lo que pasaba en la toma, la reduciría hasta que pudieses hacerlo. O si estaba demasiado bien entendida, la cortaría o la aumentaría por encima de los 24 fotogramas. Su manipulación de cada toma en esa película es intensa”.

Tan intenso como el montaje se nos revela la fotografía, con unos colores muy cálidos, casi irreales, como si llameasen nuestros ojos. Todo es extremo, barroco: los vehículos, la dirección de arte, el vestuario –los War Boys recuerdan un poco al héroe Kratos de la saga de videojuegos God of War. La suciedad, la velocidad, el polvo, se multiplican por mil, pero todo concuerda con el tipo de historia y con mostrar la recurrente locura de un mundo post-apocalíptico. Incluso la banda sonora, a cargo del DJ holandés Junkie XL, es aún más enloquecedora y brutal que las composiciones de Brian May y Maurice Jarre, con una mezcla entre música clásica y rock duro, y con muchas remezclas posteriores de sonidos de fondo y voces adicionales. Casi recuerda un poco a la banda sonora de cualquier entrega de Call of Duty combinada con la de la película 300 (Zack Snyder, 2007).

¿Y qué hay que decir del guión? Es tan coherente como las anteriores cintas de la saga, y Miller hace pequeños homenajes a ellas en forma de momentos concretos. Lo más destacado es que muchos espectadores y críticos de cine han visto esta entrega de Mad Max con la conclusión de que es una cinta “feminista”. Es cierto que el personaje de la Emperatriz Furiosa tiene un protagonismo tan importante como el de Max, ¿pero por qué lo es? Tal vez es porque Mad Max: furia en la carretera transmite la idea de que la base de toda civilización no es el combustible –como hemos visto en Mad Max 2: el guerrero de la carretera-, ni los negocios –en Mad Max: más allá de la Cúpula del Trueno-, ni siquiera el miedo que impone Immortan Joe y sus guerreros.

La respuesta es muy sencilla: la base de la civilización es la mujer, son las madres, quienes realmente transmiten una educación para toda una vida y una visión del mundo. Furiosa, convertida en icono “feminista” por parte de muchos espectadores, es la mujer que lucha primero por una vida en su antiguo hogar, hasta que descubre que lo ha perdido. Pero luego se revela como una especie de Isabel la Católica o de reina Victoria que luchará por el poder para proteger a los suyos, con la ayuda de quienes escriben la historia… en el anonimato; héroes rudos y polvorientos como Max.

Desde luego, Mad Max: furia en la carretera ha sido un éxito de taquilla en toda regla. Ha recaudado nada más y nada menos que 374,6 millones de dólares a nivel mundial con un presupuesto de 150 millones –ha pasado casi lo mismo que con Mad Max: salvajes de autopista, ha sido un éxito rentable e inesperado. En algunos festivales menores ya se ha llevado algunos premios y nominaciones, y Miller está nominado al premios FIPRESCI del Festival de San Sebastián. Y de momento no se han celebrado ni los premios de la Academia de Cine Australiano, ni los BAFTA, ni tan siquiera los Globos de Oro ni los Oscar. ¿Conseguirá algunos premios más? Tal vez sí. ¿En qué festival o gala? No lo sabemos…

SEXTA MARCHA: FIN DE TRAYECTO (PROVISIONAL).

Terminamos este viaje por un mundo enloquecido con una pregunta un poco exagerada: ¿se podría pensar que George Miller ha trabajado tantos años desde Mad Max: salvajes de autopista para alcanzar con Mad Max: furia en la carretera un sueño cinematográfico que no logró con las anteriores entregas; que lo que quería mostrar en 1979 no lo logró hasta 2015? Eso no lo podemos saber. Pero de momento cabe decir que con la cuarta entrega, y después de tantos años de pre-producción, se ha hecho un buen trabajo. El tiempo revela las buenas cintas incluso antes del propio estreno porque, a veces, hay obreros invisibles que trabajan en nuestra imaginación durante meses, años y décadas para que salga algo notable.

Lo importante es que el viaje, o el walkabout, de “Mad” Max Rockatansky no ha terminado, porque el director ha anunciado que para 2017 se estrenará una quinta parte de la saga, titulada Mad Max: el páramo, y en la que Tom Hardy repetirá papel. Según los medios también nos encontraremos con que el personaje de la Emperatriz Furiosa tendrá su propia película –se ha creado un spin-off cinematográfico por primera vez a partir del mundo de Mad Max. De momento tendremos que esperar bastante para verla en los cines y ya veremos si estará a la altura (o superará) a la anterior. De momento, para el público más impaciente, y en concreto para los más jugones, se ha lanzado un videojuego sobre el épico personaje para varias consolas.

Pero hay otra cosa que tratar. Al principio del artículo se dijo que la saga de Mad Max –y especialmente la segunda entrega- es una de las más influyentes, no solo en el cine, sino también en la cultura popular en general. El mundo post-apocalíptico de la película sirvió, por ejemplo, de inspiración para el desarrollo de videojuegos. Destaca una saga cada vez más popular entre el público, Fallout, ambientada en unos Estados Unidos estancados en los años cincuenta del siglo XX y que han sucumbido a la guerra nuclear. Otra figura importante del mundo de los videojuegos, Hideo Kojima (1963), reconoce que, para crear el personaje de Solid Snake, protagonista de la saga Metal Gear Solid, se fijó en Max Rockatansky junto a Michael (Robert de Niro en El cazador) y “Serpiente” Plissken (Kurt Russell en la bilogía de John Carpenter formada por 1997: rescate en Nueva York y 2013: rescate en Los Ángeles). Y hay algo del mundo del páramo desértico y violento en la menos conocida trilogía de Resistance.

En el campo propiamente fílmico, directores tan diferentes como James Cameron (1954), David Fincher (1962), Guillermo del Toro (1964) y Robert Rodríguez (1968) dijeron sentirse influidos sobre todo por Mad Max 2: el guerrero de la carretera. Kevin Costner (1955) protagonizó dos cintas consideradas como dos de los mayores fracasos del cine de los noventa que recuerdan un poco a la saga: Waterworld (1995) y Mensajero del futuro (1997). Y algo de Mad Max vemos en muchas películas que giran en torno a mundos post-apocalípticos creados por una guerra termonuclear, invasiones alienígenas, o incluso por virus letales o que generan lo que podríamos llamar el “apocalipsis zombie”, tales como la trilogía iniciada por 28 días después (Danny Boyle, 2002).

Hay referencias constantes en muchos capítulos de la serie South Park (por ejemplo, Kyle tiene en su habitación el poster de Mel Gibson junto a su perro caminando por la carretera), en canciones y en videoclips de artistas diferentes como Phil Collins o Snoop Dogg, en el imaginario de los ejércitos de juegos de mesa tales como Warhammer 40000, en el vestuario de grupos de heavy metal como Mötley Crüe… Podríamos seguir con estas influencias así hasta el infinito, pero con la conclusión de que Mad Max es uno de los “productos” que mejor ha exportado Australia junto a Cocodrilo Dundee, su fauna, el surf, las guías de Lonely Planet y la cerveza Foster’s.

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El viaje no ha terminado. Max sigue vagando por las carreteras, los desiertos, ciudades nuevas creadas de la nada, enfrentándose a centenares de enemigos. Pero, ¿qué busca? ¿Cuál es su destino? ¿Estará condenado a vagar como Ulises por un mar de polvo hasta llegar a una especie de Ítaca del fin del mundo? ¿Logrará la redención por sus actos como El Cid? ¿Volverá a estar cuerdo? ¿Dejará de sentir un profundo pesar por la muerte de sus seres queridos? Eso no lo podemos saber hasta que George Miller lo decida.

Pero de momento quedémonos con esto: un héroe nunca se para, nunca descansa. Porque para que héroes como Max sobrevivan, éstos no han de estarse quietos, han de seguir caminando. Las historias de sus actos circulan entre todos los hombres y mujeres aunque, con el paso del tiempo, muchas se deforman hasta convertirse en leyendas y mitos, como ha pasado con Gilgamesh, Sigfrido, Arturo o Roldán. Pero esas historias las conocemos y sabemos su final. Pero no con Max. Es, como canta Lucky Luke al final de cada aventura, algo parecido a un “pobre vaquero solitario”, que camina sin rumbo fijo y sigue adelante. El futuro es incierto, y las metas, aunque son un espejismo, merecen alcanzarse luchando. Es la enseñanza que Miller, a través de Max, nos ha regalado en formato fílmico, y por ello muchos le estamos agradecidos.

Comentarios

  1. Patricia Robles

    ¡Que maravilloso artículo Iñigo!!!!!!

  2. Estupendo artículo, pero ojo con los spoilers para quien no conozca la saga. ¡Enhorabuena, Íñigo!

  3. Íñigo

    Tan maravilloso como tu comentario, Patricia, jejeje. Muchas gracias por leer.

  4. Miguel Ávalos

    ¡Enhorabuena por el artículo Iñigo!
    ¡Genial! Y muy didáctico para aquellas personas amantes del cine que no conozcan tanto a Mad Max y quieran saber más de él, al igual que de George Miller

    ¡Un saludo!

  5. Íñigo

    Gracias, MJ y Miguel, por comentar y por leer. Respecto al comentario de MJ, lo de los spoilers no lo puedo remediar por dos razones: necesito darle al artículo, por razones narrativas, una cierta continuidad para que el lector no solo lea, sino que viaje leyendo, como si formara parte de la historia de Max; la otra es porque me apasiono enseguida escribiendo y no me doy cuenta. Intentaré controlar eso en próximos artículos. Y Miguel, tú lo has dicho, es didáctico porque mi intención es mezclar el entretenimiento con la divulgación; una cosa no quita a la otra. Un abrazo a los dos, y repito, gracias por leer y comentar.

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