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El mejor Buñuel sin Buñuel

Por Marcos Cañas pelayo

Sigue resultando un experimento interesante hoy en día. Si uno prueba a poner El esqueleto de la señora Morales (1959) a una persona amiga que tenga predilección por el cine mexicano, tardará muy poco en esbozar una sonrisa. En caso de que sea la primera vez que ve esta comedia negra, es probable que esboce una sonrisa y cuestione: Es de Buñuel, ¿verdad?. Sin embargo, no es así.

Con todo, aunque quien dirigió con mano maestra el proyecto fue Rogelio A. González, considerar este film como buñuelesco es absolutamente válido, debido a que presenta muchas de las ideas que obsesionaron al genial cineasta exiliado.

   Uno de los principales motivos radica en el guión firmado por Luis Alcoriza, quien se basó en un trabajo precedente del escritor galés Arthur Machen. El primero de ellos fue un colaborador muy habitual del turolense, en una asociación muy fructífera para la creatividad de ambos. Por su lado, Machen firmó un relato de terror en que se basaron para rodar una cinta que sigue siendo de culto en su país de origen, copando altas posiciones siempre que se hacen listado sobre las joyas del séptimo arte mexicanas.

¿Dónde radica el secreto de este cuentecillo oscuro que apenas alcanza la hora y media de metraje? La pluma de Machen se nota para crear una atmósfera falsamente inocente en una vecindad cualquiera con su chiquillería correteando por sus calles y donde vive un matrimonio no muy bien avenido. Justo la clase de sitios cotidianos y aparentemente anodinos donde un tal Edgar Allan Poe colocaba al bueno y afable trapero Edmon. En esta ocasión, Rogelio A. González nos traslada a las vicisitudes del taxidermista Pablo Morales, un hombre maduro que vive un particular infierno conyugal bajo las simples apariencias de la rutina. Hay algo en dicha profesión que parece atraer para esta clase de filmes, baste recordar al colega de Pablo que interpretó el gran Ricardo Darín en la inquietante El aura (2005).

El protagonista es interpretado por un Arturo de Córdova en el momento idóneo de su trayectoria para coger ese papel. Siguiendo nuestro anterior paralelismo, este celebérrimo actor mexicano también sería muy recordado por colaborar con Buñuel, nuevamente con guión de Alcoriza, quien para aquella ocasión se basó en una novela de Mercedes Pinto. Siete años antes de hacer el marido de la señora Morales, este antiguo galán urbano supo reacondicionarse a la perfección a personajes acordes con su edad, firmando un minucioso estudio de cirujano para hacer de un burgués acomodado. Cuenta la leyenda que eso le valió rifirrafes con el propio director español, quien estaba tan complacido con las prestaciones en pantalla de don Arturo como molesto porque alguna mimetizaciones que había hecho el mexicano de la propia personalidad del español.

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La pareja de baile de Pablo no puede ser más adecuada, Gloria. Amparo Rivelles da vida a una hermosa mujer que, pese a ello, vive atormentada por una deformación en una de sus piernas, un complejo que la ha hecho renunciar al deseo de ser madre por temor a que su posible prole heredase la tara. Refugiada en la religión de una manera obsesiva (algo que también hubiera hecho las delicias de Buñuel), es una dama que goza de gran popularidad ante las otras feligresas y el sacerdote, pero su conducta es tan irreprochable como fría ante un marido que, tras haberla deseado mucho tiempo, siente hartazgo ante una compañera de viaje que únicamente ve pecado y penitencia en todo cuanto les rodea.

Los primeros compases y las bien medidas escenas que presenta González no distarían de muchas comedias ligeras de la época sobre la tan manida guerra de los sexos. Incluso se saca para la ocasión un recurso muy de sitcom, las frecuentes visitas de los cuñados de Pablo, un matrimonio que no ayuda precisamente a que se calmen las aguas entre Gloria y su esposo. La hermana de ella es caracterizada por Angelines Fernández, otra actriz de origen español que hizo fortuna en el otro lado del Atlántico. Con gran experiencia teatral, su rostro fue muy visible en películas de mitos como Cantinflas, así como en otras colaboraciones con Arturo de Córdova. En un giro rocambolesco digno de Macondo, cosecharía uno de sus más importantes éxitos décadas después, debido a la llamada de Roberto Gómez Bolaños para que la, por aquel entonces, veterana artista caracterizase a una de las integrantes de una modesta vecindad donde residía un huérfano a quien se conocería como El Chavo del 8. Pero eso es ya otra historia.

Tanto la hermana como el esposo de esta presionaran a Arturo para que no se divorcie, idea que le ronda al taxidermista para evitar que la cosa vaya a mayores. Los piques con Gloria irán haciéndose cada vez más constantes, mientras la pareja va sometiéndose a duras pruebas mutuas. Como en el cine del tándem Berlanga-Azcona, los rígidos parámetros sociales y el miedo al “qué dirán los vecinos” de los protagonistas les arrastra a una espiral de odio que llevará a cada uno de ellos a desear lo peor al otro. Arturo empieza a acariciar la idea de que no habría mejor manera de divorciarse que convertirse en viudo, mientras Gloria gana adeptos en su comunidad simulando ser una mujer maltratada por su esposo cuando jamás ha sufrido tales abusos.

Los temas no dejan de ser resultar fuertes, atrevidos y muy sugerentes. Una espiral de irreal pesadilla parece invadirnos en este descenso a los infiernos de ambos. Se produce una sensación alucinógena que estaría muy próxima al delirante relato de otro gran film mexicano, Ensayo de un crimen (1955), filmado por Buñuel.

Cómo de un relato costumbrista se puede pasar al salvajismo emocional planteado por González es una demostración del talento del director a su equipo, contando con unos actores en estado de gracia y que permiten que la falta de cambios de escenarios no se acuse en ningún momento.

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La habilidad del film es máxima para sembrarnos la duda acerca de los integrantes de esta danza divertida y macabra. Justo de quien más podemos estar compadeciéndonos puede destaparse con una acción brutal. Córdova y Rivelles se miden en un duelo de altura, donde la tensión se palpa en cada instante. Una ira contenida que irá creciendo y llevará a un juicio sobre si las personas bondadosas pueden cruzar la frontera del crimen, mientras que se arroja un claro alegato contra la falsa fachada de una moral que, lejos de consolar al individuo, lo atormenta y le hace cruel con aquellos que deberían amar.

Unas intenciones que quedan manifestadas con el audaz uso que hace El esqueleto de la señora Morales del sacramento de la confesión, pervertido hasta unos límites que brindan algunos de los mejores diálogos de esta tragicomedia. Resulta extraña la alquimia que permite a la prosa de un escritor gótico galés adaptarse al celuloide, adquiriendo por el camino buena parte de las características que hacen a la filmografía mexicana tan especial durante aquellos años.

Un exponente del talento que transmite esta obra es que, mucho tiempo después, tuvo un particular remake de la mano del mismísimo Fernando Fernán Gómez, uno de los nombres claves de la industria del cine español, quien decidió dirigir una re-versión del matrimonio Morales a la española, Siete mil días juntos (1994), contando con un elenco que no desmerecía a su precedente: José Sacristán, María Barranco, Pilar Bardem, etc.

Durante años, muchas críticas han incidido en que el arco de esta historia podría haber sido perfectamente escrito por Rafael Azcona. Indudablemente, no tenemos ningún problema en esbozar la gran carcajada y algo aterrada sonrisa que nos evocan El pisito (1959) y El cochecito (1960). Tampoco parece casualidad que por aquellos años en Italia se rodase El viudo (1959), donde también rondan de manera hilarante algunos de los temas que están muy presentes en El esqueleto de la señora Morales.

Como no puede faltarle a esta clase de piezas, hay un punto que todavía hoy sigue en debate abierto, el cual no es otro que su controvertido final, el cual, obviamente, no será revelado en esta crítica. Baste decir que cierra el círculo y vuelve a poner de reflejo como equipos artísticos habilidosos intentan sortear de la manera más ingeniosa posible los muchos tabúes que inclusive hoy en día serían políticamente incorrectos.

Personalmente, imagino que el maestro Buñuel hubiera disfrutado de esta película, no pudiendo, eso sí, dejar sentir una extraña sensación de déjà vu mientras se recostaba en la butaca.

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