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El presidente Adolfo Suárez y el general de La Rovere

Por Gerardo Gonzalo

Reconozco que puede parecer un tanto disparatado, que en una página dedicada al mundo del cine, se le dedique un artículo a un recién fallecido presidente del gobierno que en lo personal si bien le gustaba el cine, nunca manifestó unos gustos muy sofisticados al respecto, y cuya figura, más allá de algún relato televisivo, nunca ha sido llevada a la gran pantalla.

Muchos son los artículos, reportajes y entrevistas que se han dedicado a  glosar la figura de Adolfo Suárez, y muchos de ellos describen la desafección que en sus filas, entre los militares y entre el establisment franquista, producía una figura, inferior en lo intelectual a muchos de ellos, sin un curriculum destacable, pero que con arrojo, y encanto personal, consiguió arrastrar a la sociedad española a unos cambios impensables en tan poco tiempo, y asumir con una dignidad ejemplar, que todo el mundo pudo ver en el episodio del golde de Estado del 23 de febrero de 1981, un destino para el que quizás no era el mejor preparado, pero  que acabó asumiendo como el mayor de los estadistas, jugándose la vida delante de unos Guardias Civiles, en su último servicio al país.

Todo esto viene a colación de la lectura de un libro, del que disfruté hace un par de años. Arrastrado por las buenas críticas y premios, por mi afición por los temas políticos y por la lectura de esa extraordinaria novela que es Soldados de Salamina, me embarqué en la novela de Javier Cercas Anatomía de un instante, cuyo título hace referencia al momento en que Adolfo Suárez permaneció sentado durante el Golpe de Estado del 23F, a diferencia de casi todo el resto de diputados, mientras los guardias civiles disparaban sus metralletas. Un libro que es una crónica, de la vida de un hombre, tomando como eje ese instante concreto.

En un momento del libro, Javier Cercas hace referencia a  un editorial que el diario El País publicó el 18 de febrero, 5 días antes del golpe, un texto implacable contra Suárez en el que le comparaba con el colaboracionista nazi italiano que encarna Vittorio De Sica en una película de 1959 dirigida por Roberto Rossellini titulada El General De La Rovere.

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A pesar de considerarme un cinéfilo, y tener referencias de esta película, reconozco que no la había visto, y la lectura del libro me hizo anotarla entre otras muchas que aún quedan pendientes, como una película que tenía que ver. Pasados 2 años, reconozco que no había encontrado el momento de verla, pero al producirse el fallecimiento de Suarez, sentí que como pequeño homenaje por mi parte, y como una manera de saldar cuentas con mi cinefilia, era el momento de saldar mi deuda.

El film se desarrolla en la Italia sometida a la ocupación nazi, y narra las peripecias de Emmanuele Bardone. El protagonista, es un pícaro amoral que intenta ser amigo tanto de nazis como de compatriotas, timando sin escrúpulos a pobres gentes que suponiéndole poseedor de ciertas influencias, en realidad inexistentes, le piden interceder por familiares presos de los alemanes, a cambio de dinero que en realidad usa para pagar sus deudas relacionadas con el juego y poder seguir apostando. Sin embargo, en un momento dado de la película, el destino del personaje cambia cuando los alemanes matan a un héroe de la Resistencia, el General De La Rovere, y asumiendo estos el error táctico de haberlo hecho, ya que vivo podría haberles servido para obtener información que pudiera haberles ayudado a desmantelar la cúpula de la Resistencia italiana, silencian su muerte, y ofrecen a Bardone que lo suplante en la cárcel, para poder así descubrir y delatar a los líderes de la resistencia cautivos y provistos de información en las cárceles italianas.

En mi opinión, y más allá de toda consideración de relación con personajes reales, la película es magnífica, la interpretación que hace Vittorio De Sica es simplemente excepcional, el argumento, los personajes secundarios que van apareciendo y sobre todo lo bien que se transmite la situación de una Italia ocupada y ruinosa con la desesperación de sus habitantes, la convierten en una obra sobresaliente, que concluye en un bellísimo final digno de ser recordado para siempre.

Sin lugar a dudas estamos ante un clásico con mayúsculas, una película por la que no pasa el tiempo y en la que la fuerza de la historia y su protagonista, se mantiene intacta vista hoy en día.

En cuanto a la relación del film con el presidente, en su artículo El País le reconocía, que como Bardone en su asunción como héroe, Suárez  se había investido de la dignidad de un presidente de gobierno democrático y que se había enfrentado a los sectores inmovilistas del franquismo, pero que a última hora, su dimisión suponía un acto de cobardía ante el chantaje de la derecha, alejándose ahí del glorioso final del protagonista de la película de Rossellini. Pues bien, sin querer destripar de forma pormenorizada el final de la película, parece que 5 días después el presidente Suárez emula a Bardone, y no sólo consigue la apariencia de estadista que quizás no era, sino que como el propio protagonista, y ante el momento culminante de defensa máxima de los máximos valores democráticos, pone en juego su propia vida alcanzado una dignidad de la que parece que no estaba investido, convirtiéndose, en un momento determinado, Suárez frente a unos guardias civiles y De La Rovere, frente a un pelotón de fusilamiento, en algo mucho más elevado de lo que eran, y muy por encima de todos los que le rodeaban.

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Comentarios

  1. Irene Pardo

    Peculiar y audaz análisis. No esperaba encontrarme a Adolfo Suárez en Ojo Crítico!

  2. Luis Raul Villamizar

    Estaba buscando el artículo de El País sobre el símil de Adolfo Suárez y De la Rovere y me encontré con esta pluma maravillosa de Gonzalo. Desde Venezuela, mis respetos.

  3. Enrique Fdez. Lópiz

    Felicitaciones por la crítica que mucho me ha gustado, haré por ver la peli que mencionas. En cuanto al controvertido personaje de Adolfo Suárez, yo pienso como tú y creo que habiendo sido lo que era (Secretario General del Movimiento, discípulo de Herrero Tejedor, etc., etc.), desmantelar las Cortes franquistas (Girón incluido, o sea, la falange franquista), dar el giro que dio y encima quedarse sentado ante el energúmeno de Tejero, fueron conductas manifiestas y no elucubraciones. Si lo hizo por esto o por lo otro, si tal si cual, no me interesa, no me atraen los cismorreos: “obras son amores..” Repito, ¡enhorabuena!

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