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Cuando Lázaro fusionó a Cervantes y Quevedo

por Marcos Cañas Pelayo

Fernando Fernán Gómez fue muchas cosas a lo largo de su carrera. Actor de primera ante la cámara y en el tablado teatral, escritor, intelectual y director de cine. Sin embargo, un aspecto que no se debe olvidar al recordar a uno de los nombres más notables del cine español es su condición de fascinado por el género de la novela picaresca. Hasta tal punto llegó su interés que hizo un ejercicio de eclecticismo para conjugar las diferentes obras españolas sobre la materia (La pícara Justina, Rinconete y Cortadillo, Guzmán de Alfarache…) para condensarlas en una mini-serie clave para la televisión española: El pícaro (1974).

De cualquier modo, quizás fue la empresa que abordó al final de su carrera la que iba a consagrar su visión sobre este estilo literario que, salvo la excepción de Italia, solamente podía darse en la España de aquel tiempo: Lázaro de Tormes (2001) iba a ser su tributo a El Lazarillo, de anónima autoría, pero reconocible en todo el globo por ser los cimientos de la producción posterior sobre esta temática.

En un principio realizado como una adaptación para un futuro monólogo, Fernán Gómez acabó concibiendo una película que daría una nueva perspectiva sobre el mito. Escrita a mediados del siglo XVI, bajo su apariencia simple, la historia de Lázaro, un desventurado chico que deambula al servicio de distintos amos, es una obra maravillosamente transgresora, un atentado contra su época del que aún nos quedan muchos códigos por descubrir y disfrutar en sus re-lecturas.

Desafortunadamente, el final del rodaje no pudo ser observado por su director. José Luis García Sánchez de encargó de llevar a buen puerto el proyecto, amparado en lo ya filmado por su amigo y contando con el equipo técnico y artístico que el propio Fernán Gómez ya había elegido. En esa selección, el nombre Rafael Álvarez el Brujo merece mención aparte, puesto que es el factor diferencial de este remake independiente de uno de los clásicos que más debaten siguen generando entre crítica y pública, puesto que ese antihéroe que es el pícaro alcanza aquí su carnet de identidad, presentando el personaje nacido en Tormes las líneas básicas que le seguirán sus ilustres (o deshonrosos) predecesores en el arte de emplear el ingenio para sortear el hambre.

El intérprete lucentino es uno de los actores españoles que más ha cultivado la destreza del monólogo por todos los teatros del país, ya sea como este siervo de muchos amos, a cual peor, todo hay que decirlo, o disertando sobre la presencia femenina en la obra de William Shakespeare. En verdad, Fernán Gómez encontró al protagonista más idóneo.

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Apadrinado por Paco Rabal, quien se enamoró de sus dotes interpretativas al verle en La taberna fantástica, el Brujo es una de esas presencias que tienen todas las dotes para prendar al público, especialmente cuando el contacto es en primera persona. Tal vez eso explique que su paso por los escenarios haya sido mucho más habitual que en los estudios de cine, pero eso no exime que haya destacado con alguna más que sobresaliente actuación en este otro medio. Pese a ello, probablemente en ninguna haya estado como en esta obra.

Fernán Gómez renuncia a la posibilidad de recurrir a la voz en off para recrear la chispeante y cínica auto-biografía de Lázaro de Tormes, optando comenzar por el proceso que se hace a un ya maduro busca-vidas, quien debe dar fe de sus buenas intenciones, siendo sus pillerías mera necesidad del dolor de tripas y la escasez de medios. El metraje alterna flashbacks con acontecimientos del presente, lo cual provoca cierta descompensación en algunos momentos, si bien, la capacidad del actor principal para lograr la complicidad del auditorio es un auténtico lujo.

En el fondo, todo es sobrevivir. Ello ha provocado que muchas tretas de las personas pícaras sean vistas con cierta indulgencia. Con todo, como muy bien apunta el tópico, cuando la fechoría la comenta el transgresor, el texto es una comedia. Si es la víctima, una tragedia. La eclosión de la picaresca alcanzará uno de sus picos de calidad y deshumanización con El buscón, penetración del gran Quevedo en este campo, donde usó su brillante y cruel sentido del humor para usar a su personaje marginal como vehículo que reflejase la miseria de su tiempo.

Es un modelo, en cierto sentido, opuesto al estilo cervantino, más piadoso, aunque no ingenuo, al presentar a las tristes y derrotadas figuras de su Quijote. El autor herido en Lepanto parece, en la medida de sus posibilidades, dispuesto a lanzar un guiño a los involucrados en la más miserable de las situaciones. Quevedo raja con un preciso e hilarante bisturí, sin hacer nunca prisioneros. El Lazarillo, originalmente, tiene mucho más que ver con don Pablos (protagonista de El buscón) que con Alonso Quijano. Fernán Gómez busca fusionar a los dos genios, algo nada raro en su trayectoria.

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Ya fuera en esa obra maestra llamadaViaje a ninguna parte (1986) o El mal amor (1987, una de sus muchas novelas), la mirada de este cineasta alterna con sabiduría el palo (el realismo de las desventuras y las miserias del día a día) y la zanahoria (a pesar de todo, no deja de haber momentos tiernos, por ejemplo, en esos esforzados y sufridores comediantes de la lengua, cual especie en peligro de extinción, tan dignos de lástima como merecedores de toda la admiración).

Su Lázaro, además del aprendizaje de los engaños de su primer amo (curiosamente, interpretado nada menos que por Paco Rabal) y sus sucesores, va mostrándose más humano, terrenal, portador del cansancio de alguien de a pie que, a diferencia que las señorías que le juzgan, sí sabe lo que es la punzada de la hambruna. Y, fundamental asimismo, Teresa, un personaje que en las páginas y anteriores versiones al celuloide (incluyendo un muy interesante film de 1955), era casi invisible.

Hasta aquel momento, la esposa sin rostro, de la cual se rumoreaba que era la mantenida y barragana del arcipreste. Aquí, Fernán Gómez, quien tenía pocos rubores en presentar a las prostitutas desde otro enfoque al moralismo más rancio, elige a una espléndida Beatriz Rico, tocada con una varita para esta ocasión, creando un ser humano complejo donde existía un tópico y una visión desde lo masculino. Rico, en su segunda colaboración con este director tras Pesadilla para un rico (1996), logra tomarle el pulso a quien, a fin de cuentas, es la única elección sensata para su pícaro esposo, formando un peculiar triunvirato con el bueno del señor arcipreste, hombre de simpática voz y gran afición a los vinos y otras tentaciones de don Carnal.

Karra Elejalde representa a ese privilegiado de la localidad, quien se convierte en el nuevo “amo” de este Lázaro más maduro, escarmentado y agotado de guerrear con sus antiguos señores, de engañar y tornarse contra sus supuestos protectores. Elejalde, tan revitalizado en popularidad tras Ocho apellidos vascos (2014), muestra en esta empresa que ya era un magnífico actor cómico desde hacía tiempo.

Pero el arcipreste y sus caprichos son solamente una de las alas de una batalla de poderes y autoridades, incluyendo al buen señor alcalde (el añorado Juan Luis Galiardo), el escribano (un veterano de lujo como Manuel Alexandre) y distinguido etcétera, que buscarán sacar tajada del escándalo del procesado. Es la Castilla de las denuncias y mirar tras las ventanas para ver si el vecino consume tocino o guardaba los debidos decoros bajo las sábanas, desde el señor al criado.

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Nadie ejemplifica mejor ese sentimiento de odio a nivel raso, dentro de ese conglomerado heterogéneo que era ese tercer estado, que Agustín González, personificando a Machuca, quien parece compartir el mismo gusto de Lázaro a la hora de elegir a las mujeres. Muchos ingredientes para recrear bien la esencia de la época (o, si lo prefieren, la atmósfera literaria que se recrea en el mundo del Lazarillo), contando con un excelente casting, permitiéndose lujos como tener a magníficos actores y actrices en roles secundarios. Pero, empero, sigue faltando algo.

Ignoramos el resultado final que se habría producido de haber respetado la salud a su creador, pero la película de Fernán Gómez, aunque esto es subjetivo, parecen ser los brochazos genial de un artista de mano firme y que sabe bien a dónde quiere llegar, aunque aún necesita afianzar algunas cosas para que sea comprensible a simple vista.

Con todo, esos más que posibles defectos y carencias me suelen pasar desapercibidos al volver a ver Lázaro de Tormes, provocando esa extraña y mágica sensación de mezclar dos miradas tan especiales como la de Cervantes y Quevedo.

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