Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Antes, ya existía el cine en más de tres dimensiones (Relato)

Por José Antonio Herrero Tornero

Desde bien jovencito, su gran admiración por el cine y las estrellas le fue acercando cada vez más a la pantalla. Empezó muy atrás, en la última fila, asomando los ojos, como platos, por encima del respaldo de la butaca tras la que se parapetaba.
Lle­gaba, en aquellos días, con la “peli” empezada y desaparecía antes de que se encendieran las luces. La taquillera, que por edad no podía atravesar los cortinones, era la única que conocía a aquel solitario bar­bilampiño al que por una extraña complicidad nunca pidió el carnet.

Treinta años después, los dos, agarrados de la mano, lloran mientras una excavadora avanza sin piedad hacia una pared blanca de pie entre los escombros; que Rocco Linda, los perritos de la pareja, inspeccionan también con sensación de pérdida.

Fue una sala de barrio: anti­convencional, húmeda y habitada por gemidos y roza­mientos que, sumados (actores y espectadores), compo­nían la banda sonora del Regocijo que en su hall, rojo pasión, tuvo un póster (en inglés) de Garganta Profunda y otro de El fontanero, su mujer y otras cosas de meter. Les han dicho que ese espacio ha sido adquirido por  una confesión religiosa que pretende levantar un templo.
Tal vez, piensa en voz alta Javier, quieran aprovechar la fertilidad de una tierra empapada en éxtasis; pero si tuviéramos hijos,Sonia, les mantendríamos alejados de estos ursurpadores, capaces de profanar lo más sagrado, aquello que te sublima, aquello que te acerca a la divinidad, que permite a cualquier “mindundi”, de manera palpable, alejarse de la doliente humanidad durante unos segundos por sesión.

A mi amigo Francisco, al que la sabia naturaleza dotó de seis dedos.

Escribe un comentario