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Como dos gotas de lluvia

Por Marcos Cañas Pelayo

Cae la lluvia con efectos diferentes para ambas, aunque el fuerte caudal que reciben las dos películas es idéntico. Entre Sin City (2005) y su secuela, A dame to kill for, pasaron nueve años de tormentas, aquellos que marcaron a la audiencia para acostumbrarse a la estética comiquera en el séptimo arte, a la violencia desmedida y el toque de Frank Miller, bendecido por la recepción de su primera entrega, su bautismo de fuego detrás de las cámaras, amparado bajo el sagrado e infernal magisterio de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino; maldecido por una segunda parte arrojada a los abismos de la taquilla y la mala prensa.

¿Es tan leve la frontera que separa la admiración del odio? ¿Tanto había cambiado en casi una década la ciudad del pecado? ¿Merecía esa cantidad de reverencias el inicio? ¿Se acreditó esas críticas despiadadas el final? Conviene que viajemos al inicio, a esa urbe que nunca dormía, donde el insomnio carcome a cansados policías, femmes fatales y corruptos dirigentes…

El arte de llegar primero

Frank Miller es una carrera singular dentro de la industria del cómic. Más allá de la extraña derivación enloquecida de algunos de sus últimos trabajos y de la radicalización de muchos de sus postulados, sigue siendo ese dibujante que dio el paso a convertirse en guionista y no solamente eso, sino uno de los responsables de la re-formulación de iconos de las viñetas como Batman o Daradevil. No en vano, la exitosa serie de Netflix bebe en buena medida de la atmósfera que Miller dio al abogado ciego de una Cocina del Infierno que puede interpretarse como el borrador de Sin City, un salvaje entramado urbano donde este creador mostró muchos de sus demonios.

Rara vez se había visto algo así en el celuloide, incluso la gótica Gotham de Tim Burton parecía un documental realista ante la exageración de espejo de feria deformador con la que Miller y su equipo presentaron al esforzado Hartigan (excelente Bruce Willis, uno de sus mejores trabajos) intentando resolver desapariciones y crímenes sin resolver que sus superiores ocultaban debajo de la alfombra. Su grado de agresividad e hipérbole casi daban la vuelta, era una acción que no afectaba porque casi parecía de otro mundo. Puede impactar mucho más una mutilación en La pianista (2001), por poco que se vea, que en aquella descarnada orgía perpetua de destrucción, donde héroes y villanos nunca tienen que recargar balas y permanecen invulnerables a disparos que serían mortales en cualquier otro contexto.

Los amantes del tebeo original suspiraban aliviados, allí estaban todos los ingredientes. Powers Boothe daba vida al senador Roark, Satanás vestido de impecable traje, la verdadera mano que tiraba de los hilos en unos barrios a los que le gustaba estar sucios. Mickey Rourke prestaba rostro a Marv, genial antihéroe de los bajos fondos.

sin-city-2Con todo, siguiendo la tradición de  Veronica Lake y Lauren Bacall, la esencia de un buen film noire en blanco y negro es femenina. Los relatos urbanos turbios precisan de rubias platinos, de damas por las que morir cuando te matan. Por ejemplo, Sin City catapultó a Jessica Alba a los altares con Nancy, la desvalida huérfana a la que Hartigan intenta salvaguardar de su inocencia ante el infierno de las calles del pecado.

O Jamie King como Goldie, pieza central de una historia corta deliciosa y lúgubre, la cual se mueve con habilidad entre las pasiones del lecho y el salvajismo de la silla eléctrica, como debe ser en ese escenario. Con todo, ellas y otras, por fascinantes y atractivas que sean, no dejaban de precisar de paladines, de aquellos tipos fuertes y callados que hubiera dicho Tony Soprano. Por ello, en ese rosario de historias cortas que se cruzan, sobresale tanto, todavía a día de hoy, la banda de prostitutas que lidera Gail, una venganza bíblica contra el mal que han sufrido. Solamente Rosario Dawson, quien ya había encarnado la sensualidad salvaje de Roxana en Alejandro Magno (2004), podía dar voz y fuego a una vendetta que se lleva la palma en una atmósfera plagada de revanchas, Lisístrata al anochecer.

Una cinta que, si se supera la aversión que algunos tengan a las viñetas, se sigue viendo con agrado y que marcó una tendencia. Ahí radica el gran error, el punto de partida que empezaría a condenar a A Dame to Kill for. No es que no fuera la primera… es que no había llegado ni segunda.

Veras y burlas

El estreno de la secuela de Sin City fue recibido con una de las taquillas más flojas que se recordaban en mucho tiempo para un proyecto de dicha envergadura. Hasta tal punto se encendieron las luces rojas que el film no fue estrenado en muchos lugares del extranjero, saliendo directamente a vídeo. La crítica más afilada velaba armas con la satisfacción de poder diseccionar a su antojo, con una sonrisa que recordaba a algunos de aquellos psicópatas que pueblan la obra de Miller (y lo curioso, en sus últimos tiempos, es que ese gesto lo hacen muchos de sus supuestos héroes).

En la verdad de los números de su pobre recaudación, anidaban también los engaños. Se la denunció por ser una continuación innecesaria del original, cuando precisamente mostraba algunas historias más celebradas en los cómics, Just Another Saturday Night y A Dame to Kill For, presentando asimismo el atractivo de otros dos relatos surgidos para la ocasión, “Nancy´s Last Dance” y “The Long Bad Night”. En muchos sentidos, presentaban la misma fórmula anterior, con algún añadido de cosecha propia que pasaba desapercibido, sepultada en la satisfacción que produce poder mostrar las carencias de las segundas partes por seguir con el tópico.

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Una de las mayores injusticias acontecía con la actuación de Eva Green, la cual encarnaba a la señora que da razón al título. Una black widow que bien hubiera podido ser reverenciada de haber estado en 2005. El único problema de esta carismática villana era haber surgido casi diez años después de que el éxito hubiera llamado a la puerta de la adaptación de Miller.

Green y su constante juego de seducción a la embelesada cámara muestra a una mujer fatal que maneja a su antojo las pasiones de los demás para cumplir sus objetivos. Un hallazgo de un casting que, al igual que la anterior, luce a prueba de bomba, nombre por nombre. Es cierto que se echa de menos a gente como Clive Owen o Benicio del Toro, pero hay recambios más que eficaces (sin ir más lejos, Josh Brolin).

Las historias resultan tramposas como lo eran en la primera, aunque aquí no gozarían de bula para que fueran defectos pasados por alto. Da igual que el personaje de Nancy sea aquí mucho más maduro y complejo que la platónica Lolita que era en su rescate por parte de Hartigan, todo corría en contra en esta partida de cartas. Por cierto que también se subestimó el aroma de noire que impregna la tensa partidas de póker del siempre imbatido senador Roark con un chico nuevo a la ciudad (Joseph Gordon-Levitt). En dos noches infernales, el hábil joven deberá decidir qué vale más, si logra una victoria legendaria o seguir viviendo, puesto que hay gente cuya venganza puede ser terrorífica ante la más nimia derrota.

Todo ello no quita para que haya carencias evidentes. El retraso en esta continuación perjudica a la caracterización de Marv, pese al buen hacer de Rourke, quien no logra tener la misma fuerza que había cosechado en la primera parte. De hecho, a su encantador personaje le come terreno una Nancy más próxima al Hades que nunca, asediada por el fantasma del único hombre que se ha preocupado por ella. También se desaprovechan presencias como Ray Liotta, muy aislado en un rol tangencial cuando tiene unas cualidades que lo hubieran hecho muy útil para mostrar nuevos caracteres en esta jungla de asfalto que conduce a Sodoma. Le ocurre algo muy parecido al bueno de Mark Madsen en la Sin City la original.

Las secuencias de violencia y temas musicales seleccionados están en la misma onda que en lo mostrado la década anterior, incluso existe la lógica posibilidad de desarrollar más a algunas de las personalidades de retablo; así, el senador Roark, a raíz de los acontecimientos de su enfrentamiento con Hartigan, carga con sus propias cicatrices de guerra y retrocesos en los planes que tenía para su prole.

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Una buena dosis de cicatrices se clavan la carátula de esta dama por la que matar, quizás recibiendo más de un dardo que también hubiera podido ser lanzado a su hermana mayor, la cual se ha nutrido de una manera un tanto vampiresa de su parienta, logrando ser mitificada a la par que la otra salía magullada en el descrédito.

No obstante, al final del día, igual que Gail purificándose en la lluvia de la sangre derramada por la lucha de la supervivencia en callejones, creo que las dos Sin City terminan dándose la mano en sus virtudes y carencias, en una exageración encantadora, un universo grotesco y fascinante de autores singulares.

Como dos gotas de lluvia condenadas a entenderse.

Comentarios

  1. Sancho P.

    Después de leerte quizás le de una segunda oportunidad a la secuela de Sin City porque hoy tantas críticas sobre ella que decidí no molestarme en verla. La primera me pareció brutal.

  2. Marcos

    Buenas tardes, Sancho. La primera es brutal, de eso no hay duda posible. Sin embargo, te animo a darle una oportunidad a la secuela, puede sorprenderte. Un saludo y gracias por comentar

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