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Espejos rotos

Por Marcos Cañas Pelayo

De entre todas las virtudes, la belleza física es la única que no necesita tiempo para manifestarse. Por muy ingeniosa que sea una persona, necesitaremos que surja la ocasión propicia para que pueda lucir sentido del humor. Si es de una amabilidad encantadora, no la percibiremos hasta haber convivido lo suficiente con ella. En cambio, acorde con unos criterios que han podido ser más o menos variables a lo largo de la Historia, determinadas facciones del rostro, el poder de una mirada o la armonía de un cuerpo es algo que no precisa que su poseedor lo exhiba. Brilla tal cual.

Eso ha convertido a la belleza es una de las armas más poderosas y destructivas que se recuerdan. Incluso para aquellos que gozan de ella pudiera terminar siendo una extraña forma de irónica maldición. Aunque no lo parezca a simple vista, La parada de los monstruos (1932) es una de las mejores reflexiones que se han hecho acerca de la superficialidad. Del Rubicón tan cruel que separa lo atractivo de lo grotesco, de la falta de escrúpulo, bien lo sabía Oscar Wilde cuando escribió El retrato de Dorian Gray, que puede arrastrar la hermosura para quienes se emborrachan en ella.

Desde su principio de barraca de feria marginal, el film de Tod Browning subyuga al espectador. Como es un espejo deformado, vemos la realidad alterada, aunque con un fundamento de verdad que nos llevará a ser, por apenas el espacio de una hora fascinante, unos más de una tribu de freaks, mucho antes de que el término fuera pervertido. Mujeres barbudas, hermanas siamesas, enanos, etc. Todos ellos conviven en un espectáculo ambulante que se nutre del morbo de las personas “normales” que acuden a verles, con un punto de curiosidad y un complejo nada disimulado de aliviada superioridad.

Y es saludable para no pensar mucho verlos así, desde la cómoda butaca del público indiferente. Porque, si ocurre como en esta película, nos adentramos en las entrañas de sus protagonistas, sentiremos que existen nulas diferencias en su día a día y el de cualquier otro. Es más, aunque temamos admitirlo, en el fondo sabemos que siempre seremos más bajitos y feos en comparación con otro, que, en varias facetas de nuestras vida, compartimos con ellos esa inadaptación de lo que sería el canon.

Dentro de la historia coral que es este alegato monstruoso que encierra varios géneros en uno, destaca la andadura de Hans, uno de los enanos de la compañía, el cual se verá beneficiado con una gran herencia. Basándose en un relato de Tod Robbins, Willis Goldbeck, Leon Gordon y Al Boasberg usan al poderoso caballero que decía Quevedo para poner una dura prueba al agraciado. La aceptación que puede dar una cartera repleta de billetes permitiría al bueno de Hans acceder a cosas que antes le estaban vetadas, incluyendo el cortejo a una hermosa corista a la que siempre ha admirado en secreto, debido a que su exuberante presencia le acompleja en comparación consigo mismo.

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La propia experiencia de Browning en ese mundo de bambalinas lo lleva a conocer muy bien sus entresijos. El riesgo de las buenas intenciones de esta comedia macabra y narración fruto de una pesadilla de madrugada sería caer en la moralina de trazo grueso, aunque, casi siempre, se logra evitar. Los personajes que se presentan en este drama son muy imperfectos, no por los problemas físicos que algunos de ellos tienen, sino por la fragilidad de su ego, como cualquier hijo de vecino. Todo tiene el aire de una fábula de Esopo, tal cual realiza el forzudo del Circo, Hércules (Henry Victor), quien basa su predominio sobre el resto en el mero ejercicio de su fuerza, como si fuera un león que debe imponerse a bocados sobre el resto de la manada. Su contrapunto sería el personaje interpretado por Wallace Ford, quien da vida al payaso Phroso, el cual sí mantiene una relación afectuosa y un trato amigable con sus compañeros de función menos afortunados, ejerciendo, en este sentido, de posible vehículo para ser los ojos del público.

A medida que avanza la historia, vemos le evolución del cortejo del absorto Hans, quien va auto-convenciéndose de que el cambio de actitud de su atractiva compañera no se limita únicamente a sus generosos regalos. En todo momento, el pudiente artista intenta sentirse parte de la normalidad, a poder tener una mujer bella. Sin embargo, la ironía del cuento es que, con sus egoístas intenciones, Cleopatra (Olga Baclanova), va pasando a convertirse en el verdadero monstruo de la historia, siendo mucho más aterradora que cualquiera de las taras físicas de los freaks a los que ella desprecia de una manera constante.

Lo visceral que llega a ser esta montaña rusa hace que casi reconozcamos en la carpa esa visión aterradora del espectáculo que veremos, muchas décadas después, en Balada triste de trompeta (2010), del cineasta español Álex de la Iglesia. Resulta cautivador como la simpatía de los payasos, lo exótico de los artistas y la belleza de las coristas puede tornarse en facilidad en un submundo perverso donde pueden florecer rivalidades y ansías de venganza que solamente pueden brotar de promesas traicionadas de la manera más cruel imaginable, la de una indiferente carcajada o un menosprecio silencioso.

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Resultó de lo más apropiado que este film de culto se rodase en aquella coyuntura. Cuesta pensar que con anterioridad hubieran existido los medios para realizarla y, con posterioridad, con códigos de conducta y la tiranía de lo políticamente correcto, quizás todavía habrían hecho más complejo llevarla a cabo. Algunas de sus escenas, incluyendo un particular brindis que casi parece una comunión pagana, están destinadas a incrustarse en la retina de los espectadores, debido a lo impactante y visual de las mismas.

Con todo, aunque eso terminó revistiendo la experiencia de tintes de leyenda, sus primeros visionados en Estados Unidos fueron un absoluto fracaso, corriendo rumores de fuertes soponcios y desmayos de la respetable audiencia al ver un espectáculo tan degradante y bochornoso. Por fortuna, las copias de la cinta sobreviviría y, tal vez, sin el reconocimiento que debería tener por su calidad, Freaks (el título original) ocupa un lugar privilegiado cuando se habla del género de terror, si bien se adscribiría con mayor facilidad al catálogo de obras del séptimo arte independientes y de imposible clasificación.

Un halo de fatalidad rodea las esperanzas de los artistas en la función, como si existiera una perenne espada de Damocles que siempre les recuerda una amenaza omnipresente. Javier G. Trigales destacó la influencia que la particular estética con la que Browning aderezó la puesta a la escena llegaría hasta nuestros días a través de directores de gran talento y un carácter peculiarmente excéntrico, hablamos de nombres como Tim Burton o David Lynch. Ciertamente, no se puede sino aplaudir su afirmación, puesto que costaría muy poco ver a Eduardo Manostijeras mirando con melancolía a través de las carrozas que deja el show cuando se van de una ciudad para seguir su itinerante camino, cual bichos raros de la legua.

Otra conexión clara se hallaría en la Corte de los Milagros, ese fenómeno parisino que hizo a muchas minorías perseguidas (prostitutas, mendigos, vagabundos, etc.) agruparse en una espontánea comuna donde su debilidad se veía fortalecida al actuar como una comuna. Un sentimiento que comparten los compañeros de Hans, quienes advierten con la chispa de apenas una mirada que el infligir la herida a uno de ellos es meterse con todo el grupo, cual si fueran miembros de una misma colmena. Freaks nos devuelve a los cuentos originales de los hermanos Grimm sin edulcorar, donde inofensivos bosques pueden esconder terribles horrores y sufrimientos.

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 Una experiencia única. Pasen y vean sin temor a uno de los espectáculos más descarnados que mostró el celuloide de aquel tiempo. Una nueva oportunidad de ver el reflejo de los vanidosos espejos rotos.

Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Grab¡nde y descarnada película, magnífica crítica. Si algún día encuentro hueco, yo también querría escribir sobre este impresionante film. Mis felicitaciones a Marcos Cañas.

  2. Marcos

    Muchas gracias, Enrique, me alegra que te haya interesado el artículo. Espero que saques ese hueco para escribir sobre un film que da lugar a mil puntos de vista, todos ellos válidos. Te mando 1 abrazo

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