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Desde la oscuridad del cine

Por Mac Nagy

Cuando salí hacia la cegadora luz del sol, desde la oscuridad del cine…”

(Comienzo de Rebeldes)

Cuando a finales del Siglo XIX,  Louis Lumière manifestó que “el Cine es un invento sin futuro” demostró una absoluta inconsciencia respecto a los pasos que estaba dando. Desde luego desconocía por un lado el gran negocio en el que se iba a convertir el desarrollo de sus logros, y por otro lado, y más importante, lo que éste iba a marcar la vida de muchas personas.  No obstante, no debemos culparle por ello.  Resulta fácil comprender  que seguramente en ese momento era imposible intuir que el Cine iba a pasar de ser una mera curiosidad o modernidad, fruto de un hallazgo técnico, a una manifestación artística de primer orden sin la cual  hoy la vida de mucha gente sería radicalmente distinta.  Y es que, si por algo se ha caracterizado el Cine, es por su capacidad para apasionar.  Ello da pie a reflexionar sobre cuáles son las fuentes de dicha pasión, qué es lo que la nutre y la hace tan especial.  En primer lugar, es fácil pensar que podría  tener algo que ver con la concepción del  Cine como un medio para el crecimiento personal. Esta concepción se basaría en algo tan elemental como que a todos nos gusta aprender sobre la vida. Es decir, utilizamos las películas para conocer mejor la realidad.  Al respecto, recuerdo  que hace años entré a una pequeña tienda de carteles y fotografías de películas y escuché a la persona que la regentaba  dar el siguiente consejo a una chica que merodeaba por su local: “Lo mejor, lo más importante, es leer. Pero si no lees, al menos tienes que ver películas”. Creo que es fácil para todos los que aman el Cine reconocer la sensación de ser mejores tras ver una película que les ha gustado especialmente. Igualmente, es frecuente escuchar a personas que han convertido el  visionado de películas en algo cotidiano afirmaciones similares a “Lo sé por las películas” o “esto me recuerda a la película…”.

No obstante, más allá del valor cultural de lo que nos cuentan las películas, sería  posible asociar la pasión que por éstas sienten muchas personas con dos factores que confluyen en el espectador: el anhelo y la identificación.  Sin entrar en divagaciones o explicaciones abstractas,  esto lo comprenderán perfectamente todos aquellos que han deseado alguna vez poder  mirar a alguien como lo hace Clint Eastwood en cualquiera de las películas de Leone, pero que también han deseado que alguien les mire a ellos alguna vez como lo hace Anna Karina en cualquiera de las películas de Godard. Igualmente lo entenderán aquellos que, tras un  grave desencuentro con su pareja, se les ha pasado por la cabeza, no sin sonreir  inmediatamente, acudir bajo la ventana de ésta y gritar su nombre como Marlon Brando grita el de Stella  en Un tranvía llamado deseo. También los que están seguros de que no podrán evitar que la melodía principal de Café Irlandés invada  su cabeza  cuando recorran los pasillos del hospital al nacer su primer hijo.  Y, ¿qué cinéfilo, ante una situación especialmente extraña o al cruzarse con ciertos personajes  no se ha estremecido, recordando  inmediatamente películas como Terciopelo Azul o Carretera Perdida? La realidad y el mundo de las películas tienden a mezclarse en la mente del Cinéfilo, de forma similar a como nos lo muestra Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo. Así, es perfectamente posible que, ante una situación corriente, como puede ser la de estar sentado en una cafetería, el Cinéfilo fantasee con decirle de repente a  la chica que le acompaña No más licorerías, para a continuación darle un beso y subirse en la silla gritando: “¡Que no se mueva nadie, esto es un atraco!”, emulando a Tim Roth en la genial Pulp Fiction. Y es que como dijo Truffaut, “el Cinéfilo es un enfermo”.

Anna Karina en la película “Vivir su vida”, mientras visiona en un cine “La pasión de Juana de Arco”.

Anna Karina en la película “Vivir su vida”, mientras visiona en un cine “La pasión de Juana de Arco”.

También es posible que, para hallar pistas sobre el fundamento de la cinefilia,  resulte útil acudir a las propias películas. Así, el amor por el Cine, desde distintos enfoques, ha sido reflejado  magníficamente en films como Arrebato, de Iván Zulueta, Vivir rodando, de Tom DiCillo, o La noche americana, de Truffaut. Quizás esta última película constituya el más bello poema dedicado al séptimo arte.  En ella, la cinefilia llega prácticamente al paroxismo cuando una de sus protagonistas, que interpreta a una script, afirma sin dudar: “Yo dejaría a un hombre por una película, pero jamás dejaría una película por un hombre”. También se acerca al mundo de la cinefilia el film italiano Después de medianoche, de Davide Ferrario, en el cual aparece la frase: “Las películas se acaban, pero el Cine no termina nunca”. Igualmente, desde un plano más satírico, hay que recordar la película Cecil B. Demented, de John Waters, donde los protagonistas llevan tatuado en sus cuerpos nombres como Preminger, Almodóvar, Fassbinder, Sam Peckinpah o David Lynch. En un momento de este film, la protagonista, interpretada por Melanie Griffith, exclama con los brazos en alto y un arma en cada mano: “¡Muerte a los que hacen mal Cine!”.

Y mención especial merece la extraordinaria película Soñadores, de Bertolucci. En ella, los protagonistas leen a todas horas Cahiers du Cinema, discuten acaloradamente sobre si es mejor C. Chaplin o Buster Keaton,  y juegan a adivinar películas en base a cualquier elemento que se encuentran o a la interpretación de cualquier escena.

Sin embargo, tal vez  todas las reflexiones anteriores resulten inútiles. Es muy posible que el elemento o característica del séptimo arte del que nace realmente su capacidad para apasionar radique en su propia esencia, en lo que realmente es. Definiciones técnicas o formales hay muchas y variadas. Pero yo prefiero quedarme con la que da Samuel Fuller en Pierrot el loco, cuando Ferdinand, interpretado por Jean Paul Belmondo le comenta: “Siempre he querido saber qué es exactamente eso del Cine…”. Entonces Fuller le responde: “El Cine es como un campo de batalla: amor, odio, acción, violencia, muerte. En una palabra, emoción”.

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