Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Zweig es Europa, convendría repasar su obra

Por Enrique Fernández Lópiz

Stefan Zweig es uno de mis escritores favoritos y un puntal de la literatura europea del pasado siglo. Zweig era austríaco y judío en medio del convulso nazismo del que huyó. Stefan Sweig: adiós Europa, es una cinta de gran interés. El film adquiere su punto cenital de interés en la primera parte, siendo que en la parte media-final, resulta más difícil continuar dentro de la desalentada cotidianeidad de una mente lúcida que se quitaría la vida en el febrero carioca de 1942, atormentado por una culpa impotente y una ansiedad mortal.

Película-biopic sobre el escritor vienés Stefan Zweig, con la virtud de “escapar de los tópicos del biopic” (Weinrichter), entre otras por eludir la estructura lineal típica del género y además porque, lejos del detalle irrelevante o el dato insustancial, y evitando meramente perfilar el genio del escritor, la cinta nos aproxima a Zweig, profundizando en su ánimo inestable durante los últimos seis años de vida; un “recorrido por el oscurecimiento de un alma que contrasta con la luz sudamericana” (Fernández).

La historia se centra sobre todo en sus años de exilio en Brasil e Inglaterra. Zweig, un personaje irrepetible y un faro de la intelectualidad europea, se vio obligado a huir de su país asediado por el nazismo y por su condición de judío, aunque como él dijo en una ocasión: “Mi madre y mi padre eran judíos sólo por un accidente de nacimiento”; o sea, que la religión judía no fue parte de su educación. En su constante errar de país en país, se refugia primero en París, más tarde en Londres, pero acabó viajando a Sudamérica, instalándose finalmente en Brasil. Zweig se divorció de su primera esposa Friderike Maria Burger von Winternitz en 1938, para casarse al siguiente año con su secretaria Charlotte Elisabeth Altmann, y junto a ella acabaría sus días, con la siniestra convicción de que el nazismo se extendería por todo el mundo.

La actriz, guionista y cineasta germana Maria Schrader se atreve a ponerle rostro al insigne Zweig y a exponer en imágenes y diálogos, seis hechos vividos en su exilio en Brasil. Su primera estancia, cuando participó en un Congreso de escritores en Buenos Aires, 1936; una embarazosa recepción de parte del alcalde de un pueblito brasilero; la visita a su primera esposa Friderike Winternitz en Nueva York, 1941; el encuentro con el escritor y periodista alemán Ernest Feder en su cumpleaños; y finalmente, el momento en el que las autoridades y amigos encuentran los cadáveres del escritor y su segunda esposa.

Schrader hace un recorrido del escritor sobre todo por América, siempre en la espera de que su angustia cediera para poder alcanzar una existencia feliz. Y acomete esta empresa sin desmesura dramática, aunque su contención resulta en ocasiones excesiva. Esta cortedad emocional es lo que provoca algún cansancio en el espectador que, al igual que me ocurrió a mí, llegado un punto no logra empatizar con el personaje. Como escribe Boyero: “Sospecho que esta película va a satisfacer el paladar de crítica, aunque puede resultar fría o algo fatigosa para la mayoría del público”. Y por lo que he visto en la sala y los comentarios de quienes me han acompañado, esta afirmación tiene visos de verosimilitud.

stefan-sweig-adios-europa-2

El guión de la SchraderJan Schomburg no logra engarzar un libreto ágil que contenga el sentido, la hondura, y la severa desesperanza que asoló el alma de Zweig. Comprendo que no hayan querido subrayar su lado sentimental, ni tampoco mitificarlo burdamente, pero lo que resulta es que en ocasiones Zweig aparece como un sujeto indolente o pusilánime. Nunca se le ve dispuesto tomar posición frente al nazismo, lo cual era evidentemente su parecer. Lo que mejor refleja el guión es que la distancia no logra mitigar interiormente en el personaje la turbación por la sinrazón de la que ha escapado, y ese sentimiento de dolor hacia una Europa que él vaticina enferma por mucho tiempo. Tiene el libreto un exceso de diálogos y una parte de ellos habrían sido prescindibles para hacer la cinta más digerible, pues su presencia no hace sino aturdir con cierta “verborrea” como señala Salvá. Resulta excelente la música de Tobias Wagner y muy buena la fotografía de Wolfgang Thaler.

En el reparto tenemos a Joseph Hader en un trabajo medido y sin concesiones en el papel de Stefan Zweig; Aenne Schwarz, bien y bonita mujer como Lotte Sweig; o Barbara Sukowa, para mí la mejor, como Friderike, la primera mujer. Los tres lideran un reparto internacional muy bien ajustado que viene a ser el resultado de un ejemplar casting de varias nacionalidades que se coordinan y adaptan a la trama a la perfección, tanto los principales actores mencionados, que tienen más relevancia, como los que tienen menor intervención, como Arthur Igual o Márcia Breia, amén de Nicolau Breyner, Charly Hübner, Lenn Kudrjawizki, Ivan Shvedoff, Harvey Friedman, Nahuel Pérez Biscayart, André Szymanski, Matthias Brandt, Nathalie Lucia Hahnen, Oscar Ortega Sánchez, Vicent Nemeth y João Cabra.

Creo que muchos conocemos a Zweig, bien por sus novelas (“Carta de una desconocida”, 1927; “Veinticuatro años en la vida de una mujer”, 1929); o por sus biografías (“María Antonieta”, 1932; “Erasmo de Rotterdam”, 1934). Hay más, pero sirvan estas como muestra. Pero el egregio novelista renació con fuerza en su obra autobiográfica e histórica, El mundo de ayer: memorias de un europeo, un testimonio de nuestro reciente pasado europeo escrito con la maestría de un austriaco impregnado de civilización y añoranza por ese mundo suyo que se desintegraba a velocidad de vértigo. En esta obra, Zweig aporta una recreación personal de épocas en las que él vivió bajo el ideal del progreso y la ferviente fe en el ser humano; lo que luego desaparecería con la I Gran Guerra. Y esa añorada por Europa como república de las artes y las letras, habría de sucumbir definitivamente con las dictaduras del siglo XX y el advenimiento de la II Guerra Mundial. Zweig era pesimista y sólo auguraba una Unión Europea a muy largo plazo, como mínimo un siglo y medio. Digo esto pues, como apunta perspicazmente Weinrichter: “Ese saber previo sobre Zweig es algo que el espectador debe traerse puesto, porque la directora lo da por sabido y se limita a presentarlo, en media docena de bloques”. Efectivamente, quien se lleva leído “El mundo de ayer” entiende mejor la película y cuanto la rodea; este texto ayuda a entender mejor al doliente personaje del film y sus terribles presagios sobre su continente, Europa.

Esta película se ha estrenado en este 2017, cuando se cumplen 75 años del suicidio del escritor austríaco y su esposa ocurrido en Petrópolis (Brasil). Y creo que esta película está hecha en su justo momento por dos razones. Por un lado por la relevancia que para Europa tiene Zweig, que padeció los pecados europeos del pasado siglo. Justamente, en El mundo de ayer: memorias de un europeo, publicado póstumamente en 1944, nos avisa y enseña sobre asuntos de gran intensidad y extrema gravedad, que aún podrían repetirse. Fue escrito en el calor del trópico y de corrido, sin archivos que consultar ni colegas con los que compartir sus recuerdos del pasado.

Pero la conveniencia del film, no sólo viene al hilo por los problemas que vive la Unión Europea hoy, Brexit, la reciente discrepancia con los EE.UU., etc. Además, en estos tiempos que corren, tan espinosos, con gobernantes como Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua, Trump en Norteamérica, etc., esta película resulta ser una vacuna frente a los populismos, a la vez que un canto a la cultura y a la libertad. “No guardo de mi pasado más que lo que llevo detrás de la frente”, escribe Zweig. Y en el prefacio de la obra El mundo…, escribe: “Antes de la guerra había conocido la forma y el grado más alto de la libertad individual y después, su nivel más bajo desde siglos. He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea. […] Hoy por hoy, como escritor –soy alguien que “camina vivo detrás de su propio cadáver– […] Pero toda sombra es, al fin y al cabo, hija de la luz y sólo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad”. Una confesión sangrante y sincera.

Ojalá Zweig viviera hoy pues, a pesar de las dificultades, a él le gustaría vivir en esta Unión Europea de 2017. Sabemos que tiene imperfecciones, que puede llegar a ser injusta o no del todo igual, que posee elementos de desunión. Pero si él hubiera sabido en la fatídica fecha de 1942 que en unas décadas las guerras en el corazón del continente acabarían, que podría se podría viajar de un país a otro sin pasaportes y que veintitantos países utilizan una moneda común, Zweig no se lo habría creído.

Película, en fin, impecable en lo formal, hábil composición escénica y técnica, reparto de lujo, y esto es ya todo un mérito para una obra que, me temo, tendrá más éxito entre los críticos y la gente cultivada que entre el gran público, muchos de los cuales, hay que admitirlo, no saben quién es Zweig ni cuáles son sus aportes. Pero no hay que olvidar que Zweig es Europa. Lo cual que aconsejo a los espectadores que vayan a ver la película o a los lectores de estas líneas, que le den un repaso al maestro nacido en Viena en 1881.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Wvg9EL58E7s.

Escribe un comentario