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El sellado de la pirámide

Marcos Cañas Pelayo

El arquitecto que se ha dejado los ojos haciendo el trazado de una construcción no es el más idóneo para hacer un juicio crítico de la misma. Probablemente, su idea original le resultaría más atractiva que el diseño finalmente realizado, por bueno que haya sido. Por ello, no parece extraño que Howard Hawks siempre se alejase de recordar con mucho detalle Tierra de faraones (1955), una película única en su especie.

Uno de mis errores fue hacer una película donde todos los personajes eran unos hijos de puta, afirmaba mucho tiempo después el propio cineasta. Sin embargo, parecía una intencional venda en los ojos para no recordar un proyecto de dura gestación y que, a pesar de llegar a buen puerto, agotó a sus protagonistas. A día de hoy, Hawks es reconocido como un maestro artesano versátil que brilló en cuantos géneros intentó. El histórico no fue una excepción a la regla, pero el brillo del oro del Nilo dejó tan agotada su vida que se convirtió en un tema tabú, uno de los pocos reproches que se atrevía a hacerle la crítica.

En primer lugar, hay que olvidar la afirmación de que Tierra de faraones sea un film sin personajes positivos. Es cierto que el ambicioso faraón (Jack Hawkins), principal actor, tiene como grandes ambiciones la conquista y ser enterrado con sus riquezas para disfrutarlas en la otra vida, disfrutando de su servidumbre y sin temor a los ladrones de tumbas. No obstante, esta epopeya de relato que narra de manera muy literaria y ficcional la construcción de la pirámide de Keops presenta una serie de conflictos con sus sombras, pero también hermosas luces que hacen de este film algo especial.

Un guión realizado nada menos que por William Faulkner, quien se basó en una novela histórica de Margaret Lawrence. Antes del propio Faulkner, se barajaron otros ilustres nombres de las letras, tales como Robert Graves, autor de la célebre Yo, Claudio. De cualquier modo, la experiencia no fue sencilla para el escritor. ¿Cómo demonios hablaba un faraón? Shakespeare se había inventado de manera magistral un estilo para representar a Julio César y su época; poco importa ya si se alejó de los manuales de latín. Faulkner y Hawkins no contaban con esa ventaja para enfrentarse a un dios mortal.

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Es ahí donde las licencias abundan. Keops habla al pueblo Egipcio en Asambleas Populares que hubiera encantado a un hábil tribuno de la plebe en la tardía República Romana. Como decíamos, Faulkner sufrió bastante con este guión, algo que se ha reflejado con acierto en la interesante monografía El antiguo Egipto en el cine.

Pero volvamos a la maldad que, supuestamente, es intrínseca a los personajes de este relato. A pesar de la codicia faraónica, vemos en su Corte a un hombre inteligente y hábil, el Sumo Sacerdote Hamar (Alexis Minotis), un amigo leal que busca lo mejor para su soberano y sus súbditos. Todavía más humano es el entorno familiar del arquitecto designado para lograr el objetivo de hacer una tumba impenetrable: Vashtar (James Robertson), quien emplea su habilidad y trato de privilegio para ayudar a los trabajadores de su pueblo y negociar su futura libertad.

Obviamente, Vashtar nunca existió en los dominios de Clío, pero su peripecia vital es fascinante y contrasta con Keops en una curiosa pareja que se necesita mutuamente. Todo parecerá transcurrir con tensa armonía hasta que una atractiva embajadora chipriota logre captar las atenciones de su soberano: Nellifer. Aquí sí estamos ante la maldad intrínseca que decía Hawks; y, pese a ello, o, precisamente por lo mismo, es lo mejor de todo el film.

Una Joan Collins en el apogeo de su belleza da cuenta de esta corajuda y calculadora joven, la cual está dispuesta a escalar desde la alcoba de su amante a sus riquezas sin cuenta. Aunque, al igual que Hawkins, la actriz se quejó de la dificultad de los diálogos, brinda el que puede ser el mejor trabajo de su carrera. Aunque debería ser odiosa por sus métodos, Nellifer rebosa carisma y es el personaje con más fuerza de las historias que se entrelazan con el círculo de Keops.

Como bien saben en sagas como Star Wars (gracias, Darth Vader), un gran villano es la clave del éxito. La sensual chipriota proyecta su fuerza y emplea la única arma que le permiten sus captores, la codicia de su belleza, para manipularlos y someterlos. Encantadores de serpiente, capitanes de la guardia, otras mujeres de Keops y esclavos están bajo los designios de una dama que logra que los excesivos impuestos a Chipre sean olvidados por sus imprescindibles servicios a la causa y, si de paso se convierte en reina de Egipto, mejor para todos.

Igual que en otras películas de Hawks (vienen a la mente El sueño eterno o Tener o no tener), sus supuestas mujeres fatales no dejan de resultar interesantes, adictivas y con más luces que muchos de sus “superiores masculinos”, de miras más cortas en sus ambiciones. Si Vashtar representa el sentido de comunidad, Nellifer es un individualismo brutal que lucha también por su liberta autónoma, sin ataduras y con una ambición que la impide detenerse por su propio bien, lo cual refuerza la fascinación que produce.

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Con todo, tal vez incluso deberíamos hablar de la pirámide construida como el gran personaje de esta historia coral. Una construcción que, merced a los excelentes servicios de Alexandre Trauner, director artístico, se logró recrear de una forma notablemente coherente y que ya sería envidiada por filmes posteriores que se basaron en este territorio. La cantidad de extras empleadas y el hecho de coincidir con época del Ramadán complicaron mucho las operaciones de la Warner Bros en el rodaje.

Visualmente, es la parte más inquietante del relato. El hábil diseño de Vashtar y la ingente cantidad de piedras, sudor e ingenio que deben desarrollarse para custodiar el codiciado tesoro de oro crean una atmósfera estimulante y que enriquece sobremanera a este metraje.

La narración en primera persona del argumento de Faulkner (y de Harry Kurnitz y Harold Jack Bloom) se hace a través del sabio y prudente Hamar, el único que parece capaz de ver más allá de la belleza física de Nellifer para reconocer a una amenaza más seria de lo que ha querido construir Keops (otra cuestión es que esta pareja está unida por el egoísmo sin escrúpulos, pero en ella se ve como algo claramente negativo y con más varonil indulgencia en el caso de faraón). El contrapunto de la chipriota lo da la reina Nailla (Kerima), el reposo que necesita su marido guerrero, la madre de su hijo y heredero al trono, una encantadora calma que no le impedirá seguir abalanzándose hacia el riesgo sin freno que es su nueva amante.

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Su inteligente final al sellar la pirámide –cuyo truco no revelaremos por respeto a quienes todavía no la hayan visto- es más propio del cine negro que de una escrupulosa reconstrucción de un período histórico remoto. Sin embargo, si abandonamos por un breve instante esos anteojos y nos ponemos en la vista de un chaval de 13 años, es comprensible porque, pese a que Hawks no le gustase, su resultado final siga siendo espectacular.

Por cierto, el muchacho de 13 años que la vio y se quedó impactado se llamaba Martin Scorsese. Y solamente por eso, ya damos por más que bien empleados los diseños del arquitecto Harks y su equipo.

BIBLIOGRAFÍA:

-Alonso, J., Mastache, E. A. y Alonso, Juan J., “Escorpiones, pirámides eternas y un arquitecto de izquierdas: cosa de egipcios, no de marcianos Tierra de faraones-El Rey Escorpión”, en El antiguo Egipto en el cine, T&B, Madrid, 2010, pp. 18-53.

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Comentarios

  1. Irene Feito

    Esta película me fascinó desde que la vi cuando era niña. Y lo sigue haciendo. Me ha gustado recordarla, espero volverla a ver.

  2. Marcos

    Gracias por tu comentario, Irene. Yo volví a verla hace poco y aguanta muy bien el paso del tiempo.

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