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¿La codicia es buena? Tony Montana, Gordon Gekko y su tiempo

Por Íñigo Bolao Merlo

Estamos en los locos años ochenta del siglo XX. Y cuando digo “locos”, quiero decirlo en el sentido literal de la palabra. El mundo parecía volver de nuevo a la confrontación durante los años de “rebrote” de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética hasta que el bloque del este cayó por puro agotamiento. Se puso de moda una cultura del dinero que movió a millones de personas a gastar, gastar y gastar, mientras el Tercer Mundo se volvía más pobre e inestable. Comenzó la revolución de la informática y de la telefonía móvil gracias a jóvenes ingeniosos como Steve Jobs (1955-2011) o Bill Gates (1955). E incluso emergió una nueva generación de empresarios: los yuppies, jóvenes brockers y ejecutivos de empresa de clase media que aspiraban a ser ricos y poderosos, como Donald Trump (1946). Y el cine también se volvió un poco loco con tantos gremlins, viajes en el tiempo a bordo de DeLoreans con condensadores de fluzo y hazañas bélicas protagonizadas por John Rambo y otros héroes del celuloide.

Pero los ochenta también tenían un lado oscuro, sobre todo en Estados Unidos. Por la existencia de una cultura del dinero que parecía extenderse a toda la sociedad, y subsistiendo todavía bolsas de pobreza persistentes en muchas ciudades del país a raíz de la Crisis Económica de 1973, aumentaron los escándalos financieros y los índices de criminalidad, sobre todo en relación con el fenómeno del narcotráfico, que empezaba a ser un problema nacional. Muchos cineastas vieron en los ochenta una época llena de contradicciones, en la que se creaban ilusiones que ocultaban la realidad, y uno de los que más se centró en mostrarlas fue el director y guionista de Hollywood más politizado de todos: Oliver Stone (1946).

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Stone fue el creador de dos personajes y de dos historias que podrían resumir bien la época. Uno de ellos es Tony Montana (Al Pacino), el famoso narcotraficante de origen cubano protagonista de Scarface/El precio del poder (1983), en la que Oliver trabajó como guionista y estuvo en la dirección Brian de Palma (1940). El otro es Gordon Gekko (Michael Douglas), un empresario dedicado a la especulación y al espionaje industrial, el coprotagonista de Wall Street (1987). Ambos representan las dos caras de una misma moneda: la codicia. Pero ambos personajes son dos ladrones distintos: mientras que el primero tiene las manos llenas de sangre y unas emociones a flor de piel, con un fuerte sentido del honor y de la venganza, el segundo es un ladrón de guante blanco, frío, mezquino y muy competitivo.

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Es por ello que este artículo para OjoCrítico.com trata sobre estas dos películas y sobre estos dos personajes, de los más carismáticos y populares de la historia cinematográfica (posiblemente, al menos en España, más Montana que Gekko). Ellos representan un periodo, sus vidas son diferentes pero con paralelismos, y ambos ayudan a comprender las sombras del espíritu de un periodo que se alargan hasta el presente. ¡Comenzamos!

TONY MONTANA Y SCARFACE/EL PRECIO DEL PODER (BRIAN DE PALMA, 1983).

“¿Sabes lo que es el capitalismo? ¡Que te follen!”

Tony Montana.

Viendo el video del comienzo de Scarface, uno no deja de pensar en esto: ¿Fidel Castro, el presidente de Cuba, expulsó a criminales como Tony Montana para acabar con el crimen en su país y “preservar la revolución”, o en realidad quería destruir a Estados Unidos y al sistema capitalista desde dentro enviando a hombres de esta calaña? Nunca lo sabremos, pero es posible que al dictador se le pasasen ambas ideas a la cabeza.

El caso es que Oliver Stone se sirve de este acontecimiento político para mostrar, con De Palma en la dirección, la vida y obra de un delincuente que lucha por conseguir todo lo que desea, hasta que lo pierde todo: Tony Montana, el personaje con el que Al Pacino (1940) pudo consolidar aún más su carrera como actor tras interpretar a Michael Corleone en las dos primeras partes de El Padrino en la década anterior.

La idea de realizar El precio del poder fue una iniciativa del propio Brian de Palma, uno de los cineastas integrantes del Nuevo Cine Americano surgido en la década de 1970, al cual pertenecían, entre otros: Francis Ford Coppola (1939), Peter Bogdanovich (1939), Martin Scorsese (1942), George Lucas (1944) y Steven Spielberg (1946). Formó parte de una generación que creció, literalmente, viendo cine de todas las nacionalidades y de todo tipo desde la infancia, lo que sirvió para que estos cineastas pudiesen recuperar aspectos del pasado cinematográfico combinándolo con las influencias del cine europeo y asiático de la época, desde las vanguardias de principios de siglo hasta la Nouvelle Vague francesa. El historiador de cine Mark Cousins (1965) los define como los “asimilacionistas”: directores de cine que asimilaron los géneros clásicos y los combinaron con los tiempos modernos para que el público viese películas convencionales.

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De Palma quería realizar una nueva versión del clásico de 1932 Scarface: el terror del hampa, producida por el excéntrico multimillonario Howard Hughes (1905-1976), escrita por el periodista Ben Hecht (1894-1968) y dirigida por el gran maestro de Hollywood Howard Hawks (1896-1977). La historia es muy sencilla: un gángster emigrado de origen italiano llamado Tony Camonte (Paul Muni) quiere convertirse en el amo de la ciudad de Chicago asesinando a todo a aquel que se cruce en su camino, con la creencia de que “el mundo es suyo” tal y como reza un anuncio de una agencia de viajes. En el transcurso de la película, Camonte experimenta el mismo destino que el de Rico “Pequeño César” (Edward G. Robinson) y Tom Powers (James Cagney) en Hampa dorada (Mervin LeRoy, 1931) y en El enemigo público (William Wellman, 1931) respectivamente: por su arrogancia y su creencia de que nada ni nadie le detendrá, acaba muriendo tiroteado. En fin, se muestra la idea en la que se basan todas las películas del género de gángsteres: que el mal y el orgullo conducen a la caída.

Con el original de Hawks como base, junto a los toques tomados del cine Alfred Hitchcock a los que tanto gustaba recurrir De Palma, se decidió ambientar la película en Miami (Florida), una de las ciudades que más turistas acogía (y sigue acogiendo) en los Estados Unidos. Una ciudad multicultural, llena de glamour, playas, chicas en bikini… pero también el lugar donde, desde hace unos años, organizaciones de crimen organizado latinoamericanas, vinculadas a los cárteles de la droga de México, Colombia, Bolivia, Puerto Rico y Cuba, campaban a sus anchas. Los índices de criminalidad aumentaban, hubo disturbios en el año 1980 a raíz de los abusos policiales y tuvo lugar allí la “Guerra de la Cocaína” entre estas mafias. Disturbios, corrupción, dinero sucio de la droga, muertes… Es el ambiente en el que hombres como Tony Montana decidieron hacer fortuna, y en el que los duros policías de Corrupción en Miami (1984-1989) tenían que mantener el orden.

Pero centrémonos en la historia. Tony Montana (Pacino) es uno de los 25.000 criminales cubanos que, desde Puerto Mariel (Cuba), llegó a Estados Unidos en medio de los 150.000 emigrantes deseosos de abandonar la isla para huir del régimen de Castro y de la miseria, reencontrarse con sus familiares huidos desde 1959 y… prosperar económicamente, cumplir el sueño americano. Junto con su amigo Manny Rivera (Steven Bauer), Montana consigue asesinar a un exministro del régimen de Castro para conseguir el permiso de residencia en el país. Pero Tony no es de esos hombres que se conforman con su suerte y pronto quiere más.

Al principio, ambos mafiosos trabajan para Frank López (Robert Loggia), con quien Tony va ascendiendo en el cártel, al mismo tiempo que empieza a codiciar aquello que desea: coches lujosos, grandes mansiones, noches en las discotecas de la ciudad, incluso a la mujer de Frank, Elvira (Michelle Pfeiffer). Quiere compartir también su éxito con su madre Georgina (Miriam Colón), que no confía en Tony y en lo que les ofrece, y con su hermana Gina (Mary Elizabeth Mastroantonio), por quien Tony siente una gran atracción y por quien sufre terribles celos al verla con otro hombre, incluso con su amigo Manny.

https://www.youtube.com/watch?v=U2rps8b7uZk

https://www.youtube.com/watch?v=8Tibly1l96E

Para suerte de Montana, todo cambia de manera repentina durante un viaje a Cochabamba (Bolivia). Aprovechando una visita al hombre que suministra cocaína a López, Alejandro Sosa (Paul Shenar), y con la ejecución del jefe inmediato de Tony, Omar Suárez (F. Murray Abraham), nuestro protagonista decide trabajar para Sosa con el fin de acabar con su anterior superior, hacerse con el poder del cártel de Miami y tener el mundo en sus manos. De manera simbólica, y al cumplir con su sueño, aparece un dirigible que dice: “El mundo es tuyo”. Una escena que muestra, sin embargo, el inicio del declive de Montana…

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A partir de ahí, Tony lo va perdiendo todo: pierde el amor de Elvira, una mujer que se conforma con vivir del dinero de otros hombres; pierde el cariño de su hermana Gina, enamorada de Manny Rivera; pierde también a Manny tras asesinarle al descubrir que estaba acostado con Gina, y luego acaba matándola a ella al enloquecer; pierde el respeto de Sosa, para quién no ha cumplido una orden por no querer matar a un periodista que investiga el negocio de la droga al ir con sus hijos en coche; incluso pierde la cordura al engancharse a la cocaína. Todo se resuelve en un famoso tiroteo en el que Montana acaba muriendo, irónicamente, y como en el Scarface de 1932, ante una escultura del mundo que pone, con sentido irónico: “El mundo es tuyo”.

Y una vez contada la historia, ¿qué se podría decir sobre la película? Oliver Stone, que ya había ganado un Óscar a Mejor Guión Original por El expreso de medianoche (Alan Parker, 1978), hizo algunos pinitos como director de cine, y que estaba superando su adicción a la cocaína –por sus secuelas psicológicas de la Guerra de Vietnam-, escribió el guión añadiéndole más elementos de lo que Brian de Palma y el productor, Martin Bregman, habían previsto. Stone parte de un acontecimiento político, se sabe que realizó investigaciones sobre cómo funcionaban los cárteles de la droga por asesoramiento de la Administración para el Control de la Droga, la D.E.A., y se sirvió de sus observaciones sobre la realidad estadounidense en tiempos de Ronald Reagan (1981-1989) para mostrar la cultura criminal que había en el país por aquellos tiempos.

Casi se podría decir que con Scarface/El precio del poder, Stone fue definiendo su estilo de hacer cine: muestra las relaciones entre unos Estados Unidos poderosos que abusan de una Latinoamérica pobre y que, indirectamente, son las que contribuyen a que haya pobreza y, a partir de ahí, narcotráfico, asesinatos y luchas mafiosas. Empezó a meter “el dedo en la llaga” para mostrar las verdades y mentiras del país. Y todo ello aderezado con un grado de violencia más o menos explícita en el lenguaje de los personajes y en sus acciones.

Pero Scarface, como buena película de género que es, muestra también el personaje arquetípico del género: el gángster carismático y letal que asciende hasta que, en su arrogancia, cae. Durante las casi tres horas de duración del film nos identificamos con Tony Montana (de hecho, la cámara nunca nos separa de él, está centrada al 100% en el personaje de Pacino). Vemos las acciones que lleva a cabo, su situación social y familiar, tiene un cierto sentido de la honradez y de la moral, incluso del humor… Casi se podría decir que Tony Montana es una víctima de las circunstancias y que acabó entrando en el mundo del narcotráfico por estar bajo una situación de pobreza persistente, pero no se nos muestra su pasado más remoto. Esta secuencia es muy reveladora respecto a cómo se define a sí mismo Tony ante la alta sociedad de Miami. Ese discurso esconde el espíritu del cine de los ochenta y de la sociedad estadounidense del momento.

En definitiva, Scarface/El precio del poder es uno de los remakes más exitosos del cine. Si hubiese sido una copia actualizada, plano por plano, del original de Ben Hecht y Howard Hawks hubiese salido una película muy plana y sosa. Pero Oliver Stone supo darle el toque de profundidad psicológica y conocía la mentalidad de su época para adaptarla, y Brian de Palma dominaba tan bien su oficio como para realizar un verdadero éxito. La película tuvo tres nominaciones a los Globos de Oro: a Mejor Actor para Pacino, a Mejor Actor de Reparto para Bauer y a Mejor Banda Sonora a Giorgio Moroder (1940), autor de una banda sonora repleta de música de sintetizador y canciones de baile de discoteca del momento.

Por cierto, y al igual que otras películas estadounidenses, El precio del poder resultó ser un escándalo para los sectores más conservadores del país. Fue estrenada con la calificación X, y se sabe que, para su estreno en la televisión, Brian de Palma tuvo que hacer cortes en la película para evitar escenas violentas o de contenido sexual explícito… para después tener que hacer más cortes por el uso de lenguaje obsceno (Scarface ha batido el record de ser la película en la que se dicen más tacos por segundo) y, aparte de recurrir a cortes, algunas escenas tuvieron que ser redobladas para evitar ese lenguaje.

Pero finalmente ha llegado tal y como la conocemos, y ha sido una película muy influyente en el género. Posiblemente algunas de las películas sobre mafias y gángsteres de Martin Scorsese como Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995) nunca se hubiesen hecho del modo en el que se hicieron sin la historia de Tony Montana. Y tampoco entenderíamos el cine de Quentin Tarantino (1963) sin ese aporte, sumado a las referencias al cine de Hong Kong, Jean-Luc Godard y la cultura popular americana. Estamos ante todo un clásico moderno, pero también ante un personaje tan carismático que ha marcado a generaciones enteras de cinéfilos… y no tan cinéfilos, porque hay aspirantes a mafiosos que desean ser como Montana sin saber de qué va el negocio, como en la película italiana Gomorra (Matteo Garrone, 2008).

Hemos hablado de una de las dos caras de la moneda de la codicia, representada en Tony Montana: la del ladrón de manos ensangrentadas que se sirve de la fuerza y de la violencia para lograr aquello que se propone y que, como diría en la película, solo cuenta “con sus cojones y su palabra” para llegar hasta donde desea. Veamos ahora la otra cara.

GORDON GEKKO Y WALL STREET (OLIVER STONE, 1987).

El hecho es, damas y caballeros, que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena. La codicia es justa. La codicia funciona. La codicia clarifica, abre caminos y capta la esencia del espíritu evolucionista. La codicia, en todas sus formas, ya sea por la vida, el dinero, el amor, la sabiduría, ha marcado el vertiginoso avance de la Humanidad y la codicia, de eso estoy seguro, no sólo salvará Papeles Teldar, sino también a esa otra empresa deficiente llamada Estados Unidos”.

Gordon Gekko.

De las costas de Miami nos vamos a Nueva York, la ciudad más filmada de toda la Historia del Cine, el arquetipo de la urbe cosmopolita contemporánea. Las Torres Gemelas del World Trade Center aún seguían en pie, miles de turistas y de inmigrantes se quedaban y se iban de aquel lugar. Allí se encuentra Wall Street, el centro financiero del país y del mundo. El padre de Oliver Stone, Louis, trabajaba como agente de bolsa en aquel entorno, y a él está dedicada Wall Street (1987), la película que filmó después de que en 1986 hubiese estrenado dos grandes éxitos: Platoon, que resultó oscarizada y en la que el cineasta contó sus experiencias sobre Vietnam; y Salvador, sobre el conflicto guerrillero en El Salvador.

¿Qué había en Nueva York a mediados de la década de 1980? Como siempre, ajetreo. El ajetreo de la gente que camina, que satura el metro, los autobuses, los mercados, las tiendas… Todo está repleto de edificios que tapan la luz del sol. El crimen también tenía lugar en los barrios de la ciudad, pero a Stone no le interesa eso en esta cinta. Le interesa el ajetreo que provoca el dinero, el mundo de los negocios bursátiles y lo que había detrás de ello. Tras la Crisis de 1973, la burbuja financiera volvía a crecer, los empresarios y las familias volvían a tener más ingresos y parecía fácil conseguirlos. Había en la gran urbe, y en el resto del mundo capitalista, una etapa de optimismo económico similar a la de la década de 1920.

Y en ese entorno, el Nueva York de 1985, se encuentra Bud Fox (Charlie Sheen), un joven y ambicioso bróker que, junto con su colega Marv (John C. McGinley), desea estar “al otro lado del teléfono” para pegarse la vida padre, viviendo en grandes mansiones y obteniendo ganancias comprando acciones –Bud y Marv no son tan diferentes a Tony Montana y Manny Rivera, pero ellos van por la vía legal. Bud es el arquetipo de un tipo de jóvenes que había en la década de 1980: estudiantes universitarios de clase media que un día decidieron lanzarse a la aventura de los negocios financieros para vivir como multimillonarios hasta el final de sus vidas. Es hijo de un obrero que trabaja en una aerolínea llamada Bluestar, Carl Fox (Martin Sheen), que no comprende por qué su hijo está empeñado en ser un gran empresario cuando se puede vivir bien con tan poco.

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Todo cambia con dos acontecimientos: su padre le cuenta que la aerolínea en la que trabaja será indemnizada económicamente (algo que muy pocos saben en la empresa, es información confindencial), y ha intentado vender acciones a un magnate: Gordon Gekko (Michael Douglas), un hombre inmensamente rico y poderoso que saca dólares de cualquier parte gracias a sus negocios. Bud se reúne con Gekko para transmitirle esa información… y ambos ganan dinero cuando las acciones de Bluestar suben. De repente, Bud tiene una oportunidad única, la de trabajar con Gordon Gekko, pero eso supone descubrir la realidad sobre el mundo de la Bolsa: quien más gana es quien se sirve de información confidencial obtenida por medio del espionaje industrial. Seducido por el dinero, Fox se convierte en el discípulo de Gekko, y Gekko en un Mefistófeles para el joven Bud.

Y desde entonces, todo va bien para Buddy: asciende en la empresa en la que trabaja a pesar de los avisos de su padre y de un compañero que pasó por la misma situación de éxito, Lou Manheim (Hal Holbrook); obtiene beneficios económicos, tanto para sí mismo como para Gordon; consigue comprarse un buen piso en Nueva York; y también consigue una mujer, Darien (Daryl Hannah), que, como Elvira en Scarface, solo le interesan los hombres con dinero para vivir aprovechándose de ellos.

lacodicia7Hasta que un día todo va cuesta abajo. Convencido por Fox, Gekko quiere comprar la empresa en la que trabaja su padre, Bluestar. Carl es consciente de que la oferta de Gekko es un regalo envenenado: quiere convertirse en el presidente de la aerolínea para luego venderla al mejor postor y obtener beneficios con su venta, lo que dejaría a muchos trabajadores en la calle. Bud incluso está empezando a ser investigado por la Comisión Reguladora del Mercado de Valores por sus acciones ilícitas en colaboración con Gekko. Y entonces nuestro protagonista descubre la verdad del negocio y que ha vendido su alma al Demonio de la codicia, con frases como: “Lo importante es la caja; el resto es conversación” o “Esto es como un juego: algunos ganan, otros pierden”. E incluso otra frase que conecta mejor con el espíritu de la década: “La ilusión se ha convertido en realidad, y cuando más real es, con más desesperación se desea”.

Por supuesto, Buddy no dejará que Gordon se salga con la suya, de modo que decide evitar que compre la empresa sirviéndose del apoyo de los compañeros del sindicato y de los propietarios de la aerolínea, a la vez que invierte en Bluestar un rival de Gekko, Sir Lawrence Wildman (Terence Stamp). Fox salva la empresa, pero por sus acciones es detenido por las autoridades. Acabará en prisión, pero se llevará a Gordon consigo grabando en secreto las conversaciones que tuvo con él.

Wall Street es una película que no solo trata sobre los negocios financieros, sino también de un tema tan recurrente en tantas historias: ¿hasta qué punto estarías dispuesto a vender tu alma para conseguir aquello que deseas? Aquí no vemos a un Tony Montana que está ya condenado por aquello que ha hecho (y Tony lo sabe, incluso cuando se cree todopoderoso), sino a dos personajes como Bud Fox y Gordon Gekko que representan dos formas de ser diferentes. Bud es lo que tal vez Gekko fue en su juventud: un bróker ambicioso pero ingenuo que no conoce la realidad del negocio hasta que descubre la realidad y se corrompe. Pero lo que diferencia al discípulo del maestro es que éste tiene la oportunidad de redimirse, aunque pagando un precio por ello; el maestro, en su arrogancia, ha terminado cayendo, con la diferencia de que ha ido a parar en prisión, mientras que Tony Montana es ejecutado.

Pero centrémonos en Gordon Gekko, el personaje que interpreta Michael Douglas (1944). Gekko es como Montana: un ser cínico, antisocial, que no entiende de emociones humanas; solo de números y de juegos, de especular, de negociar. La codicia es su pulmón. No obstante, el abismo que existe entre el mafioso y el empresario está en que el primero creció en un entorno pobre y con poca educación, mientras que el segundo fue mejor educado, fue a la universidad y sabe desenvolverse entre la alta sociedad neoyorkina. Sabe cómo conseguir grandes cantidades de dólares, pero por medios más sutiles, aunque tan dañinos, como los del personaje de Al Pacino.

Pero atención: Oliver Stone también consigue hacer que tengamos empatía hacia Gordon, precisamente por su capacidad de desenvolverse en esos círculos sociales, y por su capacidad de ser elegante y de tener un modo de expresarse y un sentido del humor muy propio; es carismático incluso por sus conocimientos sobre cómo enriquecerse. Y cabe añadir que, al igual que los aspirantes a mafiosos de Gomorra, y otros tanto en la ficción como en la realidad, muchos jóvenes se fijaron en el personaje de Michael Douglas para convertirse en agentes de bolsa tan ricos como él. El propio Douglas reconoce que aún le siguen parando en la calle y diciéndole que Gordon Gekko les ha inspirado para dedicarse al negocio… ¡cuando en realidad Stone pretendía mostrar lo contrario!

El caso es que Wall Street, por alguna razón u otra, tuvo mucho éxito. Se estrenó a unos meses de haberse producido el “Crack” de la Bolsa de Nueva York del 19 de octubre de 1987, el “Lunes negro”, en el que los valores se hundieron hasta los 508 puntos, el mayor hundimiento desde el “Crack” del 29 de octubre de 1929. Se pensaba que comenzaba una nueva “Gran Depresión” como la de la década de 1930, pero a los pocos años el sistema financiero pudo recuperarse. Eran otros tiempos, la economía había evolucionado mucho y los mecanismos de control eran más fiables. Y como con Scarface/El precio del poder, Oliver Stone pudo dar a conocer un aspecto oculto de la realidad de su país con la película. Hubo detenciones de empresarios y agentes de bolsa que se dedicaban a la especulación financiera y a otros delitos bursátiles, aunque no se pudo acabar del todo con ello.

El éxito de la película se debe a eso, y también a cómo se muestra la relación maestro-discípulo entre Gekko y Fox, junto a un buen guión escrito en colaboración Stanley Weiser en la que la trama se muestra como una historia de intriga y suspense, lo que da más dinamismo al film. Cuenta con un buen equipo de actores de reparto (con la excepción de Daryl Hannah, que recibió el Razzie a la Peor Actriz), una buena dirección de fotografía a cargo de Robert Richardson (1955), y una banda sonora compuesta por Stewart Copeland (1952), exbatería del grupo The Police. Solo pudo llevarse un premio Óscar: el de Mejor Actor para Michael Douglas -¡cómo no, tratándose de Gordon Gekko!

CONCLUSIONES

¿Cómo se podría acabar este artículo, si ya se han expuesto las dos caras de la moneda de la codicia? Hemos visto por una parte a Tony Montana, con su lenguaje malhablado, su deseo de medrar económica y socialmente por la vía ilegal, con una psicología propia de un sociópata. Y también hemos visto a Gordon Gekko, un hombre más educado y elegante pero tan egocéntrico como Montana, que se sirve del sistema para medrar y que piensa que nunca tiene suficiente, con una mentalidad propia del darwinismo social (pregunta indiscreta: ¿es el darwinismo social lo que hace que el Capitalismo sea tan destructivo y tan poco evolucionado en el contenido?).

Tal vez la conclusión a la que se pueda llegar es la siguiente: Tony Montana y Gordon Gekko son los representantes de las sombras de un mundo, el de la década de 1980, que son muy alargadas y que llegan hasta nuestros días. El crimen organizado y el narcotráfico siguen contando con Montanas que, más humildes o menos vengativos, siguen cortando el bacalao en lugares tan distantes como Miami, Bogotá, México D.F., Tokio, Nápoles, Palermo, Londres, Dakar, etc. El caso es que su vida es similar a la de Tony: mueren constantemente ejecutados por sus rivales, o por sus antiguos colegas, para ocupar su lugar, y así sucesivamente, en un ciclo de violencia, muerte y sangre que parece no tener fin, como el que el director brasileño Fernando Meirelles (1955) muestra en Ciudad de Dios (2002).

Pero los hombres como Gekko tienen más suerte. Acaban en prisión, pero luego vuelven a salir para seguir dedicándose a sus negocios de tal manera que queden más encubiertos. Es lo que hace el propio Gordon Gekko en la continuación de la poco exitosa película que Stone dirigió en 2010: Wall Street 2: el dinero nunca duerme, ambientada en los primeros meses de la Crisis Económica de 2008, y en la que Gekko (Douglas), sirviéndose de un joven bróker que es novio de su hija (Shia LaBeouf) recupera el poder que perdió en 1985, empezando por publicar un libro que anuncia la crisis titulado: ¿La codicia es buena?

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La codicia, a falta de una palabra que defina todo por sí sola, es una moneda con dos caras que nunca para de girar. Es una peonza que mueve el mundo, que construye y a la vez destruye, con armas o con negocios, lícitos y/o ilícitos. Forma parte ineludiblemente de la naturaleza humana y es muy difícil acabar con ella, porque, de una manera u otra, todos estamos atados a ella. Y todo parece indicar que no hay solución para acabar con ella… salvo fijándonos en Tony Montana y en Gordon Gekko, en sus historias y en cómo han acabado cada uno. Una vez más, es la ficción, una mentira para contar la verdad, la que nos ayuda a soportar la codicia y a sobrellevarla para ser, cada día, un poco mejores sin serlo del todo.

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