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Diseccionando la soledad

Por Jorge Valle

Hay personas que parecen vivir instaladas en una soledad tan excesiva, a veces incluso buscada, que les impide relacionarse con las personas que les rodean, como si hubieran desarrollado una peligrosa y preocupante habilidad para desconectar del mundo exterior. Los protagonistas de Caníbal y La herida, dos de las películas españolas más aclamadas por la crítica el año pasado –en taquilla pasaron totalmente desapercibidas-, cumplen con este diagnóstico solitario y negativo. Además, ambas cintas son una muestra perfecta del creciente cine de autor que cada vez es más frecuente en nuestro país, y que no está destinado a grandes audiencias, sino que,  rodado con un estilo personal y alejado de lo convencional, y haciendo gala de un intimismo pausado –que no es sinónimo de aburrido, por más que algunos se empeñen en identificar la lentitud en la narración con el tedio-, constituye un manjar ideal para el exquisito paladar del cinéfilo ansioso de nuevas experiencias y maneras de contar historias. El problema de ambas es que, si bien se reconoce el mérito del director de ser fiel a sí mismo y haber creado un producto diferente y excepcionalmente trabajado en cada detalle, también es cierto que la dificultad del espectador para conectar con los sufrimientos de estos personajes constituye su principal lastre, a pesar de que estén perfectamente diseccionados y mostrados por los intérpretes protagonistas (Antonio de la Torre y Marian Álvarez, respectivamente).

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En Caníbal, el primero se mete en la piel de Carlos, un sastre de pocas palabras que esconde un terrible secreto: siente una especial atracción por el olor y la estética del cuerpo femenino, al que no solo se limita a observar y tocar, sino que también saborea con la tranquilidad y serenidad de quien se cree un monstruo despojado de cualquier atisbo de humanidad. Manuel Martín Cuenca y Antonio de la Torre convierten lo excepcional en cotidiano, como si trocear el abdomen y las nalgas de una joven y colocarlas cuidadosamente en el frigorífico fuera algo común y corriente. El director y el actor de La mitad de Óscar (2010) hacen gala de un milimétrico ejercicio de narración; el primero, en una sucesión de planos fotografiados con la precisión de un cirujano y repletos de efectos claroscuristas y fundidos en negro; y el segundo, con un repertorio de escasos pero reveladores gestos que transmiten la incomprensión, la marginación y la tristeza de quien se siente diferente pero no puede hacer nada por evitarlo. Toda la cinta está rodeada de un aura de misterio y miedo – nunca ver comer un filete fue tan terrorífico- que convierten a Caníbal en una mezcla de géneros entre los que se pueden apuntar el suspense, el terror o incluso el drama romántico. Y es que es precisamente la entrada de Nina (Olimpia Melinte) en la vida de Carlos el motor que desencadenará los acontecimientos que narra Martín Cuenca. Esta joven rumana que busca desesperadamente a su hermana gemela alterará momentáneamente la rigurosa rutina del sastre, quien descubrirá con curiosidad y escepticismo el único antídoto que puede salvarle de ese canibalismo animal: el amor, última prueba de su humanidad. La elegante frialdad formal, no obstante, no deja paso a la empatía con el protagonista, y aleja a esta interesante cinta del sobresaliente.

Si Cuenca prefiere colocar la cámara en un punto fijo y hacerla un testigo más de la historia, el debutante en la dirección Fernando Franco –fue el montador de la Blancanieves (2012) de Pablo Berger- apuesta en La herida por un estilo más informal pero igualmente cuidado, en el que la cámara se mueve siguiendo los pasos de la protagonista. En este caso, Ana, que sufre un trastorno límite de personalidad sin diagnosticar, se ve incapacitada, al igual que el caníbal de Antonio de la Torre, para entablar relaciones afectivas con las personas que le rodean aunque, paradójicamente, sí puede desahogarse con un desconocido por un ciber-chat o sentir afecto por un enfermo de Alzheimer al que cuida en sus horas laborales. Marian Álvarez interpreta a una mujer en horas bajas, con frecuentes crisis de ansiedad y ataques suicidas que vive con una madre cobarde que hace la vista gorda ante los problemas de su hija. La herida es una película aparentemente sencilla pero que permite varias lecturas, y que va concediendo progresivamente pequeñas dosis de información sobre la protagonista que pueden resultar insuficientes pero que configuran un personaje complejo y misterioso, cuyo presente narra Fernando Franco con habilidad y cuyo pasado y futuro solo nos podemos imaginar. Siendo inteligente, con planteamientos interesantes y una narración completa, La herida acusa, al igual que Caníbal, de elementos que permitan conectar al espectador con la historia, quien nunca llega a adentrarse en el peculiar universo de estos dos directores que confirman su talento en particular y el del cine español en general.

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Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Excelente análisis, Jorge, como siempre. Yo creo que en ambos casos la frialdad es intencionada. Y en el caso de ‘Caníbal’, esa frialdad hace que me impacte aún más lo que se cuenta. Es solo una opinión. Me alegra que menciones la mitad de Óscar’. Adoro esa película. Felicidades de nuevo.

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