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Basilio Martín Patino (1930-2017). In Memoriam

Por Enrique Fernández Lópiz

1. Breve semblanza

Basilio Martín Patino nació en Lumbrales, un pueblo de la docta Salamanca. Él ha sido sin lugar a dudas, el gran introductor del género documental en la filmografía hispana, pues Patino sabía, y en cada gesto suyo lo hacía evidente, que sólo el recuerdo fiel, la memoria justa, puede salvarnos (“la verdad os hará libres”). Además, Patino, avanzó muchas tendencias en al documental contemporáneo, mostrando la fascinación de lo que es la realidad y lo que es la ficción, dónde se sitúa la frontera entre ambos. Patino (1930-2017) nos ha dejado recientemente, el día 13 de este caluroso Agosto de 2017, tras una penosa enfermedad degenerativa. Fue un realizador valiente y valioso a quien la industria no apreció en su justa medida. Una pena. Una realidad.

Basilio perteneció a una familia conservadora con dos hermanos religiosos y sin embargo él optó por posiciones de izquierdas rozando el anarquismo. Estudió, como no podía ser menos, en la Universidad de Salamanca licenciándose en Filosofía y Letras. Posteriormente obtendría el título de director-realizador por la Escuela Oficial de cine de Madrid.

Antes de sus estudios de cine, comenzó su carrera con la Literatura, dedicándose a estudios literarios y a escribir, entre otros, Calle Toro, antes Generalísimo (‘Toro’ es una famosa calle salmantina), una obra que fue finalista del Premio de Biblioteca Breve y que a pesar de las propuestas de Tuñón de Lara y otros, la quiso publicar en París. Además, hablando de literatura, no hay que olvidar que fue él mismo quien redactó los guiones de las películas que ha filmado.

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También en sus inicios se dedicó a la publicidad, pero su carácter independiente le llevó finalmente a centrarse en sus propios proyectos. En 1953 fundó en Salamanca el Cineclub Universitario y publicó la revista Cinema Universitario. Justamente en Salamanca organizó las I Conversaciones sobre el Cine Español (se les llamó “Conversaciones de Salamanca”, 1955), que tuvo gran eco en el país, llegando a congregar a los directores de cine más significados de la época y donde se demostró que otro cine diferente del oficial en aquellos años, era posible.

En 2007 le fue concedido el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Salamanca como broche a su carrera y como hijo de esta bella (y para mí también querida) ciudad castellana. En ese acto Patino se expresó así: “Querer es tratar de comprender sinceramente, y comprender implica también la libertad de poder disentir. Cada uno debe poder seguir su propio camino”.

2. Producción más significada

En 1961, al finalizar sus estudios de cine, su trabajo fin de carrera fue la película Tarde de domingo, en la que una joven se queda sola en su casa de Madrid en una tarde dominical y observa los acontecimientos que se suceden en la plazuela frente a su balcón. Pero ya antes había realizado algún corto como El noveno, 1960, retrato de un pueblo salmantino en fiestas. Después vendría, en 1962, Torerillos, sobre la vida y los sacrificios de los jóvenes maletillas; con esta cinta tuvo Patino sus primeros enfrentamientos con la censura. Pero su primer e importante éxito le vino en 1966 con la película Nueve cartas a Berta que obtuvo la Concha de Plata del Festival Internacional de Cine de San Sebastián nada menos, amén de tener un gran éxito de público; es una película del “Nuevo Cine Español” que muestra el desencanto de cierta juventud de post-guerra, sus dudas e inquietudes, numerosas escenas cotidianas de la vida salamantina de la época extraordinariamente filmadas; lo que sorprende es que sorteara la censura. Contemplada hoy, esta cinta “se antoja un mensaje desesperado desde un tiempo tan remoto como propio. La desesperación gris y de provincia del protagonista encarnado por Emilio Gutiérrez Caba era y hasta sigue siendo la nuestra. Sus silencios de un tiempo ahogado e impotente son los nuestros” (Martínez).

A partir de este éxito Patino se aleja de los circuitos comerciales y comienza sus importantísimas obras. La primera en esta línea fue Del amor y otras soledades, 1969, película en la que María, perteneciente a la alta burguesía, casada con un hombre de éxito y teniendo su vida resuelta, reflexiona sobre su insatisfacción, su infelicidad y su fracaso interior; con esta película participó en la 30 edición de la Mostra de Venecia de ese año.

En 1971 estrena Canciones para después de una guerra, quizá su título más emblemático, con imágenes que procedían del NO-DO y canciones de la época, pretexto éste para hacer todo un recorrido por la posguerra española que él mismo vivió con enorme abatimiento. Vendrían luego Queridísimos verdugos: garrote vil (1977) (premiada en el Festival italiano de Taormina) en cuyo film entrevista a verdugos de la época y a familiares de ajusticiados. “Dolía y duele ver la tranquilidad con la que los verdugos de cuando los hubo, de los del garrote vil y brazo en alto, cuentan sus hazañas. Hiere la parsimonia de la crueldad no por lo que dice de los ejecutores sino por lo que muestra de nosotros, sus víctimas, además de sus vecinos” (Martínez). Y en 1974 (estrenada en 1977), Caudillo, sobre Franco (Gran Premio del Festival portugués de Figueira-Dafoz), documental que fue realizado en forma clandestina con imágenes y sonidos de archivo, en los que pudieron contar con fondos de organismos oficiales; se estrenaría tras la muerte del dictador y si bien en arte no se puede hablar de objetividad, lo que nadie negará es que es una obra honesta, como lo fue su creador. En esta cinta “le dijo al dictador que era un asesino, y se lo dijo en vida del general, con la elegancia de su cine y la contundencia y austeridad de su inteligencia” (Arribas). Fue el mismísimo Carrero Blanco, Presidente del Gobierno de Franco en su momento, quien entendió lo que decía el cine de Patino y vetó las películas Queridísimos verdugos y El Caudillo, con cárcel para quien las difundiera. La trilogía: “Canciones…”; “Queridísimos verdugos” y “Caudillo” son, sencillamente, carne y sangre de memoria, la nuestra, la de hace menos de lo que pensamos, una memoria vera que lastima y mueve a la reflexión, pues como decía Patino “hay que protestar contra los recuerdos impuestos”, o sea, hacer que resucite lo más próximo a la verdad (la verdad absoluta no existe).

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Patino no sólo se interesó, esencialmente, por el cine de no ficción, sino que esta inquietud le llevaría a explorar diversos y fructíferos caminos como el falso documental (más adelante hablaré de su obra sobre la matanza de campesinos en Casas Viejas). Igualmente, Patino mostró gran interés por las tecnologías audiovisuales.

3. Otras producciones

Retablo de la guerra civil española, 1980, 20 trabajos audiovisuales muy importantes que exponen una idea muy clara de lo que ocurrió en aquellos años fratricidas de la contienda civil española. En 1982 junto a otros realizadores, Patino estrena Inquisición y libertad, reflexiones en torno a una exposición sobre el Santo Oficio en España. Los paraísos perdidos en 1985, en que la hija de un intelectual republicano muerto en el exilio, vuelve a su casa en Castilla para hacerse cargo del vasto legado cultural de su padre e intentar formar una institución, no sin esfuerzo. En 1987, Madrid, en cuya cinta un realizador alemán en Madrid pretende hacer un programa de televisión sobre la capital y la guerra civil, al cumplirse el cincuentenario de ésta, tomando partido por la libertad. En 1990 La seducción del Caos, proyecto en el que participaría Adolfo Marsillac, sobre un crimen aparentemente pasional que da lugar a una investigación múltiple. Octavia fue rodada en 2002, sobre un personaje que empieza como guerrillero y acaba como activista a favor de los derechos humanos. Y en 2004 hizo una breve obra experimental de 3 minutos, Capea (C).

En 2011, en las revueltas ciudadanas de ese año, rodó Libre te quiero, documental estrenado en la Semici de Valladolid en octubre de 2012, sobre los acontecimientos ocurridos en Madrid durante mayo y octubre de 2011, los manifestantes del 15M en la Puerta del Sol y la construcción de la Acampada, ciudad asamblearia cuya estructura se extiende a los barrios y ciudades próximas y a todos los rincones de España, con música de Amancio Prada.

4. Televisión

Con relación a la Televisión, en 1996 rodaría obras pertenecientes a una serie de siete películas sobre Andalucía, de título “Andalucía, un siglo de fascinación”. Los capítulos fueron:

- Casas Viejas: el grito del Sur con testimonios sobre la represión por parte del ejército al servicio de la República en 1933, de una rebelión campesina de corte libertario en la pequeña localidad gaditana de Casas Viejas.

- Paraísos (1996), sobre tres extranjeros que viven la experiencia naturalista, comunitaria, utópica y hermosa de una vida libre en Andalucía, donde se interroga si es posible la utopía.

- Desde los más hondo: Silverio I (1996), que refiere el descubrimiento de un soporte de estaño en la que un colaborador de Edison habría grabado la voz nunca oída del mítico Silverio Franconetti (1829-1889), intérprete fundamental del cante flamenco.

- El jardín de los poetas (1996), en homenaje a la poesía andaluza y la Generación del 27.

- Ojos verdes (1996), revisión crítica de la copla, una estética que forma parte del sentir del pueblo andaluz, que tiene como hilo conductor la conocida copla “Ojos Verdes”.

- Desde lo más hondo II: El museo japonés (1996), un singular museo que se adentra en la memoria histórica del cante hondo, con el pueblo japonés interiorizado de este arte popular.

- Carmen y la libertad (1996), en la que el polémico director de escena Stephan Lupasko llega a Sevilla para organizar un montaje especial de la obra de Bizet.

5. Epílogo

Realmente resulta difícil asumir la pérdida de una figura cimera de nuestra cinematografía, el documentalista por excelencia, el rebelde y decidido Patino, siempre hacia delante, un hombre que entregó muchísimo a la historia del cine español, lo cual se puede visionar en cada uno de los planos que rodó. Como director de cine viajó por medio mundo (Venecia, Aichi, Shanghái, Montpelier, Múnich, Hamburgo, Nueva York, Atenas, etc.) recogiendo homenajes y premios internacionales en festivales y academias cinematográficas como los recibidos en España (San Sebastián, Huesca, Centro de Arte Reina Sofía, Academia de Cine, Círculo de Bellas Artes, Universidad de Salamanca…). Y aquí me pregunto: ¿Cómo es que la Academia de nuestro cine nunca se avino a darle un Goya a Patino? Era más que justificado, aunque sólo hubiera sido honorífico por su trayectoria. Pero está claro que Basilio Martín Patino era una persona demasiado libre y para algunos molesta. Incluso yo diría que fue un autor arrinconado por nuestra filmografía. Javier Tolentino, director del programa de Radio 3 El séptimo vicio, explicó que tal vez jugó un papel importante en esta inexplicable falta de reconocimiento, algunas de sus obsesiones como: “No aceptar nunca un premio de una institución -se negó en redondo a presentar sus cintas a la Academia del Cine, por ejemplo-, y que sus películas no las comprase nunca Enrique Cerezo“.

El director de programación de la Muestra de Cinematográfica del Atlántico, Alcances, Javier Miranda, definió a Martín Patino como un hombre “inquieto y libre. Era una persona que huía de etiquetas y de lo convencional. No se casaba con nadie.” Una muestra más de su espíritu libre que huye de la mercadería se constata en el hecho de que aun sabiendo Patino que muchas de sus cintas las tenía que meter en un cajón, las realizaba, aunque no supiera cuándo se iban a estrenar. Por eso, parte de su trabajo durante la dictadura fue un trabajo clandestino y sin esperar nada, de forma inmediata al menos, lo cual es sin duda admirable. Patino acertó a ordenar y poner en fotogramas, entre otras, las miserias creadas por el franquismo que conoció directamente en Salamanca. Y “labró como un orfebre cada una de las imágenes de esa nueva corte de los milagros solidificada por el tiempo dándole nueva hechura crítica, plano a plano, partitura a partitura, extrayendo la materia prima de los objetos que formaban parte del deshecho de la posguerra y sus largas secuelas” (Rubio). Y era con la extracción de este mineral tan intenso, veraz y dramático, como recuperaba la emoción que había sido sustraída por la historia reciente, pendiente como estaba de un moroso rescate.

Decenas de títulos tiene en su haber, alguno de ellos con la colaboración de su hijo Pablo Martín Pascual y otros de la mano del cineasta y casi hermano José Luis García Sánchez. Todos ellos se fueron sucediendo con la perseverancia propia de un monje de clausura, y de esta manera desveló la otra cara de lo real. “El cine de Martín Patino supera el desorden del mundo y el desgaste del tiempo” (Rubio). En esta larga y trabajada aventura le acompañaron actores de los que menciono figuras tan relevantes de la escena y la pantalla como Emilio Gutiérrez Caba, Elsa Baeza, Carlos Estrada, Lucía Bosé, Charo López, Paco Rabal, Adolfo Marsillach, Miguel Ángel Solá, Rüdiger Volger, Verónica Forqué, y otros más.

En 2014 se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián el documental La décima carta, de Virginia García del Pino, que indaga en el mundo más íntimo de Martín Patino, a través de muchas horas de conversaciones, entrevistas e imágenes de archivo.

Basilio siguió en la tarea hasta los últimos días de lucidez, como siempre había hecho, de forma casi underground, con un reducido equipo de colaboradores, en la sala de montaje de su casa de Madrid, palpando el pulso de la calle, enamorado de la gente y, como buen anarquista que fue, permaneciendo hasta el final incrédulo con el poder.

Una de esas ironías con que la vida nos sorprende en ocasiones, ha querido que Patino, el hombre que quería actualizar recuerdos, el “recordador” principal de nuestro cine, haya pasado la fase final de su vida sumido en la laguna opaca del alzhéimer, ese terreno ignoto del olvido, esa nube oscura que borra, que tapa la memoria, que anula la identidad. Paradojas de la vida. Descanse en paz.

Documento: adiós a Martín Patino: https://www.youtube.com/watch?v=0vWwed85a4U.

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