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El milagro de la carpa

Por Marcos Cañas Pelayo

América Latina goza de una extraña bula pontificia, la cual es aceptada por creyentes y ateos: el realismo mágico. Así lo consagró Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, si bien la simiente fue creada mucho antes, cuando la abuela del genial escritor colombiano ilustraba a las gentes de su pueblecito acerca de un presunto huevo de basilisco que la anciana señora hizo quemar ante los atónitos y aterrados vecinos.

Sucesos extraordinarios y que no tienen una explicación racional satisfactoria. Villa Fiorito, barrio privado (privado de luz, de agua caliente, etc.) asistió a otro fabuloso suceso con el surgimiento de un zurdito bajito que podía ir dándole pataditas a un bote sin que cayese durante ocho cuadras argentinas, llamado Diego de nombre de pila. Hoy, el acontecimiento sobrenatural que nos ocupa nos retrotrae a la década de los 30 del pasado siglo, a las carpas mexicanas, donde hay una figura extraña, dibujada en los cárteles que promociona la asistencia del público al espectáculo de un artista único, uno de los secretos mejor guardados en Ciudad de México.

Aquellas afortunadas gentes fueron las primeras en conocer en escena a Mario Moreno, nombre por el que le identificarían los especialistas, mientras que su sobrenombre, Cantinflas, estaría destinado a pervivir en el imaginario popular. Antaño, empleaba el alias de Polito. El joven se trataba de un individuo de barba siempre mal afeitada por debajo, con un cómico y risible bigote que dejaba un espacio entre ambos extremos, ojos pícaros y verbo ágil.

Todo ello iba acompañado de gorrito, pantalones holgados y soga como cinturón. Eran los días de improvisación y felicidad. Su apodo era una manera de esconder su verdadero nombre para no escandalizar a su propia familia, mientras que su espíritu aventurero se sentía un poco más satisfecho, tras coqueteos frustrados con la milicia y el boxeo. El hijo del recto funcionario Pedro Moreno Esquivel y doña Soledad Reyes convocaba a sociólogos y críticos mexicanos, quienes no habían visto nunca a nadie utilizar la lengua castellana con unos fines tan retorcidamente cómicos.

Sobre aquellos tablados y arenas fue de todo. Orador, payaso y, especialmente, sutil observador. La capital mexicana era un lugar vivo para la mirada atenta. El joven Mario pasó mucho tiempo en barrios donde abundaba una especie propia: los peladitos, esos pícaros en tierra de nadie, con hambre y oficio, resueltos y decididos a no hacer nada. Estuvo con ellos en sus tabernas y les escuchó cantar sus penas con gracia, tomando buena nota de cuál era su sendero. Desde entonces y para siempre fue Cantinflas, algo inimitable.

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Eso provocó un viraje que sorprendería a sus progenitores, hermanos y amigos. Santiago Rechi, productor de olfato fino, sería el primero en darle una oportunidad cara al celuloide, en una serie de cortos donde el artista de carpa hubo de tornarse en actor. Juan Ramón Romaní, a lo largo de una serie de divertidos textos para RBA, ha recordado recientemente cómo el éxito permitió que Cantinflas pasase de ser algo minoritario a una estrella reclamada para acompañar en largometrajes.

Ahí está el detalle (1940) terminó siendo su Rubicón particular. Allí, rodeado de luminarias tales como el divertido Joaquín Pardavé o una veterana de la talla Sara García, el imberbe Mario Moreno se reveló como una de las garantías de carcajada más rentables para la taquilla mexicana. Bajo la dirección de Juan Bustillo Oro, una serie de equívocos teatrales confirmaron al monarca de los peladitos, quien tenía su escena más rememorada en el juicio final a su personaje, donde su particular léxico se iba contagiando a abogados, juez, jurado y público.

A pesar de su extremada juventud, aquella aparición ya tenía una azarosa vida. Se había casado con apenas 23 años con Ivanova Zubareff y, si bien no tenía una formación actoral académica, los teatros de variedades le habían convencido del arma perfecta para obtener el éxito: su simpatía. Roberto Gómez Bolaños, uno de los grandes genios de la televisión que ha dado el continente avistado por las carabelas de Colón, destacaba ese rasgo de Cantinflas al recordarlo en una entrevista concedida a David Estrada. No resulta extraño que Bolaños terminase sacando algunos de los rasgos de las vecindades donde Mario Moreno paraba (por ejemplo, en El Portero [1950]) para trasladarlos a una de sus creaciones más míticas para la pequeña pantalla: El Chavo del 8.

Desde aquel momento, comenzó un romance con el público que no se extinguiría. Ya fuera Tin-Tan o el dueto cómico de Viruta y Capulina, la taquilla tenía fijado que el resto de artistas deberían luchar por el segundo puesto. Cantinflas iba congregando a una legión de fieles, destacando éxitos como El gendarme desconocido (1941), donde ya estaba detrás de las cámaras su inseparable Miguel Delgado.

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A cambio, hubo de sufrir la contraprestación del adiós de la intelectualidad, ese ser etéreo en un maremágnum de críticas de difícil definición Los que antes le seguían en las carpas volvieron la espalda a lo popular, el monologuista de sátira política se tornaba en un hacedor de gracias fáciles.

Eso sí, entre las honrosas excepciones encontró a uno de los iconos del humor y del séptimo arte como valedor: Charles Chaplin. A pesar de los kilómetros de distancia, la formación y el estilo de cada uno, el antiguo Charlot reconocía como uno de los suyos al peladito. Mario y su círculo correspondieron el piropo con una clara fijación por versionar los grandes hitos de Chaplin.

En ese sentido, Jaime Salvador merece destacarse como un más que solvente y experimentado guionista que supo ubicar algunas de las esencias de Luces de la ciudad (1931) en el universo de Cantinflas. Con muy buena mano para los diálogos, Salvador logró explotar la gracia natural de la incipiente estrella, quien otorgaba suculentos ingresos como artista exclusivo de su productora, si bien, también presentaba una serie de exigencias.

Conforme crecía su nombre y cimentaba su estilo, fueron desapareciendo de la puesta en escena otros papeles que pudieran hacer sombra al gran protagonista. Sus continuadas improvisaciones eran una barrera para quienes daban pie al divo, poco dispuesto a la más mínima sombra. Hubo excepciones como Ángel Garasa, con quien compartió una delirante escena en ¡A volar joven! (1947), donde ambos reclutas inadaptados ponían en duda los cuadriculados protocolos de la milicia.

Lo fascinante de este Cantinflas en blanco y negro es la insaciable curiosidad de niño grande que transmite su personaje y la capacidad de dejarse arrastrar por los acontecimientos. Por ejemplo, en El Mago (1949), delirante comedia de enredos y aventuras donde las inesperadas contestaciones del protagonista son deslumbrantes, nuevamente, bien auxiliadas por el argumento de Alex Joffé, Jean Lévitte y J. Salvador. ¿De qué parte de México me dijo que era usted, hermano?”, será la pregunta que Cantinflas haga a un faquir de lejanas tierras que conoce en una recepción y presume ante él de cuántos días ha estado sin comer ni beber.  

Una anarquía que se reflejaría asimismo en sus relaciones con enamoradas de celuloide que tenía. De aprovechado novio de una criada a cuyos amos saquea por las noches en la nevera (figura que luego rescataría en España Alfredo Landa), pasando por el gendarme divertido ante las supuestas mujeres de mal vivir que pleitean en comisaría, hasta llegar a una mítica re-versión de Ravel en El bolero de Raquel (1956).

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En cierto sentido, aquellos retruécanos verbales recordaban a otro genio, Groucho y su verbo fluido; con todo, en el primer caso había un punto de pícaro deseo; en Groucho, junto con sus cejas arqueadas por la lascivia, había un punto de burla a todo el cortejo.

Aupado por aquella fama, llegando a ser pretendido por la propia Meca de Hollywood, Cantinflas buscó el reconocimiento que le faltaba. Curiosamente, conforme avanzaba el color, sus boleros marcharon más a la luminosidad de Acapulco que a las corralas sucias de antaño. Su personaje, si bien seguía teniendo la socarronería en su forma de afrontar los problemas, se hizo más predicador que endemoniado irreductible. El padrecito (1964) fijó aquella frontera.

Si bien había pasado más de Un día con el diablo (1945), Mario abandonaba aquella anarquía para hacerse un hombre respetable. Llegaba la hora del doctor, el ministro, los embajadores, los maestros (precisamente a él, que había sido tan divertido e imposible alumno). Curiosamente, logró casi todo, incluyendo aumentar el número de vocaciones en la Nueva España con su sacerdote, pero no convencer a la crítica de su tiempo.

Hubo, eso sí, continuidades. El adorable y despistado patrullero improvisado (su escena llevando el paquete bomba a la comisaría es digno del mejor Peter Sellers) que firmó en El gendarme desconocido (1941), se reeditó en El bombero atómico (1952) y El patrullero 777 (1978).

Ahora que la historia del celuloide le devuelve al lugar que no había abandonado a ojos de Chaplin, fascículos y hemerotecas rememoran algunos de sus grandes éxitos, como si el genio de Cantinflas no quisiera dejarnos y, afortunados notros, así sucede.

No obstante, uno no puede evitar aquellas primeras cintas en blanco negro, esa época irreverente y casi antisocial, el fenómeno de las carpas y los “detalles” (manera en la que los peladitos llamaban a las mercancías que no querían que pasasen por manos de la policía), el no querer trabajar y andar por las calles mexicanas con los ojos abiertos del niño a quien sus padres llevan por primera vez a ver el hielo.

Dedicado a mi gran amigo y verdadero conocedor de Cantinflas, el bloguero Chespiro.

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Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Magnífico artículo dedicado a uno de los mejores cómicos del cine de todos los tiempos. Felicitaciones a mi colega Marcos Cañas.

  2. Marcos Rafael Cañas Pelayo

    Estimado Enrique: Muchas gracias a ti por haberte tomado la molestia de leerlo y por tu generosa apreciación. Sin duda, es fantástica siempre la oportunidad de revindicar al carismático Cantinflas, una de las apariciones irrepetibles del humor para el séptimo arte.

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