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Dorothy Arzner: Hacer visible lo invisible

Por Sergi Monfort

Este mes la Filmoteca Española está proyectando un ciclo que rememora a una de las mujeres más importantes de la historia del cine (dato interesante para los madrileños interesados o quien este octubre puedan acercarse al cine Doré), de quien se dice, nada más empezar, que es la única directora mujer en el Hollywood de los años 30. La recientemente pasada edición del festival de San Sebastián también se encargó de homenajearla, a la directora que, entre otras cosas, inventó el micrófono de jirafa.

Yo conocía a Dorothy Arzner de nombre gracias a viejos apuntes de cursos universitarios pasados, que hablaban sobre el surgimiento de movimientos feministas en los 70 que recordaban a mujeres olvidadas y secundariadas de la historia del cine (nombres como la también famosa Ida Lupino, o algunas que no lo fueron tanto, como Alice Guy, u otras actrices famosas que dirigían en la sombra como Lilian Gish o Mary Pickford). De todos, el de Arzner era el nombre que más me llamó la atención, tal vez por su sonoridad o a causa de algún déjà-vu, de haberla oído mencionar en alguna parte.

Aunque la propia Arzner negara ser realmente feminista, su cine, desde luego, mostraba algo que de por sí era inusual y que el código Hays (que pretendía borrar todo rastro de violencia o sexualidad para limpiar la “inmoralidad” del cine americano) se encargó de liquidar del todo: personajes femeninos fuertes que conducían la acción y hombres inseguros que la padecían.

El otro día fui a ver Honor entre amantes (1931) a la Filmoteca, protagonizada por Claudette Cobert y con una secundaria Ginger Rogers. Contaba la historia de una secretaria de quien cuyo jefe (Fredric March) estaba perdidamente enamorado. Al ver que está en brazos de otro hombre cuando quería invitarla a un crucero y darlo todo por ella, su primera reacción es despedirla. Tras una disculpa por teléfono, contrata al marido de la chica como empleado para poder acercarse a la muchacha otra vez. Para dejar esto en una mera sinopsis y no revelar más partes de la trama, diré que me fijé en un detalle muy presente en grandes clásicos conocidos por todos y que aquí se le da la vuelta: cuando el hombre agarra a la mujer y le roba un beso, ésta se somete y cae ante sus encantos. En esta película, no es así: en todo momento, la protagonista sabe lo que quiere y lo que busca en un hombre, y no deja que su jefe le imponga su criterio de lo que debe querer o no… esto sucede, al menos, hasta que una cadena de acontecimientos (en los que la Cobert siempre actúa como motor de la historia) desencadenan unos segundos finales francamente decepcionantes.

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En Baila, muchacha, baila (1940), cuenta la historia del lado oscuro de los music-halls y de la visión de la mujer en éstos; Hacia las alturas (1933) trata de una mujer piloto, la jovencísima Katharine Hepburn (misteriosamente, el título original de la película era Christopher Strong, el nombre del protagonista masculino, aunque la película giraba en torno a la mujer…). Historias que sorprenden por dar la impresión de estar avanzadas a su tiempo, por el mero hecho de que todo el mundo habla de John Ford, de Howard Hawks o de Billy Wilder, pero pocos han conocido o discutido la obra de Arzner hasta ahora.

Esta ex-camarera, veterana enfermera de la I Guerra Mundial y montadora abiertamente lesbiana (otro dato curioso para una Américan tan puritana) pudo tener su período de gloria gracias a su talento montando (que el director James Cruze apreció, contratándola para montar su The Covered Wagon, 1923, tras ser comprobada su valía en el montaje de Sangre y arena, de 1922) y a la época del pre-code Hollywood, en el que todavía se podían presentar personajes en posiciones o situaciones provocadoras, sugestiones sexuales, drogas, aborto o prostitución y siguió trabajando tras la aplicación del código en 1930 (aunque no tuvo preponderancia real hasta 1934) hasta 1943, tras lo cual impartió clases en la UCLA, dirigió spots para Pepsi y consiguió una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Hoy existen toda una generación de mujeres que apuestan por un cine contra el patriarcado (y el heteropatriarcado), como Iciar Bollaín, Nina Paley, Marjane Satrapi, Margarette von Trotta… u hombres con la misma misión, como Emilio Martínez-Lázaro, Vicente Aranda, Ridley Scott, Stephen Daldry… que le deberían buena parte de su trabajo a esta su antecesora, a quien le tengo guardado un cajoncito en mis pendientes.

Cierro con el vídeo-homenaje de Donostia:

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Comentarios

  1. Pepe

    Un artículo muy interesante.

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