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La leyenda de Drácula

Por Íñigo Bolao

Su nombre produce pavor entre la gente cuando alguien lo menciona. Su imagen es la personificación misma de una sombra demoníaca que nunca desaparece del mundo de los vivos. Su pasado histórico está mezclado con el mito y la leyenda. Y es toda esa combinación de elementos la que hace que el del Conde Drácula sea uno de los iconos cinematográficos más fascinantes y de mayor trascendencia en el ámbito cultural, artístico y de ocio a nivel global.

No importa si se le llama Drácula, o Nosferatu, o Vlad el Empalador, o el señor de los vampiros; este personaje del género de terror ha conocido una evolución importante a lo largo de toda la historia del cine y, sin él, todo un género no sería el mismo. Sigue cautivándonos su figura, su psicología y el destino de todos aquellos personajes que le rodean (Mina Murray, Johnathan Harker, Abraham van Helsing o Renfield), habiendo sido objeto de muchas interpretaciones por los guionistas, cineastas y actores más representativos de cada época, siempre sacando nuevas facetas o rasgos del personaje en cuestión.

Debido a estas razones, entre otras (que son muchas e infinitas), este artículo de Ojo Crítico trata sobre la propia figura de Drácula y de su importancia en la cultura cinematográfica e incluso fuera de ella. Primero veremos al Drácula histórico, el príncipe valaco Vlad III Draculea, que vivió durante el siglo XV; después el personaje literario creado por el escritor Bram Stoker; y, por último, al Drácula cinematográfico; o, más concretamente, los cuatro Condes Drácula cinematográficos más importantes de la cinematografía, creados por cuatro directores: F. W. Murnau (1889-1931), Tod Browning (1880-1962), Werner Herzog (1942) y Francis Ford Coppola (1939). Aquí comienza un viaje por las sombras, así que, queridos lectores, atreveos a entrar en una dimensión más oscura que cualquier otra, con el cuello bien protegido, una cruz de plata, espejos y, por supuesto, una estaca…

EL DRÁCULA HISTÓRICO.

Para hablar de toda una leyenda del cine, qué mejor que empezar por los referentes históricos. ¿En qué personaje del pasado está basado el Conde Drácula? En Vlad III Draculea, “el Empalador” (Tepes en rumano), que vivió entre 1431 y 1476 y fue príncipe del pequeño Principado de Valaquia entre 1456 y 1462, habiendo de por medio momentos en los que volvió al poder y en los que fue destronado.

Un delegado papal de la época, Nikolaus Modrussa, decía de su aspecto: “No era muy alto, pero sí corpulento y musculoso. Su apariencia era fría e inspiraba cierto espanto. Tenía la nariz aguileña, fosas nasales dilatadas, un rostro rojizo y delgado y unas pestañas muy largas que daban sombra a unos grandes ojos grises y bien abiertos; las cejas negras y tupidas le daban aspecto amenazador. Llevaba bigote, y sus pómulos sobresalientes hacían que su rostro pareciera aún más enérgico. Una cerviz de toro le ceñía la cabeza, de la que colgaba sobre unas anchas espaldas una ensortijada melena negra”.

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Esto en cuanto a su aspecto físico pero, para comprender al personaje, tenemos que movernos en el contexto histórico en el que vivió. Nos encontramos a mediados del siglo XV. En 1453 se produjo un acontecimiento de gran trascendencia en la historia europea: Constantinopla, la capital del antiguo Imperio Bizantino, heredero éste del Imperio Romano de Oriente, fue conquistada por los turcos otomanos, que constituyeron un gran imperio que abarcaba la zona de la Península de Anatolia (donde se encuentra en la actualidad Turquía), Grecia y los Balcanes, Oriente Próximo y la parte oriental del Norte de África.

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La caída de esta ciudad, que es la actual Estambul, hizo temblar a toda la Cristiandad europea. Si la amenaza musulmana había sido doblegada durante cientos de años en la Península Ibérica en el marco de la Reconquista al oeste del continente, la balanza se había inclinado al este. Muchos estados europeos se vieron amenazados por el Imperio Otomano, principalmente el Sacro Imperio Romano Germánico, que tenía posesiones en el entorno de Austria y que estaba desunido por las luchas entre el emperador y los príncipes electores alemanes; y los estados italianos, cuyo comercio en el Mediterráneo peligraba por la piratería turca a la vez que habían cortado éstos las vías comerciales que permitían a los europeos dirigirse hacia Asia. De ahí que los portugueses y los españoles se lanzasen a la aventura de descubrir nuevas tierras bordeando África o navegando hacia el oeste del Océano Atlántico para llegar a un continente del que nadie sabía de su existencia: América.

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Evidentemente, los más afectados por la amenaza otomana fueron sobre todo los reinos y entidades políticas de Europa del Este. Y a partir de ahí podemos hablar del Principado de Valaquia, un Estado establecido en 1310 y que ocupaba el actual sur de Rumanía desde la orilla meridional del río Danubio. Por entonces estaba habitado por una variopinta mezcla de pueblos de diverso origen: alemanes, húngaros, gitanos romaníes y los denominados szekler o sículos, un pueblo que se consideraba a sí mismo como el descendiente de los hunos de Atila y al que pudo haber pertenecido la dinastía Draculea, de la que desciende Vlad.

Los Draculea (dracul es una palabra rumana que significa “demonio” o “dragón”) gobernaban el principado desde principios del siglo XV. El padre de Vlad, Vlad II, fue nombrado por el emperador del Sacro Imperio, Segismundo I de Luxemburgo, como Gran Maestre de una nueva orden militar encargada de defender Valaquia y la Iglesia Católica frente a los otomanos en 1428: la Orden del Dragón. Ello se produjo en un momento de enormes dificultades para Valaquia: hubo problemas internos entre Vlad y los nobles –o boyardos- de la zona (la Edad Media está plagada de luchas entre los reyes y los nobles por el incremento de su poder), junto a la persistente amenaza turca.

Y cuando los turcos atacaron el principado con mayor fuerza, nuestro Vlad, que había conocido una infancia muy dura por las circunstancias de su tiempo, fue capturado por ellos en 1444. Durante su cautiverio, su padre murió y su hermano conoció su misma suerte no sin antes haberle quemado los ojos aquellos boyardos (o nobles valacos) levantiscos. En 1447 escapó de su exilio y tenía claro qué es lo que quería hacer: hacerse con el poder en Valaquia para vengarse de aquellos que habían acabado con su familia y liberar a su país de la amenaza turca.

Al acceder al título de príncipe, Vlad III llevó a cabo una tenaz lucha contra las fuerzas otomanas. Con pocas tropas a sus órdenes que combatían contra miles de guerreros otomanos, pero recurriendo siempre a la guerra psicológica (levantando, por ejemplo, bosques de picas con soldados turcos empalados para atemorizar al enemigo), Vlad conseguía que su principado sobreviviera frente a la adversidad. A su vez, y ganándose el apodo de “el Empalador”, nuestro protagonista acababa con cualquier tipo de oposición de la nobleza y de todo aquel que osara desafiar a éste.

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Podemos poner algunos ejemplos de los castigos que imponía el príncipe, aunque algunos episodios están a medio camino entre la realidad y la leyenda, en ocasiones inventados o deformados por los cronistas de la época. Se sabe, por ejemplo, que en 1459 Vlad convocó a los boyardos insurrectos a un banquete que acabó de mala manera: mandó empalar a los más viejos y a los más jóvenes les ordenó construir un castillo, pereciendo muchos hombres durante su construcción.

Otros episodios: una vez, cuando Vlad caminaba con un monje con el que contemplaba un bosque de empalados, éste se quejó del mal olor que despedían los cadáveres y Vlad, ofendido, ordenó empalar a ese monje diciéndole: “¡Así respirarás aires más puros!”. Incluso ordenó acabar con los líderes de una comunidad gitana y exigió a los demás gitanos a que se unieran a su hueste para combatir o, si no, se verían obligados a comer la carne asada de sus jefes.

Hoy en día sigue sorprendiendo la crueldad de Vlad, pero lo cierto es que estamos en el siglo XV, en una época en la que los reyes, príncipes, margraves u otros líderes de la época debían tener mucha astucia política y mano dura para poder seguir en el poder y sobrevivir, y más aún en el Principado de Valaquia, rodeado de enemigos por completo y donde, quien fuese aliado ahora, sería enemigo después. Vlad III fue, simplemente, una víctima de las circunstancias, y por eso acabó siendo lo que fue.

Después de la muerte de Vlad, Valaquia acabó cayendo bajo el poder de los otomanos entre finales del siglo XV y el primer tercio del siglo XVI. Cuando Rumanía se constituyó como Estado independiente en 1877, y Valaquia formó parte del país, Vlad III Tepes fue representado por la historiografía romántica del momento como un héroe nacional que lucho por la salvación de su territorio y de la Europa del Este cristiana, siendo el mejor representante del discurso nacionalista rumano. Y el personaje sigue siendo un objeto de estudio por muchos historiadores, destacando de entre los muchos libros escritos sobre éste el del historiador alemán Ralf-Peter Märtin (1951), titulado Drácula. Vlad Tepes, el Empalador y sus antepasados (1983), publicado en España por la editorial Tusquets.

Pero ahora viene una pregunta aún más interesante: ¿cómo surgio el Drácula literario que todos conocemos?

EL DRÁCULA LITERARIO.

Su nombre era Abraham Stoker, pero todos le llamaban “Bram”. Había nacido en la localidad irlandesa de Clontarf el 8 de noviembre de 1847 y murió en Londres un 20 de abril de 1912. Era un tipo enfermizo, aficionado a la escritura de pequeños relatos góticos y de terror en varios periódicos de la Irlanda colonial. Tras haber realizado sus estudios en el Trinity College de Dublín, conoció a un escritor que le influiría notablemente en la creación de su gran obra: Sheridan Le Fanu (1814-1873), autor de la primera novela vampírica, Carmilla (1872), perteneciente a una colección de novelas cortas titulada A través de un cristal oscuro y que inspiró al director Carl Theodor Dreyer (1889-1968), el padre del cine danés, para la creación de la película Vampyr, la bruja vampiro (1932).

Poco a poco, Stoker fue trabajando en la escritura y en la publicación de su novela, Drácula (1897). En principio fue vista por los lectores de finales del siglo XIX como un mero entretenimiento, no como una gran obra literaria, pero ya se sabe que el tiempo es caprichoso y que cada cosa acaba convirtiéndose en una obra de arte por muchas cualidades: un tratamiento diferente, sus personajes, su representación del entorno social, etc.

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El escritor irlandés se inspiró en muchas fuentes para crear al Conde Drácula: aparte de otras novelas góticas del Romanticismo inglés y del Drácula histórico, Vlad III Draculea, se fijó en un personaje histórico también con mucha leyenda por las crónicas y por panfletos creados para su desprestigio: la condesa húngara Elisabeth Báthory (1560-1614), “la Condesa Sangrienta”, quien asesinaba a mujeres para, con su sangre, rejuvenecer constantemente. En realidad, otros nobles de su tiempo crearon esa leyenda para acusarla de bruja, que fuese ejecutada y quedarse así con sus posesiones. No era fácil ser mujer y, además, ocupar un puesto de poder en aquellos tiempos.

De todos modos, fue surgiendo el personaje de Drácula como el del vampiro arquetípico, el no-muerto: un hombre que se alimenta de la sangre de los vivos para subsistir, que es capaz de convertir a los vivos en sus semejantes, que puede tomar la apariencia de un hombre viejo y también de un hombre joven a voluntad, con el poder de transformarse en cualquier animal e incluso en niebla, que incluso controla los mares y las manadas de lobos… pero que necesita dormir en un ataúd de día para conservar sus fuerzas, necesita de tierra no consagrada para el mismo fin, odia los ajos, los crucifijos y los espejos, y que solo puede morir con una estacada en el corazón y cortándole la cabeza para acabar reducido a polvo.

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Pero hablemos de la historia original. Johnathan Harker, un joven y apuesto abogado inglés que trabaja para una firma inmobiliaria de Londres, acude por encargo de su jefe, el señor Hawkins, al castillo del conde Drácula en la región rumana de Transilvania, en los Montes Cárpatos. El conde está muy interesado en viajar al Londres victoriano, de modo que ha comprado una vieja mansión situada en las proximidades de una abadía pequeña, la de Carfax (inspirada en las ruinas de la abadía inglesa de Whitby, en el nordeste del país, un lugar donde transcurre una parte de la trama de la novela).

Durante su estancia en el castillo, Harker descubre la verdad sobre quién y qué es el conde e intenta escapar de allí, pero acaba siendo preso del misterioso personaje, que sale de su tierra metido en un ataúd y con tierra oscura que le permite conservar sus poderes. Durante un viaje en alta mar en el que la tripulación de una goleta muere por la sed de sangre de Drácula, la embarcación llega a Whitby y el conde, convertido en lobo, llega hasta Carfax.

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En ese tiempo, conocemos al resto de personajes y sus inquietudes, a la vez que la trama se desarrolla. En primer lugar se encuentra la prometida (y futura esposa) de Johnathan, Wihelmina “Mina” Murray, una elegante y bella institutriz, preocupada por no saber nada de su marido… hasta su aparición en un monasterio en el que Harker se refugió tras haber escapado del castillo del conde y de las garras de tres mujeres vampiresas, contrayendo matrimonio con ella en Budapest (Hungría).

Junto a Mina se encuentra su amiga de la infancia, la señorita Lucy Westenra, Lady Godalming, una mujer sensible que se ha prometido a un hombre de la alta sociedad londinense, el honorable Lord Arthur Holmwood. También están otros dos hombres que estaban enamorados de Lucy, pero que han tenido que echarse atrás en sus declaraciones de matrimonio por la vieja amistad con Holmwood: un cowboy texano, Quincey Morris; y el doctor John Seward, el jefe de un manicomio situado en las proximidades de la abadía de Carfax, y quien investiga el caso de un loco singular que devora moscas, arañas y que espera la llegada de alguien a quien luego visita en la zona comprada por Drácula: Renfield.

Tras la llegada de la goleta a Inglaterra, algo raro le sucede a Lucy. Empieza a sufrir sonambulismo y, después del verano, está pálida, débil y pierde cada vez más sangre antes de casarse con Arthur. La única pista: una misteriosa mordedura en el cuello. Como los tres amigos de Lucy no saben nada de este misterio, Seward decide recurrir a la ayuda del único hombre que puede resolver la rara enfermedad de Lucy: el eminente profesor Abraham van Helsing, de Amsterdam, cirujano, doctor, metafísico y maestro de Seward durante sus años de estudiante.

Los cuatro héroes intentan salvar la vida de Lucy, pero sus intentos son fútiles, dado que los poderes del conde son mayores. Acaba siendo convertida en una vampiresa que se alimenta de la sangre de los niños, y Van Helsing, ayudado por los tres amantes de la pobre mujer, consigue acabar con ella clavándole una estaca en el corazón y cortándole la cabeza.

Es a partir de ese instante cuando el profesor intenta averiguar la identidad de la persona que convirtió a Lucy, llegando a entrar en contacto con Johnathan Harker –quien ha encanecido prematuramente- y Mina Murray, ahora señora Harker tras haber contraído matrimonio con él. Gracias a los diarios realizados sobre la estancia del joven abogado en el castillo de Drácula y a las investigaciones de Seward sobre el caso de Renfield, los cinco protagonistas consiguen hallar el paradero del conde Drácula, destruir los ataúdes y hacerle huir a su tierra natal… no sin antes haber causado el no-muerto una herida y una extraña marca en la frente a Mina, que ha entrado en el proceso de conversión en vampiresa, y haber acabado con la vida de Renfield, quien renunció servir a su amo por habérsele negado a darle la vida eterna que tanto deseaba.

Los acontecimientos se precipitan hacia el final de la novela. Van Helsing, Harker, Murray, Holmwood, Seward y Morris viajan a Rumanía para dar caza al conde, que huye hasta su castillo a toda prisa. En la entrada de éste, y tras haber acabado el profesor con las tres vampiresas que le servían, nuestros héroes acorralan al conde, que muere de una puñalada en el corazón asestada por Johnathan y con un buen corte en la cabeza, aunque la emboscada ha supuesto la muerte de Morris. Con gran esfuerzo, el mal ha sido erradicado.

La novela, muy innovadora desde el punto de vista estilístico al estar escrita como un relato epistolar en el que se mezclan los diarios –escritos o grabados, hechos a mano o a máquina de escribir, habiendo una mezcla muy hábil entre los diálogos, las impresiones personales de los protagonistas y el desarrollo de la trama-, nos permite avanzar en la lectura del libro a la vez que apreciamos las inquietudes más profundas de los personajes, aunque éstas se expresan muy a la manera del siglo XIX, con frases muy largas y educadas, tal y como se hablaba en la Gran Bretaña de por entonces.

Pero, ¿de qué trata realmente la historia de Drácula? Trata sobre el choque entre la ciencia y la superstición, entre la razón y la fe, la duda y la certeza sean creíbles para los demás o no. La sociedad británica de finales del siglo XIX era la más cosmopolita de su tiempo, el gran centro de la Economía, la Industria y la Ciencia en el mundo de por entonces. Pero Stoker, con una visión muy crítica de su propia realidad, se dio cuenta de que aquella sociedad era demasiado racional y empírica, y que por esos rasgos obstruía cualquier intento de imaginar, incluso de soñar. Tan cientificista era que si alguien decía haber visto algo sobrenatural, nadie le creería o pensaría que estaba loco.

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Francisco de Goya, en uno de sus Caprichos más famosos, dijo que “el sueño de la razón produce monstruos” y, más concretamente, metafóricos, como pueden ser: la arrogancia de una superpotencia, la codicia, el nacionalismo exacerbado, la xenofobia, un exceso de confianza en el progreso tecnológico como la solución de todos los problemas cuando en realidad crea otros nuevos, etc. Es en ese ambiente cuando surge la figura del vampiro como la representación de que, si nos aferramos a esos valores tan banales, lo podemos acabar perdiendo, y que si apreciamos las cosas más sencillas –la vida, la fe en uno mismo, la amistad…- se puede vencer a las sombras.

Curiosamente, y sin que el señor Stoker se diese cuenta, porque murió antes de verlo, esas sombras que materializó en la figura de Drácula acabarían tomando la forma de un conflicto bélico que estalló en Europa del Este y que cambió para siempre la faz del mundo, puso fin al dominio británico en el planeta sin pena ni gloria y confrontó a toda una nación con las sombras del pasado: la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

En resumen, nuestro personaje acabó siendo el asesino del espíritu progresista del siglo XIX. Pero acabó sirviendo de inspiración para los profesionales de un medio muy joven que necesitaba de nuevas historias: el cine. Y ahora es cuando nos vamos al mundo del celuloide.

EL DRÁCULA DE MURNAU: NOSFERATU, UNA SINFONÍA DEL HORROR (ALEMANIA, 1922).

Sobre la película Nosferatu ya se ha hablado en un artículo anterior titulado Nosferatu vs Metrópolis, de modo que habría que volver a algunos aspectos del film para hablar del primer –y quizá, el más terrorífico- conde Drácula de todos los tiempos: el conde Orlok, interpretado por el actor alemán Max Schreck (1879-1936).

Nos encontramos en la Alemania de posguerra, derrotada tras la Primera Guerra Mundial, sumergida en una profunda crisis económica y sujeta a revueltas y protestas protagonizadas por comunistas y por la extrema derecha de la que emergerían Adolf Hitler y los nacionalsocialistas mientras la República de Weimar intentaba mantener el orden. Por encargo de un pequeño estudio cinematográfico, Friederich Wilhem Murnau, un hombre que recibió formación artística en Heildelberg, además de formación actoral en el estudio de Max Reinhart, comenzó a trabajar en la realización de Nosferatu como una adaptación libérrima del Drácula de Stoker. No se pagaron derechos de autor por la novela, y cuando se estrenó la película, la madre de Bram, Charlotte Blake Thornley, quemó todas las copias que había de ésta, llegando a nuestros días la única que se conserva después de aquella acción más propia de una novela surrealista que de otra cosa.

La historia de la película tiene lugar en la década de 1830, en la ficticia ciudad-Estado alemana de Wisborg (en realidad, fue rodada en la ciudad portuaria de Lübeck). En ella los personajes tienen otros nombres: Johnathan Harker se llama Hutter, Mina Murray recibe el nombre de Ellen, Renfield el de Knock y Van Helsing el de Sievers. La trama, a grandes rasgos, es la misma, pero en ella se han introducido una serie de cambios: no aparecen Holmwood ni Seward ni Morris, la llegada del conde Orlok provoca una epidemia de peste que azota Wisborg, Renfield es perseguido por todo el pueblo como el causante de la peste, Ellen ofrece su vida al conde mientras la mujer espera a que el sol le elimine y no hay ninguna persecución en Rumanía contra el conde.

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A pesar de estos cambios, la película sigue siendo tan terrorífica y atrayente como desde el primer día de su estreno. Los recursos y elementos característicos del Expresionismo alemán de la década de 1920 ofrecen un retrato del conde Orlok tan oscuro que, con razón, se haya convertido en uno de los grandes iconos de la historia del cine. Murnau desarrolló durante el rodaje muchas de las convenciones clásicas del cine de terror, e incluso del lenguaje cinematográfico, combinando la escenografía con la fotografía, la música con los efectos visuales, un montaje con sentido y unas interpretaciones muy exageradas. Aun así, y con todo, Murnau era consciente de que estaba creando un nuevo lenguaje artístico para un medio que lo estaba desarrollando gracias a su bagaje cultural; y lo mismo se estaba haciendo en otros países, ya fuera en Estados Unidos como en Francia o en la Unión Soviética.

Con la interpretación que Schreck hizo del conde Drácula (un ser de ultratumba con apariencia de parásito más que de aristócrata, pero que realmente atemoriza), Murnau y su equipo tenían una intención muy clara: expresar en la figura de Orlok los miedos de los alemanes durante el periodo de entreguerras, de que una sombra se cernía sobre el país. Nadie sabía si esa sombra era el Comunismo o el Nazismo, o una potencia extranjera, pero estaba claro que ésta extendería sobre los alemanes una epidemia que los diezmaría a todos, llámesela miedo o la ignorancia nacional que aprovechan unos pocos para manipular a muchos.

Dos veces se recuperaría al Drácula de Murnau: una la veremos más adelante, pero otra la aprovechó E. Elias Merhige (1964) en la película La sombra del vampiro (2000), sobre el rodaje de Nosferatu realizado por Murnau (John Malkovich) e interpretando a Max Schreck el actor Willem Dafoe, quien en la película no parece ser quien es…

EL DRÁCULA DE BROWNING: DRÁCULA (ESTADOS UNIDOS, 1931).

Fue en el día de San Valentín de 1931 cuando se estrenó la nueva versión de Drácula, más “hollywoodiense” y romántica que el gran espectáculo expresionista realizado por los alemanes en la década anterior. Los estudios Universal, presididos por el productor de origen alemán Carl Laemmle (1867-1939), un hombre muy abierto a las influencias cinematográficas europeas, hicieron la película inspirándose, no sólo en la novela de Bram Stoker, sino también en varias versiones teatrales de la novela que tuvieron éxito en Broadway unos años atrás.

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Como en Nosferatu, hay cambios en la trama: los acontecimientos tienen lugar en el Londres de los años treinta (el ambiente en el que Alfred Hitchcock realizó sus primeras películas), Mina y Lucy son hermanas –e hijas- del doctor Seward, un reputado doctor que preside el asilo mental de Carfax; y Renfield es el hombre que negocia con el Conde Drácula en Transilvania, convirtiéndose por obra del oscuro personaje en un siervo enloquecido y traicionero. Esta versión, a nuestros ojos muy envejecida, pasada de moda, no la dirigió un hombre con un gran conocimiento de las artes como Murnau, sino un hombre enamorado del mundo del teatro, el circo y de la farándula en general que cultivó diversos géneros cinematográficos y que tenía un sentido del espectáculo muy agudo. Su nombre: Charles Albert Browning Jr., o Tod Browning a secas.

Detrás del rodaje de Drácula, en el que Browining se sirvió de la ayuda de técnicos y de profesionales emigrados de la Alemania anterior a la subida del régimen nazi, como el director de fotografía Karl Freund (1890-1969), quien con sus juegos de luces y sombras dan a la película un ambiente sombrío pero “a la americana”, existen dos historias curiosas, una de ellas la de que existe una versión más larga de la película, que finalmente fue recortada por los estudios. Pero la segunda es la más importante: en principio, Browning había pensado en uno de sus actores fetiche, Lon Chaney (1883-1930), el “hombre de las mil caras”, para que interpretara al vampiro más famoso de la historia. Pero su muerte repentina provocó que apareciera en escena el hombre que inspiró a la creación del Conde Drácula que todos conocemos: Bela Lugosi.

Nacido en Lugoj (Rumanía) en 1882, Bela Lugosi había emigrado a Estados Unidos, donde comenzó a trabajar como actor en muchas producciones cinematográficas y teatrales. Había interpretado el papel del célebre vampiro en una de las versiones teatrales de Drácula, hasta que Tod Browning le contrató y su interpretación se convirtió en todo un clásico de la historia del cine estadounidense. Desde ese momento, Lugosi se vio encasillado en el papel de vampiro en diversas producciones de serie B hasta que pasó de moda, se volvió un adicto a la morfina, llegó a creerse el mismísimo Drácula (llegando al punto de que dormía en un ataúd) y murió, olvidado por todos, en 1956.

Aunque antes de morir tuvo tiempo de trabajar en una película titulada Plan 9 del espacio exterior (1956), a las órdenes del considerado como el peor cineasta de la Historia del Cine; un hombre que se apasionaba tanto por lo suyo que descuidaba todo lo que hacía y cuyos resultados fílmicos fueron nefastos. Su nombre era Edward D. Wood Jr. (1924-1978), conocido popularmente como Ed Wood, y sobre el que Tim Burton (1959) realizó una película en 1994 en la que Johnny Depp (1963) hace del estrafalario director y Martin Landau (1928) del decadente Lugosi.

A pesar de esta tragedia, como otras muchas que había en el Hollywood de la época, el Drácula de Browning y Lugosi trascendió hasta tal punto que se convirtió en un icono de la cultura popular. La interpretación y caracterización de Lugosi como el vampiro aristocrático y poderoso que perturba la vida de las familias más acomodadas fue utilizada por el actor británico Christopher Lee (1922) pudo interpretar a Drácula en las versiones cinematográficas realizadas por los estudios Hammer en la Gran Bretaña de las décadas de 1950 y 1960.

Desde entonces surgieron otros nuevos condes Drácula interpretados por nuevos actores, imitando siempre el modelo creado por Lugosi, así como personajes cinematográficos convertidos por el mítico ser de ultratumba, como el famoso “Drácula negro” de género blackxplotation en Blackula (1972). El género de los vampiros siguió presente en las cintas dirigidas por directores italianos, franceses y españoles, como Jesús Franco (1930-2013). Hasta que un buen día, a finales de la década de 1970…

EL DRÁCULA DE HERZOG: NOSFERATU, VAMPIRO DE LA NOCHE (REPÚBLICA FEDERAL ALEMANA, 1979).

A finales de la década de 1970, un director alemán, conocido por su tendencia a rodar en los lugares más peligrosos del planeta, llevando a sus actores a vivir experiencias límite y tratando siempre en sus películas el tema de la superación de los límites impuestos por la civilización a riesgo de que sus protagonistas perdieran la cordura, se atrevió a recuperar (hoy se dice “remakear”) el clásico de Murnau como reacción a las muchas versiones realizadas del Conde Drácula desde el clásico de Browning. Su nombre es Werner Herzog, y de ahí salió nuestra tercera película importante sobre el personaje, Nosferatu, vampiro de la noche.

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Una vez más, regresamos a Wisborg, la ciudad inventada por Murnau para ambientar la historia original por Stoker. De nuevo, la trama es la misma que en el clásico de 1922: John Harker (Bruno Ganz) viaja al castillo de Drácula en Transilvania dejando en la ciudad a su esposa Mina (Isabelle Adjani). Allí conoce al conde (Klaus Kinski, el actor fetiche de Herzog, y con quien tuvo una relación ambivalente en todos los sentidos), el ser de ultratumba viaja a Wisborg, llega y desata la peste, el pueblo persigue a Renfield y Mina se ofrece para acabar con el vampiro sacrificando su vida.

No obstante, y aunque sea un remake, lo que diferencia el film de Herzog del de Murnau es un pequeño detalle: si la película del cineasta expresionista trataba sobre el sacrificio de una persona que salvaría a todo un pueblo de su condenación por unas sombras tenebrosas, el de este autor perteneciente al Nuevo Cine Alemán trata sobre el fin del Romanticismo en la figura del Conde Drácula. El Drácula interpretado por Kinski (1926-1991) es el de un personaje decadente que quiere seguir sobreviviendo en un mundo que es totalmente diferente al que abandonó cuando se convirtió en un no-muerto. Es, en fin, la historia sobre la paradoja de la inmortalidad: seguir vivo pero no estar conectado con un mundo que cambia a cada rato.

En general, se podría definir el Nosferatu de Herzog como la versión cinematográfica de Drácula más próxima al cine de autor de todas las que se han realizado. Con la hipnótica banda sonora del grupo de rock psicodélico Popol Vuh, asiduo colaborador de muchas de las cintas de Herzog, y junto algunos temas de Wagner, es una película que mezcla la oscuridad y el terror con el gusto del cineasta alemán por la locura, las culturas de otros países y las supersticiones. Aunque no satisfaga el gusto de los amantes del entretenimiento, es una película que no hay que perderse si se dispone de tiempo.

Después de que Werner Herzog hiciera su propia versión al rescatar al icono cinematográfico más representativo del cine alemán, apareció de repente un cineasta más: el que hizo la versión más espectacular y más fiel a la novela original de Stoker o, al menos, no en su totalidad.

EL DRÁCULA DE COPPOLA: DRÁCULA, DE BRAM STOKER (ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA, 1992).

Principios de la década de 1990. Francis Ford Coppola, después de haber realizado la tercera parte de El Padrino (1990), tomó una decisión: recuperar el personaje del Conde Drácula realizando una película fiel, tanto en la esencia como en la forma, a la novela original de Stoker. Aunque Hollywood metió un poco de mano en el guión e incluyó una historia de amor para hacer de la película un producto más comercial y que así gustase al gran público, en 1992 se estrenó uno de los clásicos más importantes del cine de los noventa: Drácula, de Bram Stoker, el homenaje de Coppola al cine de terror e, incluso, al propio cine, que en pocos años cumpliría su primer centenario de vida.

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En esta película nos encontramos ante una trama bastante fiel a la de la novela, aunque el guión, escrito por James V. Hart, incluye el elemento amoroso: en el siglo XV, en su lucha contra los turcos y tras una cruenta batalla, el Conde Drácula (Gary Oldman) decide convertirse en vampiro y renunciar a luchar y a creer en Dios tras la muerte de su esposa, Elisabetha, quien, cuatro siglos después, acabará reencarnándose en la señorita Mina Murray (Winona Ryder), la prometida de Johnathan Harker (Keanu Reeves). El ser de ultratumba, completamente enamorado de ella, decide organizar su viaje a Londres para encontrarla, convertirla y ser su esposa para el resto de la eternidad, a pesar de la oposición del profesor Van Helsing (Anthony Hopkins), Harker y sus compañeros.

A pesar de la inclusión de la trama romántica, nos encontramos ante un filme muy notable por muchos aspectos. Uno de ellos es el guión, en el que se entremezclan el romance y el terror, una combinación de géneros que, bien utilizada, puede sorprender al espectador. Coppola muestra una dirección muy profesional, la película sobresale por los aspectos técnicos y de vestuarios, con un buen trabajo de recreación histórica; cuenta con una banda sonora increíble, a cargo del compositor polaco Wojciech Kilar (1932-2013), una auténtica celebridad musical en su país; Michael Ballhaus (1935), el director de fotografía predilecto de cineastas como Rainer Werner Fassbinder o Martin Scorsese, realizó una fotografía sobresaliente, jugando con los colores, las luces y las sombras.

Pero ante todo, esta versión de Drácula destaca por sus interpretaciones. El Drácula interpretado por Gary Oldman (1958) es posiblemente el más humano de todos cuantos hayan aparecido en la gran pantalla: tan cruel como amable, tan malvado como bondadoso, a veces anciano a veces joven, el vampiro de esta cinta es un ser oscuro inmortal que solo sigue viviendo gracias al amor hacia un espíritu puro como el del personaje de Mina, que está dispuesta a sacrificar su vida por el amor hacia un hombre poco corriente. Mientras que el Van Helsing que vemos aquí es un “loco de Dios” que puede llegar a ser tan cruel como el propio Drácula, y Harker queda un tanto ridiculizado ante el magnetismo del conde.

En definitiva, el trabajo fue tan bueno que la película obtuvo tres premios Oscar (al Mejor Maquillaje, Mejor Vestuario y Mejores Efectos de Sonido) en una gala marcada por la sonora victoria de Sin perdón (1992) de Clint Eastwood (1930). Y el paso del tiempo no la ha hecho envejecer mal, sino al contrario: con cada año que pasa mejora como el vino. De modo que, visto con perspectiva, se podría decir que Coppola colocó al personaje del Conde Drácula en el lugar que merecía en la historia del cine. Y el tío Francis es un especialista en colocar las cosas del pasado del cine en el sitio que les corresponde por derecho: ya lo hizo restaurando películas como el Napoleón dirigido por Abel Gance (1889-1981) en 1927, o reviviendo el género de gángsteres con la saga de El Padrino, e incluso apoyando financieramente a directores como Akira Kurosawa (1910-1998) en películas como Kagemusha, la sombra del guerrero (1980).

CONCLUSIÓN.

Hemos llegado al final de este viaje en el que, sin comerlo ni beberlo, hemos recorrido casi cuatro siglos y medio de historia y casi un siglo de cine. Hemos visto evolucionar al personaje del Conde Drácula, el inaugurador del género del cine de vampiros y del terror en general. Recientemente se ha estrenado una nueva versión cinematográfica del personaje que ha recibido malas críticas: Drácula. La leyenda jamás contada (Gary Shore, 2014), con una nueva reinterpretación sobre su historia mostrada casi como una película épica al estilo de 300 (Zack Snyder, 2007).

Lo curioso es que con Drácula se produce una paradoja curiosa en el cine: justo cuando creemos que el personaje ya no da más de sí, justo cuando lo creemos desaparecido, justo cuando los problemas planteados en una época son otros y ello da lugar al desarrollo de un tipo de cine diferente… el vampiro siempre reaparece encarnando nuestros miedos y preocupaciones cotidianos. Reaparecer, resurgir de las cenizas: esa es la cualidad por la que Drácula sigue siendo un personaje tan fascinante y está tan grabado en la memoria colectiva de la gente. Incluso Bram Stoker era consciente de que ese rasgo era el que hacía de Vlad III un personaje histórico sorprendente: sus enemigos pensaban que había sido derrotado completamente hasta que volvía con nuevas fuerzas para luchar.

Por ello cabe preguntarse: ¿cómo será el próximo Drácula de dentro de diez o de veinte años? ¿Será un nuevo parásito decadente como el que interpretaron Max Schreck o Klaus Kinski? ¿Un aristócrata maquiavélico que amenaza nuestra intimidad como el de Bela Lugosi? ¿O un romántico empedernido dispuesto a dejarse la piel por quien más ama como el que encarnó Gary Oldman? ¿O será más polifacético? Quién sabe. Hay que tener guardada la estaca por si acaso el vampiro se nos presenta en los cines una vez más. Y allí estaremos los espectadores… ¡con el cuello protegido, claro!

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Comentarios

  1. Jaro

    Después de leer este gran artículo no puedo hacer otra cosa que no sea aplaudirte Iñigo.

    A sus pies agradecido por perderme en sus palabras y a pesar de la longitud del texto se me haya pasado volando e incluso con ganas de más.

  2. Íñigo

    Muchas gracias amigo. Gracias por leer.

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