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Y detrás de la película, el gran Pío Baroja

Por Enrique Fernández Lópiz

En la historia, en el transcurso de su agridulce vejez, el protagonista va haciendo una recopilación de partes de un diario que ha ido escribiendo a lo largo de su vida. Es así que el film nos va desvelando su infancia en el pueblecito vasco de Lúzaro, su juventud aventurera e idealista en tierras de Cádiz en sus correrías como marino. Narra las dichas y desgracias como capitán de fragata, subrayando la fascinación que en él suscitaba su tío Juan de Aguirre, paradigma de marino vasco que es en realidad el auténtico héroe de la trama y de la novela, cuya vida viajera está llena de interesantes sucesos. Con esa idea de algunos mayores de haber malgastado su vida, Shanti Andía da muestras de una enorme nostalgia por el mar que en otros tiempos atravesaban hombres viriles y con gran avidez de aventura; hombres por lo común enfrentados a la sociedad convencional.

De nuevo he tenido tiempo y oportunidad para cazar al vuelo este gran programa de nuestra TVE, “Historias de nuestro cine”, programa presentado por la entendida y guapa Elena S. Sánchez y dirigido por Francisco Quintanar, que está dando un meritorio repaso a lo mejor de nuestro cine, desde los años treinta hasta la actualidad. Este espacio televisivo cuenta con un equipo habitual de expertos que son los que hacen la introducción a la película. Es un programa de gran valor para el amante del cine pues repone en la pantalla televisiva pública obras ya perdidas en el tiempo, que difícilmente se podrían ver de otra manera, como ocurre con este título: Las inquietudes de Shanti Andía que ahora me propongo comentar para quienes tengan interés en ese cine español de los años cuarenta.

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Esta película es el resultado de la adaptación de una conocida obra del gran escritor de la Generación del ´98 Don Pío Baroja, de título homónimo (“Las inquietudes de Shanti Andía”), publicada en 1911 y que su autor clasificó en la serie El mar, junto con El laberinto de las sirenas (1923), Los pilotos de altura (1929), y La estrella del capitán Chimista (1930). Es una novela al igual que la película, de aventuras. Pues aunque Baroja es más conocido por su obra relacionada con el realismo social que por sus novelas de aventuras, sin embargo Don Pío es un gran relator de este género que él escuchaba en su familia; o sea, que Baroja no es en puridad un aventurero de facto, sino un aventurero creativo, un inventor de aventuras que él contó por referencias oídas o por su pura inventiva, y que las convierte en novelas de enorme valor. Al cine se han llevado obras de Baroja de aventuras, de su tetralogía sobre este género que consta de “La casa de Aizgorri”, de Juan de Orduña Zalacaín el aventurero (1955) (con aparición del mismo Baroja: https://www.youtube.com/watch?v=Z6PHDNhJcyQ), “Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradóx” y la que aquí comento ahora. Además hay otras obras barojianas en el cine, como La busca (1966), de Angelino Fons.

Tras un documental que realizó Arturo Ruiz del Castillo (“Castillos en España”, 1944), esta sería la segunda película (ópera prima) que dirigiera. Ruiz del Castillo no fue meramente un director de exaltación nacional en la era franquista (recuerdo aquí la película ya comentada en estas páginas, El santuario no se rinde, 1949); era, aunque parezca paradójico, todo un intelectual amigo, entre otros, de Eduardo Ugarte y del mismísimo Federico García Lorca, a quien en tiempos de la II República había ayudado a fundar la Barraca, grupo de teatro itinerante en el que colaboró como técnico y dibujante y con el cual recorrió la geografía española. También fue muy activo en la escena cultural de la República impulsando los llamados camiones-librerías y organizando la Feria del Libro en Madrid de 1935.

Con un guión del propio Ruiz del Castillo, tiene la cinta unos diálogos excesivamente literarios que salen bien parados por las grandes interpretaciones del film. Un libreto cuya primera parte parece un relato sobre las consecuencias de una vida de aventuras, pero cuya clave más llamativa es el misterio, y además el misterio relacionado con los niños, pues cuando el personaje era pequeño, estando a las puertas de ir al entierro de su admirado tío, una criada le dice que su tío Juan no ha muerto, lo cual ya deja flotando un gran interrogante en la pantalla. Ruiz del Castillo demuestra en esta película el talento que tiene para dirigir con soltura, manejando la técnica y con momentos de gran interés con travellings magníficos, interesantes juegos de cámara y primeros planos que reflejan la psicología de los personajes. O las escenas de aventura en el rescate, en la parte final, que parecen un auténtico documental. Pero desde el flashback en un barco negrero, ya empieza la aventura física y también la aventura moral. Tiene la obra una buena música de Jesús García Leoz (que incluye algunas canciones populares vascas y andaluzas) y fotografía en blanco y negro que pasa el corte de Manuel Berenguer.

El propio Ruiz del Castillo hablo de su obra en 1947: “Dicen que […] es una buena película, que tiene esto y aquello bueno, que es muy barojiana, profundamente española y que tiene belleza, tristeza y sentimentalismo en sus escenas. También dicen que la película tiene ‘clima’, esa cosa que no se sabe qué es, pero que suena bien, y que yo creo que es puro ambiente literario y artístico; tal como lo concibió Baroja, que para eso es el padre de la criatura. Y yo esta vez me he limitado a hacer su transcripción a la pantalla. Toda la obra de Pío Baroja tiene tanta fuerza que ella sola por sí misma apasiona… Realmente la película responde a su título, y esto en definitiva es mérito de Baroja, de la obra literaria”. Y en aquel entonces el conocido dramaturgo Jardiel Poncela llega a afirmar: “La película, en mi opinión no va a dar dinero. Ojalá me equivoque, pero creo que no me equivocaré”. El caso es que los malos augurios de Jardiel no se cumplieron totalmente pues a la aceptable recepción crítica se unió una también aceptable aunque (quizá un poco escasa) acogida del público, lo que no impidió a Ruiz-Castillo y a su socio, Alberto Álvarez de Cienfuegos a seguir realizando aún dos películas más dentro de la línea iniciada con Las inquietudes… Una entrega de filmes, combinación entre el melodrama romántico y el género de aventuras: Obsesión (1947) y La manigua sin Dios (1948).

Pero avanzando camino diré que en el reparto tenemos a un Jorge Mistral que lo hace muy bien como protagonista principal, dando el físico y la presencia en su papel del marino valiente y aventurero. Manuel Luna hace un trabajo que además de ser muy interesante está cargado de inquietud y matices. A Josita Hernán la vemos alejada de sus habituales trabajos en la comedia, aquí en un rol dramático muy distinto y bueno. Y quiero recordar la presencia en un breve papel de secundario de un jovencísimo José María Rodero con apenas 25 años, que luego se convertiría en una estrella del teatro pero al que el cine nunca supo sacar partido. Y acompañando muy bien Jesús Tordesillas, Milagros Leal, Irene Caba Alba, Mari Paz Molinero y José María Lado, entre otros.

Nostalgia, melancolía, misterio y aventura son los ingredientes de un film para el que el tiempo no ha pasado en vano, que se salva por el empeño de Ruiz del Castillo que tuvo que rodar con gran escasez de medios de la mejor manera posible. Es un valor igualmente el reparto; y, cómo no, es una garantía la interesantísima historia narrada por Baroja que bien merecería que algún productor avezado la volviera a llevar al celuloide, pues merece realmente la pena y es una historia visualmente muy aprovechable. Por cierto, un Baroja que, en mi opinión, bien habría merecido el Premio Nobel de Literatura.

Escena con el propio Pío Baroja: https://www.youtube.com/watch?v=qq7WtSYGs5Y.

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