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33 Semana de Cine e Idiomas en Salamanca

Por Jorge Valle

Durante estas últimas tres semanas los Cines Van Dyck, en colaboración con la Escuela Oficial de Idiomas de Salamanca, nos han permitido disfrutar del placer que siempre supone ver una película en versión original sin esos, con frecuencia, mediocres doblajes que arruinan parte del trabajo del actor. La selección ha rescatado algunos de los títulos más destacados del año y que habían pasado, en su mayoría, prácticamente desapercibidos por nuestras carteleras, por lo que el resultado ha sido, de nuevo, más que satisfactorio.

Quizá la película más conocida para el público haya sido Una cuestión de tiempo, la nueva comedia romántica del británico Richard Curtis. Partiendo de un argumento original y atractivo, el director de Love Actually construye una historia emotiva alejada de toda cursilería, en la que destacan el entrañable Domnhall Gleeson, la siempre encantadora Rachel McAdams y el carisma de Bill Nighy. Las segundas oportunidades, la necesidad de tener que aprovechar nuestro tiempo junto a las personas que más amamos o la importancia del amor y de la familia como bases de nuestra vida son algunos de los temas que conviven con ligereza y encanto en la cinta y que la alejan de las comedias románticas más convencionales y ñoñas, convirtiéndola en una película muy especial y altamente disfrutable para todos los públicos. Procedente también de las islas británicas nos ha llegado Anna Karenina, otra innecesaria y fallida adaptación del clásico imperecedero de Léon Tolstói, un novelón cuya complejidad de temas y personajes no ha sabido llevar a la gran pantalla Joe Wright, el rey de las adaptaciones literarias (Orgullo y Prejuicio, Expiación). La arriesgada e incomprensible decisión de ambientar la historia en un teatro y la inexistente química entre los dos protagonistas (una Keira Knightley abonada al corsé y un apático y falto de carisma Aaron Taylor-Johnson) terminan por convertir la película en un asombroso espectáculo visual carente totalmente de alma.

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Otra adaptación literaria que no ha conseguido trasladar el espíritu del libro a la gran pantalla ha sido On the road, la última película de Walter Salles basada en la famosa novela homónima de Jack Kerouac, que tanto influjo tuvo entre los jóvenes de la llamada Generación Beat. El director brasileño nos presenta el viaje existencial de dos íntimos amigos hacia la locura, el desenfreno y, en definitiva, el goce más puro de los placeres carnales, buscando en la carretera la satisfacción y realización que no habían encontrado en la vida. “Vivir rápido y morir joven” parecer ser el lema de Dean Moriarty, el protagonista de esta búsqueda fundamentalmente espiritual. Salles sigue el mismo patrón que utilizó en su maravillosa Diarios de motocicleta, pero aquí no consigue emocionar ni dotar de ritmo a una película con demasiados altibajos en la que solo Garrett Hedlund consigue sacar al espectador del tedio y la indiferencia.

La misma búsqueda del sentido de la vida, aunque en este caso mediante el arte, aparece también en Renoir, la sorprendente e incomprensible apuesta francesa de este año para los Oscar al competir con otros títulos como En la casa o El pasado. El director Gilles Bourdos nos muestra al pintor Auguste Renoir en el ocaso de su existencia, aquejado de una dolorosa artritis, lo que no le impide exprimir sus excepcionales cualidades para una pintura alegre conformada por una paleta de brillantes y vivos colores, tonalidades que parecen salir del lienzo e inundar toda la pantalla, y que son un síntoma del efímero renacimiento que vive el anciano pintor gracias a su nueva modelo Andreé, cuyas peligrosas y seductoras curvas también inspirarán a su hijo Jean Renoir. El ocaso del Renoir padre y el nacimiento del Renoir hijo como cineasta no son más que una metáfora del crepúsculo de la pintura y el amanecer del cine como la disciplina artística más importante del siglo XX. Un precioso diálogo entre vida y arte que recuerda en muchos aspectos a la española El artista y la modelo.

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De Italia nos han llegado las dos nuevas películas de dos maestros consagrados del séptimo arte: Bernardo Bertolucci y Giuseppe Tornatore. Del primero, en silla de ruedas a sus 72 años, hay que destacar y agradecer su amor incondicional al cine, una pasión que recorría cada fotograma de las maravillosas Novecento y El último emperador y que también aparece, aunque de forma más sosegada, en Tú y yo (Io e Te), un retrato de la rebeldía de la adolescencia protagonizado por Lorenzo, cuyo plan para encerrarse en el sótano de su casa durante una semana para desconectar de los problemas familiares se verá alterado con la llegada de su hermanastra drogadicta, una fantástica Tea Falco. Por su parte, el director de Cinema Paradiso nos ofrece otra lección de buen cine en La mejor oferta (La migliore offerta), una película que combina, como si fueran engranajes de un mismo mecanismo, el misterio y la intriga con una bellísima historia de amor protagonizada por un excéntrico y solitario experto en arte y una joven que vive aislada del mundo por su agorafobia. Gran parte del éxito de la cinta reside en Geoffrey Rush, que vuelve a demostrar sus excepcionales dotes interpretativas, y en la habilidad de Tornatore para crear suspense con un ingenio escaso en el cine de los últimos años.

La película más emotiva del ciclo nos ha llegado del otro lado del charco. El último concierto supone el debut en la dirección de Yaron Zilberman, quien ha sabido rodearse de unos actores en permanente estado de gracia (Christopher Walken, Catherine Keener, Philip Seymour Hoffman) para construir una triste historia sobre el paso del tiempo y su efecto sobre las relaciones humanas. Consciente del poderío de sus intérpretes y de la fuerza que cobran los diálogos en sus bocas, el director renuncia a un estilo propio, lo que no impide que se agradezca la sutileza con la que narra las emociones de este cuarteto de cuerda que, tras 25 años de éxitos, se enfrenta a un duro golpe: uno de sus componentes padece Parkinson, una enfermedad que pondrá fin a su carrera como músico. La película supone un respiro de aire fresco, un precioso canto a la amistad y a la necesidad de conservar a nuestros amigos a pesar del rencor, la culpa y el dolor.

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La mejor película del ciclo, y también la más esperada, ha sido Antes del anochecer, el cierre a la famosa y aclamada trilogía de Richard Linklater sobre el amor que inició hace ya 18 años con la terriblemente romántica Antes del amanecer y en la que unos jovencísimos Julie Delpy y Ethan Hawke pasaban una noche juntos en Viena, imaginándose cómo sería su vida si pudiesen pasarla juntos. En Antes del anochecer los protagonistas, ya casados y con dos hijas, pasan unas cómodas y relajantes vacaciones en Grecia mientras afrontan las dudas sobre su matrimonio y sobre el camino que han tomado sus vidas al llegar a la vida adulta. El director, autor también del guión junto con los dos intérpretes protagonistas, parece poseer una soberbia habilidad para convertir lo cotidiano en excepcional. Los diálogos fluyen y fluyen mientras la pareja camina por el precioso paisaje griego y reflexiona sobre su relación y el impacto que el tiempo ha tenido sobre su amor. ¿Pueden seguir amándose dos personas que llevan juntas tantos años? Hay una escena en la que Delpy y Hawke, sentados en una terraza frente al mar, contemplan el sol esconderse tras la línea del horizonte, mientras se preguntan si su amor está también al borde del ocaso. Una metáfora preciosa que pone fin a una trilogía ya legendaria en la historia del cine, pues pocas veces se ha tratado el amor con tanta naturalidad. Y es que en Antes del anochecer parece no suceder gran cosa, cuando en realidad todo está sucediendo…

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Comentarios

  1. Irene Pardo

    Salamanca es una ciudad de cine total. Me habría encantado asistir.

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