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Espartaco y el monstruo de las tres cabezas

Por Marcos Cañas Pelayo

El triunvirato fue uno de los sistemas predilectos de la antigua Roma para dirimir sus crisis. Tres individuos excepcionales, ambiciosos y capaces que debían combinar sus diferentes objetivos y egoísmos en pos de la victoria final. Una química nada fácil, ya fuera con César, Pompeyo y Craso, o posteriormente con Marco Antonio, Octavio y Lépido. No pocas víctimas colaterales surgían de lo que Cicerón definía como “el monstruo de las tres cabezas” que asoló a la tardo-república romana.

Mucho tiempo después, alejados de aquellos turbulentos siglos que vieron alumbrar a aquel imperio que gobernó con mano de hierro el Mare Nostrum, encontramos un nuevo triángulo de talento y sensibilidades a flor de piel: Charles Laughton, Peter Ustinov y Laurence Olivier comparten escenario en uno de los filmes que más chismorreos ha generado en los mentideros de Hollywood.

Corre el año de 1960, se acaba de estrenar una de las películas más costosas de la Universal, Espartaco, la cual ha estado salpicada con la “caza de brujas” del senador McCarthy, puesto que Kirk Douglas (protagonista, productor y hombre-orquesta de esta aventura) ha osado desafiar la normativa imperante de listas negras al usar como guionista a Dalton Trumbo, el talentoso y prohibido escritor, encargado de adaptar la novela original sobre el gladiador que desafió a la Ciudad Eterna que firmó Howard Fast.

La expectación generada por una epopeya de casi 200 minutos es solamente comparable a los dimes y diretes que han tenido los encargados de llevarla a cabo. Anthony Mann, primer director escogido para la realización del proyecto, es sustituido con buena parte de las escenas de la sublevación de los gladiadores de Capua ya rodada. A pesar de las buenas palabras de unos y otros, se hablaba de discrepancias entre Douglas y Mann. Tampoco le iría mucho mejor al protagonista con Stanley Kubrick, joven niño prodigio de la industria, cuya bisoñez no le impedía ser uno de los artistas cinematográficos más heterodoxos y originales de su tiempo. Una de sus primeras decisiones al poner pie en Colmenar Viejo (Madrid) es sustituir al interés romántico de Espartaco, Sabina Bethan sería reemplazada por la británica Jean Simmons para hacer de Varinia, la esclava de la Casa de Batiato que acaba convirtiéndose en la gran compañera del héroe.

Simmons no es la única procedente de la antigua Britania en un casting de auténtico lujo. Sir Laurence Olivier, uno de los actores más reputados del momento, consagrado por sus interpretaciones de los grandes personajes de Shakespeare, tan famoso por sus direcciones como por su turbulento matrimonio con Vivien Leigh, es uno de los antagonistas principales de Espartaco: el acaudalado Marco Licinio Craso, un importantísimo senador que quiere usar la revuelta en su provecho.

Olivier había sido tentado con alguna triquiñuela para aceptar el papel del gran villano. En primer lugar, un supuesto prólogo que lo tendría a él de narrador, así como un más que posible puesto como director si había cambios (algo nada descabellado, bien lo podían atestiguar Mann y Kubrick). De cualquier modo, un intérprete de su talla comprendía que Craso era una verdadera joya para ofrecer registros; su idea de lo que debía ser Roma chocaba con sus propios deseos, así como una sexualidad ambigua (mutilada salvajemente por la censura, especialmente en un diálogo acerca de ostras y caracoles que el patricio tenía con uno de sus esclavos favorito, interpretado por Tony Curtis).

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A pesar de ello, Olivier acabó congeniando bien en la dinámica de trabajo con Douglas, si bien iba a chocar con otro compatriota que sería el encargado de darle la réplica entre las togas senatoriales: Graco, caracterizado por Charles Laughton. El veterano actor de declamación perfecta personificaba a un astuto y acomodaticio político popular, el cual observaba cómo la facción de Craso quiere utilizar la amenaza de Espartaco para imponer una dictadura con su rival a la cabeza. Entre ambos hombres iban a saltar chispas, no solamente en los diálogos que los enfrentaban.

Sir Charles era todo un carácter, dentro y fuera del set. Capaz de arrancar los elogios más superlativos de cineastas como Billy Wilder por su papel en Testigo de cargo (1957), pero también de garantizarse una fama de personalidad de difícil acceso. De hecho, su primera y arisca negativa a Kirk Douglas no sorprendió a nadie; tampoco que finalmente aceptase. Uno podría haber imaginado que la admiración que Olivier tenía por el trabajo de su colega garantizaría una convivencia aceptable, pero, como casi todo lo que rodea la creación de Espartaco, la realidad fue mucho más compleja.

El creciente protagonismo que iba obteniendo Craso en las re-escrituras constantes del guión, ponían de los nervios a Laughton, quien, por compromisos de agenda, iba a ser uno de los actores que menos semanas podrían disfrutar de la preparación del film. Una rivalidad que se acrecentaba por las suspicacias de míster Charles y las innegables maniobras de Olivier con Douglas para obtener un rol preponderante en el desarrollo de la historia. Probablemente, de no haber existido un contra-peso, un enlace entre las dos trincheras, aquel casus bellum hubiera estallado del todo. Por fortuna, existía: Peter Ustinov.

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Nacido en Londres en 1921, Ustinov había alcanzado gran popularidad en el género de películas de sangre y arena por su interpretación de Nerón en Quo Vadis? (1951). Hombre del Renacimiento, probablemente debido al mestizaje de culturas que se producían en su árbol genealógico (británica, rusa, alemana, francesa, etc.), Ustinov compartía los recelos de Laughton de ver su papel recortado, si bien tomó otras tácticas para garantizar que su lanista Batiato mantendría algunos focos sobre su persona.

Sir Peter tenía el don de ganarse las simpatías de la gente con facilidad. El propio Douglas deja constancia de cómo Mann parecía encantado de aceptar las sugerencias y divertidas ocurrencias del secundario de lujo (la Academia lo distinguió como tal en los siguientes premios Oscars). Quizá con alguien menos abierto como Kubrick (de quien Ustinov dejó la mítica frase Era un joven que no parecía compartir ninguna de las cualidades de la juventud”, aunque luego matizó esa ocurrencia en beneficio del genial director), lo tendría más difícil, pero seguía añadiendo sus ideas; no pocas de ella contaban con la complicidad de Laughton, pues los caracteres de Batiato y Graco parecían condenados a entenderse como Rick y Renault en Casablanca.

Actrices consagradas de la talla de Jean Simmons aprovechaban los descansos para ver las lecturas de aquella pareja, riéndose de lo lindo ante el exquisito estilo de decir canalladas de aquel dueto; el propio Douglas admitía que mucho de lo metido por Ustinov era tan divertido como bueno para el personaje de Batiato, si bien temía que ralentizase el resto del film, una epopeya con demasiados frentes abiertos. Paulatinamente, Espartaco y su primer dueño parecieron llegar a un equilibrio en el montaje final.

Paralelamente, Laughton seguía encontrado afrentas, tanto reales como imaginarias. El sentido que daba al hecho de que el guión presentase al personaje de Olivier como el presente de Roma, y al de John Gavin (quien caracterizaba a un joven y ambicioso Julio César, protegido de Graco y pretendido por Craso) como el futuro, no dejaba de parecerle una elegante manera de llamarle reliquia del pasado.

Con todo este rico anecdotario de su ego y difícil carácter, sería sumamente injusto olvidar el extraordinario despliegue del mítico Capitán Kidd (1945). Howard Fast recordaba al verle en la gran pantalla como: [Laughton] elevaba cualquier cosa donde participe, en el papel que tenga”. Había mucho de verdad en eso, Douglas lo resumía en un audio-comentario sobre la película con una metáfora curiosa: Era como una carrera donde Olivier siempre iba a la cabeza, pero Laughton estaba pegado y haciéndole saber que podría adelantarle en cualquier momento”.

Siempre se ha querido presentar el pulso entre L. Olivier y C. Laughton como un duelo de personalidades muy diferentes. El primero era visto como un devoto y fiel seguidor de la dignidad del teatro, un hombre que había escogido sus papeles con sumo mimo. El segundo, un actor de un potencial descomunal, era amonestado por haber desaprovechado alguno de sus mejores años en producciones comerciales y alejadas de su talento.

En realidad, Olivier siempre mostró mucho respeto por Laughton, de hecho, incluso cierto complejo ante una figura a la que había venerado y a la que realmente no pudo acceder en un trato cordial. Por su lado, su adversario era un voraz lector que sabía tanto de la época romana como H. Fast, Trumbo o cualquiera otra de las cabezas pensantes del proyecto. La manera de ver recortado a su Graco (claramente inspirado en los célebres tribunos de la plebe de tan infausto fin) no dejaba de resultarle muy dolorosa.

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Se perdieron escenas para siempre y que es una pena no se hayan podido recuperar. Una de ellas mostraba al viejo senador enseñando a su pupilo César a granjearse las simpatías de la plebe en una reunión de taberna con el populacho. De igual forma, muchos seguidores de Laughton han mostrado cierta decepción ante la forma de actuar de Ustinov, cuya divertida forma de contar anécdotas parecía caricaturizar a su compañero de rodaje (en descargo del primero, decir que en ese documental, el futuro Hércules Poirot no se tomaba nada en serio del rodaje, incluyéndose a sí mismo. Posteriormente, en otra entrevista, puntualizó algunas de esas supuestas fricciones: Uno tenía que perdonarle todo a Charles Laughton porque era extremadamente bueno en lo que hacía”).

La crítica más sesuda también ponía el dedo en la llaga sobre la preponderancia de los papeles de Craso y Batiato. En el caso del enemigo de Espartaco podía ser entendible por su rol de antagonista principal, así como por la riqueza de matices con la que lo revistió Olivier. En el segundo caso, sin negar la calidad humorística de Ustinov, muchos veían que se había aprovechado de la buena voluntad de Laughton hacía él, degradando a Graco para ser un personaje más burlesco, una réplica para que el dueño de la escuela de gladiadores pudiera brillar con más luz en unos diálogos rehechos en su beneficio.

No parece tampoco del todo justo quedarnos con la imagen de un Laughton tornado en un benigno califa confiado y Ustinov en un visir al estilo Iznogud, dispuesto a traicionar la deferencia demostrada. Lamentando muchísimo todos los cinéfilos las escenas más serias pérdidas de Graco, la química en pantalla entre ambos (in crescendo hasta los delirantes compases de su diálogo sobre la objetividad que otorga la gordura) no menoscaba en lo absoluto las dotes de ninguno de los dos. Además, el drama de la revuelta de los esclavos y las ambiciones del taimado Craso, atormentado por más fantasmas de los que cabría esperar, casi parecía exigir ese necesario descanso que son las escasas (pero valiosísimas) entradas de estos dos amantes de la buena y epicúrea conversación.

Convertida a día de hoy en un film de culto que hace a la productora reeditarla sin recordar las suspicacias que generó su elevado coste, Espartaco sigue siendo una de las producciones con más secretos de la década de los 50 de Hollywood. Mann y Kubrick parecieron renegar de ella, si bien le había dado cada uno lo mejor de sí, como si fuera el despertar de un mal sueño. Laughton, Olivier y Ustinov siguieron sus sobresalientes carreras, pero sin volver a coincidir. Una pena, seguro que Kirk Douglas hubiera querido volver a juntar a aquel talentoso monstruo de las tres cabezas.

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Comentarios

  1. Jaro

    Clásica película que ponen siempre por estas fechas y que nunca me pierdo a pesar de haberla visto una docena de veces :-)

  2. Totalmente de acuerdo, Jaro, como uno la pille en televisión una tarde de vacaciones, termina sucumbiendo. 1 saludo

  3. Enrique Fdez. Lópiz

    Excelentes comentarios sobre este clásico. Felicitaciones!!

  4. Muchas gracias, Enrique, sin duda, se trata de una película que admite cuantas revisiones se le presenten. 1 saludo

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